miércoles, 22 de agosto de 1979

Sobre la tierra, por Diego Angelino


Esta es la his­to­ria del Barón y la Baronesa, que lle­ga­ron a tie­rras ame­ri­ca­nas esca­pa
ndo del infierno euro­peo, bus­cando reposo para el espí­ritu, y ter­mi­na­ron devo­ra­dos por sus fan­tas­mas pero tam­bién por un pai­saje geo­grá­fico y humano que ape­nas alcan­za­ron a com­pren­der. O, si se quiere, es la his­to­ria de la vieja Frutos, yuyera y mañosa, can­sada ya de car­gar con la indo­len­cia de su esposo y de su hijo, que en un momento creyó haber encon­trado en los recién lle­ga­dos el reme­dio para sus penu­rias y al momento siguiente vio derrum­barse todo delante de sus ojos. O bien es la his­to­ria de la Baronesa y la vieja Frutos, dos muje­res tan dife­ren­tes y tan pare­ci­das, nece­si­ta­das una de la otra y al mismo tiempo tra­ba­das en un duelo que ata inexo­ra­ble­mente sus des­ti­nos. Pero tam­bién puede ser la his­to­ria del difí­cil encuen­tro entre cul­tu­ras aje­nas, una his­to­ria de inva­sio­nes y usur­pa­cio­nes recí­pro­cas, cruel con sus pro­ta­go­nis­tas, esté­ril, sin futuro, de la que ape­nas brota, en el momento extremo, la mirada per­pleja del hom­bre de la tie­rra frente a la tra­ge­dia del des­arrai­gado: si no la com­pren­sión, al menos el reco­no­ci­miento de que más allá de las len­guas y las cos­tum­bres alienta una huma­ni­dad común, un des­va­li­miento com­par­tido frente a un des­tino inexo­ra­ble. “Duerma, Señora, duerma. Todos pre­ci­sa­mos dor­mir”, le dice la vieja a la Baronesa en la frase que cie­rra el relato.

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