miércoles, 28 de noviembre de 2012

POESÍA REUNIDA

de Carlos Penelas

En la contratapa (Es acaso la contratapa un pre-prólogo en lugar de ser el colofón de lo leído? ¿Contratapa es epílogo?), de “Fotomontajes” de Carlos Penelas (2009), Ricardo Monner Sans, confiesa que el lenguaje del escritor siempre lo ha inquietado.
Dice Monner Sans: “Penelas ha sabido explorarse y explorarnos desde muchos costados al reunir trabajos de notable envergadura” y más adelante: “En este tiempo de saltimbanquismo, donde nadie parece haber tenido pasado para así ser funcional a cualquier presente, la coherencia de Penelas en decirse qué es, suena también a valentía”
Son estas mismas cualidades las que vuelven a instalarse en “Poesía reunida”, el libro que Penelas presentó este último viernes en Dunken, cuyo primer poema pertenece justamente a “Palabra en testimonio” (1973).
Severo crítico de su propio trabajo, fino tallista, el poeta tal como expresara Monner Sans, entrega al lector una odisea de sí mismo y un navegar por la palabra.
Y esta excelsa materia prima es la que conforma el arte de poetizar en Penelas.
Para detenerse antes de entrar en esos universos, multiplicados en sentimientos y sensaciones infinitas, el magnífico Prólogo escrito por Graciela Maturo: “Lirismo y revelación en la poesía de Carlos Penelas”:
“Leer estos poemas escogidos es compartir una aventura existencial y poética, descubrir un itinerario espiritual y vivir el rito de la palabra en uno de los mejores poetas argentinos de la generación del 70, y de toda época”.
Quiero hacer referencia a tres poemas que habitan el libro desde la transparencia de un sentimiento fiel a las raíces que entreteje esa coherencia de la que habla Ricardo Monner Sans.
En ellos, hay paisajes que trascienden el paisaje que rodea la escena. La imagen que atraviesan las palabras del poeta, es la morriña, a saudade que de lonxe veñe, el re-memorar, el entrar dos veces al recuerdo y, desde la lejanía, atraer -inalterable- el perfume de la identidad.

AUTOBIGRAFÍA (Fragmento)

“Desciendo de irlandeses, escoceses, gallegos.
Fueron nuestros el arado, la rueda, el carro.
Entre vivos y muertos, la morriña.
Vengo de los druidas, de los suevos.
Somos los soldados
sin patria, sin dioses, sin banderas.
Sé de generaciones de guerreros
Que prefijaron tiempo y coraje.
Hebreos, griegos, visigodos o romanos
grabaron en las piedra bendiciones y fiebres.
En la igrexia Santa Eulalia de Spelunca
los números rigen mi memoria,
hay voces de la Santa Compaña.
Un espíritu errante urde la fábula
que simboliza el enigma de Breogán. […]”


CIELO DE BETANZOS (Fragmento)

“De cristal, la palabra
En el silencio ordena mi abismo
una lejanía dispersa
que da nombre a tumbas del exilio.
Ahí, las estrellas y la alondra.
Y el borde de símbolos inmemorables
buscando jabalíes sobre la tierra.[…]”

TRÉMOLO DE LA SOMBRA (Fragmento)

“Mi padre buscaba amparo en la quietud,
en el arpegio de la melancolía.
Cuando cobijaba la rosa ardida de rubor
el corazón de mi padre soñaba con una aurora.
Y su voz reclamaba la penumbra del alma,
tan bella como el mar o la fragua.
Confiaba su mirar al bosque de su infancia,
Al constelado cielo que invade los recuerdos,
a los libros de la noche y del hábito.
Y su empuje furioso de latidos y bueyes
en palidez incierta.[…]”

Para concluir, “Poesía reunida” de Carlos Penelas, es una presencia cercana, íntima, que nos visita. A “Santa Compaña” que levamos tódolos a carón da alma. * Marita Rodríguez-Cazaux

A continuación fragmentos del texto que el poeta Alejandro Drewes leyó en la presentación de “Poesía reunida”

Desde el magnífico poema breve, intitulado Imagen 

Sobre el patio sueña lenta la tarde.
El otoño oculta en el viento lo temporal
del álamo, del beso.
Suavemente, el silencio se ciñe
en el azul del vidrio. Detrás del agua
ha cesado la imagen de su rostro.

de su poemario Palabra en testimonio (1973), elegido por Carlos Penelas para iniciar esta selección de su obra poética de 1973 hasta la fecha, queda el lector irremisiblemente cautivado por el suave intimismo que logra establecer el poeta con la naturaleza y las cosas.
El poeta posee una rara delicadeza capaz de detenerse en la aparente simpleza de un viejo mueble de la casa y en lo que desde su penumbra callada dice; o en las hojas y los seres fugaces que van despoblando la tarde en un parque. 
La sobria melancolía sin estridencias y el personal sentido de la nostalgia de Penelas se van haciendo cada vez más nítidos al recorrer los textos de cada uno de los poemarios recogidos; a medida que cada golpe de la vida
Conmueve la bruma gris en mis cabellos


El conjunto de la obra poética aquí reunida de Carlos Penelas se mueve entre varios polos: Galicia y Buenos Aires, los mares y los exilios; el mundo blanco y el mundo negro: la suavidad del mundo femenino y materno frente al rigor y la soledad del padre; el pasado presentizado, recuperado en las tradiciones familiares, en la historia de las generaciones y en la lengua gallega, frente al futuro incierto y a la vez -quizá por la misma razón-, no exento de cierta misteriosa luz.

Ese mismo futuro es el que se extiende como la sombra del hijo caminando junto a la sombra del padre. Así es evocado por ejemplo ese tiempo venidero, la continuidad del azaroso periplo vital en otros ojos, en los versos iniciales de un bello poema dedicado a uno de sus hijos, intitulado Pequeña carta a Emiliano 

La mañana se alza preguntando tu nombre.
Y clara como tu risa
se me ahonda en el alma.
Yo que no tengo fe
digo que amotino la fe con tu caricia.
Me sostienes de ensueños y frescura.
Vas ordenando un poco mi latido y mi frente.
A cada paso tuyo me elevo, me agiganto.
Y recorro la memoria de mi asombro en tu asombro.
Celebro el infinito de tu diente y tus ojos.
Celebro la ternura que atisbas con la brisa.
Con tu pequeño dedo me señalas los pájaros. 
Y el agua. Y el abstraído origen de la piedra.

El mundo masculino por su parte, orbita en torno a la figura del padre, evocada en varios momentos de la obra, pero en forma especialmente significativa en el inicio del poema El mirador de Espenuca, del poemario homónimo de 1995

Aquí estoy, padre,
mirando con tus ojos este lugar del mundo.
Las colinas esperan
tu transfiguración en la bruma del alba.
Es una humedad lejana que dibuja presencias
sobre la lumbre eterna.
Hora a hora llegan las campanadas
como llegaban los pastores en esta tierra de éxodo.
Desde un aliento inmenso tu voz sube
con dioses que agonizan las sucesivas muertes.
Sobrevivimos a la llovizna
entre almas suspendidas en este umbral de la ternura.
Aquí estoy, padre, cumpliendo mi promesa.
El pecho desolado
buscándote en este silencio iniciático
en la parroquia de Santa Eulalia. 

versos en los que se aprecia el motivo del mandato, asociado al simbolismo del viaje; al cruce de los mares en busca del sentido del origen. Una suerte de pánico viento recorre el poema, como el eco de una religiosidad honda y pagana, legada por los ancestros. El hijo busca la sombra del padre y revierte el camino del exilio emprendido por sus mayores, acaso en un intento arduo y supremo de reencontrarse consigo mismo.
En medio de la niebla de Galicia, una parte esencial del paisaje, el poeta observa, absorto. Y han tañido antes las campanas, como en aquel otro inolvidable poema de Trakl, como una delicada señal para los que han perdido el camino en la creciente penumbra. 
Por otra parte, mucho podría decirse acerca de las voces poéticas cuyas notas suenan sutilmente a lo largo de la obra de Carlos Penelas; poeta de extensas lecturas y autor de notables ensayos literarios, han dejado marcas en su escritura muy especialmente la fuente helénica, con muy logrados testimonios poéticos como La luz helénica (pp. 82) o Los sueños de Odiseo (pp. 83); Horacio y su preceptiva y arte poética en la Epistula ad Pisones, comentada por Penelas en esta notable forma

Estos pobres enemigos, Horacio,
cargados de celos y rencores
vigilan desde las quemaduras de la pereza
los hospedajes de reinos mezquinos.
Con las piernas heladas, suplicantes,
repitiendo injurias en encuentros inútiles
imploran la fama sobre el légamo
de páginas baldías,
irremediablemente convocadas al perdón.
Solitario atravieso la luz y la ceniza.
Corrompidos por leyendas y dioses
destrozan la belleza
como un cuchillo troyano la maldad.

(Finisterre, 1985)

Desde luego, la propia esencia de su periplo lírico, y su intimidad con la lengua de los padres, la lengua galega, han llevado al poeta asimismo a transitar a lo largo de sus años por el cancionero galaico-portugués medieval, por los poetas del Siglo de Oro; y por su evolución natural hasta las voces más altas de la poesía gallega y española contemporánea. No es difícil advertir en ciertos poemas resonancias de Alberti; o de García Lorca en la elección de algunas imágenes y de determinadas formas poéticas como la casida. De Rosalía de Castro, de la inolvidable Rosalía que escribiera

Como chove miudiño,
como miudiño chove;
como chove miudiño
pola banda de Laíño,
pola banda de Lestrove.

¡Como a triste branca nube
truba o sol que inquieto aluma,
cal o crube i o descrube,
pasa, torna, volve e sube,
enrisada branca pruma!

con quien se reconoce en el espejo brumoso de su abisal soledad y en la profunda melancolía de muchos de sus poemas de tono más personal, y en la elección de las coordenadas de sus pasajes líricos, tan a menudo bordados por la niebla y una siempre próxima lluvia.
La escritura de Penelas, como poeta de dos mundos, no deja de ser deudora por otra parte, de su diálogo con los poetas argentinos mayores; con Borges y Molinari, con Marechal, sin que por ello sus poemas dejen de tener su propia marca personalísima y única, que denota la ardua construcción de su voz a través del duro tiempo vivido. 
Queda el lector, tras el inseguro auspicio de estas palabras, solo ante el misterio y la transida belleza de esta Poesía reunida de Carlos Penelas, lux poetica en estos tiempos de oscuridad e indigencia. (Alejandro Drewes-Buenos Aires, noviembre 21, 2012)

Marita Rodríguez-Cazaux

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