jueves, 4 de octubre de 2012

Eugenio

-Señoga, faltan cinco centagos paga pagá la cuenta de la leche.
Yo lo oía a Eugenio, medio amodorrado, a los cinco o seis años, desde mi dormitorio, próximo al pasillo. Eran las siete y cuarto de la mañana, a esa hora se detenía ante la casa el carrito del lechero y para mí su frase ha quedado tal vez como la primera de entonces que recuerdo palabra por palabra.
Me lo imagino ahora a Eugenio, entre indignado y exacto, señalándole a mi abuela, con un índice grueso, el papelito de la cuenta. Alguna vez los ví, creo, en ese trance, frente la puerta del pasillo que daba a la cocina del primer piso, él casi tembloroso de la rabia. 
Había llegado a la Argentina después de que los Aliados hundieron al Graff Spee, frente a Montevideo. Era hosco, de cara cuadrada, ojos celestes y pelo blanco, que se fue haciendo más leve y aéreo; siempre muy erguido, de hombros rectos, apenas corpulento. Tenía buena planta, cosa indispensable para alguien que se desempeñaba como portero y también servía la mesa, respaldado por el segundo mucamo, en esos tiempos. En el Graff Spee había sido marinero, fogonero, me dijeron. 
En algún momento, quizás después de vivir en Montevideo, Eugenio llegó a Buenos Aires y consiguió trabajo en la casa de mis abuelos. Ahora pienso que posiblemente no haya dejado atrás muchos vínculos en Alemania; como si estuviera acostumbrado a no tenerlos vivió en la Argentina, en nuestra casa, de una manera que lo identificaba absolutamente con su función. 
Abría y cerraba la puerta de entrada, siempre con un aire de hosca realidad e importancia. No eran para él los vuelos de la imaginación, como sucedía con aquel otra mucamo, Alberto, que llegó años después, muy alto y flaco, de cara larga y angosta, con bigotitos grises prolijos de mosquetero, parecido a don Quijote, según pensé más tarde, y que imitaba para hacernos reír a los chicos, los gorgoteos de una jarra de agua a medida que se va vaciando. O aquel otro de la casa de una tía nuestra que vivía enfrente, jardín por medio, que hacía retratos al pastel de señoras elegantes. No, Eugenio era bien alemán, en el sentido más estricto y cerrado del término, pienso ahora. Presentaba al mundo, seguramente sin advertirlo, una coraza casi impenetrable, que seguramente lo apresaba más de lo que él hubiera deseado, si se hubiera dado cuenta. El mal humor era lo primero que uno notaba de él, una irritación contra algo, el mundo que le tocaba vivir, la vida que le tocaba vivir, quizás. 
De chico no podemos imaginarnos lo que siente alguien que ha vivido ya gran parte de su historia. No sé si la irritación de Eugenio era contra su vida, o ese destino en una casa de Buenos Aires. Aunque no creo que le haya parecido tan mal, una vez en la Argentina, trabajar en casa de mis abuelos, por más que, como solemos hacer todos, haya pensando alguna vez en un futuro mejor. Los trabajos en las casas, que hoy en día quizás uno consideraría como changas instituidas, tenían una especie de dignidad difícil de calibrar ahora. Me lo imagino de joven, como una persona de origen modesto, de alguna pequeña ciudad de Alemania, quizás harto de la vida en su pueblo y que decidió irse al mar. 
Ojalá, pienso ahora, hubiera tenido entonces la capacidad de hacerle preguntas, pero uno de chico acepta a la gente por completo, el mundo que conocemos es como un tapiz, y aquellos que vemos todos los días son como una parte, creo ahora, de un enorme Cinerama al que asistimos sintiendo que todo será así siempre, porque nos cuesta reconocer y aceptar algo que produce los cambios que también nos van a tocar a nosotros: el novedoso, inevitable, transcurso del tiempo, Pero estoy seguro que entendemos, de manera intuitiva y profunda, a aquellos con quienes convimos; sobre todo, sentimos en esa época de la vida la verdad de las personas, e intuimos, con desconcierto, con pena o con rabia o dolor, cuando nos molestan o son injustos, lo que el mundo, la vida, ellos mismos, han hecho con su interioridad.
A un chico todo le parece fácil y si algo es fácil, ¿por qué no se soluciona de una vez? No sé nada de Eugenio. Acerca de cuáles eran sus ilusiones al comienzo de su vida no tengo ni una pista. Mi impresión de entonces es que era muy cerrado; a lo mejor la rutina de la vida le bastaba o simplemente no se sentía capaz de ir más allá de ella. No se daba con nadie. Se hacía respetar adentro de la casa, entraba al comedor con la fuente con el grado exacto de altanería, abría la puerta de entrada como un embajador de jerarquía en un ministerio. En él había, presiento, una voz inarticulada, una especie de impedimento para comunicarse, que no solo tenía que ver con el idioma mal aprendido que debía usar. Me acuerdo de algo característico: su gruñido. Uno lo oía por el pasillo, sabía que estaba caminando por un: uh, uh, úh, cada vez más acentuado, como si cada paso de su existir demandara un esfuerzo. Era tal vez una protesta porque le faltaban siempre –o por lo menos más a menudo de lo que consideraba justo-, algo equivalente a esos famosos centavos de la cuenta.
Después, creo que Eugenio se fue, pero volvió a los pocos años. Yo era más grande y ya era capaz de sentir que había algo quizás trágico o mal encaminado en ese hombre que ahora era conmigo, y creo que con todos en la casa, un poco más amable. Me acuerdo que le ofrecí, no sé porqué, regalarle un perro. Empezó a sonreír y ahí me dí cuenta de lo solo que estaba, en un país que no era el de él, sin posibilidad de integrarse nunca, pienso ahora, y con más de setenta años. Nunca le pude regalar ese perro, porque yo mismo no podía tener uno. Los perros en el campo, era la consigna muda y una perrita fox terrier que en teoría venía en el camión que traía los caballos para la cuida de los potrillos en Florencio Varela, misteriosamente se fugó, en un descuido, me dijeron, y a partir de eso no volví a insistir. Así que ese deseo de que Eugenio tuviera un perro debe haber sido un fugaz intento de alegrar a ese viejo alemán adusto. Me parece que le hacia ilusión tener un ser que le tuviera afecto, un cachorrito que lo alegrara en su rutina. Y mi falta de cumplimiento debe haber sido una desilusión.
Uno de chico no pregunta muchas cosas, por lo menos yo no preguntaba, muy a diferencia de los chicos de hoy. Tampoco sabía, por supuesto, dónde vivía Eugenio, si tenía un piecita propia o alquilada, un departamento chico, o qué. ¿Qué se habrá hecho de Eugenio?, pienso ahora. En un momento dado desaparece enteramente de mis recuerdos. Y no lo veo más abriéndome la puerta verde oscura cuando yo volvía del colegio, con su uniforme de botones dorados. Era, sin que me diera cuenta entonces, un emblema del deber y la exactitud, la personificación de un cumplimiento hosco, ineludible, del que no le era posible desviarse; cumplía su rutina cotidiana de una manera lineal y digna, sin sospechar -salvo por un dolor sordo, que no reconocía, creo-, cuánto significaba su renuncia a todo lo demás. Lo veo abriendo la puerta verde oscura, con malhumorada entereza, como personificando los ineludibles deberes de su propia vida, sus anhelos interiores casi cerrados a cal y canto, con el estoicismo del que lleva su propia carga, resguardado, por todo aquello, supongo, del breve soplo de la illusion y la felicidad.

Jorge Torres Zavaleta

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