miércoles, 3 de octubre de 2012

Edda Drews

Me dio un poco de miedo la primera vez que la vi. Tenía pelo blanco y parecía una bruja, pensé. Fue en el gran living de abajo de mis abuelos, yo estaba esperándola al lado del Steinway, que flotaba como un barco anclado, grande y oscuro, en la penumbra. Era bajita, de cuerpo relleno, sonrisa amable y extranjera, mejillas pendulosas. Usaba un gorrito de lana por donde asomaban finas hebras blancas y avanzaba hacia mi con un aire tímido pero de alguna manera seguro, como si confiara en cosas en reserva que yo aún no podia ver.
Con unos carteles con dibujos infantiles que representaban nombres y valores musicales, me fue enseñando, sentada a mi lado en la larga banqueta frente al piano, las distintas notas. Ella era distinta, amable, suave y precisa, como su manera de tocar, me di cuenta unos meses más tarde. Todo, en ese cuarto me hacía sentir que las cosas tenían un misterio. Me acuerdo de una mesa redonda y alta con un ídolo hindú oscuro de cara alargada de expresión sibilina, como si intuyera misterios que para mí todavía estaban clausurados. 
La música era su mundo, pienso ahora y lo debo haber pensado entonces, sentido entonces. La amabilidad y la precision se alternaban en ella, formaban parte de lo que más le importaba. 
Edda Drews daba clases, daba clases hacía años. Había llegado al país antes de la segunda Guerra mundial. No había conseguido visa para Estados Unidos y habia desembarcado con su marido en Buenos Aires. Venía con su gran fama de discípula predilecta del ultimo gran discípulo de Lizt. Había dado grandes conciertos en Europa y no le fue difícil dar un par de conciertos en el Colón, que tuvieron mucho éxito. Pero con dos conciertos no podían vivir. El empezó a trabajar en alguna de las compañías extranjeras de la época y ella fue adoptada por una reducida pero suficiente cantidad de familias de Buenos Aires como profesora de piano de sus hijos e hijas.
En ese tiempo, para mí próximo y lejano a la vez, uno aceptaba como el sol, la lluvia y el viento las decisiones de los padres. No creo que me gustara mucho el piano, era un mundo ajeno, como una caverna donde había sombras imprecisas, como el living de mi casa. Pero para la generación anterior a la mía, la música, Edda Drews y el piano formaban parte de una atmósfera que se conectaba con una vida que tenía que ver con ambientes y salas de concierto que ellos habían aceptado no solo por gusto sino porque formaba parte de la rutina de sus vidas. Suave, pacientemente, con rigor inesperado, vieja pero vigorosa luchadora en ese mundo donde ella iba de casa en casa donde la esperaban los hijos de la gente que ella había enseñado de más joven, Edda Drews me fue mostrando cosas que olvidé bastante rápido entonces pero que quedaron como un trasfondo para juzgar todo lo que he oído.
Me acuerdo sobre todo de la importancia que le daba a la manera de tocar cada nota. Al hecho de nunca golpear sino acariciar, no se me ocurre otra palabra, con fuerza las teclas. Ella creaba sonidos que podían ser suaves, afelpados o violentos. Era una manera de tocar donde la capacidad de sentir estaba siempre presente y al escribir sentir quiero decir la capacidad de sacar de adentro de una nota, una progresion o un acorde su fuerza interior que no era nunca estridente sino profunda, genuine, con una linea que iba del sonido al corazón.
Era bondadosa, porque vivia de lo que más le gustaba y era pobre, porque el marido se habia jubilado. Los ahorros los había invertido en acciones de la compañia donde él trabajó desde que llegaron a la Argentina, y cuando el gobierno la confiscó el valor de las acciones cayó a pique y las clases de Edda se tranformaron en algo vital. 
En esa época no se curaba con la palabra el desánimo. Tampoco se creía en la capacidad de mejorar la conciencia ni modificar el carácter para poder sobrellevar mejor la vida. El destino era cosa de cada uno y en cierta forma solo dependía de cosas externas. La gente seguía como podia con lo suyo y una extranjera como Edda vivía en una especie de pasillo, supongo, donde no había mayor salida. Si hubiera vivido en Estados Unidos, si hubiera hecho su vida allí, hubiera tenido muchas ciudades donde dar conciertos, una cosa hubiera llevado a otra, hubiera habido ciudades enteras donde podría haber repartido sus talentos. Pero en la Argentina solo podia vivir del margen cada vez más estrecho de un mundo que se iba comprimiendo, como si ella, artista hasta la medulla, acostumbrada a enseñar los rudimentos de su profesión gracias a la dulzura de su carácter, fuera tres veces exilada y extranjera: de Europa, de la música y de la posiblidades de desarrollar una vida que no fuera de la necesidad ni de la supervivencia.
El marido había muerto y a mi, ya de más grande, me quedó de una vez que la vino a buscar, el vago recuerdo de un hombre mayor, alto y flaco, muy bien vestido y muy distinto a Edda. ¿Oí entonces o años después, a través de gente que la conoció, alguna historia sobre su éxito con otras mujeres, algún comentario sobre el hecho de que Edda había estado cuando llegaron a la Argentina, muy enamorada? ¿Cómo habría sido Edda de joven? No era alta, nunca pudo haberlo sido, era mas bien rolliza, y a lo mejor, fuera de la luz que le agregaba la música, quizás no haya sido inmediatamente atractiva. Aunque uno de chico nunca puede imaginar lo distinta que fue la gente cuando era joven. Pienso que ella era lo que quizás no sea tan raro: una europea que representaba lo mejor de la cultura musical de su época; y tambien me surge una palabra que los ingleses usan en estos casos, la palabra unworldly, es decir alguien que quizas a causa de su especialización y profundidad, no está en condiciones de alternar con cierta soltura entre las exigencias inmediatas de este mundo. Alguien, quizás, de gran excelencia, realmente apta para hacer algo muy dificil, como por ejemplo interpretar música clásica, si uno la sienta ante el Steinway y el teatro le vende las entradas para el concierto. Alguien que entonces toca y crece y se ahonda como el color y el perfume de una planta en la noche.
Estudié con ella cuatro o cinco años, creo que hasta los trece, cuando fui saliendo cada vez más de la casa y mi vida se empezó a ampliar. Pero durante esos años Edda Drews me fue dando una soltura y una confianza ante el piano bastante inusitada para mi edad. Yo tenía, lo tuve siempre, la convicción de que crear era algo natural, y como jugando compuse, ¿se puede usar esa palabra?, dos o tres tonadilllas que ella en ese mismo momento transformó en algo que entonces sí podría llamarse música, un par de cancioncitas con melodías muy alegres y simples. 
Me hacía practicar: digitación, escalas, acordes, el uso del pedal, me enseñó a leer música y a escribirla. Cuando yo me hartaba o me descorazonaba un poco con esas monotonías, Edda tocaba, quizás para mí, o para que yo me diera cuenta, pienso ahora, a qué podia conducir eso que yo estaba aprendiendo. Entonces, el piano, ese gran barco mudo, recuperaba la voz, resonaba en su plenitud en la profundidad cóncava del living. Edda se adueñaba de un lugar exacto en la banqueta, tocaba con autoridad, modulaba los pausas, los sonidos, los graduaba, les daba sentimientos, y de pronto ese piano recuperaba su motivo de estar ahí. Creo que yo sentía sin poder expresarlo que Edda y el piano me estaban dando una clase de magia, quizás, pienso ahora, una instrucción práctica sobre la magia. No me sentía, en la mayor parte del tiempo que estábamos juntos, muy cerca de ella, era demasiado vieja, demasiado gorda, demasiado ajena. Y yo era demasiado chico. Pero había momentos en que simplemente me maravillaba. 
A los dos o tres años me dijo que en octubre organizaba un concierto de sus alumnos en casa de unos conocidos y que yo iba a tocar a cuatro manos, con ella, la Rhapsodia Húngara numero dos de Lizt, que ya me había hecho aprender. Me gustaba. Era una pieza que iba de lo alegre a lo dramatico. Y ahora sé que, como pensé en distintas etapas de mi vida, debería haberme animado a tocar jazz desde bien joven, desarrollar, armar y recomponer melodías y disonancias, crear, mientras surge el sonido, lo que uno inventa e interpreta.
Dimos el concierto. Era un ambiente alegre, había dos mujeres y un varón que tocaban, a mi parecer, mucho mejor que yo, pero me sentí contento. A esa altura yo sabía mi parte de la Rhapsodia de memoria y Edda estaba toda sonrosada con nuestro éxito. Fue la primera y la última vez que toqué con ella en público y creo que al año siguiente empecé a discontinuar las clases.
Pasaron unos cuántos años. Mis hermanos menores estaban mas grandes, yo tenía unos dieciseis o diecisiete años y a veces los acompañaba para almorzar. Creo que fue en esa época, en que Edda, ya viuda, empezó a caer de visita a la una y varias veces almorzó en la mesa del nursery con ellos. Conversabámos pero ya no teníamos el aliciente y el pretexto del trabajo con la música. Hay quien dice que el solo pensamiento no sirve para pensar, y que es mejor pensar mientras uno está haciendo, dialogar con lo que uno crea, y no girar en el vacío, como si la misma acción pusiera en marcha el pensamiento. En esos almuerzos, donde Edda hablaba, más que conmigo, pienso ahora, con mis hermanos, que nunca fueron alumnos suyos, yo sentía que algo estaba cambiando en ella, para ella. Quizás su sonrisa era menos radiante, quizás estaba más vieja o simplemente, ahora que el marido había muerto, estaba demasiado sola, seguramente con muy poca plata y apenas le quedaban unos pocos de sus viejos protectores, la rutina todavía abundante de sus casas, pero sin el pretexto de las lecciones. La comida de los chicos le gustaba, eran platos sustanciosos pero simples, tallarines a la crema, por ejemplo. Me acuerdo ahora de un almuerzo en que sentí la alegría de ella al comer dos platos seguidos. Y recuerdo que volvió otra vez esa semana, y varias veces durante los siguientes meses y algo menos el año siguiente.
Mis padres habían quedado en contacto con ella, me enteré más tarde, y cuando Edda murió mi madre y otra señora bastante más grande, fueron a su casa. No sé si Edda estaba ahí todavía, supongo que sí, que ellos en ese tiempo estuvieron en contacto y que había instrucciones de que los llamaran, aunque no lo sé con certeza. Años más tarde, esa otra señora escribió una obra de teatro donde la protagonista era Edda, retratada con gran proximidad y afecto. La leí más de veinte años más tarde, a los treinta y tantos, hace ya más de veinte, y ahora me acuerdo poco de los datos biográficos que podia contener. 
Así que ésta es mi historia de Edda, la que yo compartí con ella esos años, sin que ella ni yo nos diéramos cuenta. Desde entonces, al pensar en ella, sentí siempre algo bien parecido a la tristeza, o peor, una especie de remordimiento, la sensación de que ese final, que pareció, supongo, inevitable, a los que la conocíamos, no debería haber ocurrido nunca. Pienso en ella sola en su departamento, en Buenos Aires, a veces, supongo, con hambre. Pienso en su decision de ir con una sonrisa a visitarnos, en su decision, sus decisiones sucesivas, de volver de nuevo esa semana o la otra y de ir de nuevo al mes siguiente. 
Me alegré mucho de saber que mi abuela, mi madre y otra gente, aunque quizás intermitentemente, se hayan ocupado de ella. Ojalá pudiera saber qué pudieron hacer para asistirla. Supongo que Edda cobraría la jubilación de su marido. No sé si la gente se jubila de concertista o si una profesora de piano que no trabajó en ningún colegio ni conservatorio sino en casas privadas pudo tener entonces alguna clase de red de protección. Es como si en la vida de Edda a pesar de la música que la elevaba sobre el nivel de lo cotidiano, se hubiera creado una especie de silencioso torbellino, quizás un simple vacío, un drenaje imposible de llenar. Quizás lo mejor hubiera sido inventarle que era todavía una joven concertista en Europa que había tocado para Alfonso XIII. O a lo mejor hubiera sido posible convencerla de que estaba con su marido en los Estados Unidos, y que ganaba plata buena en los conciertos de muchas ciudades muy prósperas. 
Uno no sabe realmente si estuvo tan indefensa como pienso; yo creo que sí, y admiro su valentía cotidiana para enfrentar siempre, día a día, los mismos males que no podia remediar. Se me ocurre que a pesar de la amplitud de la música su vida fue en esa etapa como un pasillo que se va haciendo más angosto. Edda caminaba con sus ojos muy celestes, su gorrito de lana y su sonrisa. Tenía una linda sonrisa, graciosa, pienso ahora. De chico, cuando la conocí, me gustaban sus mejillas muy gordas.
Edda Drews es para mí el primer recuerdo de la música.

Jorge Torres Zavaleta

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