miércoles, 24 de octubre de 2012

Nuevo libro de María Gabriela Azaña


El día miércoles 24 de octubre a las 18:30 horas, en el Centro Burgalés, Avda. Rivadavia, 5764 se presentará el libro POR QUIENES LLORAN LOS PINARES SERRANOS de María Gabriela Azaña, editado por la Excma. Diputación de Burgos.










sábado, 20 de octubre de 2012

TRADICIÓN LIGUR EN ARGENTINA

La inmigración italiana del Oeste Bonaerense
de Silvia Alizeri
Editorial De los Cuatro Vientos

Liguria, región del norte de Italia, tiene como capital la ciudad de Génova. De allí partieron muchos hombres y mujeres a mediados del siglo XIX, quienes participaron en la fundación de los nuevos pueblos de Chivilcoy y Alberti. Ellos trajeron consigo sus tradiciones las cuales se ponen de manifiesto en la vida cotidiana de estas familias. La reconstrucción fue posible a través de testimonios orales, documentación y periódicos de la época. Investigación histórica sobre los eventos que propiciaron la llegada de la inmigración ligur al Oeste de la Provincia de Buenos Aires.

La presentación del libro se realizará a través de la Secretaría de Cultura de la Municipalidad de Chivilcoy el día sábado 27 de octubre a las 19.30hs.

Museo de Artes Plásticas Pompeo Boggio
Bolívar 319
Chivilcoy

viernes, 19 de octubre de 2012

Nuevo libro de Eduardo Bedrossian


El Rotary Club de Flores convoca


al primer Certamen Literario "60 Aniversario - creacion del Rotary Club de Flores" con arreglo a las siguientes Bases:

Inscripción libre y gratuita.idioma italiano-español

1.- Género: Poesia o Cuento.

2.- Tema: Libre. Los trabajos se presentarán escritos en lengua española o italiana.

3.- Presentación: Los trabajos vendrán mecanografiados, en letra Times New Roman, cuerpo 12, interlineado sencillo, a una sola cara, en papel tamaño A4, páginas numeradas.

4.- Extensión: La extensión de los trabajos presentados no será mayor de dos páginas .

5.- En la portada figurarán el título del cuento y el seudónimo.

6.- Premios
Primer, segundo y tercero 
A todos los premiados se les entregará un diploma y medalla, que acredite su participación en el Certamen. 

7.- Plazo de presentación: El plazo de presentación se abre el 01 de octubre de 2012. La admisión quedará definitivamente cerrada el 20 de noviembre de 2012.

8.- Los originales se presentarán por correo electrónico o por correo postal.
a) Envío por CORREO ELECTRÓNICO.
- La obra se enviará a: concursorotaryflores@gmail.com
- En asunto debe figurar Certamen Literario "60 Aniversario -Creacion del Rotary Club de Flores-"
- En el cuerpo del mensaje figurarán el título del cuento y el seudónimo del autor.
- El correo electrónico irá acompañado de dos archivos adjuntos en formato Word.en letra Times New Roman, cuerpo 12, interlineado sencillo, a una sola cara, en papel tamaño A4, páginas numeradas.
- El primer archivo con la obra tendrá por nombre el título del cuento.
En el segundo archivo deberán figurar: el nombre de la obra y los datos del autor (nombre, número de DNI o pasaporte, teléfono de contacto, dirección). Este archivo llevará por nombre el título del cuento más la palabra “datos”
b) Envío por CORREO POSTAL CERTIFICADO. En el sobre se hará constar:
CERTAMEN LITERARIO “60 Aniversario -Creacion del Rotary Club Flores"
Av Varela 1133 -Ciudad Autónoma de Buenos Aires, Argentina. (C.P. 1406-)
En el remitente deberá figurar el nombre de la obra y el seudónimo del autor.
Dentro del sobre, que deberá venir cerrado, además del cuento o poesia (por duplicado), se incluirá un sobre también cerrado que contenga: en el exterior, el título del cuento o poesia y el seudónimo; dentro, en una hoja: el título del cuento, nombre y apellidos del autor, DNI, domicilio, teléfono y correo electrónico si lo tuviera.

9.- La entidad convocante podrá efectuar una lectura pública de todos los trabajos presentados o de una selección de ellos, así como publicar recopilaciones de las obras para fines de divulgación social y cultural., sin que por ello devengue derecho económico alguno para los autores , a quienes se les reconoce la propiedad de su obra.

10.- Jurado: El Jurado estará presidido por la periodista y Profesora, Lic Maria Gonzalez Rouco, el Profesor Vittorio Galli, y el escritor Horacio Semeraro, personas de reconocida solvencia, y su fallo sera inapelable.

11.- Los premios se entregarán el lunes 10 de Diciembre 2012, a las 21.00 (Museo Escuela Justo J. de Urquiza, sito en Yerbal 2370 cap.)

12.- Los galardonados deberán presentarse a recibir el premio. En caso de no poder concurrir, podran enviar un representante.

13.- El hecho de concurrir a este certamen implica la aceptación de las presentes BASES y las decisiones del Jurado, que serán inapelables. Las obras no serán devueltas.

Coordinacion: Ida De Vincenzo

jueves, 18 de octubre de 2012

FLORENCIO El vuelo del galleguito


En julio apareció este libro de Marcelo González Táboas, editado por Tricao. En él, se relata novelada la biografía de Florencio González, empresario y dirigente nacido en Belesar en 1900, fallecido en Buenos Aires en 1984.
Acerca de la obra, manifiesta el autor: “Florencio nace de la resonancia de la voz de mi padre en mi memoria, contando historias ocurridas entre el 1900 y 1984 que conforman el relato de su vida. Historias, siempre adornadas con detalles, citas textuales de dichos y diálogos, e incluso ruidosas onomatopeyas, que transmitían, en una suerte de realismo mágico, imágenes vívidas y coloridas de cada suceso. Esta narración las hilvana cronológicamente, reproduciendo las exageraciones, el lenguaje y las formas de construcción del discurso original”. 
Basándose en su experiencia personal, pero también en importante bibliografía, describe con emotividad la trayectoria del hombre que dejó su tierra natal en 1912, y supo abrirse camino, sobreponiéndose a los avatares de la política mundial y de la Argentina.
Con entereza, enfrentó cada una de las situaciones; no lo abatió ni el encontrarse solo en Cuba siendo un  adolescente, ni la clausura de su establecimiento en el cenit de su poderío empresarial. Con una visión distinta del oficio, supo renacer de sus cenizas, mostrando qué difícil fue para muchos seguir adelante en algunas décadas de la historia de nuestro país.
Escrito con lenguaje terso y cuidado, el relato incluye poemas cuando los límites del discurso acotan el sentimiento que necesita expresarse más libre y concisamente. Surge así el poeta en este abogado que jamás hubiera soñado que su pluma abordaría ese género.
En el prólogo, afirma Pablo Rojas Paz: "La presente obra nos convoca a la lectura de una narrativa que si bien nos sitúa en la historia de una familia determinada, de una estirpe, al mismo tiempo, por medio de un recurso estilístico innovador, el de mechar de modo balanceado las dimensiones de lo literario con lo biográfico y lo histórico, nos coloca frente a la recuperación de un nombre colectivo, de una memoria plural, de una experiencia de conjunto, forjada por aquellos ancestros, que en el caso particular de la historia que nos concierne, venidos de Galicia, supieron hallar y construir rumbos en estas tierras de fábulas y mitos".
Y es tan cierto esto que dice Rojas, que a mí, leerla me retrotrajo a las historias de mi infancia, del abuelo que dejó Lugo para poner un hotel en La Habana, y que habiendo perdido todo, terminó de panadero, pasando de gran señor a obrero agobiado por el calor del horno. Todo sin una queja, sin rencor, como corresponde a la esforzada raza de nuestros mayores.
Un homenaje a su padre, y en él, a sus paisanos, realiza González Táboas en estas páginas. Algunos emigrantes fueron preclaros como Florencio González; otros, no tuvieron tanto talento, pero a todos los guió la convicción de que el tesón era su única arma en la patria nueva.

domingo, 14 de octubre de 2012

Auditorio Ben Ami


"Siempre hay sol" - Domingos 17.30 hs.

Auditorio Ben Ami: Jean Jaures 746 CABA

Promoción Día de la Madre: TODAS las entradas al 50%

El descuento no es sólo para las madres y mujeres, también para quienes las acompañen y quienes vengan solos!

General: $25 Jubilados y socios AMIA $15

Reservas al 4961 0527 (dejar nombre y teléfono)

viernes, 12 de octubre de 2012

UNA VIDA. como la de tantos


La epopeya de un hombre que convierte sus recuerdos en un homenaje a su propia existencia. Los límites de la realidad sobrevolando la ficción. A partir del universo poético que plantea el texto, el personaje comienza a transitar una gesta de recuerdos, emociones, humores y planteos sobre su existencia. ¿Qué es verdad? ¿Qué es ficción? Tomando como punto de partida la vida del actor Héctor Fernández Rubio, esta pieza documental se desarrolla desde la polaridad propuesta en la tensión entre el mito y la realidad. En ese camino de búsqueda de verdades se enlazan personajes, amores, ausencias, objetos, imágenes. Un homenaje a la radio, la presencia etérea de queridos artistas, Niní Marshall, las reminiscencias españolas, la historia de los cruces inmigratorios, Evita, el inolvidable personaje de Efraín y aquellas melodías de reconocible cadencia. ¿Hombre o actor? ¿Actor u hombre? Una poesía teatral con canciones y música en vivo. Un homenaje a los artistas. Una celebración de la vida. La obra se convierte en un estímulo sensorial donde el espectador se sentirá identificado ante esas cuestiones esenciales que hacen a lo más profundo del alma humana. En definitiva se trata de "UNA VIDA. como la de tantos".
Esta obra participo del Vl Festibero 2013 - Sao Paulo (Brasil) - Auditorio Centro Cultural Memorial
Contacto: Pablo Mascareño (pablodmascareno@gmail.com)
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jueves, 4 de octubre de 2012

Eugenio

-Señoga, faltan cinco centagos paga pagá la cuenta de la leche.
Yo lo oía a Eugenio, medio amodorrado, a los cinco o seis años, desde mi dormitorio, próximo al pasillo. Eran las siete y cuarto de la mañana, a esa hora se detenía ante la casa el carrito del lechero y para mí su frase ha quedado tal vez como la primera de entonces que recuerdo palabra por palabra.
Me lo imagino ahora a Eugenio, entre indignado y exacto, señalándole a mi abuela, con un índice grueso, el papelito de la cuenta. Alguna vez los ví, creo, en ese trance, frente la puerta del pasillo que daba a la cocina del primer piso, él casi tembloroso de la rabia. 
Había llegado a la Argentina después de que los Aliados hundieron al Graff Spee, frente a Montevideo. Era hosco, de cara cuadrada, ojos celestes y pelo blanco, que se fue haciendo más leve y aéreo; siempre muy erguido, de hombros rectos, apenas corpulento. Tenía buena planta, cosa indispensable para alguien que se desempeñaba como portero y también servía la mesa, respaldado por el segundo mucamo, en esos tiempos. En el Graff Spee había sido marinero, fogonero, me dijeron. 
En algún momento, quizás después de vivir en Montevideo, Eugenio llegó a Buenos Aires y consiguió trabajo en la casa de mis abuelos. Ahora pienso que posiblemente no haya dejado atrás muchos vínculos en Alemania; como si estuviera acostumbrado a no tenerlos vivió en la Argentina, en nuestra casa, de una manera que lo identificaba absolutamente con su función. 
Abría y cerraba la puerta de entrada, siempre con un aire de hosca realidad e importancia. No eran para él los vuelos de la imaginación, como sucedía con aquel otra mucamo, Alberto, que llegó años después, muy alto y flaco, de cara larga y angosta, con bigotitos grises prolijos de mosquetero, parecido a don Quijote, según pensé más tarde, y que imitaba para hacernos reír a los chicos, los gorgoteos de una jarra de agua a medida que se va vaciando. O aquel otro de la casa de una tía nuestra que vivía enfrente, jardín por medio, que hacía retratos al pastel de señoras elegantes. No, Eugenio era bien alemán, en el sentido más estricto y cerrado del término, pienso ahora. Presentaba al mundo, seguramente sin advertirlo, una coraza casi impenetrable, que seguramente lo apresaba más de lo que él hubiera deseado, si se hubiera dado cuenta. El mal humor era lo primero que uno notaba de él, una irritación contra algo, el mundo que le tocaba vivir, la vida que le tocaba vivir, quizás. 
De chico no podemos imaginarnos lo que siente alguien que ha vivido ya gran parte de su historia. No sé si la irritación de Eugenio era contra su vida, o ese destino en una casa de Buenos Aires. Aunque no creo que le haya parecido tan mal, una vez en la Argentina, trabajar en casa de mis abuelos, por más que, como solemos hacer todos, haya pensando alguna vez en un futuro mejor. Los trabajos en las casas, que hoy en día quizás uno consideraría como changas instituidas, tenían una especie de dignidad difícil de calibrar ahora. Me lo imagino de joven, como una persona de origen modesto, de alguna pequeña ciudad de Alemania, quizás harto de la vida en su pueblo y que decidió irse al mar. 
Ojalá, pienso ahora, hubiera tenido entonces la capacidad de hacerle preguntas, pero uno de chico acepta a la gente por completo, el mundo que conocemos es como un tapiz, y aquellos que vemos todos los días son como una parte, creo ahora, de un enorme Cinerama al que asistimos sintiendo que todo será así siempre, porque nos cuesta reconocer y aceptar algo que produce los cambios que también nos van a tocar a nosotros: el novedoso, inevitable, transcurso del tiempo, Pero estoy seguro que entendemos, de manera intuitiva y profunda, a aquellos con quienes convimos; sobre todo, sentimos en esa época de la vida la verdad de las personas, e intuimos, con desconcierto, con pena o con rabia o dolor, cuando nos molestan o son injustos, lo que el mundo, la vida, ellos mismos, han hecho con su interioridad.
A un chico todo le parece fácil y si algo es fácil, ¿por qué no se soluciona de una vez? No sé nada de Eugenio. Acerca de cuáles eran sus ilusiones al comienzo de su vida no tengo ni una pista. Mi impresión de entonces es que era muy cerrado; a lo mejor la rutina de la vida le bastaba o simplemente no se sentía capaz de ir más allá de ella. No se daba con nadie. Se hacía respetar adentro de la casa, entraba al comedor con la fuente con el grado exacto de altanería, abría la puerta de entrada como un embajador de jerarquía en un ministerio. En él había, presiento, una voz inarticulada, una especie de impedimento para comunicarse, que no solo tenía que ver con el idioma mal aprendido que debía usar. Me acuerdo de algo característico: su gruñido. Uno lo oía por el pasillo, sabía que estaba caminando por un: uh, uh, úh, cada vez más acentuado, como si cada paso de su existir demandara un esfuerzo. Era tal vez una protesta porque le faltaban siempre –o por lo menos más a menudo de lo que consideraba justo-, algo equivalente a esos famosos centavos de la cuenta.
Después, creo que Eugenio se fue, pero volvió a los pocos años. Yo era más grande y ya era capaz de sentir que había algo quizás trágico o mal encaminado en ese hombre que ahora era conmigo, y creo que con todos en la casa, un poco más amable. Me acuerdo que le ofrecí, no sé porqué, regalarle un perro. Empezó a sonreír y ahí me dí cuenta de lo solo que estaba, en un país que no era el de él, sin posibilidad de integrarse nunca, pienso ahora, y con más de setenta años. Nunca le pude regalar ese perro, porque yo mismo no podía tener uno. Los perros en el campo, era la consigna muda y una perrita fox terrier que en teoría venía en el camión que traía los caballos para la cuida de los potrillos en Florencio Varela, misteriosamente se fugó, en un descuido, me dijeron, y a partir de eso no volví a insistir. Así que ese deseo de que Eugenio tuviera un perro debe haber sido un fugaz intento de alegrar a ese viejo alemán adusto. Me parece que le hacia ilusión tener un ser que le tuviera afecto, un cachorrito que lo alegrara en su rutina. Y mi falta de cumplimiento debe haber sido una desilusión.
Uno de chico no pregunta muchas cosas, por lo menos yo no preguntaba, muy a diferencia de los chicos de hoy. Tampoco sabía, por supuesto, dónde vivía Eugenio, si tenía un piecita propia o alquilada, un departamento chico, o qué. ¿Qué se habrá hecho de Eugenio?, pienso ahora. En un momento dado desaparece enteramente de mis recuerdos. Y no lo veo más abriéndome la puerta verde oscura cuando yo volvía del colegio, con su uniforme de botones dorados. Era, sin que me diera cuenta entonces, un emblema del deber y la exactitud, la personificación de un cumplimiento hosco, ineludible, del que no le era posible desviarse; cumplía su rutina cotidiana de una manera lineal y digna, sin sospechar -salvo por un dolor sordo, que no reconocía, creo-, cuánto significaba su renuncia a todo lo demás. Lo veo abriendo la puerta verde oscura, con malhumorada entereza, como personificando los ineludibles deberes de su propia vida, sus anhelos interiores casi cerrados a cal y canto, con el estoicismo del que lleva su propia carga, resguardado, por todo aquello, supongo, del breve soplo de la illusion y la felicidad.

Jorge Torres Zavaleta

miércoles, 3 de octubre de 2012

Edda Drews

Me dio un poco de miedo la primera vez que la vi. Tenía pelo blanco y parecía una bruja, pensé. Fue en el gran living de abajo de mis abuelos, yo estaba esperándola al lado del Steinway, que flotaba como un barco anclado, grande y oscuro, en la penumbra. Era bajita, de cuerpo relleno, sonrisa amable y extranjera, mejillas pendulosas. Usaba un gorrito de lana por donde asomaban finas hebras blancas y avanzaba hacia mi con un aire tímido pero de alguna manera seguro, como si confiara en cosas en reserva que yo aún no podia ver.
Con unos carteles con dibujos infantiles que representaban nombres y valores musicales, me fue enseñando, sentada a mi lado en la larga banqueta frente al piano, las distintas notas. Ella era distinta, amable, suave y precisa, como su manera de tocar, me di cuenta unos meses más tarde. Todo, en ese cuarto me hacía sentir que las cosas tenían un misterio. Me acuerdo de una mesa redonda y alta con un ídolo hindú oscuro de cara alargada de expresión sibilina, como si intuyera misterios que para mí todavía estaban clausurados. 
La música era su mundo, pienso ahora y lo debo haber pensado entonces, sentido entonces. La amabilidad y la precision se alternaban en ella, formaban parte de lo que más le importaba. 
Edda Drews daba clases, daba clases hacía años. Había llegado al país antes de la segunda Guerra mundial. No había conseguido visa para Estados Unidos y habia desembarcado con su marido en Buenos Aires. Venía con su gran fama de discípula predilecta del ultimo gran discípulo de Lizt. Había dado grandes conciertos en Europa y no le fue difícil dar un par de conciertos en el Colón, que tuvieron mucho éxito. Pero con dos conciertos no podían vivir. El empezó a trabajar en alguna de las compañías extranjeras de la época y ella fue adoptada por una reducida pero suficiente cantidad de familias de Buenos Aires como profesora de piano de sus hijos e hijas.
En ese tiempo, para mí próximo y lejano a la vez, uno aceptaba como el sol, la lluvia y el viento las decisiones de los padres. No creo que me gustara mucho el piano, era un mundo ajeno, como una caverna donde había sombras imprecisas, como el living de mi casa. Pero para la generación anterior a la mía, la música, Edda Drews y el piano formaban parte de una atmósfera que se conectaba con una vida que tenía que ver con ambientes y salas de concierto que ellos habían aceptado no solo por gusto sino porque formaba parte de la rutina de sus vidas. Suave, pacientemente, con rigor inesperado, vieja pero vigorosa luchadora en ese mundo donde ella iba de casa en casa donde la esperaban los hijos de la gente que ella había enseñado de más joven, Edda Drews me fue mostrando cosas que olvidé bastante rápido entonces pero que quedaron como un trasfondo para juzgar todo lo que he oído.
Me acuerdo sobre todo de la importancia que le daba a la manera de tocar cada nota. Al hecho de nunca golpear sino acariciar, no se me ocurre otra palabra, con fuerza las teclas. Ella creaba sonidos que podían ser suaves, afelpados o violentos. Era una manera de tocar donde la capacidad de sentir estaba siempre presente y al escribir sentir quiero decir la capacidad de sacar de adentro de una nota, una progresion o un acorde su fuerza interior que no era nunca estridente sino profunda, genuine, con una linea que iba del sonido al corazón.
Era bondadosa, porque vivia de lo que más le gustaba y era pobre, porque el marido se habia jubilado. Los ahorros los había invertido en acciones de la compañia donde él trabajó desde que llegaron a la Argentina, y cuando el gobierno la confiscó el valor de las acciones cayó a pique y las clases de Edda se tranformaron en algo vital. 
En esa época no se curaba con la palabra el desánimo. Tampoco se creía en la capacidad de mejorar la conciencia ni modificar el carácter para poder sobrellevar mejor la vida. El destino era cosa de cada uno y en cierta forma solo dependía de cosas externas. La gente seguía como podia con lo suyo y una extranjera como Edda vivía en una especie de pasillo, supongo, donde no había mayor salida. Si hubiera vivido en Estados Unidos, si hubiera hecho su vida allí, hubiera tenido muchas ciudades donde dar conciertos, una cosa hubiera llevado a otra, hubiera habido ciudades enteras donde podría haber repartido sus talentos. Pero en la Argentina solo podia vivir del margen cada vez más estrecho de un mundo que se iba comprimiendo, como si ella, artista hasta la medulla, acostumbrada a enseñar los rudimentos de su profesión gracias a la dulzura de su carácter, fuera tres veces exilada y extranjera: de Europa, de la música y de la posiblidades de desarrollar una vida que no fuera de la necesidad ni de la supervivencia.
El marido había muerto y a mi, ya de más grande, me quedó de una vez que la vino a buscar, el vago recuerdo de un hombre mayor, alto y flaco, muy bien vestido y muy distinto a Edda. ¿Oí entonces o años después, a través de gente que la conoció, alguna historia sobre su éxito con otras mujeres, algún comentario sobre el hecho de que Edda había estado cuando llegaron a la Argentina, muy enamorada? ¿Cómo habría sido Edda de joven? No era alta, nunca pudo haberlo sido, era mas bien rolliza, y a lo mejor, fuera de la luz que le agregaba la música, quizás no haya sido inmediatamente atractiva. Aunque uno de chico nunca puede imaginar lo distinta que fue la gente cuando era joven. Pienso que ella era lo que quizás no sea tan raro: una europea que representaba lo mejor de la cultura musical de su época; y tambien me surge una palabra que los ingleses usan en estos casos, la palabra unworldly, es decir alguien que quizas a causa de su especialización y profundidad, no está en condiciones de alternar con cierta soltura entre las exigencias inmediatas de este mundo. Alguien, quizás, de gran excelencia, realmente apta para hacer algo muy dificil, como por ejemplo interpretar música clásica, si uno la sienta ante el Steinway y el teatro le vende las entradas para el concierto. Alguien que entonces toca y crece y se ahonda como el color y el perfume de una planta en la noche.
Estudié con ella cuatro o cinco años, creo que hasta los trece, cuando fui saliendo cada vez más de la casa y mi vida se empezó a ampliar. Pero durante esos años Edda Drews me fue dando una soltura y una confianza ante el piano bastante inusitada para mi edad. Yo tenía, lo tuve siempre, la convicción de que crear era algo natural, y como jugando compuse, ¿se puede usar esa palabra?, dos o tres tonadilllas que ella en ese mismo momento transformó en algo que entonces sí podría llamarse música, un par de cancioncitas con melodías muy alegres y simples. 
Me hacía practicar: digitación, escalas, acordes, el uso del pedal, me enseñó a leer música y a escribirla. Cuando yo me hartaba o me descorazonaba un poco con esas monotonías, Edda tocaba, quizás para mí, o para que yo me diera cuenta, pienso ahora, a qué podia conducir eso que yo estaba aprendiendo. Entonces, el piano, ese gran barco mudo, recuperaba la voz, resonaba en su plenitud en la profundidad cóncava del living. Edda se adueñaba de un lugar exacto en la banqueta, tocaba con autoridad, modulaba los pausas, los sonidos, los graduaba, les daba sentimientos, y de pronto ese piano recuperaba su motivo de estar ahí. Creo que yo sentía sin poder expresarlo que Edda y el piano me estaban dando una clase de magia, quizás, pienso ahora, una instrucción práctica sobre la magia. No me sentía, en la mayor parte del tiempo que estábamos juntos, muy cerca de ella, era demasiado vieja, demasiado gorda, demasiado ajena. Y yo era demasiado chico. Pero había momentos en que simplemente me maravillaba. 
A los dos o tres años me dijo que en octubre organizaba un concierto de sus alumnos en casa de unos conocidos y que yo iba a tocar a cuatro manos, con ella, la Rhapsodia Húngara numero dos de Lizt, que ya me había hecho aprender. Me gustaba. Era una pieza que iba de lo alegre a lo dramatico. Y ahora sé que, como pensé en distintas etapas de mi vida, debería haberme animado a tocar jazz desde bien joven, desarrollar, armar y recomponer melodías y disonancias, crear, mientras surge el sonido, lo que uno inventa e interpreta.
Dimos el concierto. Era un ambiente alegre, había dos mujeres y un varón que tocaban, a mi parecer, mucho mejor que yo, pero me sentí contento. A esa altura yo sabía mi parte de la Rhapsodia de memoria y Edda estaba toda sonrosada con nuestro éxito. Fue la primera y la última vez que toqué con ella en público y creo que al año siguiente empecé a discontinuar las clases.
Pasaron unos cuántos años. Mis hermanos menores estaban mas grandes, yo tenía unos dieciseis o diecisiete años y a veces los acompañaba para almorzar. Creo que fue en esa época, en que Edda, ya viuda, empezó a caer de visita a la una y varias veces almorzó en la mesa del nursery con ellos. Conversabámos pero ya no teníamos el aliciente y el pretexto del trabajo con la música. Hay quien dice que el solo pensamiento no sirve para pensar, y que es mejor pensar mientras uno está haciendo, dialogar con lo que uno crea, y no girar en el vacío, como si la misma acción pusiera en marcha el pensamiento. En esos almuerzos, donde Edda hablaba, más que conmigo, pienso ahora, con mis hermanos, que nunca fueron alumnos suyos, yo sentía que algo estaba cambiando en ella, para ella. Quizás su sonrisa era menos radiante, quizás estaba más vieja o simplemente, ahora que el marido había muerto, estaba demasiado sola, seguramente con muy poca plata y apenas le quedaban unos pocos de sus viejos protectores, la rutina todavía abundante de sus casas, pero sin el pretexto de las lecciones. La comida de los chicos le gustaba, eran platos sustanciosos pero simples, tallarines a la crema, por ejemplo. Me acuerdo ahora de un almuerzo en que sentí la alegría de ella al comer dos platos seguidos. Y recuerdo que volvió otra vez esa semana, y varias veces durante los siguientes meses y algo menos el año siguiente.
Mis padres habían quedado en contacto con ella, me enteré más tarde, y cuando Edda murió mi madre y otra señora bastante más grande, fueron a su casa. No sé si Edda estaba ahí todavía, supongo que sí, que ellos en ese tiempo estuvieron en contacto y que había instrucciones de que los llamaran, aunque no lo sé con certeza. Años más tarde, esa otra señora escribió una obra de teatro donde la protagonista era Edda, retratada con gran proximidad y afecto. La leí más de veinte años más tarde, a los treinta y tantos, hace ya más de veinte, y ahora me acuerdo poco de los datos biográficos que podia contener. 
Así que ésta es mi historia de Edda, la que yo compartí con ella esos años, sin que ella ni yo nos diéramos cuenta. Desde entonces, al pensar en ella, sentí siempre algo bien parecido a la tristeza, o peor, una especie de remordimiento, la sensación de que ese final, que pareció, supongo, inevitable, a los que la conocíamos, no debería haber ocurrido nunca. Pienso en ella sola en su departamento, en Buenos Aires, a veces, supongo, con hambre. Pienso en su decision de ir con una sonrisa a visitarnos, en su decision, sus decisiones sucesivas, de volver de nuevo esa semana o la otra y de ir de nuevo al mes siguiente. 
Me alegré mucho de saber que mi abuela, mi madre y otra gente, aunque quizás intermitentemente, se hayan ocupado de ella. Ojalá pudiera saber qué pudieron hacer para asistirla. Supongo que Edda cobraría la jubilación de su marido. No sé si la gente se jubila de concertista o si una profesora de piano que no trabajó en ningún colegio ni conservatorio sino en casas privadas pudo tener entonces alguna clase de red de protección. Es como si en la vida de Edda a pesar de la música que la elevaba sobre el nivel de lo cotidiano, se hubiera creado una especie de silencioso torbellino, quizás un simple vacío, un drenaje imposible de llenar. Quizás lo mejor hubiera sido inventarle que era todavía una joven concertista en Europa que había tocado para Alfonso XIII. O a lo mejor hubiera sido posible convencerla de que estaba con su marido en los Estados Unidos, y que ganaba plata buena en los conciertos de muchas ciudades muy prósperas. 
Uno no sabe realmente si estuvo tan indefensa como pienso; yo creo que sí, y admiro su valentía cotidiana para enfrentar siempre, día a día, los mismos males que no podia remediar. Se me ocurre que a pesar de la amplitud de la música su vida fue en esa etapa como un pasillo que se va haciendo más angosto. Edda caminaba con sus ojos muy celestes, su gorrito de lana y su sonrisa. Tenía una linda sonrisa, graciosa, pienso ahora. De chico, cuando la conocí, me gustaban sus mejillas muy gordas.
Edda Drews es para mí el primer recuerdo de la música.

Jorge Torres Zavaleta