domingo, 17 de junio de 2012

O MENTIREIRO

HOMENAJE, EN EL DIA DEL PADRE, A LA PATERNIDAD GALLEGA 

Antón tenía doce años cuando su padre marchó a América, embarcado en el Cabo Nord, hacia un mundo pletórico de promesas y bienestar. A la herida de la pérdida, el niño sumó la pena de no poder seguir concurriendo a la escuela por tener que ayudar en las tareas del campo.
A los pocos meses del viaje, el padre escribió una carta. A carón da lareira, la madre y los tres hermanos oyeron las palabras que de América llegaban. Mientras leía, Antón imaginaba la mirada de su padre, todavía hilvanada dentro de su propia mirada, atravesando el monte de carballos hasta los cruceiros, y le parecía oír su acento, cautivo en cada letra, hablando, como solía, de nobleza y de generosidad.
Al tiempo, por una segunda carta supieron que el padre ya trabajaba en una fábrica de hilados y que podían comprar una ternera con el dinero que enviaba doblado entre las hojas escritas con rasgos desparejos pero firmes.
- Merquen unha vitela - deletreó Antón mientras la madre alisaba con los dedos los billetes. Esa misma tarde la mujer y el chico caminaron hasta el pueblo por la estrada con el pensamiento puesto en el abismo de agua que separaba ese paisaje verde y húmedo de la ciudad inmensa que la carta describía.
Al regreso, traían atada a un tiento, una ternera joven de color azafrán. Desde ese momento, Antón fue el encargado de cuidarla.
Empezaba agosto cuando en otra carta el padre mandó comprar dos terneras y otra vez, fue la madre por lascorredoiras a traerlas del mercado de feriantes, el corazón latiéndole como una pomba tenra.
Con tres terneras en el establo, la huerta sembrada y las parras bajas agotadas del peso, el pote en el fornelo fue más humeante, la empanada pudo cortarse en trozos que cubrían el plato y hasta estrenaron botines de cuero.
En el otoño, un nuevo dinero hizo que la madre contratase a dos hortelanos y Antón volvió a la escuela. Cuando entró en la sala, su sitio había sido ocupado por un chico portugués y tuvo que sentarse en un rincón alejado de la pizarra.
Al levantarse para jugar en el patio, Antón vio que el portugués se quedaba sentado. Diaño de parvo, non vai xugar,masculló Antón y le dio la espalda, pero antes de llegar a la puerta, unos golpes flojos sobre la madera del piso, lo hicieron volverse de perfil.
Estirando un brazo, encorvada la espalda para impulsar al cuerpo, el rapaz portugués trataba de erguirse. Con la pierna derecha mazmida, el pie avanzaba torto arrastrándose a cada paso en un giro que le doblaba la cintura estrecha. Parecía que el pie iba a caerle de la pierna en un movimiento desacompasado de la cadera, mientras los hombros, bajaban y subían para sostenerlo en vilo.
Antón pensó en sus correrías por las fincas hasta el monte y en las trepadas al castiñeiro para mirar el sol cayendo como una moneda dentro de la costa. Recordó las tardes de verano, estirado sobre el techo del hórreo, mirando al cielo mientras el millo se despeinaba por el viento leve del oeste.
Todas las horas de clase estuvo Antón ensimismado en un pensamiento triste, porque para él, no había mayor tristeza que vivir dentro de un cuerpo imposibilitado de correr. Una prisión, una vida amputada debía parecerle al niño la vida sin ese ir y venir por los cortejos, subiendo muros de piedra, saltando peldaños.
Distraído, casi no pudo oír las enseñanzas del maestro y al salir de la escuela, aquellas ansias que siempre lo llevaban a correr por la rúa hasta llegar a su casa, se fueron haciendo pasos detenidos, menudos, hasta que el sonido rítmico del andar del portugués, fue acercándose. Pegado a esa sombra quebrada, caminaron juntos hacia las casas.
Por el sendero, el rapaz portugués habló de su aldea, de sus fiestas, de sus paisajes. A Antón no le parecieron muy diferentes de los paisajes de su aldea ni de sus fiestas y una sensación extraña, como la alegría de la estoupada de los foguetes en la fiesta de San Roquiño, le llegó al pecho. Se le ocurrió que podrían ir juntos a la romería de Pontecesures, cuando se acercaran los días soleados, y, sin pensarlo siquiera, le prometió al portugués que lo llevaría a la romería.
- Non quérollo dicir, mais vaite chegar unha sorpesa, xa verás, vaite preparando que imos de ir - le dijo Antón. Y así, soñando troulas, se despidieron.
Más tarde, Antón entró a su casa. La madre tejía sentada en una cadeira baja y cantaba a modiño, boca y dedos unidos filando un dengue de color negro.
- Vaite velas vaquiñas - dijo la madre.
Antón fue al alboio y dio de comer a las vacas. Sacó la bolsa de millo y con la paleta llenó el comedero. El comedero era un cajón alargado y hondo, con dos asas de hierro en los extremos. Antón imaginó que si tuviera ruedas bien podría usarse como un carro. Miró entre los trastos del faiado y en la alzadeira sin encontrar nada parecido a una rueda. Contrariado, esa noche casi no pudo dormir, porque Antón era testán y la promesa no se le iba de la cabeza, al contrario, se le hizo parte del pensamiento. 
- Xa chegará a romaría e de certo, nós marcharemos a traia - le aseguraba Antón al portugués, sentados los dos en laaciñeira, arrojando las bellotas al riacho, mientras le hincaban los dientes a la carne jugosa de un durazno.
Tras las lluvias, en la época de colleita, llegó otra carta.
- Merquen un carro e máis un boi - aseguró Antón que mandaba el padre.
- Un carro e máis un boi, eu non sei que máis vaime a dicir notra carta – se sorprendió la madre y guardó la carta en elandel de la alzadeira. Al día siguiente compraron un carro de seis estadullos y un buey de rabo corto.
La mujer no se explicaba para qué había aconsejado el marido la compra de un carro, justamente ellos, que tenían poca tierra y la labranza no les permitía ir al mercado a vender ni patacas, ni grelos. Pero estaba claro que si la carta lo decía, era una buena idea y justamente ahora, que Antón tenía metido en la cabeza el capricho de ir a la fiesta de San Xulián. Y como Pontecesures no estaba cerca, supuso la mujer que al marido lo inspiraba una inteligencia tan inmensa como el océano que los separaba.
Un amanecer de agosto, caía sobre el huerto un abano de luz al tiempo que Antón en el cortello, enganchaba el carro al buey. Hijo y madre, subieron por el monte de castiñeiros, chocando hombro con hombro en el vaivén, hasta la casa del portugués. A la puerta de la casa los esperaban dos nenos y una nena cativa. Debajo de un sombrero de paño tosco, la cara del muchacho portugués resplandecía.
Por la carretera de Padrón, al batir de las campanas, iba el carro, mientras el chico portugués, los ojos llenos de un milagro de fiesta, cantaba camino a los chiringuitos.
- Ti cantaches, eu cantei, ti como sabes, eu como sei - y volvía a cantar moviendo las palmas sobre un pandeiriño rústico. 
- Tres vacas e máis un boi e máis un carro, xa somos ricos – se alegró la madre cuando se oían los primeros sones de las gaitas y podían verse los faroles coloridos atados a las ramas de los árboles.
- Xa somos ricos, miña nai - repitió Antón y le pareció que la mirada de su padre, cruzaba mundos para entrar en sus ojos, como caricias secretas. Tan secretas como las palabras que traen las cartas de América con ecos agarimosos. 

Marita Rodríguez-Cazaux

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