domingo, 24 de julio de 2011

LAMERICA

unipersonal de y con Giampaolo Samá.

¿Sabría Giampaolo, en Calabria, que le sucedería a él lo que estaba escribiendo? Un día, la vida lo puso en la situación de sus personajes, y con su propia experiencia, redondeó y perfeccionó el texto en el que había trabajado. Logró un relato, y notó que debía darle forma escénica; así fue que lo siguió reescribiendo, hasta que llegó a esta obra increíble en la que asume distintos roles. Mientras prepara el ragú, el cocinero de un barco relata lo que sucede a su alrededor; convive con la discriminación, la crueldad, el egoísmo. Poca bondad hay en los seres que presenta Samá: el padre inmigrante, el marido casado por poder, el empleado de Migraciones, el “gancho” (agente de viajes), el empresario allá y aquí. Hay, sí, mucha esperanza y mucha inocencia en el italiano que sufre maltrato en el 1900 y en el 2000. Antes era la prepotencia; ahora se suman la indolencia y la corrupción. Surge el inusitado paralelo entre el hombre que emigró hace una centuria y el que emigra en el siglo XXI. Habla del mismo peregrinar por oficinas, de la misma falta de respeto por su identidad, y lo hace con tal gracia, con tal fuerza, que no puede dejarnos impasibles. Habla del mismo desdén por el artista, ayer y hoy, llamando la atención sobre este maltrato de otra índole.
Deslumbran su energía, su voz y su dicción, y deslumbra también la enormidad de fuentes que se adivina en ese texto que escribió, imaginando primero, sufriendo en carne propia, después. Va de un lado a otro del escenario. Se caracteriza una y otra vez, y nos tiene en vilo. Es agudo y sutil; sugiere hasta por la forma en que pronuncia, en situaciones diferentes, la misma frase.
Los diálogos que recrea son familiares para muchos de nosotros; la sonrisa cede paso a la amargura. La amargura porque en estos cien años, pocas cosas han cambiado: el extranjero es siempre el de afuera, y el nativo, el que se siente con poder para decidir sobre él. Así lo muestra Samá en esta estupenda obra. Y así es, claro, porque él camina nuestras calles y ve lo mismo que nosotros, pero desde su historia. Por eso, nos comprende y nos critica.
Más allá de su valor artístico – poco frecuente -, es hondo el valor testimonial de Lamerica, una visión actual sobre un flagelo de siempre.

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