martes, 28 de junio de 2011

LAS NOVIAS PERDIDAS

por Ricardo Feierstein. Buenos Aires, Galerna, 2011. 184 pp.

¿Es posible volver a empezar en la séptima década de la vida? ¿Se puede (y se debe) barajar y dar de nuevo, cuando todo debería estar en orden? Estos son los interrogantes que plantea el autor en su nueva obra.
Para dilucidar la cuestión, crea dos personajes en apariencia antagónicos: el que no se rinde y el que ha bajado hace rato los brazos. Uno cree que está a tiempo de remediar los errores que cometió; el otro, piensa que no tiene sentido ilusionarse. 
La vuelta al pasado incluye la posibilidad de conjurar tragedias como las de los desaparecidos y el atentado a la AMIA, tan dolorosas y tan irremediables. Y nos deja pensando que tratar de rehacer nuestra historia lleva a la muerte. Es sensato recordar, pero no lo es aferrarse al recuerdo obsesivamente, sin entender que los seres y los lugares han cambiado.
Convocados por estos hombres, desfilan en el relato las familias presentes o ausentes, los amigos, los vecinos, el gobierno menemista, el corralito.
El final, inesperado y esclarecedor, habla sobre la desazón de quien se siente condenado a ser, una vez más, víctima de sus sueños.
Poeta al fin, el escritor incluye en estas páginas composiciones que muestran otra forma de abordar un mismo asunto. Y plantea el tema de la escritura, no en busca de la belleza, sino como catarsis: "El contar ayuda a curar la herida". Pero -afirma-: "Abruma todo este material y no encuentro la forma de engarzarlo. Duelen los personajes, no mantengo necesaria distancia frente a ellos". Es difícil crear, cuando uno está tan involucrado. 
En la línea de "Mestizo" y de "La logia del umbral", la obra de Feierstein recrea, desde una mesa del bar del yugoslavo, cincuenta años de historia argentina, a través de un hijo de españoles y un hijo de italianos que simbolizan al porteño. 
"Lo que extrañamos no son las 'novias perdidas', sino nuestra propia 'identidad extraviada', aquello que idealizamos como vida perfecta. Eso queremos recordar, para consolar nuestro pobre presente". Así resume el narrador la sensación que agobia a uno y otro interlocutor: la convicción de haber fracasado no sólo en lo personal, sino también como nación.

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