lunes, 18 de abril de 2011

Nada más que un sueño

Había una vez ... en las afueras de un pueblo de Galicia, un matrimonio con cinco hijos. 
Sobrevivían en un terruño arrinconado entre el monte y el mar, acosado por inviernos lluviosos. Imposible recorrer sus empinados y pedregosos senderos sin calzar los pesados zuecos de madera con los que los aldeanos trataban de evitar el maltrato de las piedras sobre sus pies y los peligrosos resbalones en el barro. Además había que marchar atento a los despiadados latigazos de las ramas batidas por el viento. Por las noches la s brumas marinas le daban cierto aspecto fantasmagórico. 
Sus habitantes parecían cincelados por la rudeza de la región: Las voces eran ásperas como las varas con las que los pastores encaminaban sus manadas o como los pastos duros de las sierras más altas. Las S silbaban hoscamente y la rr vibraba entre la lengua y los dientes. 
Ternura era la menor de todos los hermanos y -quizás por eso- muy distinta a ellos. Su imaginación volaba sin pausa detrás de las historias que su madre y sus hermanas le contaban de pequeña. El poder leer solita los libros llegados a sus manos, fue incentivo suficiente para que en poco tiempo, aprendiera a hacerlo sola. 
La vida cotidiana estaba marcada por una dura rutina: trabajo desde recién comenzado el día, cortos y tediosos momentos de descanso con alguna labor entre las manos y por fin los domingos, las mujeres vestían lo mejor que tenían y partían a la parroquia a escuchar misa. El padre no era de la partida. Él a la taberna a bendecirse con fuertes tragos que le hicieran olvidar las penurias de esa oscura existencia: levantarse al alba , atar el buey y abrir centenares de surcos, tratando de arrancarle la mayor cantidad posible de frutos a esa tierra ajena; a cambio sólo recibía mendrugos que no alcanzaban para mantener a la prole. Al atardecer, molido, sucio, maloliente, se abalanzaba sobre un tazón caliente de leche de cabra y una hogaza de pan; después de una rápida higiene en la palangana de agua fría, partía hacia la taberna a encontrarse con sus paisanos, de vidas similares a la suya. Volvía casi siempre lo suficientemente abrigado por dentro como para no necesitar demasiado abrigo en el lecho. 
La madre enfundada en negros batones , con negros pañuelos en la cabeza como negros eran – a menudo - sus pensamientos. Sus agrietadas manos sabían de ampollas y sabañones amasados a fuerza de fregar ropa en el río: la de la familia y la de sus “señoras “ que por tanto esfuerzo le pagaban míseras monedas. De tanto en tanto le “donaban generosamente” algún trapo o trasto en desuso. Últimamente se habían sumado las carpetas bordadas de los altares de la capilla que exigían un meticuloso planchado con almidón, tarea por la que sólo recibía el perdón de sus inocentes pecados. 
Las niñas más grandes ayudaban a cuidar a los más pequeños, a amasar el pan y -desde la llegada del nuevo párroco-, de la limpieza y el adorno de la parroquia. A cambio , el cura -sin mucho entusiasmo ni paciencia- les enseñaba a leer y escribir. Las dos mayores no mostraban interés alguno por aprender, pero Ternura, la más pequeña, era otra historia. Ternura, -así la habían llamado por una de las vecinas que al verla recién nacida exclamó: -¡Pero miren¡ Miren si no es una ternura!. El padre al ir a anotarla y sin tener la menor idea de cómo llamarla, recordó entonces a doña Jesusa y dijo: 
- Pues póngale... Póngale Ternura. 
- Hijo... nunca he escuchado ese nombre en una mujer. 
-Pues lo escuchara usted . a partir de ahora, padre .Y así quedó Ternura con su nombre a cuestas.- 
A pesar de la edad avanzada de la madre, creció con más atenciones que el resto de sus hermanos. Al ser la más pequeñita, todos la colmaban de mimos, era la regalona de la casa, especialmente de las hermanas mayores . 
La niña era vivaz, tenía una sonrisa capaz de seducir al más duro e indiferente. Sus ojos pardos al nacer, se fueron transformando en dos pícaras gotas de miel. Desde pequeñita nomás, aprendió a entornarlos para seducir o para navegar discretamente por los mares de su fantasía. Le encantaba que le contaran cuentos, mientras los escuchaba, se perdía gozosa por esos mágicos mundos imaginarios. 
Más adelante , a medida que crecía, no le hicieron falta los cuentos ajenos para zambullirse como protagonista en fabulosas historias tejidas por su fantasía. Doña Ramona, la madre, decía “que vivía en La Luna” Al principio todos se divertían con la capacidad de Ternura para fantasear, luego, con el correr del tiempo, la empezaron a mirar con cierta preocupación hasta llegar a temer por su salud mental. No había nada que temer. Ternura era sumamente inteligente, aprendía con facilidad todo lo que se le enseñaba, siempre tenía una respuesta pronta... No había ningún motivo para preocuparse. Según su madrina, la tía Lola , la niña inteligente, como era, trataba de escapar de la chatura de su existencia tejiéndose sueños bonitos. Por eso se mostraba siempre inquieta por, aprender cosas nuevas, leer libros y revistas , no perderse ninguna de las películas que daban en el biógrafo de la parroquia, aprender las canciones de la radio... 
De pronto era una Cenicienta , un día llegaba al pueblo un rico comerciante la descubría y se la llevaba para casarla con su hijo, un apuesto joven heredero de su cuantiosa fortuna; toda vestida de blanco, se casaría con él, comerían perdices y vivirían felices por siempre; en otras ocasiones su fortuna cambiaba en manos de un importante empresario de artistas quién casualmente la escuchaba cantar . Ternura tenía una voz armoniosa y agradable. Cuando cantaba las canciones de su tierra, o más aún cuando entonaba pícaramente los cuplets que su tía Pilar, venida de un pueblo cercano a Madrid le había enseñado, espontáneamente la aplaudían y hasta le pedían un bis. Mezclando realidad con fantasía , el empresario de sus sueños, seducido por su encanto decide llevarla a la ciudad donde comienza una exitosa carrera de artista y en sus giras tendrá oportunidad de recorrer el mundo, allende los mares. Nunca faltaba en su onírico universo un “príncipe” buen mozo, gentil, enamorado de cuyo brazo iba a marchar radiante por un camino de eterna felicidad como en los cuentos. Atrás iban a quedar los zuecos y las duras tareas. 
¡ Felicidad! Esa palabra prometedora tantas veces repetida en los cuentos ... En las pocas revistas llegadas a sus manos o en las películas vistas en el biógrafo de la parroquia, la felicidad aparecía sobre todo en la cara de las artistas famosas de radiantes sonrisas luciendo dientes blanquísimos y seductores labios pintados de rojo con melenas largas y vestidos bellísimos, que parecían de caminar por los aires calzadas en sus elegantes tacones altos. 
Los años pasaban, y también sus responsabilidades .La estructura familiar se transformaba día a día. 
Las hermanas comenzaron a formar sus propias familias. La mayor casada con un labriego ya no compartía la casa. Conoció a su marido en las Fiestas del Santo Patrono del pueblo, cuando el mozo marchaba lleno de vida , con una brillante faja roja a la cintura luciendo sus músculos jóvenes al cargar el palio de la Virgen ,saludada con flores a su paso. Jacinta, la hermana, tan prendada quedó del joven, que salió del costado del camino y se pegó al trono de la virgen hasta el final de la procesión. Fue un verdadero flechazo. Desde que descubrió al forastero de brazos fuertes y ojos aterciopelados su corazón se enroscó apasionadamente al del muchacho. Él lo advirtió al instante y correspondió prontamente a la admirada sonrisa de esa graciosa joven de sonrisa descarada que no dejaba de mirarlo. Esa noche, entre los fuegos de artificio de la aldea, los ojos de ambos intercambiaron una multitud de chispas y de prometedoras sonrisas. El amor los envolvió con la urgente pasión de su juventud. Al poco tiempo de conocerse, Jacinta quedó encinta y el casamiento se decidió rápidamente antes de que la panza clarificara la situación. 
Tiempo después Jesusa , la otra hermana, se enamoró de un mozalbete inconciente, alegre y despreocupado, siempre dispuesto a divertirse y no tomar nada demasiado en serio. La muchacha, criada en una casa dónde una sonrisa apenas si asomaba en ocasiones especiales, quedó fascinada con la espontánea carcajada de Paco. 
A su lado la alegría era contagiosa . Jesusa sintió que sin Paco a su lado, ya no podría seguir viviendo. Entre las parvas de heno engendraron un retoño que pilló a todos totalmente de sorpresa. 
Otra vez mataron unos cabritos, hicieron galletas y filloas y al son de la gaita bailaron muñeiras hasta el amanecer. 
Como los jóvenes no tenían ninguna posibilidad de poner una casa, se quedaron a vivir allí mismo. La familia se agrandó y también las tareas. Los trabajos se multiplicaron y las manos dispuestas disminuyeron. Jesusa tenía un embarazo complicado, que la imposibilitaba de ir a lavar al río, apenas si podía colaborar con planchar algunas ropas más sencillas. La madre casi siempre postrada a causa de sus huesos, apenas si podía colaborar con alguna tarea como los más simples cocidos familiares; hasta las filloas con su saltarina y prometedora danza que tanto le gustaban a toda la familia , fueron quedando en el olvido. Ternura, hasta ese momento salvaguardada de la mayor parte de los trabajos más duros , se vio de pronto, zambullida en el marasmo de todas las tareas. 
Mientras realizaba sus penosas tareas, lavando en el río o limpiando el establo o.., o..., su mente volaba más que antes. Necesitaba escapar de la visión de su madre con el cuerpo entumecido, maltrecho; sus manos arrugadas, endurecidas como garras, la espalda encorvada , la cabeza siempre acercándose a la cintura, mirando al suelo; los pies rígidos, apenas sostenidos por las venosas piernas... 
¿Y sus hermanas? Parecían seguir fatalmente el mismo camino . En sus veinteañeras caras , ayer adolescentes, la sonrisa se iba deformando en un amargo rictus desencantado, agobiadas por un destino que no podían dominar 
A los hombres no les iba mucho mejor... 
Ante esta realidad cada tanto Ternura daba un respingo y se decía en voz alta: “No, no señor,! Yo no me pudriré en este maldito pueblo! Y la costumbre de fantasear fue trocándose en la de planear, planear alguna solución para irse lejos de allí. 
Un día fue sacudida por una noticia inesperada: una prima de su cuñado viajaba a América para casarse. Paró la oreja , mientras su hermana contaba que la mujer se había casado por poder con un español que ya llevaba varios años viviendo allá. El hombre había logrado un buen pasar económico y decidió elegir -como madre de sus hijos- a una mujer de su tierra. La novia, entusiasmadísima, no dejaba de repetir que una vez allá, llamaría a su madre y a su hermana para que la siguieran. 
A partir de ese momento, el pensamiento de Ternura estuvo dominado por una idea fija: la muchacha que se iba a vivir otra vida a América. 
Cuando comentó el asunto con una de sus amigas ”¿Estás loca? ¿Casarte sin saber con quién?” le dijo la otra, mientras la miraba algo alarmada. 
-¡Bah! Mira tú. Cómo si pudiera sucederme algo peor que perder mi juventud hundida en este maldito pueblo con sus cabras, las lluvias, el frío implacable, la miseria... 
¡ Nohh! Ya me lo prometí. No voy a permitir que la humedad pudra mis huesos como le pasó a mi madre. Estoy dispuesta a todo por irme lejos y lo voy a conseguir. 
No había pasado demasiado tiempo cuando una de sus amigas, llegó a visitarla , inesperadamente en medio de la lluvia y el barro. Al verla llegar en ese estado, la madre de Ternura la recibió con asombro: 
-¿Qué haces afuera con este tiempo, mujer?. 
-Cumplo con un recado de mi madre y aprovecho para ver a Ternura. 
- Pues pasa, pasa. Te daré un tazón de leche caliente. Arrímate al fuego o pillarás una enfermedad.. 
Al verla, entrar a la cocina, Ternura quedó tan asombrada como su madre. 
- ¡Mujer!,¡ Con este día! - Exclamó al verla. 
Con cara misteriosa y mirada evasiva la otra le musitó: 
- Quiero contarte algo: Paco, un amigo de mi hermana, le contó que recibió una carta de su primo, que vive en América. Parece que extraña mucho su patria a pesar de que le va muy bien y no piensa volver, por lo menos por ahora; entonces decidió casarse y formar una familia. 
- ¡ Qué bien! ¡Qué interesante! Y que se case entonces... 
- Ahí está la historia. Quiere casarse con una gallega como él; alguien de su pueblo; alguien que pueda entenderlo. Por eso le escribió. Encargó a Paco que haga averiguaciones en el pueblo; a ver si encuentra a alguna joven interesada. Le conté a mi hermana nuestra conversación de la vez pasada y aquí me tienes. He venido a verte más rápida que un rayo . Ahora escúchame bien Ternura:¿ Tú estás segura ¿. ¿Te vas a ir así de pronto, sola, sin conocer a ese hombre que será tu marido para toda la vida? 
Ternura estaba realmente aturdida, en su rostro se leía asombro, esperanza, miedo, ansiedad... Con un profundo suspiro trató de recomponerse y parecer resuelta 
- Pues claro, mujer, que estoy decidida... tan decidida que en cuanto me dejes sola empezaré a proyectar mi futuro. Y de esto ni una palabra a nadie. Ya buscaré el momento y la manera de contarlo.-le recomendó. 
Como su amiga parecía arrepentida de haber venido, para animarla, dio una voltereta y batiendo las palmas exclamó: 
- Ya verás, casada yo, buscaré un novio para ti y ... 
- Ah, nooo! ¡Qué va! Ni te lo sueñes. Conmigo no cuentes para nada. Yo, aquí , con mis zuecos, con mis cabras, ... Que me muero si dejo de tener ante mi vista este mar y estas montañas y estos arroyos. ¡Que es mi terruño! Dónde nací y quiero vivir. 
- Bah! No dramatices mujer . Ya verás que si lo logro, te entusiasmarás, te vendrás allá y estaremos juntas otra vez pero en una ciudad como Dios manda. 
Decidió acompañar a Pilar hasta su casa. Durante el camino no pararon de hablar. Había dejado de llover y alguna tímida estrellita asomaba sobre el oscuro cielo aún amenazante Ya sola durante el regreso, se puso a mirar las nubes que parecían alejarse y trato de alejar su preocupación ante la nueva situación . Una alegre inquietud pugnaba por invadirla. Esa noche , la imagen del “príncipe” de sus sueños sonriente y prometedor, se le apareció más nítida que nunca; en ciertos momentos lo sentía a su lado tomándole el brazo y acompañándola en los saltos con los que atravesaba el camino de vuelta. 
Un tiempo después, cuando los preparativos estaban en firme, Ternura reunió a la familia para hacerles conocer la novedad. Al principio no la tomaron en serio. Su madre pensó que se trataba de una de las tantas fantasías que la hacían vivir un poco en la Luna. Pero con el correr de los días y los preparativos en aumento; cartas que iban y venían, el afán de Ternura por salir bonita en la foto que le mandaría a “su novio”... la situación tomó visos de seriedad y la familia debió tomar en serio la cuestión. 
La casa se alborotó. La decisión parecía irrevocable. En la última carta , Ternura prometió formalmente casarse con el hombre que le demostraba todo su afán por compartir la vida con ella y hacerla feliz. 
Sus padres hicieron lo imposible por convencerla de renunciar a lo que ellos consideraban una loca idea; sus hermanas se afanaron en tratar de encontrarle algún pretendiente que la entusiasmara y la hiciera desistir. Todo fue inútil. Hasta el cura intervino diciéndole: -Pero niña, ¿cómo vas a casarte y vas a prometer darle tu amor hasta que la muerte los separe a un hombre que no conoces? Que no sabes por qué ríe , por qué llora, qué cosas le hacen feliz. Qué cosas lo enojan...Lejos de tu gente, de tu iglesia... Todo inútil. 
Un día llegó la carta tan temida y esperada “su novio” le indicaba el día y la hora de la partida del barco que la llevaría a su encuentro y la orden para retirar el pasaje. La resignación llegó a la familia y los preparativos se aceleraron. La madre le arrancó la promesa de que se colocarían los anillos en la iglesia y con la bendición de un cura. 
Entre sonrisas tristonas, lágrimas y deseos de buenaventura se preparó un pequeño ajuar. Los palillos corrieron veloces entre los dedos de Lola, su madrina, que tejía presurosa la mantilla blanca que Ternura llevaría sobre sus hombros al bajar del barco afín que su futuro esposo la identificara. El rostro de Ternura pleno de ansiedad e ilusión parecía más bonito aún . Rara vez sus ojos dejaban entrever algún destello de inquietud. Ni siquiera había reparado que debería reconocer a su flamante esposo por el color de su traje y las flores que llevaría en sus manos, ya que nunca había visto una foto suya. Estaba convencida de que la felicidad llegaba a su vida para instalarse. Las despedidas comenzaron con una misa a la que Ternura asistió con un vestido nuevo llevando en la cabeza la mantilla blanca destinada para el encuentro con su novio y la bendición de los anillos. El cura le dio una bendición especial . Ternura parecía una novicia haciendo sus votos. Una boda casta y virginal. Ella, medio atolondrada, sonreía tímidamente. Con los ojos abiertos soñaba con el “ príncipe” que la acompañaba desde su adolescencia. Después de la misa , la fiesta de despedida , si bien un poco melancólica, llena de cariño y de buenos augurios. La casa se llenó de luces, de gaitas, de regalitos, de promesas y pedidos de noticias. Las risas, los chistes y las lágrimas se sucedían sin interrupción. La despedían con la convicción de que la vida no podía dejar de sonreírle a esta jovencita tan querida, tan soñadora, tan audaz. 
En la fiesta, Ternura parecía hechizada. No podía comprender lo que le estaba ocurriendo. Tenía miedo de despertarse súbitamente y encontrarse otra vez con los zuecos puestos y lavando la ropa en el río. Enseguida miraba sus pies y allí estaban los bonitos zapatos que le había pedido como regalo a su madre. Pronto la vida en la aldea sería un mal sueño. 
Las cartas le hablaban de una ciudad moderna con colectivos, calles asfaltadas, cines, teatros, hermosos paseos arbolados con lagos, y una calle en la que a toda hora se podía encontrar un negocio abierto para ir a cenar o tomar una copa. Gonzalo, su novio trabajaba en un restaurante como mozo Algunas noches iría a buscarlo y lo esperaría tomando una bebida o comiendo un rico bife, algo así como un trozo de costilla de vaca asada que los clientes saboreaban con mucho placer. En las noches que él tuviera libres tal vez pudieran aprender a bailar el tango. Abrazada a su hombre, con las caras muy juntas seguirían la música entrelazando sus piernas. 
A cambio del mar conocería un río tan ancho que para atravesarlo se debía navegar varias horas. 
Estaban esperándola con los brazos abiertos. Su vida de “señora” comenzaría con una sencilla ceremonia religiosa. Después cortarían una torta, regalo de un pastelero compañero del novio. Su futuro cuñado tocaría la gaita en honor a los novios... Mientras repasaba el contenido de las cartas recibidas la imagen del novio se fundía con la del príncipe de sus sueños, sin darse cuenta sus labios se extendían en una amplia sonrisa. 
La última noche en la que hasta ahora había sido su casa, no pudo pegar los ojos. Por su mente desfilaban escenas de su vida futura. A la vez, con un dejo de tristeza, se despedía de todos los objetos y rincones que hasta allí habían constituido su mundo. Para animarse se repetía : Volveré. Volveré con Gonzalo... Volveré llena de zapatos para los grandes y juguetes para los niños. Ganaré dinero y mis padres podrán tener al menos una vejez menos pobre. Sonrió a la imagen que le devolvía el espejo. Gonzalo sonreía a su lado. 
La despedida fue larga y dolorosa. Todos sus seres queridos estaban al costado de la escalerilla. La miraban partir en pos de sus sueños. Ternura había sido siempre una niña especial. Los abrazos besos y lágrimas se sucedían. En ese momento su firmeza flaqueó. Las hermanas la animaban con cariñosos golpecitos en las mejillas y con los ojos húmedos .. 
El barco abandonaba el muelle tan lentamente que pudo percibir el pañuelo de su madre empapado en lágrimas mientras ella permanecía erguida como una estatua, hasta que el barco se hubo desaparecido de su vista. 
La travesía fue larga y penosa. El mareo la tenía largas horas tumbada en ese camastro oscuro para evitar los vómitos y superar la debilidad que la iba ganando poco a poco. En esa soledad, acompañada por una montonera de mujeres a las que no conocía, se sentía terrible. Muchas de ellas con sus críos al hombro Algunas viajaban acompañadas por sus hombres, a los que sólo podían ver en cubierta ya que durante el viaje hombres y mujeres estaban en sectores separados . Una mujer, no mucho menor que su madre, era la que más se le acercaba para tratar de animarla. Se mostraba preocupada porque Ternura no probaba bocado y se la notaba cada vez más débil. 
- Terminarás enfermando muchacha y eso sí que sería terrible para ti. Debes hacer un esfuerzo y tratar de comer algo de lo que te dan. De seguir así no llegarás al puerto o bien al desembarcar te tendrán que llevar directamente a un hospital. Vamos, no seas caprichosa... No seas tan hosca. Llevamos varios días durmiendo una cerca de la otra y ni siquiera sé cómo te llamas. 
Ternura hizo un esfuerzo. Realmente necesitaba hablar con alguien. Su fuerzas la abandonaban ,trató de incorporarse un poco y no sólo le dijo el nombre sino que además le contó algunos pasajes de su historia y los motivos de su viaje. 
- Pero mujer,¡Anímate! ¿Te está esperando tu futuro marido y te entregas tan fácilmente a la desesperación.? ¿Qué harías en mi lugar? Viajo sola. Mi marido acaba de fallecer. Allá me espera una hija que, compadecida de mi situación ,me lleva a vivir con ella y sus pequeños hijos. Tendré que cuidar a los niños mientras ella trabaja. Tuve que alejarme de mis afectos, de mi hogar, de lo que hasta entonces había sido mi mundo... En cambio tú vas a empezar tu vida. Vas a formar una familia, tu familia.¡ Vamos! , ¡Venga! Trata de comer un poco y te sentirás mejor. 
Ternura hizo esfuerzos inauditos para tragar unas cucharadas de ese deplorable guisado con algunos porotos y lentejas nadando. Su aspecto era realmente revulsivo. El pan otro tanto. Ni siquiera para no desalentar a su buena compañera de viaje pudo comer más de tres bocados. Sin embargo la charla le había hecho bien. Esa noche el príncipe volvió a visitarla en sus sueño. 
A medida que se internaban en el hemisferio sur, el tiempo parecía mejorar. La progresiva cercanía a la tierra prometida levantaba el ánimo de los pasajeros bastante alicaídos, debido a las fuertes tormentas soportadas. El terror al naufragio se alejaba. Las discusiones y reyertas ya no eran tan constantes. 
Al mejorar del mareo, Ternura comenzó a permanecer más tiempo en cubierta de cara al sol. Cerraba los ojos y su alma se llenaba de imágenes de su pueblo, de su gente, del mundo que dejaba atrás. Una y mil veces volvía a recorrer los senderos, a bordo de sus zuecos de madera en medio de las cabras o tratando de cargar los fardos de alimento para las vacas. 
Pasó el último día de viaje, tirada en una reposera escudriñando ese enorme mar. Trataba de adivinar qué mundo la esperaba una vez en la costa. 
Por la mañana, se concentró minuciosamente en vestirse . Quería lucir bella para el príncipe de su vida. Se arreglaba los pliegues de la pollera una y otra vez; pellizcaba con ganas sus mejillas intentando recuperar el color perdido, peinaba dominar su cabello poco acostumbrado al cepillo y sí en cambio a los vaivenes del viento. Su compañera de viaje contemplaba el cambio producido en la muchacha y le costaba creer que se tratara de la misma persona.. Cuando finalmente Ternura se colocó la mantilla sobre los hombros para que Gonzalo la reconociera, la otra no pudo menos que exclamar: 
- ¡Virgen santa, Ternura,! Te has convertido en una verdadera novia. Pues mira que debería esperarte el cura junto al novio para casarlos ahí nomás. Estás radiante. Los ojos son como dos relámpagos y tu boca sonríe sin siquiera darte cuenta. 
- Gracias, Encarna. No sé qué hubiera hecho sin ti en este viaje. Prométeme que nos veremos pronto. 
La besó en la mejilla y se dirigió a la cubierta. 
Un verdadero enjambre humano se movía de un lado para otro, hablaban, reían , gritaban –todo y todos al mismo tiempo- mientras el barco amarraba en el puerto y la tripulación intentaba poner orden para facilitar el desembarco. 
Prendida a su pequeña valija de cartón se entremezcló en el grupo que ya estaba listo para bajar primero. Sus ojos horadaban la distancia, que la separaba de la dársena, buscando el rostro de “su hombre”, su futuro esposo. Sus dedos nerviosos estrujaban la mantilla blanca que con tanto amor su tía le había tejido y que le colocó sobre los hombros deseándole suerte. 
Al ver el gentío sintió pánico.¿Cómo iban a hacer para reconocerse en medio de esa multitud de rostros? Sus ojos iban y venían sin cesar de una punta a la otra del muelle. Como un relámpago, la furtiva imagen del príncipe de sus sueños, le sonrió y desapareció. 
Mientras tanto, en la dársena , el hombre apoyado en un bastón y con una boina ocultándole la calvicie luchaba por encontrar a su prometida sin acudir a la ayuda de los anteojos. Lo acompañaba un amigo que de pronto descubrió la mantilla blanca y con entusiasmo , a la par que le aplicaba unos cariñosos golpes en el hombro, le dijo: 
-Mira Gonzalo. Allá .¿ La ves? Allá . Comienza a bajar. ¡Que es guapa , la muchacha! 
Gonzalo comenzó a proferir gritos de alegría con tal entusiasmo que al dar un brinco, se le cayó el bastón y casi da con su humanidad en el suelo 
Ayudado por su amigo continúo con las muestras de entusiasmo. Al divisar a la grácil figura que comenzaba a bajar la planchada gritaba su nombre sin poder parar. 
Al principio, Ternura no advirtió más que el enjambre humano y manos que se agitaban, pero cuándo escuchó una voz áspera, ronca vociferando : -¡Ternura, mi Ternura! Ven mi alma ,aquí te espero con todo mi corazón. 
Algunos se daban vuelta para mirarla. Prestó atención , miró hacia el lugar de dónde provenía la voz y al reparar en la figura del hombre que la llamaba quedó atónita. Horrorizada pensó que podría ser su abuelo. Instintivamente soltó su mano dejó que la mantilla se colara hasta el suelo y comenzó a retroceder por la escalerilla. Al llegar otra vez a cubierta un tripulante de mal talante le espetó: 
- Vamos. Descienda, no entorpezca el desembarco. 
Algunos pasajeros detrás suyo comenzaron a increparla por dificultarles el paso. Aturdida continuó su retroceso balbuceando: 
-Olvidé algo importante.¡ Por favor déjenme pasar.! 
Sus pensamientos eran una vorágine . Su mente funcionaba a mil. Jamás iba a desembarcar ¡ No! Se volvía a España escondida en el mismo barco.. Alguien tenía que ayudarla.! 
Mientras pensaba eso escuchó la voz del tripulante: 
- ¡Pero cómo puede ser! Se les recomendó toda la mañana que prestaran mucha atención al cerrar sus equipajes. Que no olvidaran nada para evitar problemas.¡ Y ahora me viene con esto! Tiene un minuto. No puede entorpecer las tareas de la tripulación. ¡Vaya rápido antes que me arrepienta.! 
Miró para atrás y vio la patética figura de su “príncipe” que apoyado en la barandilla y en el bastón, trataba penosamente de subir mientras los pasajeros descendían. Se produjo cierto desorden ante lo que el tripulante exclamó: 
- Pero ¿qué sucede? Todos me tocan a mí? A dónde va ese abuelo? 
Ternura desesperada, enfundada en esos zapatos que le dificultaban la marcha corrió por la cubierta , giró en dirección a los camarotes y al ver a los empleados de aquí para allá en las tareas de limpieza comprendió que estaban demasiado atareados en sus quehaceres, que no podría esconderse con la gente por el medio. En tanto el anciano seguía en su intento de alcanzar la cubierta. Lo vio cambiar palabras con el mismo que a regañadientes la dejó pasar momentos antes .Intentó entrar en uno de los pasillos de los camarotes pero le impidieron pasar. Desesperada se tomó de la baranda de la cubierta, las sienes le latían, los ojos estaban arrasados de lágrimas, ya no sabía adónde estaba la valija ni dónde , la mantilla yacía pisoteada en algún rincón ... 
Dirigió su vista hacia el río y allí entre sus aguas marrones estaba el príncipe sonriente y con sus brazos abiertos. 
Sin pensarlo exclamó: “Allá voy” Y se arrojó a sus brazos.

Elsa Falcó

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