domingo, 3 de abril de 2011

De cielos inventados

A la comunidad valenciana

“Esta chica está en la luna de Valencia”, decía mi tía Mabel cuando su hija, distraída por algo, seguía tan campante sin contestarle ,como si no la escuchara, cuando ella le hablaba.¡Cuánto cambió desde entones mi concepto de la luna de Valencia!. Quizás desde el día en el que Pedro Silvestre llegó a Buenos Aires desde España, más precisamente desde su Valencia natal. Artista de alma, su pintura figurativa y sus paisajes nos deslumbraban; otro tanto ocurría con su amena charla y nuestras bohemias reuniones de literatos, pintores, actores y escultores. Nunca le importó el dinero. Nunca. Por eso sus cuadros si bien no tardaron en recorrer importantes exposiciones llegaron a sus compradores,como se sabe, a muy bajo precio. Pérez Célis se lo dijo más de una vez.y Juan Grela, desde Rosario, lo instaba a valorizarse.
Un buen día sin más ni más nos dijo: “Vuelvo a Europa”, y se marchó. Su propósito principal-según nos comentó como al pasar- era pintar de anaranjado las aguas del río Turia, no muy lejos de su Alicante natal. No era un pintor excéntrico. Era un idealista y soñador como todos nosotros – pero más altruista que nadie-, que se sacaba el pan de la boca para dar de comer al necesitado. Amaba la vida, a sus amigos, a sus novias (tenía muchas aspirantes y una oficial). Amaba el amor.
Quizá influyó en su decisión lo que estaba de moda en la década del 70: Pintar aguas. Nicolás García Uriburu había pintado los canales de Venecia, el río Sena, un estuario en Nueva York. Seguramente todo esto obró de disparador para sus proyectos.
Un mes después de su viaje recibimos una postal desde España donde nos confesaba: “Perdón por abandonarlos. Extrañaba mi ciudad natal, las noches de tapas, la luna, algún viejo amor que aquí quedó esperándome, y el río que quiero anaranjar…”.Pero su proyecto no prosperó. Aún con la pintura ya comprada, el municipio le negó la autorización para pintar el río .Para colmo, los cuadros no se vendían. Recibimos una segunda postal en la que nos decía: “No pude pintar el río ,no tengo dinero, no podrán impedirme amar la Luna”.
El alcohol lo fue atrapando como una araña en su tela. Viajó a Madrid pero la ciudad lo fagocitó. Durante años no supimos más de él. Volvió la primavera de 1998, enfermo, frustrado, pobre, al punto de tener que pagarle la comida y el hospedaje entre sus amigos. Empeoró hacia Noviembre cuando ya se nos hacía difícil seguir manteniéndole su estadía y los enfermeros. Anselmi, un amigo en común, ofreció ubicarlo en un rincón de su casa de Monserrat, en un improvisado y pequeño cuarto debajo de una escalera. Sentado en su cama, si extendía su brazo hacia arriba podía llegar a tocar con sus manos el oblicuo techo que constituía la base de la escalera.
La fiebre lo consumía. El alcohol había hecho estragos en su hígado. Su frente, constantemente perlada por la transpiración era refrescada cada tanto por Anselmi con un pañuelo mojado. Deliraba. Hablaba balbuceante de su Valencia natal, de la luna y el río, de sus afectos. “Quiero verlos”, decía. Fue en ese momento cuando surgió en mí la idea –que pronto realizamos- de pintar el techo inclinado de un azul intenso, tachonado de estrellas brillantes realizadas con un polvillo plateado y un solvente .Y una luna llena, blanquísima, como era la de Valencia según nos describía en sus charlas.
A partir de este hecho su rostro se transfiguró. Una sonrisa indescriptible asomó en sus ojos, trasladándose al resto de su rostro. Le hablaba a la luna del cielo de utilería recitándole sensibles poemas. No pudimos revertir ni curar su enfermedad, pero alegramos su viaje definitivo, que fue en paz, felíz de haber vivido y haber intentado cristalizar sus sueños.
Desde entonces- perdóname Mabel- pero para mí estar “en la Luna de Valencia”, “a la Luna de Valencia” o como fuere, tendrá para siempre otro significado: el de los cielos que inventamos en homenaje al amor y a la amistad. Y en la luna blanquísima inmutable y eterna -en la que dan ganas de quedarse a vivir para siempre-ciertas tardes, algunas noches, en las que el espíritu en soledad se eleva como tirado por un hilo invisible hacia el infinito.


Horacio Semeraro

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