domingo, 29 de agosto de 2010

viernes, 27 de agosto de 2010

11

Llegó arropado por la bruma
por la anchura marrón con olas dulces
que lo circundaban.

Norma Mazzei

en La mansión infinita
Ediciones Tu Llave. Buenos Aires, 2010. 92 pp.

martes, 24 de agosto de 2010

EL PONCHO DEL ABUELO

I
El mate iba y venía. El humeante aroma a puchero inundaba toda la casa. El mate iba y venía. Mamá planchaba vestidos pequeños y pantaloncitos cortos. El mate se detuvo por un instante.
‑¿Cómo van las cosas?
Y una serie de sonidos ininteligibles para mis oídos salieron de la cocina interrumpiendo mi llegada al cielo. El reflejo veraniego me cegaba. Casi no podía ver la línea blanca que, en las baldosas del patio, había dejado la tiza. Rayuela que unía cielo y tierra en unos pocos saltos. Mirta me miró asombrada.
‑No sé ‑le dije‑ cada vez que viene la abuela María habla en idish. No sé qué dice. ¿Por qué no habla en castellano si hace tanto tiempo que vive acá?
Mamá dejó la plancha a un lado y me pidió que la guardara junto con la sábana vieja y el poncho. Servían para que no se quemara la fórmica de la mesa. El poncho marrón era grande, de tela fina pero abrigada y terminaba en largos flecos. Lo puse en el segundo estante del placard que ocupaba toda la pared de la pieza del fondo. Corrí al patio y seguí jugando con Mirta.
Uno ... dos ... tres ... Pisé la línea blanca. Vuelta a empezar. Arrojé una piedra y cayó en el cinco. Uno ... dos ... Pisé la línea. Perdí el turno.

II
Pablo y María. Di vuelta una a una las páginas de mi historia y allí estaban: Pablo y María subiendo a un sulky, allá por las salvajes pampas de 1910. Rivera, colonia judía del suroeste de la provincia de Buenos Aires. Pablo regresaba de una fiesta. De pronto, allí juntos en el mismo sulky. Sólo dos nombres: Pablo y María y una incipiente historia de amor. Él, con sus recuerdos de Besaravia, de su padre dueño de una zapatería, de aquella sirvienta que avisaba a punto de comenzar el progrom y los ayudaba a esconderse, de aquel niño-adulto subiendo al barco hacia una tierra de libertad. Ella, junto a sus hermanas, huyendo también de las persecuciones, de la proximidad de la guerra, dejando a Kiev, padres, hermanos, amigos, la tierra natal ... Todo, todo merecía quedar atrás si podía percibirse en el horizonte un sol naciente.
Pablo y María viajando desde tierras lejanas con la eternidad de un amor que había elegido un lugar para emerger: Rivera.

III
Había sido un mal año para la tierra. El viento, como un reptil de are­na, transformaba los días en noches oscuras. El agua escaseaba. Durante ho­ras, José abría la tierra a pico y pala y sólo conseguía un poco de agua salada. Hambre y sed eran sus fieles compañeras. Los trigales cubiertos por mantos de tierra y arena, el ganado sediento, los frutos secos. Habían lle­gado en el mismo barco.
De pronto, su aguzado oído campero percibió unos pasos sobre el piso de tierra. Las chapas del techo rechinaban de furia por mantenerse quietas.
-¿Qué tal Pablo? ‑José pensó en el viaje. Allí, en el barco, entre risas ­y bromas soñaban un futuro.
‑El campo es duro con nosotros. La tierra se defiende como puede.
‑¿Querés mate o té?
‑ Té con limón.
José tomó la pava ya negra por el humo del fogón a leña y llenó el vaso.
‑No tengo limones. Mañana voy a pedirle a doña Frida.
‑¿Te enteraste? ‑dijo Pablo en voz baja‑ Anoche lo vieron.
-Si lo encuentra el comisario no sé si contará el cuento.
- Dicen que llevaba su famoso facón ricamente cincelado. Montaba el caballo que boleó en las sierras de Curumalal. Ocultaba su renegrida melena bajo un sombrero de holgada ala mitrista. Todo un matrero.
‑Nadie ha comprobado sus crímenes.
-Dicen que Samuel es un justiciero.
-Para eso están el comisario y el juez. Para qué necesitamos que anden hablando de los judíos matreros. Ya bastante fama tienen los de la Capital.
-Tenés razón. Mejor no meterse en problemas.
Se despidieron. Pablo acomodó sus bombachas y subió al caballo. Acarició sus crines y el animal empezó a corcovear. Los azules ojos del ruso moreno se abrieron tanto que parecían escapar fuera del rostro. José observó que el potro tenía una pata lastimada. Eran espinas de cardo. Las sacaron con cuidado y el caballo les agradeció con un relincho.

IV
El candil ya había sido apagado. Pero al cerrar los ojos aparecían en la oscuridad fantasmas que azotaban con el knut y luego arrojaban sus an­torchas encendidas de odio sobre los precarios techos de la colonia. El miedo le provocaba escalofríos que recorrían el espinazo como una serpiente de cascabel.
Pablo despertaba sudoroso, encendía nuevamente el candil y se disponía a copiar palabras de un ejemplar del diario La Nación que había encontrado en el almacén de ramos generales del pueblo. Tenía que apren­der a dibujar esas letras, esos signos extraños le serían quizás muy necesarios.
Cuando descendió del barco en el que había viajado como polizón, en 1906, y llegó al tan mentado Hotel de Inmigrantes, se presentó en sociedad hablando idish. El empleado anotó sus datos: Peril, ruso, 17 años (edad que aseveró, mintiendo para poder pasar), analfabeto. ¿Analfabeto? Le pusieron el sello, su idioma les resul­taba extraño. En ese momento, Pablo comprendió que no alcanzaba en estas tierras con el idish, y que tampoco era suficiente aprender a manejar el arado y ordeñar vacas.
En una de esas noches en que lo visitaban fantasmas del pasado tomó unas tijeras. Se puso a recortar pedazos de cartón y algunas ho­jas para armar un pequeño álbum. En primer lugar, pegaría la foto en la que junto a José posaba para la posteridad. Los dos amigos. Los dos flamantes gauchos. Con la prestancia de una estirpe, de una raza, de una cultura mi­lenaria y las vestiduras del gaucho. Pablo, con el torso henchido de orgu­llo, alpargatas, pantalones anchos, camisa a rayas, un pañuelo oscuro al cuello, la mano izquierda sobre la cintura y el brazo derecho doblado sos­teniendo el saco sobre su hombro. El rostro increíblemente moreno, labios gruesos, nariz recta y unos brillantes y tiernos ojos azules. Por último, la gorra con visera cubriendo totalmente sus renegridos cabellos. Sólo parecía traer de Rusia los ojos azules. A su lado, José, con una pierna inclinada para apoyar sobre la tierra sólo una alpargata y la punta de la otra. El sombrero caído hacia un lado, tez blanca, ojos claros. La mano izquierda sosteniendo al mismo tiempo el saco y un facón que asomaba tras el ancho cinturón y la negra faja, pantalones anchos a rayas, camisa fina y un infaltable pañuelo al cuello. La mano derecha apoyada sobre el hombro de Pablo. Eran "hermanos de barco", así los llamaban.
Tomó entonces Pablo las tijeras y sintió que rasgaba sus vestiduras. Sergio, su padre, con la cabeza siempre cubierta y largas barbas, le repro­chaba con la ira divina en los ojos:
‑No tenías por qué hacerlo. Dios te castigará. No honras de esta mane­ra a tu padre.
Pablo lloriqueaba escondido tras la cortina de la ventana de su dormitorio y asomaba de sus gruesos labios un ¡perdón! quebrado e inaudible. La noche anterior, después de la cena, su padre le había regalado el largo saco negro, el caftán, que lo acompañaría en sus estudios del Talmud. Sería rabí como su padre. Sin embargo, los escasos trece años de Pablo ya lo tenían todo decidido. Y las tijeras fueron implacables.
Apoyó la cabeza sobre el improvisado álbum y se quedó dormido, vencido ya por la dura faena del día anterior y el intenso calor de esa noche de verano.

V
Esther lo tenía todo previsto. Era la mayor. La vida en Kiev resultaba cada vez más difícil para los judíos. No podían estudiar, ni trabajar, ni vivir donde quisieran. Los pogroms eran cada vez más crueles y sangrientos. Ella era la más sensata. Había escuchado hablar de una inmensa llanura que cobijaba a todo el que prestara sus fuertes brazos. Sólo había que cruzar el Atlántico, soportar un largo viaje en barco, después ... la libertad.
No había que pensarlo mucho. Prepararon sus maletas con lo necesario: vajilla, ropa blanca, vestidos, abrigos, zapatos, botas, un candelabro, una Torah, algunas cosas más, y muchas ganas de vislumbrar un mundo distinto para mitigar su dolor de siempre. Ser judío en Rusia: grave enfermedad.
Besó a sus padres y a su hermano. Miró por última vez la Rusia que no le dejaban amar. Sintió un desgarramiento interior y frenó las lágrimas que ya afloraban a sus ojos.
Había pasado ya un año desde la partida. Abrió la puerta del rancho. En Rivera el sol parecía devorar los campos con su ardiente mirada estival. Teodoro, su marido, se acercó a ella sin hacerse notar para no asustarla, pues su mirada helada estaba perdida muy lejos de allí.
-¿Cuándo llegan? ‑preguntó con cautela.
‑Las cartas dicen que a principios de febrero, ya falta poco, tendre­mos que ir a recibirlas a la estación. Haré todos los preparativos.¿Ya averiguaste en el pueblo?
‑ Si averigüé qué ‑Teodoro sintió que otra vez Esther planeaba todo sin consultarle y después lo hacía aparecer como dueño absoluto de sus propias ideas. Frunció el entrecejo y luego se echó a reír.
‑Nunca te acordás de nada. Ah! Le pedí a Sara que no olvidara traer las tijeras.
‑¿Acaso no hay en este bendito país tijeras? Tijeras, tijeras... Ya sé, tenía que averiguar por las sedas para el vestido que te encargaron para Rosh Hashaná . Si falta tanto …
‑Tenías que ser...‑escurrió su frente con el delantal. Alta, delgada, casi escuálida, pero fuerte como un roble. El rostro anguloso parecía ya de­sarmarse- Tus tierras, tus caballos, tus semillas. ¿Cuándo me darán la posesión de la tierra? ¿Cuándo podré comprar otra lechera? ‑Esther se impacien­tó aún más.
‑Ya lo sabía ... la máquina de coser. Me dijo don Miguel que va a traer la Singer desde Buenos Aires dentro de quince días. Nos costará pagarla. La libreta del almacén está bastante abultada. No sé cuál será el crédito.
‑ Cuando lleguen mis hermanas : Rosa, Sara y María, te alegrarás de haberla comprado.

VI
El pie se movía sin cesar. El vestido para la señora de Cavernicof ya cobraba forma. El pedal no se detenía. María, sin embargo, no podía dis­frutar de un minuto de sosiego. De mediana estatura, cabellos cortos con algunas graciosas ondas, labios muy finos y pómulos prominentes. El vestido ajustado a la cintura resaltaba su cuerpo joven. Sus ojos aún no habían recobrado el brillo. La despedida recorría todavía sus venas.
Pero Esther lo tenía todo previsto. Hoy, 31 de diciembre, mientras la paisanada festejara, entre ginebras y guitarras, el año nuevo, su hermana le presenta­ría uno más de la larga serie de candidatos que habían ido desfilando desde su llegada a Rivera. Este era de buena familia -aseguraba Esther- un ricachón con muchas tierras en su haber. Vivía en Entre Ríos.
¿Por qué esa obsesión de su querida hermana? La había traído a la Argentina, ¿para salvarla de las “centurias negras" o para ejercitar su oficio de casamentera? Esa noche la tormenta llegó como invitada de honor al rancho y se postergó el encuentro.
Esther no tardaría mucho en buscar otro pretendiente. Esta vez era un joven que había llegado a Rivera hacía unos pocos años. Era peón en una cha­cra, pero lo sabía fuerte, valiente, guapo. En los bailes, a los que María no quería ir, hacía suspirar a todas las casaderas. Ya pensaría en una dote pa­ra ofrecer ... María la escuchó hablar sobre el asunto con Adelma, su vecina, y no perdió más tiempo. Había llegado a una tierra de libertad y gobernaría por sí misma su destino. Esperó la noche. Hacía calor y huyó sin rumbo fijo. Sus largas polleras negras se enredaban entre las ágiles piernas.
Ya rendida se tumbó sobre la hierba de un huerto no muy lejano. Miró los campos cultivados. La noche era clara. Se cubrió con la manta de lana que llevaba sobre sus hombros e intentó dormir arrullada por un cielo tan estrellado que merecía ser día. Ya no era una niña. Pronto llegaría su padre y Esther volvería a ocupar el lugar que le correspondía.

VII
Eran ya las cuatro. Pablo tenía que apurarse. José lo esperaba en el tambo. Ahora trabajaban en la misma chacra. Se imaginaba a las vacas lecheras, en­filadas, girando la cabeza hacia la entrada del galpón y a José caminando de un lado a otro, espoleando algún trozo de madera inútil con su látigo. El sulky con el que regresaba del baile iba muy lento. La fiesta había sido tan divertida que casi se olvida del tambo.
De pronto, un bulto en los pastizales. Unos cabellos castaños despa­rramados sobre la hierba y una manta de lana. Saltó del sulky sin hacer ruido alguno. Desvió por un momento su mirada hacia los trigales. Su mun­do había crecido: los bailes en el club de los colonos, el tambo, José y el chacarero, el caballo, las sogas y el aljibe, la lotería y las barajas en las casa de familia, las fotos, el barco. El canto del gallo despertando el sol del amanecer pampeano y las largas bar­bas de su padre. Un caleidoscopio perfecto.
Silbó una polka que aún resonaba en sus oídos. Silbó bajito, mas ella despertó asustada. Un gaucho la invitaba a subir al sulky. Se acomodó en el asiento y tembló. Pablo cubrió con su poncho los hombros de la dama. Sus verdes ojos iluminaban aún más la blanca piel que aún no había absorbido el color de la tierra.
‑¿Cómo te llamás? ‑ Pablo hablaba en idish pues presentía en sus ojos un mismo origen.
‑María ‑respondió con la vergüenza plantada en su rostro. El poncho la abrazaba como un amante y se sentía protegida.
‑Mi nombre es Pablo, soy de Besarabia, trabajo en la chacra de don Adolfo Teplitsky.
No, no podía ser cierto ‑pensó María‑ Esther lo tenía todo previsto. Permaneció en silencio. El trote del caballo acompañaba sus pensamientos.
‑¿Adónde te llevo?
‑ No, gracias, a ningún lado ... ya aclara ... estoy cerca de casa... puedo seguir a pie.
Y Pablo no alcanzó siquiera a preguntar por qué dormía en ese huerto bajo las estrellas y Pablo olvidó preguntar dónde podría encontrarla.

VIII
José lo recibió bastante enojado. Toda una hora ordeñando por dos. No era cuestión de quedarse en esos días sin trabajo, al menos hasta que fuera el tiempo de la cosecha. Pablo exprimió la ubre y el tibio y blanco líquido comenzó a bañar el piso de tierra. José lanzó una carcajada mientras Pablo le pedía a gritos un cubo, un trapo, un ...
‑¿De dónde venís? ‑José le guiñó un ojo . Sabía su amigo que contaba con su complicidad.
- No sé dónde vive, quién es – confesó Pablo-. La vi cuando regresaba del baile. La cubrí con mi poncho. Aún siento en la rústica tela su aroma.
‑¿Cómo se llama?
- María.
- ¿Es nueva en la colonia?
- Creo que sí –asintió Pablo- Nunca antes la había visto.
Siguieron ordeñando. El capataz se acercaba. Era hora de almorzar. El puchero los llamaba desde la ventana de la cocina. Allí comía la peonada. Se sacaron el sombrero y entraron.
‑Puede ser la hermana de doña Esther ‑ José cortó un pedazo de pan crocante, recién horneado, lo mordisqueó y continuó ‑ Hace poco que llegó de Kiev. Doña Esther me preguntó el otro día si eras casado.
‑ ¡Qué asustada estaba! ¿De qué huiría?
‑ Si es la María que creo vive cerca de mi casa, - José apoyó la mano derecha sobre el hombro de su amigo- te acompañaré a buscarla.
Partieron. Ese día Esther recibiría en su casa a dos gauchos y tendría con uno de ellos una larga charla.

IX
El rabino había llegado. Rosa, Sara y Esther lagrimeaban emocionadas. José observaba, tras la ventana de la cocina, las mesas improvisadas sobre caballetes. El galpón del fondo había sido adornado con mucho cuidado. En cada mesa los platos repletos de ricos manjares horneados en la panadería. No faltaban los pollos, los bocaditos y las tortas. Todas las familias de colonos hablan recibido las invitaciones en castellano y en idish. Iban llegando, vestidos con sus mejores galas, en el "carro colono" de cuatro ruedas, en sulky, a caballo o a pie. Se re­encontraban los “hermanos de barco” y se saludaban afectuosamente. El idish circulaba de boca en boca alternando con un reducido español mal pronun­ciado y el lenguaje gauchesco.
Bajo la jupá cubierta de flores, en medio de un campo dorado, María y Pablo dieron el sí a las acostumbradas palabras del rabino. Se pusieron los anillos. Bebieron de la misma copa de vino. Pablo rompió con su pie el vaso. Y luego de recibir la triple bendición comenzó la música. Sólo quince días habían transcurrido desde su primer encuentro.

X
Años después, Pablo y uno de sus cuñados eran socios. Arrendaron una parcela. Casi se podía decir que poseían su propia tierra. Era el sueño de todo judío que llegaba a las colonias. La primera cosecha de cebada fue muy buena. La tierra era pródiga, pero Pablo se empobrecía día a día. Comenzó a desconfiar de su cuñado.
María movía incesantemente el pedal de la Singer. Ese día Pablo la notaba distinta. Observó sus polleras. El vientre abultaba. Miró sus manos callosas. Habría otros trabajos, otras tierras, otro cielo. José los llevó en el sulky hasta la estación del ferrocarril. El último abrazo.
Se ubicaron en un vagón de segunda clase, acomodaron sus maletas y se sentaron. Por la ventanilla, otra vez las queridas tierras se alejaban. Otra vez: Pablo y María, las manos entrelazadas, protegidos del fresco de la noche por un rústico poncho marrón. Otra vez: Pablo y María hacia un nuevo destino. Otra vez sobre sus hombros: el poncho de la esperanza …

Ester Spiner/1987

lunes, 9 de agosto de 2010

MI MANERA DE DECIR IV

por José Antonio Jesús García. Buenos Aires, 2010.

En este nuevo libro, el poeta almeriense afincado en Adrogué comparte con nosotros su sentir acerca de la experiencia de la inmigración -la pobreza, el padre conduciendo el carro, la partida, el desgarro, el no pertenecer a ninguna de las dos tierras... -, cantada con voz original, en la que se aúnan la emoción y la riqueza de recursos estilísticos, entre los que destaco muy especialmente la utilización de imágenes cromáticas.
Pero no es la pérdida del solar natal el único asunto de este poemario. José Antonio se refiere también a su madre, a sus hijos, a los amigos, a celebridades que admira, a nuestro amigo en común Juanjo Linares, a los toros, a España. Al paso del tiempo, conjurado por el amor a Isabel. Y brinda su experiencia de vida, resumida en un código ético que se basa en la humildad, la sinceridad y la fidelidad a los afectos.
Su pluma le ha valido distinciones en la Argentina y en España, lo ha hecho merecedor del prólogo de Sergio Poves Campos y el epílogo de Beba Viqueira, pero, lo que es más importante, lo ha hecho brillar en la comunidad andaluza, que ha encontrado en él el portavoz de su nostalgia.