viernes, 18 de diciembre de 2009

El tío

Genaro se despidió de sus amigos apresuradamente; ellos se quedarían un rato más. La cosa había sido en casa de Silvio, quien aprovechando la ausencia de sus padres que habían ido a visitar a la hermana, o sea una hija que acababa de dar a luz - la cual vivía en un pueblo vecino, casi en la punta de la montaña, donde demoraban unas tres horas llegar, en una subida de ripios y piedras coloridas - decidió, como lo venía haciendo desde hacía unos meses cada vez que sus padres se marchaban por algún motivo - invitar a María Pinta.
Al llegar junto a su amigo Mingo, María ya estaba en esa casa de piedra de tres pisos, sorteando el de abajo donde algunos cerdos y varias ovejas, comían en su mundo de instintos, olores y sonidos. Se la veía relajada, sonriente, junto a la mesa de madera rústica comiendo sopressata, con una vaso de vidrio grueso lleno de vino tinto, en la mano y los brazos en la mesa de madera rústica, en una especie de sala que hacía las veces de cocina y dormitorio. A la derecha se veían dos camas cubiertas con colcha de terciopelo de brillante rojo, azul y verde.
Luego de invitar a los muchachos con vino, el anfitrión dijo algo impaciente:
- Eh, compañeros. Me toca primero a mí; estamos en mi casa y la traje yo.
- Sí, sí. Vos el primero – afirmó María – Y no me tenés que dar nada. ¡Bah! ¡Bah!. Me hace falta harina, mañana me toca amasar el pan. Genaro y Mingo que me den las liras de siempre. La semana es larga y tengo que pasarla. No me queda ni una.
- Está bien. Pero a Genaro cóbrale igual que a mí. Trátame bien, no como la otra vez – dijo Mingo sacándose la gorra oscura, que dejó al descubierto una cabeza morena de pelo corto, mostrando un ensortijado, de un crespo casi mota.
Silvio y María subieron la escalera, rumbo a la habitación de los padres, cuyos escalones se veían gastados y lisos por los casi dos siglos de pisadas de abuelos, bisabuelos y tatarabuelos que de vez en cuando – según la madre de Silvio – se hacían ver, sobre todo en vísperas de alguna muerte o anunciando un terremoto.
Minutos más tarde, Silvio bajó suspirando y moviendo la cabeza arriba y abajo.
- Dice La Pinta que vaya Genaro.
- No le dije. A mí me toma para la joda y ustedes...
- Shhh. Estate callado – ordenó el anfitrión.
Sentados alrededor de la mesa, comían y bebían, riendo sonoramente de los chistes y anécdotas que contaba La Pinta, quien no se privaba de sacar a la luz formas genitales, modos de hablar e intimidades familiares de sus clientes que, se negaban a pagarle sus servicios.
- Yo a ustedes no les cobraría. La verdad que la paso muy bien.
- Decínos Pinta ¿Cual de los tres lo hace mejor? –preguntó Mingo.
- ¡Eh, eh! Déjate de poder – acotaron los otros.
- Elegí uno, vieja, dale.
- Todos se la rebuscan, hay que pensar que recién empiezan. Pero en honor a la verdad, Genarito, mi Genarito, es tan tierno. Si quieren, nos tamamos un vaso más y hacemos otra. ¿Eh chicos?
Ahora, Genaro caminaba ligero por el sendero bordeado de piedras, malezas, arbustos. Miró el reloj; casi las doce y tenía que levantarse temprano para carnear el cerdo, con su tío Cicco. Antes de salir quedó con su madre que hablaría con el tío sobre la selección del animal, la hora y demás detalles que requiere la labor. Había olvidado por completo por quedarse un rato más con la vieja y encima le había permitido a Mingo pasar antes, porque se había puesto pesado. Y Genaro no tenía ganas de pelear ese día. Pero, ¿qué se le iba a hacer? Así era la cosa. Bueno, pero debía ver pronto al tío, porque: ¡Virgen mía, que tarde se hizo!
Apuró aun más el paso. Volvió los ojos al cielo, donde la luna, silenciosa e inmensa, imperaba en las montañas, los sembradíos, las casa de piedras diseminadas a los costados, encima y en la mitad de las montañas, traicionando el secreto alentado en las noches oscuras. Era tal el silencio que a Genaro se le ocurrió que no existía ningún ser viviente en esos parajes. De pronto abrió grandes los ojos, los cerró inmediatamente, los volvió a abrir: por una pendiente, no muy lejos de dónde se hallaba él, su tío Cicco descendía caminando lentamente, con el bastón en la mano derecha, como acostumbraba para protegerse o espantar alguna víbora que podría cruzarse al paso. ¡Qué suerte!, pensó, mientras apurando el paso comenzó a trotar. Así se acabaría el problema con su madre, y no tendría que aguatar sus rezongos. Pero ¿de dónde vendría su tío, a esa hora y por la pendiente?
Al llegar junto al camino, el tío hizo un ademán como para detenerse a esperarlo. Así pudo verlo nítidamente, con el sombrero negro, el saco oscuro, las botas marrones de cuero grueso. Corrió, levantando los brazos, gritando:
- Tío, tío Cicco, tengo que decirle que mañana, bueno... hoy me voy a levantar...
Cuando Genaro estuvo a unos tres metros, del lugar donde se paró el tío, notó que el hombre lo miraba como si no lo reconociera, o bien como si no lo viera, con ojos lejanos, ausentes. Luego de uno segundos de inmovilidad, lentamente le dio la espalda y empezó a caminar unos pasos delante de Genaro.
Lo llamó varias veces, pero como respuesta, oyó su propia voz retumbando en la mantañas. En un impulso se adelantó para alcanzarlo, sin embargo a medida que corría, la figura del tío se alejaba un poco, luego más, y más, hasta que e convirtió un punto con sombrero. Y después la nada.
Agitado y nervioso, Genaro, entró como una tromba en la casa de su tío. Al verlo, la tía y su primo, - quienes machacaban aceitunas con una piedra alumbrados por un farol – le miraron extrañados.
- ¿Llegó el tío? ¿llegó, llegó?
- -¿Qué te sucede Genarito? Papá se acostó temprano, porque dijo que no se sentía bien. Está durmiendo, allá arriba.
- Sin agregar palabra, Genaro, subió apresuradamente la escalera, acercándose a la cama de su tío. El hombre al advertir la presencia del sobrino, trató de incorporase, con un quejido lastimero, totalmente cubierto de sudor.
- -Ah, ah, chico. Estuve pensando en vos. Creo que te soñé. No sé. Creo que tengo fiebre.
El joven, sin dejar e mover la cabeza, tapó su rostro con las manos.
- ¿Y? ¿La pasaste bien con La Pinta?
- Tío, tío. Escucheme, usted...
-¡Ay! ¡Ay! Genaro, tocame la frente, estoy ardiendo. Llamá a tu tía.

Carmela Isabella

miércoles, 2 de diciembre de 2009

MEMORIAS DE UN ROSTRO EN LA ESCOTILLA

Editorial Almaluz los invita a la presentación del libro de poesías: “ MEMORIAS DE UN ROSTRO EN LA ESCOTILLA ”, de Francisco López Santos .

El autor nos relata los sentimientos y experiencias de su tierra natal, Coruña (Galicia), y su inmigración a la Argentina, a la edad de 10 años.
Francisco López Santos presentará su obra junto a otros escritores y artistas, en el Centro Galicia, espacio ideal para el evento debido a su origen y la temática del libro.
Esperamos contar con su presencia a esta emotiva ceremonia, en especial para aquellos que descendemos de inmigrantes europeos que pasaron por la vivencia del desarraigo y de una nueva cultura.

Fecha 10 de diciembre 2009 - 19 hs. Lugar: Centro Galicia de BA

Bartolomé Mitre 2538/60 - Ciudad de Buenos Aires

http://www.editorialalmaluz.com.ar/


ERA EN SU TIERRA UN NIÑO

Brincando por las peñas,
su alma habitaba un cielo
pleno de juego y canto,
y sin saberlo intuía
muchas cosas bellas:
los amigos, montes, ríos
y flores del campo.

El brillo del sol,
entre prados y lagunas,
de amaneceres y tardes
pintadas en oro,
y en esas noches plenas,
a reflejos de luna,
ir jugando entre amigos
con los ritos a coro,
trepados por las huertas.

Comiendo fruta ajena,
luego huir de sus dueños
en salvaje alegría,
o sacando panales con miel
de otras colmenas.
Pero su padre lo arrancó
de la tierra un día,
buscando el futuro
tras el canto de sirenas.

¡Sólo para descubrir
qué es la melancolía!