lunes, 5 de octubre de 2009

UNA DECISIÓN DIFÍCIL

Corría el mes de enero de 1946. Me encontraba en Lobos disfrutando de mis vacaciones escolares en la quinta de mis tíos los Sofía, hermanos de mi madre. Una mañana pasó a saludar don Aparicio Luna un viejo amigo de la familia. Entre mate y mate, relató una historia vinculada con el arribo de mis abuelos maternos a la quinta de Lobos. Previamente nos aclaró que su informante , doña Catrina Viccario (recientemente fallecida) le había pedido que - mientras ella estuviese con vida - guardara en el más absoluto secreto todo lo que le fuera a decir . Por ese motivo don Aparicio resolvió transmitirnos los entretelones de la historia recién entonces. A todos el tema nos resultaba interesante. Siempre presentimos que la verdad – vaya a saber porqué - se nos había retaceado hasta ese momento 
Pegadito a la casa de don Aparicio, vivía Catrina Viccario, una buena amiga y confidente que a fines de siglo XIX había llegado de Italia proveniente de una pequeña ciudad ubicada en la Provincia de Salerno, llamada Diano o Teggiano. De ese mismo lugar era oriundo don Vicente Sofía razón por la cual ella y su familia conocían al dedillo los pormenores del viaje de mis abuelos. 
En uno de esos días de lluvia que se prestan para la charla amena y sin apuros, doña Catrina, con la nostalgia típica de los inmigrantes, comenzó describiéndole las características de su pueblo natal. Teggiano, era ( y es) una antigua ciudad con fuerte influencia griega debido a que durante siglos aquella región perteneció a las colonias helénicas que los romanos denominaron Magna Grecia. Por ese motivo algunos “teggianeses”- entre ellos don Vicente - afirmaba sin que sus hijos lo tomaran muy en serio, que por sus venas corría sangre griega. Pero esta cuestión poco tiene que ver con la médula del relato apoyada casi por completo en la historia de San Cono, patrono del pueblo. 
Hasta ese momento, no alcanzábamos a comprender que tendría que ver San Cono con la llegada de mi abuelo Sofía al Pago de los Lobos. El viejo lo captó y nos pidió que tuviésemos paciencia y escucháramos con atención. Así lo hicimos 
Según doña Catrina, allá por el año 1250, habitaban en Teggiano los esposos Indelli, ambos de edad muy avanzada y sin hijos. Toda su vida habían esperado en vano la llegada de un vástago hasta que una noche ambos tuvieron un mismo sueño del que despertaron sobresaltados. Durmiendo habían visto que del seno de la mujer - llamada Igniva - ¡brotaban llamaradas de fuego…! Ante tal coincidencia, resolvieron consultar al Cura del paese quien interpretó la visión anticipando que Igniva (a pesar de su edad) tendría un hijo muy especial que sería la gloria de su pueblo. La profecía se cumplió unos meses después con la llegada de un niño tan perfecto como el cono de luz que iluminaba la habitación del matrimonio el día del nacimiento. Ese es el significado de "Cono"; nombre que los devotos padres le pusieron al niño, felices del acontecimiento. Desde muy pequeño, Cono sintió despertar su vocación de santidad por lo cual decidió solicitar el ingreso a un monasterio de Teggiano pero el Superior no lo aceptó, conociendo los desvelos que los padres tenían por aquel único y tardío hijo. El chico se disgustó muchísimo pues lo que más ambicionaba era una vida monacal. Pasado un tiempo, se presentó de incógnito en el monasterio de la vecina ciudad de Cadossa. Sus padres, que lo vieron partir, lo siguieron y reclamaron por su regreso pero el joven, para evitar esa posibilidad se escondió en el horno de pan del monasterio. Sin advertirlo, los monjes encendieron el horno con el niño dentro. Pudo ser una tragedia - sin embargo - Cono salió ileso y sus padres interpretaron el hecho como un llamado divino aceptando, por fin, su ingreso al convento ¡Tenía apenas dieciséis años! Fray Cono, no cesaba de orar y trabajar en las labores más humildes olvidado por completo del mundo exterior. Así pasó los siguientes cuatro años hasta que en un atardecer de verano aquel frágil monje que aún no contaba con 20 años escuchó un misterioso mensaje que venía del cielo: "Esta noche Dios te llamará", y así sucedió, porque en la madrugada del 3 de junio el joven fraile moría serenamente transformado por los creyentes en un verdadero santo popular al que el Vaticano no tardaría mucho en canonizar. Poco después de la muerte del joven fraile, ambos pueblos: Cadossa y Teggiano, disputaban “ a muerte” la tenencia y guarda de sus restos mortales. Para dar término a la enojosa cuestión dispusieron, de común acuerdo, poner su cuerpo en una carreta y dejar que los bueyes decidan el camino. El rumbo que siguieron las bestias condujo el cuerpo del fraile hacia el pueblo de Teggiano y al llegar a la iglesia de su infancia los bueyes se detuvieron. Y allí quedó San Cono, en la Iglesia de la Anunciata, en Teggiano donde hasta el día de hoy descansan sus restos. 
A esta altura del relato había descubierto dos cosas importantes: Que a mi madre la llamaron Igniva en homenaje a la madre del Santo y que uno de mis tíos fue bautizado como Juan Cono Sofía rindiendo honores al Patrono de Teggiano. Pero eso no me bastaba, así que – aceptando la sugerencia del viejo –me dispuse a seguir escuchando. 
El padre de Catrina, don Severino Viccario, se dedicaba al acopio de lana, de modo que en época de esquila, viajaba con su carreta tirada por bueyes por los dificultosos senderos que unían los pequeños pueblos pastoriles para adquirir el producto. En esos viajes solía acompañarlo el joven Sofía, que se establecía con su organillo en la piazza de cada pueblecito ejecutando melodías populares al ritmo de la manivela con la que hacía funcionar su instrumento. La gente que se acercaba dejaba caer unas monedas en el sombrero apoyado sobre el suelo. Lo cierto es que cuando Vicente retornaba a Teggiano tenía acumulada una buena cantidad de dinero a tal punto que el comerciante solía bromear con que más le hubiese valido andar tocando el órgano por ahí que dedicarse a negociar la compra de lana a través de peliagudos regateos con los aldeanos de cada paese que, sin excepción, eran gente muy difícil. El recorrido que hacían con la carreta iba hilvanando los pueblos, uno tras otro, todos iguales…por los sinuosos senderos del valle de Diano. Uno de los destinos más frecuentes en aquellas excursiones era Piaggine, donde casi todos sus habitantes se dedicaban a la cría de ovejas. El pequeño paese colgaba de la montaña a la vera del río Calore muy cerca del Monte Cervato. En ese tiempo, el llamado Vallo dell’ Àngelo, conformaba la parte alta de Piaggine por lo cual se conocía como “Piaggine Sopra” y lo que es el paese actual – más abajo – era “Piaggine Sotto”. Vicente subía al Vallo dell’ Ángelo y allí se quedaba ejecutando su instrumento mientras que el padre de Catrina bajaba a comerciar con los dueños de las ovejas, algunos muy ricos con majadas de hasta 5.000 cabezas. Cierto día, nella piazzetta del Vallo, Vicente - que para entonces tenía 35 años - conoció a Rosetta, una muchacha de su edad de la que se enamoró a primera vista. Rosetta pertenecía a una familia noble, muy rica. Su padre ostentaba el título de Barone dell’ Cilento. Poco a poco se fueron acercando y un día de primavera Rosetta lo invitó a visitar a su familia. En la casa, un bell’ palazzo, algo deteriorado por la falta de mantenimiento pero igualmente hermoso, Vicente le hizo conocer sus buenas intenciones y la idea que venía madurando respecto de viajar al otro lado del mundo. Para sorpresa del joven, el proyecto entusiasmó más al Barone que a su propia hija. La idea de formalizar este matrimonio “cerraba” perfectamente sus planes de invertir en el exterior. Todo estaba así encaminado hasta que, bajando a Piaggine Sotto, el organillero conoció a una familia apellidada Paesano, amigos desde siempre de Catrina y de sus padres. Pasaba con ellos muy lindos momentos. Nació allí una sana relación en el afecto, una verdadera amistad que le permitió compartir reuniones dominicales, fiestas patronales, charlas de sobremesa, etc. El matrimonio Paesano se componía de cinco hijos, dos mujeres y tres varones ( uno de los cuales había emigrado a “la América”) . Con el tiempo, Vicente se fue integrando más y más a esa hospitalaria familia y comenzó a prestar especial atención a Giuseppina la mayor de las hermanas que , a la sazón, contaba con apenas catorce años. ¡Era una niña que bien podía ser su hija, así que ni imaginar otra cosa que no fuese una relación de amistad y respeto…! Pero algo extraño, casi milagroso, le ocurrió a Giuseppina… su corazón adolescente sentía que los ojos celestes de ese hombre “grande” le transmitían mucha bondad y la acariciaban con una transparente mirada mansa. Sin proponérselo y con la mayor buena fe, Vicente Sofía había llegado al alma virginal de la niña. El jefe de la familia lo advirtió y con bastante cuidado habló con la jovencita preguntándole que es lo que sentía por el organillero. Ella, avergonzada y tímida, inclinó la cabeza y muy despacio, entre sollozos y suspiros, pronunció una frase que dio vuelta la historia de aquella familia: “Padre mio, io sento che l’amo con tutto il cuore”…” El padre de la joven sobresaltado, sólo atinó a advertirle que Sofía era una hombre mayor y que en lo único que pensaba era en irse a las Américas. La niña seguía con la cabeza gacha y en silencio. El padre le preguntó: ¿Estarías dispuesta a dejarlo todo por ir tras él? y para gran sorpresas de su progenitor, Giuseppina respondió que si Vicente se lo pidiese y siempre que le dieran su consentimiento, no lo dudaría ni un instante. Reunidos secretamente el resto de sus familiares pensó en principio que sería un entusiasmo pasajero, cosas de chiquilina, nada más… pero también se preguntaron unos a otros (el padre, los hermanos, la madre…) : “¿Qué haremos, si estamos equivocados y Giuseppina se mantiene firme? ¡Santa madonna! 
Vicente Sofía ni siquiera había abierto la boca, nunca demostró otra cosa que no fuesen sus buenos modales Jamás insinuó nada…solo dibujaba en su rostro una dulce sonrisa de cielo cuando observaba a la muchachita que lo miraba embelezada. Pasaron varios meses sin que se volviese a hablar del asunto hasta que una tarde muy plácida del mes de mayo, cuando las flores lucían todo su esplendor en el jardín de los Paesano, Giuseppina y Vicente quedaron a solas por primera vez. Ella se le acercó. Olía a rosas y su cabello ligeramente rojizo desprendía destellos de sol. Vicente sintió que temblaba. Por primera vez en su larga vida errante, acusó el impacto de una presencia femenina que lo doblegaba. Mientras que Rosetta entraba y salía de su mente, Giuseppina solamente entraba y allí permanecía. Al advertir su estado emocional, la niña se echó a llorar. Él para consolarla la abrazó y luego, pasándole la mano por el cabello, le pidió que se calmase y dijera que era lo que sucedía… Giuseppina, mientras secaba sus lágrimas con el borde de la blusa, le confesó con valentía que lo amaba con toda su alma y que si sus padres se lo permitieran quisiera irse a “la América” junto a él. Vicente, se separó de ella como quien huye de un peligro inminente, y con un hilo de voz le preguntó si estaba segura de lo dicho. Ella asintió bajando y subiendo la cabeza y dijo que sí, que quería salir del paese como lo había hecho su hermano mayor unos años atrás. Vicente le preguntó donde estaba aquel ignorado hermano a lo que ella respondió, en California y agregó inocentemente, “tal vez podríamos encontrarlo”... _ “Non mia cara, quello sta nella America inglese, dove invece vado io è la America spagnola…¡Sapessi tu quanto sono distante una dall’altra!”.. le explicó . Pero la chica insistía: “Non importa, non importa. ¡Niente m’importa!”… La situación de Vicente se hacía cada vez más embarazosa. ¿Qué dirían los padres de la jovencita?, podrían acusarlo. ¡Él era un hombre grande y Giuseppina una menor de edad!. Mientras se debatía en medio de tantas cavilaciones, la niña no logró contener el llanto que - nuevamente, como un río de lluvia - se deslizaba por sus mejillas hasta rozarle los labios… “Che fare?. Dio mio che fare?” se preguntaba el hombre en estado de total turbación. Casi pensando en voz alta le preguntó a la jóven : Che posso fare? Ella repetía una y otra vez : “Non lo so! Non lo so…! Vicente volvió a pedirle que se calmara, le sugirió que fuese a la iglesia, que le rogara al Señor “ Lui sì tutto può fare!...” Lo hizo tan amorosamente, que Giuseppina cesó de llorar y lo despidió con un beso en la mejilla. 
Vicente pasó noches sin dormir. Desde mucho tiempo atrás había proyectado la boda y el viaje, de común acuerdo con el Barone, todo estaba listo para que fuera Rosetta quien lo acompañara. Llevarían suficiente dinero para comprar campos en Argentina… Al plan sólo le restaba ejecutarse . Vicente Sofía había amado a Rosetta hasta el momento en que la pequeña Giuseppina entró en su vida de un modo tan insólito y fulminante. Por su parte Giuseppina había enfrentado valientemente a sus padres y hermanos pidiéndoles que la autorizaran para viajar. Les dijo que junto a Vicente se iría a un país donde en poco tiempo serían ricos y los mandaría buscar a todos para que no siguieran viviendo del modo miserable como lo habían hecho siempre. El padre de Giuseppina sabía muy bien quien era este hombre que irrumpía en el destino de su familia. ¡Conocía la honestidad y hombría de bien del organillero de Teggiano! pues hacía muchos años que lo trataba. Giuseppina no había nacido cuando Vicente Sofía llegó al paese por primera vez. Por esa razón, y algunas conveniencias económicas difíciles de entender ahora, luego de largos debates, todos los componentes de la familia, excepto la madre que se negaba rotundamente, consintieron en aprobar la relación con la condición de que Vicente la pidiera en matrimonio y se casaran en Piaggine, antes de partir. Mientras tanto, Vicente iba y venía por su cuarto pasando una tras otra sus noches en vela. ¿Cómo explicarle a Rosetta? ¿Qué le diría a Giuseppina? ¿Cuál estaba más cerca de su corazón? ¿Cómo resolver el tema del dinero? Esta y otras mil preguntas se hacia sin encontrar respuestas… ¡Hasta que – por fin - le llegó el mensaje que tanto esperaba! 
_ ¿Qué pasó?¿Qué pasó? coreamos los tres oyentes. El viejo, sin prestar atención a nuestra pregunta continuó diciendo: 
En la cabecera de su cama, Vicente tenía colgado el cuadro de San Cono, ese mismo que ahora luce en uno de vuestros dormitorios. Observando detenidamente la estampa, se puede apreciar que a ambos lados de la figura del Santo se distinguen dos ilustraciones que grafican sus milagros; en la primera se ve la forma como Fray Cono sale ileso de entre las llamas del horno de panadería y en la segunda el dibujo reproduce en un cruce de caminos la carreta con los bueyes que – librados a su voluntad– decidieron el destino final de los restos del santo. Esta última imagen se fijó para siempre en los ojos de don Vicente Sofía y a la noche, mientras se paseaba por su cuarto solitario, recordándola, encontró la solución. 
Como en muy pocos días más debía reiniciar la gira acompañando al acopiador de lana por todo el Valle de Diano, iba a pedirle a don Severino (que así se llamaba el comerciante) que cuando llegaran al cruce donde convergen los caminos a Vallo dell’Ángelo y a Piaggine, colocara la carreta en el vértice mismo del sitio de bifurcación dejando librado a los bueyes que la tiraban el destino final del recorrido. “¡Donde ellos vayan iré yo, porque esa será – sin duda – la voluntad de San Cono!” pensaba Vicente. 
Así lo hizo. Con la autorización de su dueño, llevó la carreta al cruce de los senderos. Se apeó y, desde lejos, emitió un fuerte silbido, señal que las bestias obedecieron de inmediato poniéndose en marcha. No hace falta agregar que la carreta, sin conductor, emprendió su marcha en dirección a Piaggine, donde vivía Giuseppina. Ese mismo día don Vicente en un gesto que honra su memoria, concurrió a la suntuosa residencia del Barone a quien solicitó audiencia para mantener una conversación a solas. Por suerte Rosseta no estaba en la casa y el Barón no tuvo dificultad en recibirlo. 
Con sumo cuidado y el mayor de los respetos fue sincerando su situación admitiendo la absoluta responsabilidad que le cabía por la insólita deserción a la que lo obligaban razones ajenas a su voluntad, movimientos de la íntima conciencia que carecían de explicación lógica. Llegó a decirle que seguir adelante con los planes elaborados junto a Rosetta hubiese sido como traicionarla y que entre el dolor vergonzante de una ruptura o la continuidad de algo que podría deteriorarse con el tiempo, había preferido lo primero en salvaguarda del honor de ambos. 
Tan precisas fueron las palabras de Vicente que el Barón supo comprenderlo y se ofreció a comunicar la noticia a su hija, pero Vicente se opuso. Él mismo se lo diría en cuanto tuviera la oportunidad de verla. 
Cuando Vicente se retiraba de la residencia se cruzó con Rosetta en la pequeña piazzetta que había frente a la casa. La invitó a sentarse en un banco y allí, pausadamente fue confesándole su pesar por lo ocurrido y asegurándole que la decisión que había resuelto adoptar era la mejor para ambos. Le pidió humildemente que lo perdonara y que – de aceptarlo – lo considerara un amigo incapaz de engañarla. Agregó, además, que jamás olvidaría los buenos momentos vividos junto a ella y su familia y que se ponía a sus pies para servirle de ahí en más en todo cuanto estuviese a su alcance… 
Rosetta, sin pronunciar una sola palabra, huyó despavorida en dirección a su casa, entró dando un portazo y desapareció de su vida para siempre. A pesar del lógico disgusto, el Barone y su familia supieron comprender y hasta valorar la honestidad de Vicente que bien pudiera haber antepuesto intereses económicos al mandato de su corazón y continuar con los planes de riqueza y poder asegurados. 
De ahí en más la historia es conocida. La dulce niña y el apuesto Vicente se casaron en la Chiesa del Carmine in Piaggine cuando el verano montañés estaba en todo su apogeo. Al comienzo del otoño embarcaron hacia Buenos Aires con el firme propósito de fundar una familia e iniciar una vida nueva en esa lejana tierra promisoria – aparentemente – accesible. 
Catrina Viccario y los suyos, viajaron pocos meses después de que lo hiciera la joven pareja. Ellos tenían parientes en Lobos, que habían emigrado desde Teggiano una década antes. Esto sirvió de maravillas para que Vicente Sofía y su mujer pudiesen comprar en la zona de quintas del partido de Lobos, once hectáreas de tierra fértil por muy poca plata, mucha menos de la que traía ahorrada el audaz viajero. 
Bueno, ahora ya lo saben concluyó don Aparicio y agregó “ aunque lo que les voy a decir puede que les “pinche el globo”, yo creo que don Vicente Sofía - profundamente enamorado de Giuseppina - nunca dudó sobre que era ella y no Rosetta la mujer de su vida. Para mí, la pobre Rosetta fue descartada en cuanto la jovencita de Piaggine se le cruzó en el camino” 
En ese momento se me ocurrió intervenir y un tanto decepcionado pregunté ingenuamente: 
_ “ Pero,¿entonces la historia de la carreta y los bueyes eligiendo por él no es cierta? 
_ Claro que es cierta, pero yo creo que a don Sofía le apasionaba la jovencita y que los bueyes no eran nada tontos… _ “¿Por qué?”, volví a preguntar. _ ¡Muy simple m’hijito!, el camino hacia la casa de Giuseppina era cuesta abajo en cambio para llegar al palazzo de Rosseta había que trepar mucho y muy duro concluyó el viejo muerto de risa.

Juan Carlos Rizzo

2 comentarios:

  1. Buscando información sobre mis raíces llegué a este blog. ¡Que historia tan hermosa!!! Soy hija de un inmigrante italiano, nacido en Teggiano, que llegó a Venezuela a finales de la década de lo 50 y aquí se quedó y formó una familia. Este relato me recuerda los cuentos que escuchaba de boca de mi papá cuando recordaba sus vivencias en ese hermoso pueblo de Italia. Gracias por compartirla. Besos!!!

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  2. Buscando información sobre mis raíces llegué a este blog. ¡Que historia tan hermosa!!! Soy hija de un inmigrante italiano, nacido en Teggiano, que llegó a Venezuela a finales de la década de lo 50 y aquí se quedó y formó una familia. Este relato me recuerda los cuentos que escuchaba de boca de mi papá cuando recordaba sus vivencias en ese hermoso pueblo de Italia. Gracias por compartirla. Besos!!!

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