martes, 13 de octubre de 2009

La Casilla

Nosotros no vivíamos en un conventillo. Vivíamos en la casa que había hecho construir mi abuelo Luigi, ahorrando hasta el alma y trabajando extras inauditas en la Rosario, una lancha carguera de la compañía Mianovich, donde se desempeñaba como “patrón”, función que se ejercía por condiciones naturales de mando, disciplina y práctica marinera, y Luigi, navegador temprano y también náufrago a los doce años del Adriático y de ese marcamino que llaman Mediterráneo. sabía algo de eso. Esa función era similar la del Capitán de Cabotaje, es decir la autoridad máxima e indiscutible para las embarcaciones mercantes mayores de río y con movilidad propia. La Rosario, no; debía ser remolcada. Este tipo de embarcaciones eran utilizadas para trasladar la carga entre el puerto y los buques de mayor porte y calado que no podían entrar al mismo. Quinquela Martín supo narrar bien en sus cuadros el espíritu del puerto; sólo les falta el sonido. Porque la fiesta empezaba temprano en la mañana, a eso de las siete, con el rugido de los motores de los remolcadores, sus pitadas estridentes, voces, saludos, gritos, imprecaciones y carcajadas, todo con mate cocido y galletas. Todo mezclado. Y los hombres también. Paraguayos, italianos, correntinos, yugoslavos y polacos, se disputaban los tablones, los turnos, y compartían el descanso y su comida. Españoles casi no había en los menesteres del puerto, ellos se dedicaban más al comercio, almacenes, bares, confiterías; eran mozos ó porteros. 
Entre los 11 y 12 años trabajé como dependiente en un comercio dedicado a la venta de café. No porque necesitara trabajar, simplemente por disciplina familiar, cultura del trabajo. Esos conchabos cortos de algunos meses de medio día —porque además, estudiar sí era obligación — los conseguía mi mamá Justina, también venida de Italia con su madre, mi abuela Susana, las dos solitas. Mamá tenía sólo 5 años. La cosa del trabajo era “por las dudas”, “los chicos no deben estar ociosos”, vigilar “las compañías” “que sepa ser útil para él” “uno nunca sabe…” Era su filosofía hormonal. 
”La Planta de Café de Saavedra y Paulos” rezaba el cartel fileteado sobre la vidriera de la calle Del Crucero, casi esquina Olavarría. Insólita sociedad entre un catalán y un gallego. ¿Discusiones? ¿Diferencias? ¡Nunca!... esa casa era un templo de honestidad y respeto. 
Saavedra, alto, erguido, abundante pelo blanco y ondeado, gesto adusto, pocas palabras, catalán y casi siempre de mal humor, con las manos cruzadas a la espalda. Paulos, bajito, rechoncho, calvo, parlanchín y gallego, juntaba cuanto grano de café crudo caía de las bolsas de exposición con las manos, en un gesto casi de amor y delicadeza que conmovía. No podía barrerlos impunemente. Él me enseñó a “torrar” el café en una paila de hierro calentada a fuego de leña, en un escondrijo oscuro y secreto. Nada, más parecido a una operación alquímica, en la que el humo perfumado por el aroma del café recién tostado prendía en mí, por un instante, la simiente de un futuro Nostradamus, Flamel o Paracelso. 
Al poco tiempo conocí a su hijo. Por casualidad éramos compañeros de clase en el Joaquín V. González. Cuando iba a visitarlo, su madre, una gallega gordita y simpática, me recibía siempre de la misma manera. ¿Cómo? No has traído el pandeiro… ¿Cómo vamos a bailar y cantar entonces? y a continuación “Ven hiju” ¡mira qué linda tierra es Galicia!”, y me mostraba unas fotos de su tierra, pero era poco el paisaje que podía verse en unas fotografías en blanco y negro sacadas con máquina de cajón. Y luego : “¡Mira qué chicas guapas!”. Me enternecía su nostalgia y su inocencia “Debes conocer Galicia”. Y sí, es una deuda todavía pendiente. Con la vida. 
Después, con el tiempo, de compañeros de clase pasamos a ser amigos. Por él supe que era su tío, el coautor de ese hermosísimo tango, “¡¡¡INSPIRACIÓN!!!” de Paulos y Rubinstein, como repetía invariablemente el locutor que lo anunciaba, es decir un gallego y un judío autores de una de las mejores muestras de nuestra música. 
Nosotros no vivíamos en un conventillo, pero yo sí había nacido en uno de la calle Suarez, al lado del club El Trapito, a la vuelta de la cancha de Boca. Era el típico conventillo de ese barrio, de madera y chapa. Porque había otros que eran antiguos caserones que albergaban numerosas familias, como el famoso de Las Catorce Provincias, cuyo nombre anunciaba la diversidad de la composición étnica de las más de cuarenta familias que lo habitaban. Los de madera en cambio estaban destinados a cinco o seis, a lo sumo hasta diez familias, que era lo menos frecuente. Habían sido construidos como una respuesta precaria a la demanda de vivienda, producida por la ola inmigratoria de fines del siglo XIX y principios del XX. 
La estructura básica era la de un patio generalmente cuadrado, rectangular o con una figura geométrica parecida que permitiera el terreno donde se asentaba, y rodeado por las construcciones de madera destinadas a las habitaciones, y muchas escaleras, porque todos estaban hechos en dos plantas. Los piletones se elevaban sobre una losa de hormigón en el medio del patio, porque los servicios de agua, baños y letrinas eran comunitarios y estaban separados. Los techos y paredes exteriores se cubrían con chapas de cinc onduladas que luego se pintaban. En algunos generalmente habitados por marineros italianos, los colores eran varios, por la sencilla razón de que la pintura utilizada era el remanente de la usada en los barcos, entonces cuando no había más,…¡no había más! y a cambiar de color, aunque también podía ser la manifestación de un primordial e inconsciente sentido artístico. Sea como fuere, conjuntamente con la exhibición de prendas de interior, sábanas, servilletas, puestas a secar colgadas de una soga tendida de ventana a ventana, y alguna macetita con plantitas y flores, el resultado era una alegre combinación que ayudaba a vivir. 
La estructura de las casas estaba montada sobre unos pilotes de madera, cilíndricos, clavados en el suelo, dejando un espacio entre éste y el piso de la primera habitación, con el objetivo de evitar la entrada del agua a las habitaciones durante las inundaciones, pero muchas veces esto era insuficiente dado el reducido espacio que quedaba, que sólo servía de madriguera para roedores, y para juntar basura. Otras eran más grandes y servían para guardar materiales y herramientas. Ese lugar o espacio era “la casilla”, también las había de mayor altura, alrededor de los dos metros, y a veces el dueño del conventillo, olvidándose de las inundaciones, decidía hacerle paredes, colocarle puertas y transformarla en un nuevo “departamento”, que alquilaba más barato. En una de esas vivían los Padvalskis, una familia lituana que mandaba a su hijo, Vicente, al colegio salesiano San Juan Evangelista, donde nos conocimos. 
Del conventillo donde nací, me queda el recuerdo de unos formidables porrazos, contra las baldosas rojas del patio, para un día de reyes, al caerme de un triciclo muy inestable, con asiento de cesto, que después me cambiaron por un caballito hamaca de cartón azul con las crines de lana blanca y adornos dorados. Lo recuerdo bien porque era muy parecido a los de la calesita, pero algo más chico. Me veo bajando de él, en el pasillo de arriba donde vivíamos, para entrar a las habitaciones de las vecinas, un par de maestras hermanas, para quienes yo era un especie de sobrino prestado, y con quienes frecuentemente almorzaba una aromada cazuela de conejo. 
Allí vivimos hasta yo cumplir los tres o cuatro años de edad. Después nos mudamos a la casa antes mencionada donde nacieron mis hermanos, Susana, Luis y Ana. 
La casa estaba ubicada en la cortada de Viedma, y descansaba sobre el paredón que limitaba un inmenso baldío. Estaba construida de material y con detalles de cierta elegancia, como los arcos de las ventanas, la puerta del zaguán de reja artística y vitral, balcón y terraza con glorieta y parra de uva moscatel. Esa terraza era un verdadero jardín, de maceteros con malvones y jazmines, desde donde se tenía una hermosa vista panorámica del puerto, con el puente de fondo, que se recortaba como un inmenso mamut contra el cielo del ocaso cuando el sol bajaba lentamente hundiéndose en el río. Después, el Lucero, anunciaba la llegada de la noche, y ésta llegaba con sus mejores galas: una infinidad de estrellas. Las miradas de la noche me sobrecogían el alma. De espaldas sobre el suelo me sumergía en ese abismo vertical que me llamaba y donde ocurrían historias fantásticas donde siempre, por azar e irremediablemente, me transformaba en héroe. Ya no se ven estrellas como aquéllas, gracias a la humareda diabólica que hemos inventado. 
La casa era la bacana de la cuadra, porque el resto de ella eran cuatro conventillos de madera edificados sobre una sola mano. En la vereda de enfrente no había casas, sólo un enorme depósito de hierro de Descours & Cabout y una pequeña central eléctrica de la Italo. Del depósito entraban y salían las chatas cargadas de hierro y tiradas por tres percherones inmensos. Pero la cuadra era tranquila , solidaria y alegre, como un patio grande donde para las fiestas algunas familias, armaban las mesas en la calle y comían, se divertían y bailaban, convidando a los que se acercaban. Para Año Nuevo, recuerdo que terminábamos de cenar, antes de las doce, y mi padre y mi abuelo, ambos del mismo pueblo marino, fumaban tranquilamente en el patio damero de baldosas blancas y negras, charlaban de distintas cosas, en voz baja, no en secreto. De pronto, callaban y escuchaban atentamente, en un silencio cómplice con el barrio, porque los ruidos disminuían misteriosamente. Por unos instantes sólo se escuchaba el estampido aislado de algún cohete, y las voces de algunos chicos jugando. De pronto un sonido agudo, casi inaudible y prolongado desataba la fiesta, le seguía enseguida la pitada de un remolcador, e inmediatamente se sumaban otros, junto con la voz gruesa, alta o grave de los barcos mayores, todos con distintos ritmos, mientras papá y el abuelo competían en la identificación de los barcos por el sonido de su sirena. Era un concierto increíble, casi extraterrestre. Y el barrio estallaba de alegría: matracas, pitos, estruendosos fuegos y globos de papel que a veces se incendiaban en el aire. Así llegaba el Año Nuevo entre besos y abrazos fuertes, de mamá y abuela. Ah!... y sus lágrimas. 
Algunos días después comenzaban los ensayos para el Carnaval. Uno de los conventillos de la cuadra oficiaba de sede virtual de La Castaña, una comparsa de genoveses, o sea los “xeneizes” raza itálica la más numerosa de la Boca, junto con los sicilianos, y puglieses que, cuando intentaban hablar entre ellos, no se comprendían. Tan enrevesados son sus dialectos que eran entre sí forasteros siendo compatriotas. Volviendo a los carnavales, una vez por semana se reunían en ese lugar los integrantes de la comparsa, para ensayar las canciones y músicas que habían compuesto. Los vecinos participábamos de las alternativas de los ensayos, las interrupciones, correcciones, las broncas y los aplausos, la pizza y la cerveza. Algunos de los músicos eran notables Había bandoneones, acordeón y guitarras, y completaban la orquesta los instrumentos de percusión, bombo, martillos, zamboñas y pitos. El primer día de carnaval, los vecinos observábamos los preparativos inaugurales. Los integrantes de la comparsa cambiaban sus ropas por el uniforme de la misma: pantalón, faja y corbata marrón de seda, camisa blanca y gorra capitana, luciendo una castaña de seda en la frente. A medida que salían, iban ocupando su lugar en la formación y ensayaban acordes o pasajes, o corregían las afinaciones de los instrumentos, ante las miradas expectantes del barrio, porque todo aquello formaba parte del espectáculo, que era patrimonio de la gente del lugar. Una vez que el director consideraba que estaba todo listo, al tercer llamado de su silbato, arrancaba la orquesta, y la comparsa cantaba en medio de aplausos y gritos de bienvenida. Como las canciones eran en genovés, muchos no entendíamos lo que decían, pero se deducía que por lo menos eran “picarescas”, a saber por las miradas cómplices de las mujeres que ocultaban su risa o su sonrisa con la mano y ladeando la cabeza. Así desgranaba su repertorio La Castaña, como homenaje a la barriada que la había acompañado con su presencia y con cerveza. Los nombres de otras comparsas eran curiosos e interesantes, Salamín senza piolín, también italianos, llevaban un enorme salame sobre un camión, indudable símbolo fálico, que ahora que lo pienso bien era la expresión ancestral típica de los pueblos del Mediterráneo de deidades soterradas en el inconsciente colectivo. La del Bar Oriente… ¡era genial! Todos los años presentaban un espectáculo diferente entre teatral cómico y circense. En una oportunidad armaron sobre un camión un quirófano, ni qué decir la imaginación demostrada en el atuendo de los que hacían de médicos. El energúmeno que hacía de paciente acostado en la camilla profería unos gritos mientras levantaba una pierna y los médicos que lo operaban sacaban largas tiras de chinchulines, chorizos, morcillas etc. que después asaban y compartían con el público. Y… La Debilidad de La Boca, unos ursos de piernas velludas disfrazados de colegialas, con unos guardapolvitos de minifalda, labios pintados, cofias, guitarras y alguna guasada de paso. Indudablemente esos carnavales eran más creativos que los actuales. En una oportunidad apareció una carroza muy bien adornada con gente luciendo unos disfraces costosos arrojando serpentinas y enmascarados con antifaces variados de seda y máscaras venecianas. Causaba asombro y misterio verlos pasar. La gente aplaudía con admiración y respeto. 
Ésa era la parte linda o por lo menos simpática de ese barrio. 
Pero también estaba la otra, la cara triste. El conchabo, y la inundación. 
El conchabo era la selección de peones contratados en el puerto que un día trabajaban y dos o tres, no. El ritual era siempre el mismo. Los hombres, forzudos, de mostachos tupidos, con chaquetas de brin, pañuelo al cuello, faja negra, sombrero o gorra, y un pan asomando de algún bolsillo, formaban un semicírculo de diez a quince hombres alrededor del capataz que los semblanteaba uno por uno, señalando al elegido con un gesto del mentón a veces acompañado de un chistido aspirado, como a modo de saludo usaban los antiguos sicilianos. Los elegidos saludaban tocando ligeramente el ala del sombrero, y se retiraban en silencio; los demás desarmaban el semicírculo y se iban, también en silencio. 
La inundación era el flagelo de la zona, sobre todo para los que vivían en las plantas bajas, o los que no tenían suficientes provisiones porque vivían al día, anotando las compras en la “libreta”. 
Con suerte, a veces se anunciaba por la “sudestada”, un viento inclemente y frío que venia del río. 
El agua aparecía rápidamente en las calles saliendo de las bocas de tormenta. 
“La crecida” subía rápidamente cubriendo las calles en minutos, hasta que el agua sobrepasaba el nivel del muelle. Entonces era peor. 
Otras veces, de noche, aparecía sin anunciarse, silenciosa, y los gritos de rabia de los que despertaban con el colchón mojado eran el aviso que permitía a los que estaban más protegidos, salvar algunas cosas, que si no, flotaban a la deriva*: mesas, sillas, mesitas de luz, juguetes… 
Como los velatorios se hacían en las mismas habitaciones, en más de una ocasión, el mismo se transformaba en un sainete dramático. 
Durante el invierno, el frío en la Vuelta de Rocha era cruel; era frecuente ver una ambulancia frente a un baldío, refugio precario de linyeras, retirando alguno sin vida. Los peones del puerto miraban la escena en silencio, algunos bromeaban para ahuyentar presagios, otros se santiguaban. 
Pero todos esperaban la llegada de un triciclo blanco en el que un carnicero traía un desayuno especial. El hombre, que venía con un delantal blanco, armaba un estrecho mostrador con una tabla, extraía del interior humeante de hielo seco unos matambritos aromados por una albahaca inolvidable y, después de pasar dos o tres veces una filosa cuchilla por la chaira, comenzaba la esperada operación de cortarlos en rodajas con una destreza digna de aplausos ante la mirada brillante de los comensales expectantes. Después cortaba a lo largo unos baguetines, colocaba sobre una de las tapas las rodajas encimadas, las espolvoreaba a mano con sal, colocaba la otra tapa del pan, envolvía la base del mismo con papel de estraza y lo entregaba acompañado de un vaso de ginebra. Me quedé con las ganas. ¡Nunca lo pude probar! 
Yo participaba de la escenografía portuaria, porque era el camino obligado para llegar al colegio, además de que me gustara como a los demás chicos, caminar peligrosamente por el borde del muelle, saltando cabos, y recibiendo los gritos de advertencias de los marineros. 
Así llegaba al colegio de los salesianos. Era un colegio especial, de doble escolaridad y pago por supuesto, que recibía a los desplazados de la escuela pública por distintos motivos o por falta de plazas al cambiar de colegio, como era en mi caso ya que muchas escuelas eran mixtas, niños y niñas hasta tercer grado y, después, los varones sólo eran recibidos en escuelas para varones, pero muchas veces ya no había plazas porque la población aumentaba rápidamente sobre todo por la ola inmigratoria de Europa del Este. Así,polacos, yugoslavos, checoslovacos, ucranianos, armenios, sirio-libaneses, griegos, turcos y judíos se concentraban entre La Boca y la isla Maciel, es decir al otro lado del riachuelo, al que había que cruzar en bote, porque el trasbordador del puente sólo funcionaba en horario especial y no muy seguido. Los boteros eran casi todos italianos y algunos griegos y yugoslavos. Esa gente que venía con sus esperanzas, sus incertidumbres y sus terrores escondidos, se hacinaba donde podía ni bien llegada. Después, una vez aclimatados al país, se mudaban a barrios de colectividades afines. Mi querido amigo y extraordinario poeta, Simón Kargieman, me contaba que no había conocido la calle ni el idioma hasta los seis años, por la prohibición de su padre obsesionado por los progroms de su tierra natal, y algunas veces aprovechando el descuido de la puerta abierta, salía a correr enajenado y se perdía. Su padre lo recogía de la comisaría donde llorando y muerto de miedo había sido albergado. 
Otro recuerdo cálido tengo de un señor de sombrero, corbata y perramus, muy correcto y amable, don Jaime Roittman, que todos los meses pasaba a cobrar la cuota de un peso por la venta de un corte de tela para algún futuro traje de papá. A veces mamá no podía pagarle, pero él igualmente, mantenía su larga charla docente con mi madre, de la cual yo era partícipaba embelesado por la distinta visión del mundo que aprendía de él. Cuando finalizó la guerra, y aunque ya hacía mucho tiempo que no éramos sus clientes, vino a despedirse, contándonos de la decisión familiar tomada con sus hijos, a quienes adoraba con orgullo, de radicarse en Israel. 
Los chicos polacos eran los más numerosos junto con los yugoslavos. Algunos, ya un poco mayores y recién venidos de Polonia, tenían serias dificultades con el idioma, para diversión de algunos de los chicos, pero no todos eran así de crueles. De los polacos recuerdo muy bien a los hermanos Povalej.Eran seis, todos seguidos y todos iguales, el mismo corte de pelo bochita con flequillo, los mismos ojos azules, la misma ropa que pasaba del hermanito anterior al nuevo, muy religiosos y serios, todos monaguillos. La única diferencia era la estatura. Parecían una colección de las matrioskas, esas muñequitas rusas que se guardan unas dentro de otras. 
Otro compañerito, era ucraniano--Ugrina creo que se llamaba--, era bastante hablador cuando alguien lo buscaba, y como yo le preguntaba muchas cosas sobre de qué modo vivían en su tierra, de sus comidas, de sus costumbres , en una oportunidad me invitó a jugar en su casa. Tenía un hermano mayor de unos de unos dieciocho años, que entonces me informó con alguna dificultad que--¡Padre y tíos… Campesinos! ¡Hacer vodka! Y una vez al año venían de lejos los comerciantes a comprar la producción. Era una ceremonia importante de la que participaba expectante toda la familia, numerosa por cierto, donde los interesados probaban primero la bebida varias veces, ante la mirada de los familiares de los productores, y después se requería una valoración del contenido alcohólico de la misma, para lo cual el dueño derramaba un vaso de vodka sobre la tabla gruesa de madera dura de la mesa y le prendía fuego. Entonces, de acuerdo al color de la llama variaba el precio. Una vez acordado el mismo se saludaban con abrazos y besos y libaban de lo lindo. Me fascinaban esos relatos de tierras lejanas y al volver a casa trataba de ubicarlas en el libro de geografía. No recuerdo bien si lo lograba. 
Pero era con los armenios con quienes tenía una resonancia y simpatía especial, como si nos conociéramos desde siempre, como primos. 
Sarkys Kalaidjian era el segundo de aquel cuarto grado, un chico muy inteligente y divertido, 
A mi pedido me hacía probar las viandas que le preparaba su mamá, no sin antes advertirme cómo estaban hechas. 
El cura de cuarto grado era el padre Olivieri. Lo primero que hizo al iniciar el curso, fue contarnos la historia de la rivalidad entre Roma y Cartago, y de cómo los cartagineses casi derrumbaron al imperio romano. Acto seguido nos anunció que había hecho dos listas de alumnos, o sea había dividido el curso en dos equipos llamados Roma y Cartago representados por elegantes estandartes, rojo para Roma y verde para Cartago del cual yo formaba parte. Cada mes el equipo con mejores calificaciones era premiado con una medalla en su banderín, que determinaba un sabor amargo en los perdedores, pero esa estrategia daba resultados, por que al mes siguiente se invertían los resultados, con la consiguiente alegría de los vencedores. 
El líder de los romanos era el lituano Padvalsky, también como Sarkys muy inteligente y religioso, hasta el punto que no toleraba que se dijeran malas palabras en su presencia. Su mirada y silencio eran muy elocuentes y avergonzaba al que las dijera. Era un chico raro, muy apuesto, que causaba la envidia de los menos dotados, preocupados al ver que las chicas que conocíamos nos ignoraban pero sí se fijaban en muchachos mayores. Él con mucha firmeza, nos indicaba cómo debíamos vestir, cómo mirarlas y cómo hablarles para seducirlas. Lo mirábamos desalentados, porque en esa época y bastante después también, terror de abordar a las chicas. Hoy no es así. 
Fue una tarde cuando, invitado a su casa ubicada en un conventillo de la calle Olavarría al 800, fuí a buscar un cuaderno o libro que se había ofrecido a prestarme, conocí a su familia. Ese conventillo estaba muy cuidado y limpio. 
Al verme llegar, mi amigo, con un ademán me indicó que aguardara en la puerta de esa vivienda que consistía de una sala bastante espaciosa, sin ventanas, y un techo de escasos dos metros de altura. 
La habitación era sala de estar, comedor, dormitorio y taller al mismo tiempo. 
Mi amiguito se acercó a su madre y le dijo algo en voz baja. 
La madre, que lucía un pañuelo en su cabeza anudado graciosamente hacia la nuca, me miró, le hizo un gesto afirmativo señalándole la figura de su padre, que estaba cosiendo muy profesionalmente, un traje bajo la dudosa luz de una lamparita eléctrica. 
El padre también me miró, y le hizo un gesto afirmativo. 
En silencio, mi amigo me indicó que entrara, mientras el padre un hombre muy corpulento y alto, que se movía ligeramente agachado, se levantó de su silla de paja, clavó la aguja en la tela que tenía en sus manos dejándola sobre otra silla, sacó de su cuello el centímetro de hule que depositó como si fuera una estola sacerdotal, en el respaldo de la silla que ocupaba, se acercó a mí y estrechó mi mano con un saludo en su idioma, acompañado de una ligera inclinación. 
Nunca nadie me había tratado con tanto respeto como persona, con cariño y simpatía, sí, pero no con esa clase de respeto inaugural. Después y ante la leve sonrisa de Irene, hermana de mi amigo, se acercó su madre, puso sus manos sobre mi cabeza, y con mucha ternura me bendijo…. a la rusa.…con un beso en la frente. 
Regalo de la vida… que no puedo olvidar. 

Ignacio Giancaspro

* Virginia Segret Mouro, en un poema de descarnada y dolorosa emoción, describe magistralmente esta situación en su poema Carta a la casa de la calle Necochea de La Boca, publicado en POEMANIA N° 84 (pierodevicari@hotmail,com) 

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