martes, 13 de octubre de 2009

La Casilla

Nosotros no vivíamos en un conventillo. Vivíamos en la casa que había hecho construir mi abuelo Luigi, ahorrando hasta el alma y trabajando extras inauditas en la Rosario, una lancha carguera de la compañía Mianovich, donde se desempeñaba como “patrón”, función que se ejercía por condiciones naturales de mando, disciplina y práctica marinera, y Luigi, navegador temprano y también náufrago a los doce años del Adriático y de ese marcamino que llaman Mediterráneo. sabía algo de eso. Esa función era similar la del Capitán de Cabotaje, es decir la autoridad máxima e indiscutible para las embarcaciones mercantes mayores de río y con movilidad propia. La Rosario, no; debía ser remolcada. Este tipo de embarcaciones eran utilizadas para trasladar la carga entre el puerto y los buques de mayor porte y calado que no podían entrar al mismo. Quinquela Martín supo narrar bien en sus cuadros el espíritu del puerto; sólo les falta el sonido. Porque la fiesta empezaba temprano en la mañana, a eso de las siete, con el rugido de los motores de los remolcadores, sus pitadas estridentes, voces, saludos, gritos, imprecaciones y carcajadas, todo con mate cocido y galletas. Todo mezclado. Y los hombres también. Paraguayos, italianos, correntinos, yugoslavos y polacos, se disputaban los tablones, los turnos, y compartían el descanso y su comida. Españoles casi no había en los menesteres del puerto, ellos se dedicaban más al comercio, almacenes, bares, confiterías; eran mozos ó porteros. 
Entre los 11 y 12 años trabajé como dependiente en un comercio dedicado a la venta de café. No porque necesitara trabajar, simplemente por disciplina familiar, cultura del trabajo. Esos conchabos cortos de algunos meses de medio día —porque además, estudiar sí era obligación — los conseguía mi mamá Justina, también venida de Italia con su madre, mi abuela Susana, las dos solitas. Mamá tenía sólo 5 años. La cosa del trabajo era “por las dudas”, “los chicos no deben estar ociosos”, vigilar “las compañías” “que sepa ser útil para él” “uno nunca sabe…” Era su filosofía hormonal. 
”La Planta de Café de Saavedra y Paulos” rezaba el cartel fileteado sobre la vidriera de la calle Del Crucero, casi esquina Olavarría. Insólita sociedad entre un catalán y un gallego. ¿Discusiones? ¿Diferencias? ¡Nunca!... esa casa era un templo de honestidad y respeto. 
Saavedra, alto, erguido, abundante pelo blanco y ondeado, gesto adusto, pocas palabras, catalán y casi siempre de mal humor, con las manos cruzadas a la espalda. Paulos, bajito, rechoncho, calvo, parlanchín y gallego, juntaba cuanto grano de café crudo caía de las bolsas de exposición con las manos, en un gesto casi de amor y delicadeza que conmovía. No podía barrerlos impunemente. Él me enseñó a “torrar” el café en una paila de hierro calentada a fuego de leña, en un escondrijo oscuro y secreto. Nada, más parecido a una operación alquímica, en la que el humo perfumado por el aroma del café recién tostado prendía en mí, por un instante, la simiente de un futuro Nostradamus, Flamel o Paracelso. 
Al poco tiempo conocí a su hijo. Por casualidad éramos compañeros de clase en el Joaquín V. González. Cuando iba a visitarlo, su madre, una gallega gordita y simpática, me recibía siempre de la misma manera. ¿Cómo? No has traído el pandeiro… ¿Cómo vamos a bailar y cantar entonces? y a continuación “Ven hiju” ¡mira qué linda tierra es Galicia!”, y me mostraba unas fotos de su tierra, pero era poco el paisaje que podía verse en unas fotografías en blanco y negro sacadas con máquina de cajón. Y luego : “¡Mira qué chicas guapas!”. Me enternecía su nostalgia y su inocencia “Debes conocer Galicia”. Y sí, es una deuda todavía pendiente. Con la vida. 
Después, con el tiempo, de compañeros de clase pasamos a ser amigos. Por él supe que era su tío, el coautor de ese hermosísimo tango, “¡¡¡INSPIRACIÓN!!!” de Paulos y Rubinstein, como repetía invariablemente el locutor que lo anunciaba, es decir un gallego y un judío autores de una de las mejores muestras de nuestra música. 
Nosotros no vivíamos en un conventillo, pero yo sí había nacido en uno de la calle Suarez, al lado del club El Trapito, a la vuelta de la cancha de Boca. Era el típico conventillo de ese barrio, de madera y chapa. Porque había otros que eran antiguos caserones que albergaban numerosas familias, como el famoso de Las Catorce Provincias, cuyo nombre anunciaba la diversidad de la composición étnica de las más de cuarenta familias que lo habitaban. Los de madera en cambio estaban destinados a cinco o seis, a lo sumo hasta diez familias, que era lo menos frecuente. Habían sido construidos como una respuesta precaria a la demanda de vivienda, producida por la ola inmigratoria de fines del siglo XIX y principios del XX. 
La estructura básica era la de un patio generalmente cuadrado, rectangular o con una figura geométrica parecida que permitiera el terreno donde se asentaba, y rodeado por las construcciones de madera destinadas a las habitaciones, y muchas escaleras, porque todos estaban hechos en dos plantas. Los piletones se elevaban sobre una losa de hormigón en el medio del patio, porque los servicios de agua, baños y letrinas eran comunitarios y estaban separados. Los techos y paredes exteriores se cubrían con chapas de cinc onduladas que luego se pintaban. En algunos generalmente habitados por marineros italianos, los colores eran varios, por la sencilla razón de que la pintura utilizada era el remanente de la usada en los barcos, entonces cuando no había más,…¡no había más! y a cambiar de color, aunque también podía ser la manifestación de un primordial e inconsciente sentido artístico. Sea como fuere, conjuntamente con la exhibición de prendas de interior, sábanas, servilletas, puestas a secar colgadas de una soga tendida de ventana a ventana, y alguna macetita con plantitas y flores, el resultado era una alegre combinación que ayudaba a vivir. 
La estructura de las casas estaba montada sobre unos pilotes de madera, cilíndricos, clavados en el suelo, dejando un espacio entre éste y el piso de la primera habitación, con el objetivo de evitar la entrada del agua a las habitaciones durante las inundaciones, pero muchas veces esto era insuficiente dado el reducido espacio que quedaba, que sólo servía de madriguera para roedores, y para juntar basura. Otras eran más grandes y servían para guardar materiales y herramientas. Ese lugar o espacio era “la casilla”, también las había de mayor altura, alrededor de los dos metros, y a veces el dueño del conventillo, olvidándose de las inundaciones, decidía hacerle paredes, colocarle puertas y transformarla en un nuevo “departamento”, que alquilaba más barato. En una de esas vivían los Padvalskis, una familia lituana que mandaba a su hijo, Vicente, al colegio salesiano San Juan Evangelista, donde nos conocimos. 
Del conventillo donde nací, me queda el recuerdo de unos formidables porrazos, contra las baldosas rojas del patio, para un día de reyes, al caerme de un triciclo muy inestable, con asiento de cesto, que después me cambiaron por un caballito hamaca de cartón azul con las crines de lana blanca y adornos dorados. Lo recuerdo bien porque era muy parecido a los de la calesita, pero algo más chico. Me veo bajando de él, en el pasillo de arriba donde vivíamos, para entrar a las habitaciones de las vecinas, un par de maestras hermanas, para quienes yo era un especie de sobrino prestado, y con quienes frecuentemente almorzaba una aromada cazuela de conejo. 
Allí vivimos hasta yo cumplir los tres o cuatro años de edad. Después nos mudamos a la casa antes mencionada donde nacieron mis hermanos, Susana, Luis y Ana. 
La casa estaba ubicada en la cortada de Viedma, y descansaba sobre el paredón que limitaba un inmenso baldío. Estaba construida de material y con detalles de cierta elegancia, como los arcos de las ventanas, la puerta del zaguán de reja artística y vitral, balcón y terraza con glorieta y parra de uva moscatel. Esa terraza era un verdadero jardín, de maceteros con malvones y jazmines, desde donde se tenía una hermosa vista panorámica del puerto, con el puente de fondo, que se recortaba como un inmenso mamut contra el cielo del ocaso cuando el sol bajaba lentamente hundiéndose en el río. Después, el Lucero, anunciaba la llegada de la noche, y ésta llegaba con sus mejores galas: una infinidad de estrellas. Las miradas de la noche me sobrecogían el alma. De espaldas sobre el suelo me sumergía en ese abismo vertical que me llamaba y donde ocurrían historias fantásticas donde siempre, por azar e irremediablemente, me transformaba en héroe. Ya no se ven estrellas como aquéllas, gracias a la humareda diabólica que hemos inventado. 
La casa era la bacana de la cuadra, porque el resto de ella eran cuatro conventillos de madera edificados sobre una sola mano. En la vereda de enfrente no había casas, sólo un enorme depósito de hierro de Descours & Cabout y una pequeña central eléctrica de la Italo. Del depósito entraban y salían las chatas cargadas de hierro y tiradas por tres percherones inmensos. Pero la cuadra era tranquila , solidaria y alegre, como un patio grande donde para las fiestas algunas familias, armaban las mesas en la calle y comían, se divertían y bailaban, convidando a los que se acercaban. Para Año Nuevo, recuerdo que terminábamos de cenar, antes de las doce, y mi padre y mi abuelo, ambos del mismo pueblo marino, fumaban tranquilamente en el patio damero de baldosas blancas y negras, charlaban de distintas cosas, en voz baja, no en secreto. De pronto, callaban y escuchaban atentamente, en un silencio cómplice con el barrio, porque los ruidos disminuían misteriosamente. Por unos instantes sólo se escuchaba el estampido aislado de algún cohete, y las voces de algunos chicos jugando. De pronto un sonido agudo, casi inaudible y prolongado desataba la fiesta, le seguía enseguida la pitada de un remolcador, e inmediatamente se sumaban otros, junto con la voz gruesa, alta o grave de los barcos mayores, todos con distintos ritmos, mientras papá y el abuelo competían en la identificación de los barcos por el sonido de su sirena. Era un concierto increíble, casi extraterrestre. Y el barrio estallaba de alegría: matracas, pitos, estruendosos fuegos y globos de papel que a veces se incendiaban en el aire. Así llegaba el Año Nuevo entre besos y abrazos fuertes, de mamá y abuela. Ah!... y sus lágrimas. 
Algunos días después comenzaban los ensayos para el Carnaval. Uno de los conventillos de la cuadra oficiaba de sede virtual de La Castaña, una comparsa de genoveses, o sea los “xeneizes” raza itálica la más numerosa de la Boca, junto con los sicilianos, y puglieses que, cuando intentaban hablar entre ellos, no se comprendían. Tan enrevesados son sus dialectos que eran entre sí forasteros siendo compatriotas. Volviendo a los carnavales, una vez por semana se reunían en ese lugar los integrantes de la comparsa, para ensayar las canciones y músicas que habían compuesto. Los vecinos participábamos de las alternativas de los ensayos, las interrupciones, correcciones, las broncas y los aplausos, la pizza y la cerveza. Algunos de los músicos eran notables Había bandoneones, acordeón y guitarras, y completaban la orquesta los instrumentos de percusión, bombo, martillos, zamboñas y pitos. El primer día de carnaval, los vecinos observábamos los preparativos inaugurales. Los integrantes de la comparsa cambiaban sus ropas por el uniforme de la misma: pantalón, faja y corbata marrón de seda, camisa blanca y gorra capitana, luciendo una castaña de seda en la frente. A medida que salían, iban ocupando su lugar en la formación y ensayaban acordes o pasajes, o corregían las afinaciones de los instrumentos, ante las miradas expectantes del barrio, porque todo aquello formaba parte del espectáculo, que era patrimonio de la gente del lugar. Una vez que el director consideraba que estaba todo listo, al tercer llamado de su silbato, arrancaba la orquesta, y la comparsa cantaba en medio de aplausos y gritos de bienvenida. Como las canciones eran en genovés, muchos no entendíamos lo que decían, pero se deducía que por lo menos eran “picarescas”, a saber por las miradas cómplices de las mujeres que ocultaban su risa o su sonrisa con la mano y ladeando la cabeza. Así desgranaba su repertorio La Castaña, como homenaje a la barriada que la había acompañado con su presencia y con cerveza. Los nombres de otras comparsas eran curiosos e interesantes, Salamín senza piolín, también italianos, llevaban un enorme salame sobre un camión, indudable símbolo fálico, que ahora que lo pienso bien era la expresión ancestral típica de los pueblos del Mediterráneo de deidades soterradas en el inconsciente colectivo. La del Bar Oriente… ¡era genial! Todos los años presentaban un espectáculo diferente entre teatral cómico y circense. En una oportunidad armaron sobre un camión un quirófano, ni qué decir la imaginación demostrada en el atuendo de los que hacían de médicos. El energúmeno que hacía de paciente acostado en la camilla profería unos gritos mientras levantaba una pierna y los médicos que lo operaban sacaban largas tiras de chinchulines, chorizos, morcillas etc. que después asaban y compartían con el público. Y… La Debilidad de La Boca, unos ursos de piernas velludas disfrazados de colegialas, con unos guardapolvitos de minifalda, labios pintados, cofias, guitarras y alguna guasada de paso. Indudablemente esos carnavales eran más creativos que los actuales. En una oportunidad apareció una carroza muy bien adornada con gente luciendo unos disfraces costosos arrojando serpentinas y enmascarados con antifaces variados de seda y máscaras venecianas. Causaba asombro y misterio verlos pasar. La gente aplaudía con admiración y respeto. 
Ésa era la parte linda o por lo menos simpática de ese barrio. 
Pero también estaba la otra, la cara triste. El conchabo, y la inundación. 
El conchabo era la selección de peones contratados en el puerto que un día trabajaban y dos o tres, no. El ritual era siempre el mismo. Los hombres, forzudos, de mostachos tupidos, con chaquetas de brin, pañuelo al cuello, faja negra, sombrero o gorra, y un pan asomando de algún bolsillo, formaban un semicírculo de diez a quince hombres alrededor del capataz que los semblanteaba uno por uno, señalando al elegido con un gesto del mentón a veces acompañado de un chistido aspirado, como a modo de saludo usaban los antiguos sicilianos. Los elegidos saludaban tocando ligeramente el ala del sombrero, y se retiraban en silencio; los demás desarmaban el semicírculo y se iban, también en silencio. 
La inundación era el flagelo de la zona, sobre todo para los que vivían en las plantas bajas, o los que no tenían suficientes provisiones porque vivían al día, anotando las compras en la “libreta”. 
Con suerte, a veces se anunciaba por la “sudestada”, un viento inclemente y frío que venia del río. 
El agua aparecía rápidamente en las calles saliendo de las bocas de tormenta. 
“La crecida” subía rápidamente cubriendo las calles en minutos, hasta que el agua sobrepasaba el nivel del muelle. Entonces era peor. 
Otras veces, de noche, aparecía sin anunciarse, silenciosa, y los gritos de rabia de los que despertaban con el colchón mojado eran el aviso que permitía a los que estaban más protegidos, salvar algunas cosas, que si no, flotaban a la deriva*: mesas, sillas, mesitas de luz, juguetes… 
Como los velatorios se hacían en las mismas habitaciones, en más de una ocasión, el mismo se transformaba en un sainete dramático. 
Durante el invierno, el frío en la Vuelta de Rocha era cruel; era frecuente ver una ambulancia frente a un baldío, refugio precario de linyeras, retirando alguno sin vida. Los peones del puerto miraban la escena en silencio, algunos bromeaban para ahuyentar presagios, otros se santiguaban. 
Pero todos esperaban la llegada de un triciclo blanco en el que un carnicero traía un desayuno especial. El hombre, que venía con un delantal blanco, armaba un estrecho mostrador con una tabla, extraía del interior humeante de hielo seco unos matambritos aromados por una albahaca inolvidable y, después de pasar dos o tres veces una filosa cuchilla por la chaira, comenzaba la esperada operación de cortarlos en rodajas con una destreza digna de aplausos ante la mirada brillante de los comensales expectantes. Después cortaba a lo largo unos baguetines, colocaba sobre una de las tapas las rodajas encimadas, las espolvoreaba a mano con sal, colocaba la otra tapa del pan, envolvía la base del mismo con papel de estraza y lo entregaba acompañado de un vaso de ginebra. Me quedé con las ganas. ¡Nunca lo pude probar! 
Yo participaba de la escenografía portuaria, porque era el camino obligado para llegar al colegio, además de que me gustara como a los demás chicos, caminar peligrosamente por el borde del muelle, saltando cabos, y recibiendo los gritos de advertencias de los marineros. 
Así llegaba al colegio de los salesianos. Era un colegio especial, de doble escolaridad y pago por supuesto, que recibía a los desplazados de la escuela pública por distintos motivos o por falta de plazas al cambiar de colegio, como era en mi caso ya que muchas escuelas eran mixtas, niños y niñas hasta tercer grado y, después, los varones sólo eran recibidos en escuelas para varones, pero muchas veces ya no había plazas porque la población aumentaba rápidamente sobre todo por la ola inmigratoria de Europa del Este. Así,polacos, yugoslavos, checoslovacos, ucranianos, armenios, sirio-libaneses, griegos, turcos y judíos se concentraban entre La Boca y la isla Maciel, es decir al otro lado del riachuelo, al que había que cruzar en bote, porque el trasbordador del puente sólo funcionaba en horario especial y no muy seguido. Los boteros eran casi todos italianos y algunos griegos y yugoslavos. Esa gente que venía con sus esperanzas, sus incertidumbres y sus terrores escondidos, se hacinaba donde podía ni bien llegada. Después, una vez aclimatados al país, se mudaban a barrios de colectividades afines. Mi querido amigo y extraordinario poeta, Simón Kargieman, me contaba que no había conocido la calle ni el idioma hasta los seis años, por la prohibición de su padre obsesionado por los progroms de su tierra natal, y algunas veces aprovechando el descuido de la puerta abierta, salía a correr enajenado y se perdía. Su padre lo recogía de la comisaría donde llorando y muerto de miedo había sido albergado. 
Otro recuerdo cálido tengo de un señor de sombrero, corbata y perramus, muy correcto y amable, don Jaime Roittman, que todos los meses pasaba a cobrar la cuota de un peso por la venta de un corte de tela para algún futuro traje de papá. A veces mamá no podía pagarle, pero él igualmente, mantenía su larga charla docente con mi madre, de la cual yo era partícipaba embelesado por la distinta visión del mundo que aprendía de él. Cuando finalizó la guerra, y aunque ya hacía mucho tiempo que no éramos sus clientes, vino a despedirse, contándonos de la decisión familiar tomada con sus hijos, a quienes adoraba con orgullo, de radicarse en Israel. 
Los chicos polacos eran los más numerosos junto con los yugoslavos. Algunos, ya un poco mayores y recién venidos de Polonia, tenían serias dificultades con el idioma, para diversión de algunos de los chicos, pero no todos eran así de crueles. De los polacos recuerdo muy bien a los hermanos Povalej.Eran seis, todos seguidos y todos iguales, el mismo corte de pelo bochita con flequillo, los mismos ojos azules, la misma ropa que pasaba del hermanito anterior al nuevo, muy religiosos y serios, todos monaguillos. La única diferencia era la estatura. Parecían una colección de las matrioskas, esas muñequitas rusas que se guardan unas dentro de otras. 
Otro compañerito, era ucraniano--Ugrina creo que se llamaba--, era bastante hablador cuando alguien lo buscaba, y como yo le preguntaba muchas cosas sobre de qué modo vivían en su tierra, de sus comidas, de sus costumbres , en una oportunidad me invitó a jugar en su casa. Tenía un hermano mayor de unos de unos dieciocho años, que entonces me informó con alguna dificultad que--¡Padre y tíos… Campesinos! ¡Hacer vodka! Y una vez al año venían de lejos los comerciantes a comprar la producción. Era una ceremonia importante de la que participaba expectante toda la familia, numerosa por cierto, donde los interesados probaban primero la bebida varias veces, ante la mirada de los familiares de los productores, y después se requería una valoración del contenido alcohólico de la misma, para lo cual el dueño derramaba un vaso de vodka sobre la tabla gruesa de madera dura de la mesa y le prendía fuego. Entonces, de acuerdo al color de la llama variaba el precio. Una vez acordado el mismo se saludaban con abrazos y besos y libaban de lo lindo. Me fascinaban esos relatos de tierras lejanas y al volver a casa trataba de ubicarlas en el libro de geografía. No recuerdo bien si lo lograba. 
Pero era con los armenios con quienes tenía una resonancia y simpatía especial, como si nos conociéramos desde siempre, como primos. 
Sarkys Kalaidjian era el segundo de aquel cuarto grado, un chico muy inteligente y divertido, 
A mi pedido me hacía probar las viandas que le preparaba su mamá, no sin antes advertirme cómo estaban hechas. 
El cura de cuarto grado era el padre Olivieri. Lo primero que hizo al iniciar el curso, fue contarnos la historia de la rivalidad entre Roma y Cartago, y de cómo los cartagineses casi derrumbaron al imperio romano. Acto seguido nos anunció que había hecho dos listas de alumnos, o sea había dividido el curso en dos equipos llamados Roma y Cartago representados por elegantes estandartes, rojo para Roma y verde para Cartago del cual yo formaba parte. Cada mes el equipo con mejores calificaciones era premiado con una medalla en su banderín, que determinaba un sabor amargo en los perdedores, pero esa estrategia daba resultados, por que al mes siguiente se invertían los resultados, con la consiguiente alegría de los vencedores. 
El líder de los romanos era el lituano Padvalsky, también como Sarkys muy inteligente y religioso, hasta el punto que no toleraba que se dijeran malas palabras en su presencia. Su mirada y silencio eran muy elocuentes y avergonzaba al que las dijera. Era un chico raro, muy apuesto, que causaba la envidia de los menos dotados, preocupados al ver que las chicas que conocíamos nos ignoraban pero sí se fijaban en muchachos mayores. Él con mucha firmeza, nos indicaba cómo debíamos vestir, cómo mirarlas y cómo hablarles para seducirlas. Lo mirábamos desalentados, porque en esa época y bastante después también, terror de abordar a las chicas. Hoy no es así. 
Fue una tarde cuando, invitado a su casa ubicada en un conventillo de la calle Olavarría al 800, fuí a buscar un cuaderno o libro que se había ofrecido a prestarme, conocí a su familia. Ese conventillo estaba muy cuidado y limpio. 
Al verme llegar, mi amigo, con un ademán me indicó que aguardara en la puerta de esa vivienda que consistía de una sala bastante espaciosa, sin ventanas, y un techo de escasos dos metros de altura. 
La habitación era sala de estar, comedor, dormitorio y taller al mismo tiempo. 
Mi amiguito se acercó a su madre y le dijo algo en voz baja. 
La madre, que lucía un pañuelo en su cabeza anudado graciosamente hacia la nuca, me miró, le hizo un gesto afirmativo señalándole la figura de su padre, que estaba cosiendo muy profesionalmente, un traje bajo la dudosa luz de una lamparita eléctrica. 
El padre también me miró, y le hizo un gesto afirmativo. 
En silencio, mi amigo me indicó que entrara, mientras el padre un hombre muy corpulento y alto, que se movía ligeramente agachado, se levantó de su silla de paja, clavó la aguja en la tela que tenía en sus manos dejándola sobre otra silla, sacó de su cuello el centímetro de hule que depositó como si fuera una estola sacerdotal, en el respaldo de la silla que ocupaba, se acercó a mí y estrechó mi mano con un saludo en su idioma, acompañado de una ligera inclinación. 
Nunca nadie me había tratado con tanto respeto como persona, con cariño y simpatía, sí, pero no con esa clase de respeto inaugural. Después y ante la leve sonrisa de Irene, hermana de mi amigo, se acercó su madre, puso sus manos sobre mi cabeza, y con mucha ternura me bendijo…. a la rusa.…con un beso en la frente. 
Regalo de la vida… que no puedo olvidar. 

Ignacio Giancaspro

* Virginia Segret Mouro, en un poema de descarnada y dolorosa emoción, describe magistralmente esta situación en su poema Carta a la casa de la calle Necochea de La Boca, publicado en POEMANIA N° 84 (pierodevicari@hotmail,com) 

lunes, 5 de octubre de 2009

UNA DECISIÓN DIFÍCIL

Corría el mes de enero de 1946. Me encontraba en Lobos disfrutando de mis vacaciones escolares en la quinta de mis tíos los Sofía, hermanos de mi madre. Una mañana pasó a saludar don Aparicio Luna un viejo amigo de la familia. Entre mate y mate, relató una historia vinculada con el arribo de mis abuelos maternos a la quinta de Lobos. Previamente nos aclaró que su informante , doña Catrina Viccario (recientemente fallecida) le había pedido que - mientras ella estuviese con vida - guardara en el más absoluto secreto todo lo que le fuera a decir . Por ese motivo don Aparicio resolvió transmitirnos los entretelones de la historia recién entonces. A todos el tema nos resultaba interesante. Siempre presentimos que la verdad – vaya a saber porqué - se nos había retaceado hasta ese momento 
Pegadito a la casa de don Aparicio, vivía Catrina Viccario, una buena amiga y confidente que a fines de siglo XIX había llegado de Italia proveniente de una pequeña ciudad ubicada en la Provincia de Salerno, llamada Diano o Teggiano. De ese mismo lugar era oriundo don Vicente Sofía razón por la cual ella y su familia conocían al dedillo los pormenores del viaje de mis abuelos. 
En uno de esos días de lluvia que se prestan para la charla amena y sin apuros, doña Catrina, con la nostalgia típica de los inmigrantes, comenzó describiéndole las características de su pueblo natal. Teggiano, era ( y es) una antigua ciudad con fuerte influencia griega debido a que durante siglos aquella región perteneció a las colonias helénicas que los romanos denominaron Magna Grecia. Por ese motivo algunos “teggianeses”- entre ellos don Vicente - afirmaba sin que sus hijos lo tomaran muy en serio, que por sus venas corría sangre griega. Pero esta cuestión poco tiene que ver con la médula del relato apoyada casi por completo en la historia de San Cono, patrono del pueblo. 
Hasta ese momento, no alcanzábamos a comprender que tendría que ver San Cono con la llegada de mi abuelo Sofía al Pago de los Lobos. El viejo lo captó y nos pidió que tuviésemos paciencia y escucháramos con atención. Así lo hicimos 
Según doña Catrina, allá por el año 1250, habitaban en Teggiano los esposos Indelli, ambos de edad muy avanzada y sin hijos. Toda su vida habían esperado en vano la llegada de un vástago hasta que una noche ambos tuvieron un mismo sueño del que despertaron sobresaltados. Durmiendo habían visto que del seno de la mujer - llamada Igniva - ¡brotaban llamaradas de fuego…! Ante tal coincidencia, resolvieron consultar al Cura del paese quien interpretó la visión anticipando que Igniva (a pesar de su edad) tendría un hijo muy especial que sería la gloria de su pueblo. La profecía se cumplió unos meses después con la llegada de un niño tan perfecto como el cono de luz que iluminaba la habitación del matrimonio el día del nacimiento. Ese es el significado de "Cono"; nombre que los devotos padres le pusieron al niño, felices del acontecimiento. Desde muy pequeño, Cono sintió despertar su vocación de santidad por lo cual decidió solicitar el ingreso a un monasterio de Teggiano pero el Superior no lo aceptó, conociendo los desvelos que los padres tenían por aquel único y tardío hijo. El chico se disgustó muchísimo pues lo que más ambicionaba era una vida monacal. Pasado un tiempo, se presentó de incógnito en el monasterio de la vecina ciudad de Cadossa. Sus padres, que lo vieron partir, lo siguieron y reclamaron por su regreso pero el joven, para evitar esa posibilidad se escondió en el horno de pan del monasterio. Sin advertirlo, los monjes encendieron el horno con el niño dentro. Pudo ser una tragedia - sin embargo - Cono salió ileso y sus padres interpretaron el hecho como un llamado divino aceptando, por fin, su ingreso al convento ¡Tenía apenas dieciséis años! Fray Cono, no cesaba de orar y trabajar en las labores más humildes olvidado por completo del mundo exterior. Así pasó los siguientes cuatro años hasta que en un atardecer de verano aquel frágil monje que aún no contaba con 20 años escuchó un misterioso mensaje que venía del cielo: "Esta noche Dios te llamará", y así sucedió, porque en la madrugada del 3 de junio el joven fraile moría serenamente transformado por los creyentes en un verdadero santo popular al que el Vaticano no tardaría mucho en canonizar. Poco después de la muerte del joven fraile, ambos pueblos: Cadossa y Teggiano, disputaban “ a muerte” la tenencia y guarda de sus restos mortales. Para dar término a la enojosa cuestión dispusieron, de común acuerdo, poner su cuerpo en una carreta y dejar que los bueyes decidan el camino. El rumbo que siguieron las bestias condujo el cuerpo del fraile hacia el pueblo de Teggiano y al llegar a la iglesia de su infancia los bueyes se detuvieron. Y allí quedó San Cono, en la Iglesia de la Anunciata, en Teggiano donde hasta el día de hoy descansan sus restos. 
A esta altura del relato había descubierto dos cosas importantes: Que a mi madre la llamaron Igniva en homenaje a la madre del Santo y que uno de mis tíos fue bautizado como Juan Cono Sofía rindiendo honores al Patrono de Teggiano. Pero eso no me bastaba, así que – aceptando la sugerencia del viejo –me dispuse a seguir escuchando. 
El padre de Catrina, don Severino Viccario, se dedicaba al acopio de lana, de modo que en época de esquila, viajaba con su carreta tirada por bueyes por los dificultosos senderos que unían los pequeños pueblos pastoriles para adquirir el producto. En esos viajes solía acompañarlo el joven Sofía, que se establecía con su organillo en la piazza de cada pueblecito ejecutando melodías populares al ritmo de la manivela con la que hacía funcionar su instrumento. La gente que se acercaba dejaba caer unas monedas en el sombrero apoyado sobre el suelo. Lo cierto es que cuando Vicente retornaba a Teggiano tenía acumulada una buena cantidad de dinero a tal punto que el comerciante solía bromear con que más le hubiese valido andar tocando el órgano por ahí que dedicarse a negociar la compra de lana a través de peliagudos regateos con los aldeanos de cada paese que, sin excepción, eran gente muy difícil. El recorrido que hacían con la carreta iba hilvanando los pueblos, uno tras otro, todos iguales…por los sinuosos senderos del valle de Diano. Uno de los destinos más frecuentes en aquellas excursiones era Piaggine, donde casi todos sus habitantes se dedicaban a la cría de ovejas. El pequeño paese colgaba de la montaña a la vera del río Calore muy cerca del Monte Cervato. En ese tiempo, el llamado Vallo dell’ Àngelo, conformaba la parte alta de Piaggine por lo cual se conocía como “Piaggine Sopra” y lo que es el paese actual – más abajo – era “Piaggine Sotto”. Vicente subía al Vallo dell’ Ángelo y allí se quedaba ejecutando su instrumento mientras que el padre de Catrina bajaba a comerciar con los dueños de las ovejas, algunos muy ricos con majadas de hasta 5.000 cabezas. Cierto día, nella piazzetta del Vallo, Vicente - que para entonces tenía 35 años - conoció a Rosetta, una muchacha de su edad de la que se enamoró a primera vista. Rosetta pertenecía a una familia noble, muy rica. Su padre ostentaba el título de Barone dell’ Cilento. Poco a poco se fueron acercando y un día de primavera Rosetta lo invitó a visitar a su familia. En la casa, un bell’ palazzo, algo deteriorado por la falta de mantenimiento pero igualmente hermoso, Vicente le hizo conocer sus buenas intenciones y la idea que venía madurando respecto de viajar al otro lado del mundo. Para sorpresa del joven, el proyecto entusiasmó más al Barone que a su propia hija. La idea de formalizar este matrimonio “cerraba” perfectamente sus planes de invertir en el exterior. Todo estaba así encaminado hasta que, bajando a Piaggine Sotto, el organillero conoció a una familia apellidada Paesano, amigos desde siempre de Catrina y de sus padres. Pasaba con ellos muy lindos momentos. Nació allí una sana relación en el afecto, una verdadera amistad que le permitió compartir reuniones dominicales, fiestas patronales, charlas de sobremesa, etc. El matrimonio Paesano se componía de cinco hijos, dos mujeres y tres varones ( uno de los cuales había emigrado a “la América”) . Con el tiempo, Vicente se fue integrando más y más a esa hospitalaria familia y comenzó a prestar especial atención a Giuseppina la mayor de las hermanas que , a la sazón, contaba con apenas catorce años. ¡Era una niña que bien podía ser su hija, así que ni imaginar otra cosa que no fuese una relación de amistad y respeto…! Pero algo extraño, casi milagroso, le ocurrió a Giuseppina… su corazón adolescente sentía que los ojos celestes de ese hombre “grande” le transmitían mucha bondad y la acariciaban con una transparente mirada mansa. Sin proponérselo y con la mayor buena fe, Vicente Sofía había llegado al alma virginal de la niña. El jefe de la familia lo advirtió y con bastante cuidado habló con la jovencita preguntándole que es lo que sentía por el organillero. Ella, avergonzada y tímida, inclinó la cabeza y muy despacio, entre sollozos y suspiros, pronunció una frase que dio vuelta la historia de aquella familia: “Padre mio, io sento che l’amo con tutto il cuore”…” El padre de la joven sobresaltado, sólo atinó a advertirle que Sofía era una hombre mayor y que en lo único que pensaba era en irse a las Américas. La niña seguía con la cabeza gacha y en silencio. El padre le preguntó: ¿Estarías dispuesta a dejarlo todo por ir tras él? y para gran sorpresas de su progenitor, Giuseppina respondió que si Vicente se lo pidiese y siempre que le dieran su consentimiento, no lo dudaría ni un instante. Reunidos secretamente el resto de sus familiares pensó en principio que sería un entusiasmo pasajero, cosas de chiquilina, nada más… pero también se preguntaron unos a otros (el padre, los hermanos, la madre…) : “¿Qué haremos, si estamos equivocados y Giuseppina se mantiene firme? ¡Santa madonna! 
Vicente Sofía ni siquiera había abierto la boca, nunca demostró otra cosa que no fuesen sus buenos modales Jamás insinuó nada…solo dibujaba en su rostro una dulce sonrisa de cielo cuando observaba a la muchachita que lo miraba embelezada. Pasaron varios meses sin que se volviese a hablar del asunto hasta que una tarde muy plácida del mes de mayo, cuando las flores lucían todo su esplendor en el jardín de los Paesano, Giuseppina y Vicente quedaron a solas por primera vez. Ella se le acercó. Olía a rosas y su cabello ligeramente rojizo desprendía destellos de sol. Vicente sintió que temblaba. Por primera vez en su larga vida errante, acusó el impacto de una presencia femenina que lo doblegaba. Mientras que Rosetta entraba y salía de su mente, Giuseppina solamente entraba y allí permanecía. Al advertir su estado emocional, la niña se echó a llorar. Él para consolarla la abrazó y luego, pasándole la mano por el cabello, le pidió que se calmase y dijera que era lo que sucedía… Giuseppina, mientras secaba sus lágrimas con el borde de la blusa, le confesó con valentía que lo amaba con toda su alma y que si sus padres se lo permitieran quisiera irse a “la América” junto a él. Vicente, se separó de ella como quien huye de un peligro inminente, y con un hilo de voz le preguntó si estaba segura de lo dicho. Ella asintió bajando y subiendo la cabeza y dijo que sí, que quería salir del paese como lo había hecho su hermano mayor unos años atrás. Vicente le preguntó donde estaba aquel ignorado hermano a lo que ella respondió, en California y agregó inocentemente, “tal vez podríamos encontrarlo”... _ “Non mia cara, quello sta nella America inglese, dove invece vado io è la America spagnola…¡Sapessi tu quanto sono distante una dall’altra!”.. le explicó . Pero la chica insistía: “Non importa, non importa. ¡Niente m’importa!”… La situación de Vicente se hacía cada vez más embarazosa. ¿Qué dirían los padres de la jovencita?, podrían acusarlo. ¡Él era un hombre grande y Giuseppina una menor de edad!. Mientras se debatía en medio de tantas cavilaciones, la niña no logró contener el llanto que - nuevamente, como un río de lluvia - se deslizaba por sus mejillas hasta rozarle los labios… “Che fare?. Dio mio che fare?” se preguntaba el hombre en estado de total turbación. Casi pensando en voz alta le preguntó a la jóven : Che posso fare? Ella repetía una y otra vez : “Non lo so! Non lo so…! Vicente volvió a pedirle que se calmara, le sugirió que fuese a la iglesia, que le rogara al Señor “ Lui sì tutto può fare!...” Lo hizo tan amorosamente, que Giuseppina cesó de llorar y lo despidió con un beso en la mejilla. 
Vicente pasó noches sin dormir. Desde mucho tiempo atrás había proyectado la boda y el viaje, de común acuerdo con el Barone, todo estaba listo para que fuera Rosetta quien lo acompañara. Llevarían suficiente dinero para comprar campos en Argentina… Al plan sólo le restaba ejecutarse . Vicente Sofía había amado a Rosetta hasta el momento en que la pequeña Giuseppina entró en su vida de un modo tan insólito y fulminante. Por su parte Giuseppina había enfrentado valientemente a sus padres y hermanos pidiéndoles que la autorizaran para viajar. Les dijo que junto a Vicente se iría a un país donde en poco tiempo serían ricos y los mandaría buscar a todos para que no siguieran viviendo del modo miserable como lo habían hecho siempre. El padre de Giuseppina sabía muy bien quien era este hombre que irrumpía en el destino de su familia. ¡Conocía la honestidad y hombría de bien del organillero de Teggiano! pues hacía muchos años que lo trataba. Giuseppina no había nacido cuando Vicente Sofía llegó al paese por primera vez. Por esa razón, y algunas conveniencias económicas difíciles de entender ahora, luego de largos debates, todos los componentes de la familia, excepto la madre que se negaba rotundamente, consintieron en aprobar la relación con la condición de que Vicente la pidiera en matrimonio y se casaran en Piaggine, antes de partir. Mientras tanto, Vicente iba y venía por su cuarto pasando una tras otra sus noches en vela. ¿Cómo explicarle a Rosetta? ¿Qué le diría a Giuseppina? ¿Cuál estaba más cerca de su corazón? ¿Cómo resolver el tema del dinero? Esta y otras mil preguntas se hacia sin encontrar respuestas… ¡Hasta que – por fin - le llegó el mensaje que tanto esperaba! 
_ ¿Qué pasó?¿Qué pasó? coreamos los tres oyentes. El viejo, sin prestar atención a nuestra pregunta continuó diciendo: 
En la cabecera de su cama, Vicente tenía colgado el cuadro de San Cono, ese mismo que ahora luce en uno de vuestros dormitorios. Observando detenidamente la estampa, se puede apreciar que a ambos lados de la figura del Santo se distinguen dos ilustraciones que grafican sus milagros; en la primera se ve la forma como Fray Cono sale ileso de entre las llamas del horno de panadería y en la segunda el dibujo reproduce en un cruce de caminos la carreta con los bueyes que – librados a su voluntad– decidieron el destino final de los restos del santo. Esta última imagen se fijó para siempre en los ojos de don Vicente Sofía y a la noche, mientras se paseaba por su cuarto solitario, recordándola, encontró la solución. 
Como en muy pocos días más debía reiniciar la gira acompañando al acopiador de lana por todo el Valle de Diano, iba a pedirle a don Severino (que así se llamaba el comerciante) que cuando llegaran al cruce donde convergen los caminos a Vallo dell’Ángelo y a Piaggine, colocara la carreta en el vértice mismo del sitio de bifurcación dejando librado a los bueyes que la tiraban el destino final del recorrido. “¡Donde ellos vayan iré yo, porque esa será – sin duda – la voluntad de San Cono!” pensaba Vicente. 
Así lo hizo. Con la autorización de su dueño, llevó la carreta al cruce de los senderos. Se apeó y, desde lejos, emitió un fuerte silbido, señal que las bestias obedecieron de inmediato poniéndose en marcha. No hace falta agregar que la carreta, sin conductor, emprendió su marcha en dirección a Piaggine, donde vivía Giuseppina. Ese mismo día don Vicente en un gesto que honra su memoria, concurrió a la suntuosa residencia del Barone a quien solicitó audiencia para mantener una conversación a solas. Por suerte Rosseta no estaba en la casa y el Barón no tuvo dificultad en recibirlo. 
Con sumo cuidado y el mayor de los respetos fue sincerando su situación admitiendo la absoluta responsabilidad que le cabía por la insólita deserción a la que lo obligaban razones ajenas a su voluntad, movimientos de la íntima conciencia que carecían de explicación lógica. Llegó a decirle que seguir adelante con los planes elaborados junto a Rosetta hubiese sido como traicionarla y que entre el dolor vergonzante de una ruptura o la continuidad de algo que podría deteriorarse con el tiempo, había preferido lo primero en salvaguarda del honor de ambos. 
Tan precisas fueron las palabras de Vicente que el Barón supo comprenderlo y se ofreció a comunicar la noticia a su hija, pero Vicente se opuso. Él mismo se lo diría en cuanto tuviera la oportunidad de verla. 
Cuando Vicente se retiraba de la residencia se cruzó con Rosetta en la pequeña piazzetta que había frente a la casa. La invitó a sentarse en un banco y allí, pausadamente fue confesándole su pesar por lo ocurrido y asegurándole que la decisión que había resuelto adoptar era la mejor para ambos. Le pidió humildemente que lo perdonara y que – de aceptarlo – lo considerara un amigo incapaz de engañarla. Agregó, además, que jamás olvidaría los buenos momentos vividos junto a ella y su familia y que se ponía a sus pies para servirle de ahí en más en todo cuanto estuviese a su alcance… 
Rosetta, sin pronunciar una sola palabra, huyó despavorida en dirección a su casa, entró dando un portazo y desapareció de su vida para siempre. A pesar del lógico disgusto, el Barone y su familia supieron comprender y hasta valorar la honestidad de Vicente que bien pudiera haber antepuesto intereses económicos al mandato de su corazón y continuar con los planes de riqueza y poder asegurados. 
De ahí en más la historia es conocida. La dulce niña y el apuesto Vicente se casaron en la Chiesa del Carmine in Piaggine cuando el verano montañés estaba en todo su apogeo. Al comienzo del otoño embarcaron hacia Buenos Aires con el firme propósito de fundar una familia e iniciar una vida nueva en esa lejana tierra promisoria – aparentemente – accesible. 
Catrina Viccario y los suyos, viajaron pocos meses después de que lo hiciera la joven pareja. Ellos tenían parientes en Lobos, que habían emigrado desde Teggiano una década antes. Esto sirvió de maravillas para que Vicente Sofía y su mujer pudiesen comprar en la zona de quintas del partido de Lobos, once hectáreas de tierra fértil por muy poca plata, mucha menos de la que traía ahorrada el audaz viajero. 
Bueno, ahora ya lo saben concluyó don Aparicio y agregó “ aunque lo que les voy a decir puede que les “pinche el globo”, yo creo que don Vicente Sofía - profundamente enamorado de Giuseppina - nunca dudó sobre que era ella y no Rosetta la mujer de su vida. Para mí, la pobre Rosetta fue descartada en cuanto la jovencita de Piaggine se le cruzó en el camino” 
En ese momento se me ocurrió intervenir y un tanto decepcionado pregunté ingenuamente: 
_ “ Pero,¿entonces la historia de la carreta y los bueyes eligiendo por él no es cierta? 
_ Claro que es cierta, pero yo creo que a don Sofía le apasionaba la jovencita y que los bueyes no eran nada tontos… _ “¿Por qué?”, volví a preguntar. _ ¡Muy simple m’hijito!, el camino hacia la casa de Giuseppina era cuesta abajo en cambio para llegar al palazzo de Rosseta había que trepar mucho y muy duro concluyó el viejo muerto de risa.

Juan Carlos Rizzo