viernes, 4 de septiembre de 2009

PARA LOS INMIGRANTES

 4 de setiembre
  
   Tengo la mano  abierta desde que cruzó un barco y me dejó la orilla cargada de baúles, con pandereta y gaita, con samovar y polcas. Yo tenía la seña del mundo en la memoria porque nací de aquellos que llegaron un día y se fueron quedando arrimados al campo, pariendo hijos mezclados con historias distintas, caminantes de plazas que trajeron de Europa y dibujaron, justo, en la mitad del tiempo. Construyeron caminos para enredar los pueblos, encendieron las mesas de los cafés de las tardes y cosieron maderas para tender la mesa.
  Otros plantaron libros y escribieron los  árboles.
  Después vino el vecino para sumar folklore. Llegó la cumbia y la música andina, el cebiche y el pastel de quinua. Entre todos fueron haciendo el fuego de la historia argentina, encendiendo las brújulas para llegar al Norte.
   Y nosotros, los hijos de los hijos, crecimos con los sueños sacudiendo pañuelos en los puertos del tiempo.
   Somos bocas que dicen palabras y canciones, que juntan en la ronda las banderas del mundo.
   Tenemos de inmigrantes los abuelos y el alma, la memoria extranjera y el abrazo flameando. Y también las pupilas cargadas de paisajes, ese mapa invisible tatuado entre los brazos.

INES TROPEA

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