viernes, 19 de junio de 2009

La chacra

Mis abuelos paternos vinieron de Alemania en 1924 y se instalaron en San Carlos, un pueblo de la provincia de Corrientes. Mi abuelo Bilem: era alto, de cuerpo esbelto, de grandes bigotes, tan grandes que le salían de los costados de la cara. Severo en su expresión, no en sus actos, era ocurrente. 
La abuela Elisa, bajita, suave, de poco hablar. A todo decía iá (si), con su mano pequeña acariciaba nuestras cabezas. La recuerdo un tanto lejana pero tierna; su mirada a veces denotaba un antiguo sufrimiento. 
Paradita, con los brazos hacia adelante y los dedos entrelazados, nos contemplaba serena y con la cabeza ladeada. De pronto rompía el silencio y nos llamaba ´´com gea´´ (vengan); nos acercábamos con el deseo de abrazarla pero nunca nos atrevimos. 
Algún domingo que otro, mamá nos indicaba que debíamos estar bañados y bien vestidos para visitar a los abuelos; lucíamos zapatos lustrados. Los varones dominaban su cabello rebelde con un poco de gomina y a nosotras nos adornaba la cabeza con cintitas de raso. Así, relucientes, en fila india detrás de nuestros padres, atravesábamos el pueblo hasta franquear la tranquera. Una vez allí, tomábamos el camino que conducía a la casa ubicada en una loma no muy distante; cruzábamos un pequeño puente o pinguela, el cual no tenía más de dos metros. Debajo corría manso un arroyo. Nos daba placer caminar ese puente fresco, amparado por el follaje de los tacuarales que se levantaban altísimos a los costados. 
Inmediatamente divisábamos la figura imponente del abuelo parado junto a la abuela y a los cuatro perros buldog, parecían esperar la orden de su amo para atacar o acercarse a olernos y reconocernos. 
La espaciosa casa estaba construida con piedras jesuitas, revocadas por dentro y pintada con cal. Las ventanas con marco de madera y vidrio -algo inusual en las casas de la zona- lucían con las flamantes cortinas blancas que habían traído de su viaje, como así también vajillas de alpaca y una vitrola que el abuelo, emocionado, le daba cuerda y nos hacía escuchar valses vieneses. Quedábamos en silencio; era un momento solemne, sus ojos celestes brillaban y la abuela, al final, sacaba un pañuelo bordado del bolsillo de su impecable delantal y, cómplice, se frotaba los ojos. Después de ese ritual, nos sentábamos a la mesa con los abuelos presidiéndola en cada cabecera. El abuelo Bilem bendecía la comida y nos invitaba a disfrutar de la sopa más exquisita que haya probado jamás. 
Por la tarde, mientras mamá y papá charlaban con ellos en una larga sobremesa, nos permitían visitar los frutales y dar cuenta de mandarinas, manzanas , peras, ciruelas y bananas. Trepados a los árboles nos olvidábamos de las cintitas de raso y la gomina. 
Terminaba el verano y nos entusiasmaba la llegada de las fiestas de Semana Santa. Nadie en el pueblo era indiferente y se preparaba con alegría. El abuelo, para esa ocasión, nos asombraba con un juego único y excitante. De Buenos Aires le enviaban de la bombonería Ulitzsch, un paquete con figuras de chocolate, una casita, un papá Noel, una estrella.... en fin, uno para cada uno. Lo envolvía, le ponía nuestro nombre y el Domingo de Pascua escondía cada paquete en un lugar diferente. 
Después del almuerzo nos reunía y nos indicaba distintas direcciones para buscar el tesoro más preciado: podía estar detrás de una puerta, arriba de un árbol o en un rincón de la casa. Cada cual debía hallar el suyo. Si alguien descubría el del otro no decía nada y a continuar buscando; nos llevaba toda la tarde encontrar el nuestro. Mientras, él se divertía mirándonos correr y trepar de un lado a otro. Seguramente recordaba y volvía a vivir sus mismas experiencias de niño. Cuando todos nos hacíamos de la sorpresa nos sentaba a lo largo del corredor; saborearlo era lo más lindo de la tarde. 
El sol se escondía y nos indicaba que la fiesta llegaba a su fin. Nos despedíamos y al hacerlo repetía siempre las mismas palabras: “A estudiar mucho, a tomar toda la sopa, a no hacer renegar a mamá y en un año jugamos otra vez”. 
Contentos emprendíamos el regreso, mientras el canto de las chicharras y las primeras estrellas nos guiaban el camino a casa. 

Ilse Layh

martes, 2 de junio de 2009

Los Trasterrados

A Pedro Penelas y Tomas Abad, mis abuelos

No preguntaron nada.
Vinieron en los barcos del hambre y la tristeza,
traían calderos, baúles, rezos.
Viajaron desde el bosque sobre el mar de la noche.
Campesinos absortos, insurrectos.
Eran hijos de viejos labradores,
de fraguas y neblinas,
de encinas que engendraron los dioses del destierro.
Cantaban en secreto un idioma de lluvias.
Venían con los ojos desplomados del alba,
con los oleos antiguos de los templos,
con las voces desnudas.
Sin capa, sin espada, sin gloria.
Llevaban la ceniza en pobres escudillas,
el luto por herencia, el olor de los huertos.
Y lunas que bordaron mujeres encorvadas
o señales intactas en perdidas aldeas.
Traían chaquetones, mantillas, linos, panas.
Recordaban las piedras de montes con olivos,
la brisa de los aparecidos,
el hechizo de las llamas en la piedad del lecho.
La cripta, el olor del mirto, la madera.
No preguntaron nada.
Abrían las ventanas, lavaban las cocinas,
renovaban coraje en sus fotografías.
No sabían escribir ni leer ni mentir.
Eran de un linaje misterioso, de un perfil delicado.
Ofrendaban soledad, inocencia, belleza.
No conocían museos ni héroes.
No sabían de libros, de patrias, de banderas.
Protegían sus santos con ajos y albahaca.
Se ocupaban de las cosas comunes:
del trabajo, del pan, de los hijos.
No expresaron fatiga ni dolor. Morían en silencio.
Llevaban en la sangre
el honor, la palabra, la brisca.
Bebían vino tinto. No reclamaron nada.
Caminaban el tiempo de otro tiempo.
Supieron comprobar lo efímero en miradas sagradas.
Fueron los reyes de mi infancia.
Sin mármoles ni bronces ni castillos.
Hoy evoco sus nombres, sus memorias, sus sueños.
No preguntaron nada. No pregunto nada. Camino.

Carlos Penelas
El Mirador De Espenuca Buenos Aires 1995 Editor Torres Agüero