sábado, 31 de enero de 2009

LA NOVIA POLACA

Maritza embarcó en el puerto de Trieste con su prometido, su Juan, un pasaje de tercera y el vestido de novia bien envuelto en el fondo del baúl. 
Lámparas macilentas saturaban de sombras y humo el sector de las mujeres. Por culpa del mareo, la novia pasó buena parte de la travesía acostada, vigilando el baúl de cartón prensado. (Dentro del baúl, un mantel al crochet presiente las manchas de vino que recibirá durante las celebraciones familiares, tiembla con el calor de la plancha que ha de tocarlo.) 
Juan pedía permiso diariamente y pasaba a visitarla. Sostenía entre sus gruesas manos campesinas la trémula de Maritza. 
Por las noches Maritza oía, velados, los sones de un acordeón. Netos como denarios que crepitaran sobre la superficie oleosa del mar, los pies marcaban el ritmo de las cuadrillas. Lamentaba el mareo que no le dejaba dar un paso. Había aplicado todos los remedios: una vez subió a cubierta y aspiró hondo el aire marino. Otra, se paró a proa (bien sujeta por Juan) imaginando la quilla hender las aguas hasta que le pareció hundirse en el abismo verde. Nada servía. ¡Y Juan con tantas ansias de bailar! Cuan­do no había música Maritza sabía que los hombres jugaban a los naipes pues él se lo había contado. Esas noches ella descansaba tranquila. 
Frente a las islas de Cabo Verde un temporal golpeó a la nave como si fuera un trapo viejo. Reventaron los cabos que sujetaban el equipaje y el baúl se mezcló con otros bártulos. En cuanto regresó la calma, cada cual corrió a recuperar lo suyo. Maritza forcejeó inútilmente. La que habían apodado la Turca (aunque no lo fuera) le dio una mano y juntas arrastraron el bulto hasta su lugar original. Después, ignorando el agradecimiento de Maritza, la mujer se sentó en su rincón y encendió un cigarrito oscuro y delgado y lo fumó en silencio. Decían que nadie había ido a despedirla y que cuando el barco zarpó, no había agitado pañuelos. De espaldas al puerto, sólo la bruma le humedeció las mejillas. La Turca llevaba al cuello una chalina de gasa que no se quitaba nunca. Algunas pasajeras decían que la prenda le tapaba el bocio. Otras con­taban haber oído rumores acerca de su pasado: un amante (hasta el marido, ¿quién sabe?) había que­rido degollarla en un arranque de furia. Los médicos apenas lograron salvarla, según la versión, pero le ha­bía quedado ese recuerdo. Le había que­dado ese recuerdo y la costumbre de fumar que la muy desver­gonzada ni siquiera practicaba a escondidas como correspondía a una señora decente. 
Enseguida tras la tormenta Juan volvió a visitar a Maritza. Revisó las cuerdas del baúl. Su mirada vagó por el recinto. Saludó con la cabeza a alguna compañera de baile. Tiempo atrás y como ella misma no podía moverse mucho, Maritza había contado a cuan­tas quisieran escucharla que se casaría con Juan al llegar a puerto. Las mujeres mayores aprobaban y mentalmente excluían a Juan de las listas de posibles yernos. 
-Ya no bajaré con la misma frecuencia, Maritza. Debo hablar con los otros, averiguar quién puede ase­gurarme los mejores terrenos. 
El acordeón de los alemanes y los violines húngaros sonaban al unísono y, a veces, se les unían las guitarras de los andaluces. 
Maritza había mejorado bastante después de la tormenta, como si con el desorden hubiera tocado el punto más hondo de su malestar y luego empren­dido el regreso al mundo de los sanos. Las mujeres empezaron a murmurar que la última en volver, con la aurora, era la Turca. La observaban de soslayo, sin atreverse a dirigirle la palabra. Maritza también co­menzó a espiarla. Admiraba, a la incierta hora del regreso, la sombra más espesa que era la Turca en medio de la oscuridad. Veía o adivinaba cómo se des­pojaba de las botinas. Luego caía el vestido. Con la pupila dilatada por la falta de luz, Maritza acechaba sus piernas largas como espadas, los blancos brazos mórbidos, sus movimientos fluidos. Hasta que la mujer se acostaba, podía seguir su trayectoria gracias a la brasa del cigarrito. Entonces Maritza pen­saba que un hombre bien perdería la cabeza por la Turca. Y ya no volvía a dormirse. 
Una tarde que el mar parecía benigno, Maritza fue a pasear por cubierta. Juan estaba rodeado por un grupo de hombres. Uno le golpeó familiarmente la es­palda. Otro le propinó un codazo en las costillas y, como si hubiera sido la señal, todos lanzaron una car­cajada. Cuando vieron a Maritza, callaron y ella siguió caminando. Descubrió a una zíngara rumana acucli­llada junto a la borda. Inde­cisa, Maritza le tendió la palma abierta. La gitana se inclinó sobre la mano, recorrió con el índice las señales que sólo ella comprendía. Levantó la vista. 
-¿Cuándo será la boda? 
-Pronto -dijo la adivina. 
- ¿Qué ves? 
La gitana meneó la cabeza y tintinearon sus mo­nedas de oro. Cuando Maritza le ofreció el dinero que llevaba escondido en el nudo de un pañuelo, lo apartó. 
-Lo necesitarás al principio. Lo necesitarás todo -dijo, y se fue tras unos chiquilines morenos que corrían entre los pasajeros. 
Al incorporarse, Maritza descubrió a la Turca. La vio fumando sola, la mirada fija en algún punto del océano. No respondió a su saludo, pero la midió de pies a cabeza para luego concentrarse nuevamente en el horizonte. 
En su paseo Maritza dejó atrás al grupo de hombres, a la zíngara, a la Turca. De pronto llegó hasta ella el rumor de una pelea. Temiendo por su Juan corrió a buscarlo. Un enjambre de torsos y bra­zos le impidió ver qué ocurría en el centro del tumulto. Los espectadores aullaban como si hubieran hecho apuestas y nadie quisiera perder. Por un instante, un silencio fugaz aplacó el escándalo y en esa fracción de tiempo Maritza, detrás de la pared humana, oyó acezar a los adversarios. Pasará un ángel y no pelearán más, deseó. Pero enseguida las exclamaciones de ánimo o furia rebrotaron. El grupo se desmadejo un poco y tuvo una visión de sangre y carne herida. Los viajeros volvieron a cerrarse como agua sobre la arena. Oyó el pesado arrastrarse de pies, un golpe sordo, una queja. Ella misma trató de meter su cuerpo como cuña entre los otros cuerpos endurecidos por el fragor de la lucha ajena, pero era como querer partir una muralla de piedra. Resbaló y sólo evitó la caída aferrándose a una manga. Rasgó la tela y su dueño apenas le prestó atención. Desde el centro del grupo le llegó el sonido acolchado de golpes que sentía en sus flancos, la res­piración jadeante cortándole el aliento propio. Maritza siguió intentando penetrar la barrera de hueso y músculo. Y cuando no pudo más gritó: "¡Juan!" desde lo más hondo y su voz provocó una pausa en la que los luchadores se detuvieron y hasta algunos hombres la miraron. Un marino le dijo "Cosas de fal­das". Logró alejarla de ese lugar. 
Hubo una boda, como lo había predicho la zín­gara. Tres días tardó una muchacha en adquirir el pan de miel, el vino. Cuando Maritza se asomó a la fiesta, Juan le cerró el paso. 
-El rocío te hará mal -dijo él. 
Ella le quiso acariciar el costrón de la frente y la mancha morada sobre el pómulo. Juan echó la cabeza hacia atrás. 
-Nada -la tranquilizó-. Cosa de hombres. 
Y rodeándole la cintura con un brazo, la acom­pañó de vuelta. Pasaron junto a un gigantesco rollo de cabos. A su vera la gitana había armado el samo­var. Bebía té bajo un cielo encapotado. 
-Dime el futuro, vieja -rogó Juan. 
Ella le tendió la taza colmada. Juan la vació y la dio vuelta. En el fondo las hebras dibujaron un fino encaje. 
-¿Tendré suerte con la mujer que amo? 
-Siempre tendrás suerte. 
Juan rió y le dejó unos billetes entre los volados desprolijos. 
-Quizás debieras quedarte en la ciudad el tiempo que yo tarde en conseguir las tierras. Mis tíos... - dijo él. 
- No. Siempre juntos -lo interrumpió Maritza. Se cruzaron con algunos grupos que iban al fes­tejo. Ellos dos parecían una pareja de enamorados tomando aire fresco. Juan la dejó a la entrada del sector de mujeres. Estaba serio. La observó unos segundos antes de ofrecerle la mejilla. 
- Buenas noches. 
Maritza esperó hasta que los pasos de Juan se acallaron en la distancia. Luego desandó el camino que habían recorrido juntos. Espió la fiesta. Juan no es­taba. Esperó un poco más y después fue a recorrer las zonas oscuras de la nave, el corazón palpitándole. 
Los reconoció por el brillo del cigarrito que permaneció clavado en la oscuridad, como el ojo inmóvil de una serpiente. Luego las dos figuras se confundieron con la silueta de varios rollos de cabos apilados sobre cubierta. 
Maritza hubiera deseado patear el piso, dar voces para que todos se acercaran y fueran testigos de la vergüenza y el engaño. Pero supo que no sería así y que sólo habría burla y compasión. El dolor la para­lizó, la cólera le dio fuerzas para aguardar, una sombra más entre las sombras, mientras el rocío le iba salando las ropas. A ratos tenía calor, un calor infernal. A ratos un escalofrío le recorría el cuerpo y era una ola de agua helada. El jolgorio de la fiesta le llegaba en sor­dina. Al fin, en algún momento de la noche, una som­bra se desprendió de la sombra de los rollos. Grande y hermosa la sombra y el maldito, pensó Maritza. 
Juan pasó casi rozándola. Aterida, debió pegarse al mamparo del barco (que vibraba como un corazón cansado) para que el hombre no la topara. Pero él iba con La cabeza gacha. Maritza tornó a vigilar el montón de cabos. La Turca tardó en aparecer. Cuando lo hizo se apoyó contra la borda. Maritza se acercó tra­bajosamente pues la vigilancia le había acalambrado las piernas. Deseaba abofetearla o arrancarle la larga trenza arrollada sobre la coronilla o simplemente gritar "¡Juan es mío, mío, mío!" mientras subrayaba cada sílaba con un arañazo hasta dejarle el blanco rostro entramado de hilitos cárdenos. 
Creyó que podría hacer todo eso hasta que vio el pañuelo de gasa. Y entonces sintió a lo largo y a lo ancho de sus entrañas la medida del odio. Y el odio no tuvo cabida en ella. Se desbordó, como un río, por las manos y las manos, solas, tomaron las dos puntas del pañuelo de gasa de la otra y comenzaron a tirar. 
Maritza ya no estaba entumecida. Desde los pies bien plantados sobre el piso le venía una fuerza en oleadas que le ayudó a resistir la desesperación de la Turca. Ésta, sorprendida, tardó unos segundos en reaccionar y se debatía inútilmente. El amor la había sometido, había vulnerado su soledad atenta y ahora sentía como un círculo ardiente el pañuelo antes sólo tibio. El enemigo, quienquiera fuese, tenía sobrado poder para dominarla. Como un relámpago la iluminó la certeza de que se trataba de un hombre: Juan. Intentó arrancar el pañuelo de gasa, mas la tela ya estaba tan ajustada que fue imposible aferrar el tejido. Quiso gritar, pero mal podía expeler el aire que no había aspirado. Se le doblaban las rodillas. Otra vez trató de aferrar el pañuelo convertido en aro de hierro: sus brazos no llegaban tan alto. Se debatió un poco más. Maritza no aflojaba. Siguió apretando con alegría feroz, sintió que podía cuadruplicar su vigor (hasta podría haber cantado) mientras no aflo­jaba el pañuelo para que la vida de la Turca se le fugara por la boca, esa boca besada por Juan apenas un momento antes. 
Juan, pensó, Juan, y dio un tirón espasmódico a las dos puntas de gasa. Oyó un crujidito sordo cuya vibración se transmitió al pañuelo, a sus manos. Y la Turca se derrumbó, los brazos flojos, como una bella muñeca desarticulada. Un último empujón por encima de la borda y sobre las aguas resplandecieron las piernas blancas entre la ropa oscura. Luego el mar se ocupó del resto. 
Al llegar a puerto, Maritza descendió sin su hom­bre, con un pasaje de tercera usado y el traje de novia bien envuelto en el fondo del baúl. 

Laura Nicastro

viernes, 30 de enero de 2009

Ana Tempelsman Lichtmann

nacio en Zolkiew (Polonia) en 1921 en una familia judia de clase media, compuesta por sus padres y un hermano mayor. Alli paso su infancia y primera adolescencia y cursa la escuela primaria y secundaria. Tambien tomó lecciones de piano por ocho años y rindio los examenes del Conservatorio Nacional de Lwow. Termino el bachillerato en abril de 1939. Ana deseaba ingresar a la universidad a estudiar medicina, pese a que no era facil en esa epoca debido al numerus clausus que imponian las universidades a los alumnos judios.
El 1° de septiembre 1939 estallo la guerra. Su padre y su hermano pudieron salir de Polonia en diciembre, pero Ana y su madre quedaron viviendo bajo la ocupacion rusa. En 1941, tras la llegada de los alemanes, Ana, bajo una falsa identidad, huyo de Zolkiew y logro sobrevivir escapando de un lugar a otro hasta que en 1943 llego a Berlin. En esta ciudad permanecio hasta el final de la guerra trabajando de mucama en la casa de un matrimonio aleman.
En 1946 Ana emigro a Argentina y se reunio con su padre y su hermano que habian llegado alli en 1941. En 1947 se caso con Mauricio Lichtmann con quien tuvo dos hijos: Roberto y Susana. Entre 1948 y 2006 estudio y obtuvo diplomas de la Alianza Francesa, la Dante Alighieri, el Instituto Superior de Cultura Inglesa, el Instituto Goethe y el Majon
Actualmente Ana vive en Buenos Aires, tiene 87 años y disfruta de sus clases de idiomas, de la opera, de la literatura, de Internet y de la compañia de sus hijos, su nuera, sus sobrinos y sus nietos. Quiere dejar este testimonio para que nadie pueda negar la Shoa.
(información de prensa)

viernes, 9 de enero de 2009

EL DESTIERRO DE LA REINA

por Ana Bisignani. Buenos Aires, Corregidor, 2009.

Pocas novelas argentinas acerca de la inmigración argentina me gustaron tanto como ésta de Ana Bisignani (y eso que, si no las leí todas, me deben faltar sólo algunas). 
La escritora logra, con una trama terrible y quizás alejada del lector actual, una obra fascinante que nos atrapa y nos incita a leer más y más. Ya me lo suponía, dado que recibió elogiosas palabras de María Granata y Jorge Torres Zavaleta, autores que no elogian porque sí. 
La historia de una familia que emigra de Andalucía es descripta con lenguaje sencillo, pero pleno de poesía. Ana narra admirablemente, y su mirada femenina se advierte en este libro en el que madres, hijas y abuelas cobran una importancia inusitada, mucha más -a mi entender- que la de los hombres que las sojuzgan.
El amor, la pasión, el patriotismo, la nostalgia, son temas caros a los lectores, que encuentran en Bisignani una creadora que sabe abordarlos y presentarlos de modo que la historia, "su" historia, sea la de todos nosotros, los que descendemos de los barcos en esta tierra que dio refugio a nuestros abuelos.