jueves, 30 de octubre de 2008

LAS LUCIERNAGAS DE LA CRUZ DEL SUR

Alcancé a plantar la última primavera en el macetero cuando comenzó a llover, las montañas quedaron desdibujadas por el telón acuoso y ya no podía disfrutar del verde intenso de los bosques, para mi sorpresa, se infiltraban entre las gotas, incipientes copos de nieve que pugnaban por armarse y dominar la precipitación. Estábamos a fines de septiembre, en el pueblo creíamos que ya había caído la última nevada, pero la naturaleza sigue sus códigos, suspendo las tareas en el jardín y entro a la casa, debo prender las leñas del hogar, el frío comienza a sentirse. 
Disfrutar de un café, mirar televisión, pequeño recreo, en pocas horas estará la familia reunida y debo dedicarme a las tareas comunes. 
- Mami, la maestra te mandó un comunicado, debés firmarlo. 
- Querida, mi camisa gris la necesito para el jueves, tengo reunión. 
- No quiero tomar más sopa, estoy harto. 
- Planifiquemos el fin de semana largo, quizás un breve campamento. 
- ¡Basta de rutina, relax, relax…! 
Pero mi estado de relax salta como un resorte, en la pantalla está la imagen de un hombre, un profesor en ciencias políticas español que visita la Argentina, su nombre produce mi conmoción. ¡ José Carlos! Mi mente comienza a desandar por un túnel que me lleva a recuerdos de la infancia. 
Eran épocas de posguerra, una mañana en la cual el viento proveniente del río traía anuncio de lluvias estivales, el barrio se vio alborotado. Habían estacionado camiones del ejército en el “ campito” que algún día sería plaza, de ellos comenzaron a bajar familias de inmigrantes. Era un acontecimiento extraordinario, los vecinos salían a las puertas de sus casas a observar el suceso, los más chicos cruzamos las calles y nos metimos en el “campito” para ver de cerca todo lo que ocurría. Se veían personas de todas las edades, hablaban distintos idiomas. De ahí en más la vida de ese barrio platense cambió totalmente. 
Al estar de vacaciones podíamos disfrutar desde la mañana temprano el movimiento de los extranjeros. Yo los espiaba desde el dormitorio de mis padres cuya ventana daba a la calle, tenía un mirador envidiable. Por la tarde me cruzaba al campamento que habían levantado los nuevos y exóticos vecinos. Antes de hacerlo arreglaba mi pelo con más esmero y robaba un poquitín de perfume a mi madre, tenía doce años, los chicos inmigrantes me parecían hermosos. Algunos eran introvertidos, otros más sociables, nos fuimos haciendo amigos. Con las chicas de mi edad jugábamos a las figuritas, cara o seca, y a las muñecas. Entre todos a la rayuela, escondidas, mancha venenosa o “Farolera Tropezó”. Si por alguna causa no cruzaba me llamaban _¡Rita...Rita! y yo salía presurosa con mis figuritas, las trenzas recién hechas por mi mamá y el corazón palpitante de ilusiones. 
Predominaban españoles, vascos franceses y portugueses. Los vascos eran los más bellos, los veía inalcanzables más aún cuando hablaban un idioma tan diferente al nuestro. Cada familia vivía en grandes carpas pero al poco tiempo comenzaron a construir sus propias casas sobre terrenos que el gobierno les había adjudicado, cercanos a la plaza. Eran muy trabajadores y hasta los niños colaboraban en la construcción de sus futuros hogares. ¡ Cómo me cautivaba verlos en su rutina! Las mujeres lavaban la ropa en bateas y las fregaban con cadenciosa energía mientras entonaban canciones de sus terruños. Me sorprendía ver tomar el vino en un objeto de cuero que lo llamaban bota. Don Ramón, el portugués, comía fideos al pesto y tomaba el vino de esa manera. Aprendí muchas costumbres , entre ellas la de bailar la jota aragonesa, y no dudo que ellos aprendieron tradiciones nuestras, el mate era un ritual que lo asimilaron de manera entusiasta. Valoraban sobre manera lo que obtenían, eran muy ahorrativos, esto les daba un ligero aire de superioridad respecto a nuestras costumbres, no podían creer la cantidad de alimentos que ingeríamos. ¡Nuestros famosos asados! Fue una época muy feliz. Luego de la cena, en las noches de verano de calor abrumador, nuestros padres nos dejaban jugar hasta tarde, a esa hora preferíamos jugar a las escondidas, la noche participaba cómplice de nuestros refugios. 
¡Rita! Época de sueños, rasguños a un futuro inventado, mejillas coloradas y oleadas de sensaciones nuevas en el cuerpo. Sentido de vergüenza, la religión implacable con su dedo acusatorio respecto a esas sensaciones. Culpas, culpas. Pero la vida siempre gana. La intensidad de la vida. 
La plaza tenía luz en las esquinas y como era de una manzana de extensión, predominaba la oscuridad, cada carpa tenía sus propios faroles. Recordando las imágenes de ese pasado se me ocurren que eran mágicas. Las noches estrelladas en las que reinaba la Cruz del Sur, era para los inmigrantes la realidad que les señalaba el cosmos de encontrarse al sur del planeta y tan lejos de sus patrias. Miles, miles de luciérnagas danzaban alrededor de nuestras correrías. Gritos, risas y silencios. Cuando la lluvia acechaba se sumaban a nuestro juvenil alboroto el canto de los grillos y el croar de las ranas. Durante nuestro escondite, el silencio dejaba escuchar nostálgicas castañuelas o dulces melodías portuguesas. 
¡ Cómo que no se ve La Cruz Del Sur! 
¡ Y las Tres Marías tampoco? 
- ¿Qué constelaciones se ven en el Hemisferio Norte? 
Con el tiempo me incliné hacia la amistad de un “Galleguito” que en realidad era de la zona de Valencia. Contaba de su hermosa ciudad de Alicante, el mar Mediterráneo, el Monte Benacantil con su castillo de Santa Bàrbara, los Festejos en las noches de San Juan con sus hogueras durante el solsticio de verano, los fuegos artificiales, la tarta de atún que comían para la ocasión, fiestas cuyos orígenes se perdían en la noche del tiempo. Yo quería estar todo el día con él, José Carlos era el más serio del grupo, tenía quince años y una belleza enternecedora. Su piel de nácar resaltaba sus grandes ojos negros y el gracejo que tenía para hablar me tenían en un estado de éxtasis. Una de esas tantas noches jugábamos a las escondidas, pero las reglas del juego, supongo que lo decidimos pícaramente, era hacerlo por parejas. Yo, embriagada de vida, me adorné el pelo y la frente con luciérnagas y en los dedos lucía anillos de falsos diamantes. Estaba iluminada, las estrellas habían descendido para embellecer mi felicidad. Así, radiante de la mano de mi príncipe extranjero, corrimos a escondernos. Nos arrodillamos, entre unos pastos altos que crecían a la vera de la calle cuyas flores exhalaban un perfume exquisito, nos miramos, fueron instantes sagrados, los sentimientos quedan paralizados, es como una foto del alma. El mundo seguía su movimiento y nosotros ahí, atrapados en las redes del espacio y el tiempo ¡ Flasch! y te marca para toda la vida. ¡ Doce y quince años! y la Cruz del Sur, las luciérnagas y la vida que seguirá de manera inexorable su camino. Nos tomamos de las manos sin hablar, de pronto me abrazó y se puso a llorar. En ese momento comencé a dejar el juego de la niñez para andar por otro sendero, el más espinoso, es el camino en el que juegan los adultos y así como destrocé luciérnagas para adornarme, así destruyeron los adultos nuestro mundo de niños. Es la guerra, es el hambre, José Carlos me contó por la tragedia que había pasado con su madre durante la Guerra Civil Española, la lucha, la dictadura de Franco. Lograron llegar a América , cobijados por su tía, que era mi vecina, pero sólo pensaban en regresar, su padre estaba preso, fue combatiente republicano. Y así lo hicieron, nunca más supe de él hasta hoy. 
Y la niñez se fue y las noches del estío en la ciudad de La Plata iluminadas por las luciérnagas y la Cruz del Sur y nosotros, maravillosos niños arrodillados, quedaron para siempre. 
Mi piel tensa y húmeda por la emoción sintió un escalofrío, tenía su imagen de hombre ante mí. José Carlos pudo triunfar sobre su dolor, me sentí feliz de haber sido un pequeño eslabón en una etapa maravillosa de la vida. Sentí pasos sobre la nieve acumulada en el jardín de este lugar patagónico. Con lágrimas en los ojos me levanté para espiar por la ventana el arribo de mi familia, la que armé con el hombre que fue mi compañero del espinoso camino, el de la lucha cotidiana, con el que juntos sufrimos los dramáticos sucesos, aquí también ocurrieron, de este difícil, solidario, inmaduro, ultrajado, bello país que se encuentra bajo la Cruz del Sur.

ANA MARÍA MANCEDA 

martes, 21 de octubre de 2008

DE LAGRIMAS Y SONRISAS

por Eduardo Bedrossian. Buenos Aires, 2008.

Sesenta poemas, agrupados en dos partes conforman este nuevo libro de Eduardo Bedrossian. A su condición de hijo de refugiado, suma su profundo conocimiento de la historia y la cultura de la tierra de sus mayores, y una condición muy especial para hacernos vibrar con sus palabras. Leyendo estas páginas, uno se hace eco de las más diversas sensaciones: de la angustia y el horror, de la tristeza más profunda, pasa lentamente a la paz y al sosiego relacionados con la vida de los armenios en la Argentina. Y no se trata solamente de los armenios, sino de los inmigrantes y exiliados en general, ya que a todos los aúna el mismo destino, aunque, como bien dice el escritor, los armenios vienen de una tragedia de la que no vienen muchos de los hombres y mujeres que eligieron esta tierra, o que se quedaron en ella porque no podían ir a otro lugar.
Leo las novelas, los cuentos, los poemas de Bedrossian con gran interés: Hayrig, Memorias para no olvidar, Morir en Marash, este libro, son piezas de una gran obra que él está empeñado en componer. Cada uno de estos libros arroja luz sobre un aspecto de la experiencia terrible que les ha tocado vivir; cada una de estas obras deja una enseñanza de amor y de paz, pero también de justicia, ajena a los olvidos que vuelven a matar.
El estilo es muy cuidado, y poético. Las escenas de la vida en Gebén, la evocación de los últimos momentos de la vida del niño que, a los diez años, optó por la muerte, tienen la trágica belleza de un cuadro de Goya; las palabras que el hombre dirige a su mujer, antes de marchar a un destino sin retorno, recuerdan los versos de Miguel Hernández.
Desde la tierra que acogió a sus mayores, la tierra en la que vieron crecer a sus hijos, estudiar y ser hombres de bien, Eduardo Bedrossian eleva este canto memorioso y desgarrado, pero también tierno y esperanzado.

jueves, 16 de octubre de 2008

LUCÍA QUERIDA

Al tiempo que terminaba de hablar, Lucía terminaba también de mostrarse a sí misma. 
Como nunca antes, yo podía verla muy bien ahora. 
Las dos nos quedamos mudas. Ella agotada y yo perpleja. 
Con el tiempo aprendí que su historia era el mejor obsequio que podía haberme dado. 
Fue el punto de partida para empezar a entender cosas, cosas acerca de los olvidos, de los desentendimientos, de lo que una vez lanzado no se recupera. 
Había empezado diciendo que cuando me vio por primera vez yo temblaba y ella lo sabía, pero no me tuvo piedad por eso. Cada vez que Renato me llevaba a la casa, ella me torturaba con el silencio, con la indiferencia, con los malos modos. Dejaba de ser la Lucía de la que yo tenía noticias: - gentil, educada, fina -, como murmuraban las vecinas, aunque siempre estuviera refugiada dentro de un espacio infinitamente suyo. Si era posible, no me dirigía la palabra. Nunca se le cerrarían sus tormentas interiores. 
Su Renato, el hijo único, le había devuelto los colibríes del agua a los ojos celestes. 
Había aprendido la tarea nueva de apretarlo, escucharlo llorar como si fuese lluvia buena, malcriarlo siempre, darle de mamar con el ardor de la maternidad plena. Carlo, el marido, no se había atrevido a contradecir lo que ella disponía relativo al hijo, un poco por comodidad y otro poco por no crearse trabajos que no entendía. 
Lo convirtió en su juguete de carne y hueso. En el único juguete que tuvo. Fue su refugio, en él tuvo conciencia de sí misma. 
Cuando Renato tuvo dos años, recibió la primera carta de su madre. 
—¿Gente per bene, figlia? ¿Tutta gente per bene? — preguntaba desde Italia. 
Iba a ser siempre esa la idea que tenía sobre la vida de la hija en América. 
El padre de Lucía estaba enfermo, su hermano se alistaba para la guerra. Noticias de Pramaggiore, lugar y tiempo que ya no le pertenecían. Nunca llegaría a contar a su familia que nada era verdad de todo lo que se había dicho allá. En la Argentina no había marido con campo ni casa. Ellos no llegarían a saber que solamente había campos de otros y que el marido era un empleado más que ganaba cierto dinero. 
Con el tiempo Renato se convirtió en el hijo atento, divertido, que le llevaba flores, que le contaba historias, que le vendaba los ojos para jugar al gallo ciego, y el alumno aplicado a quien se había dado el gusto de mandar a estudiar una carrera universitaria. Después sería el primer farmacéutico de General Ordóñez. 
Mientras estudiaba, una vez al mes, él viajaba a visitar a sus padres. Los sábados salía, bien vestido y oliendo a buena colonia y se iba al baile y volvía tarde y dormía hasta más tarde aún. Pero un domingo no durmió tanto y salió después de almorzar y a partir de ahí todos los domingos lo mismo. Entonces presintió Lucía que ya no lo tenía todo para ella. 
En la fiesta de bodas de Renato y mía, fue la única que no disfrutó. 
Esa pérdida del hijo que se iba a formar la familia propia endureció más sus defensas. La pared entre nosotras funcionaría como divisor de aguas. Cada una en su territorio, ella no permitía los acercamientos. 
Recordaba que en “Los Aperos”, la noche que llegó junto a su esposo, había gente recibiéndolos, hombres y algunas mujeres. Todos trabajadores del campo. Había un fuego encendido, después supo que se asaba carne a las brasas. 
Ni casa, ni jardín, ni autos, ni nada. Era la nada toda esa tierra a donde había llegado conducida por Carlo. Una barraca con paredes ligeras por donde se colaba el frío o las voces de los otros, una cocina común para todos, el río cerca para lavar la ropa, los días largos del calor. 
Cuando se despertó al día siguiente, estaba sola. En la cama quedaba el olor ácido del cuerpo de Carlo que la había dejado dormir sin hacer apenas más que unas preguntas sobre cómo había quedado todo allá en Italia. Con el tiempo le agradecería que hubiese tenido la gentileza de bañarse todas las veces que se le acercaba. Y que desde el primer día, antes de irse al campo, le dejara dos baldes llenos de agua para aliviarle el trabajo de la bomba. Aprendió a bañarse como podía en una palangana de lata, dentro de la reducida habitación. 
Eso era lo que había encontrado después del viaje. El viaje que la había vuelto hacia adentro. 
Un pasaje en segunda clase no era poca cosa, comparado con lo que se veía en la nave sin fin. Compartió un camarote aceptable con otras mujeres a las que apenas dedicó los saludos necesarios. Y comía bien, cuando se obligaba a hacerlo. El entretenimiento era mirar a los de tercera jugar con una pelota de trapo o escucharlos bailar en cubierta, al compás de armónicas o bandoneones. Así la pasaban los que podían soportar la nostalgia de dejar la tierra y la pobreza de tener encima sólo lo puesto. 
Y también observaba a las mujeres y a los niños comiendo naranjas. Y eso era todo lo bueno. 
Lo demás era el lamento de los aquejados por el mal de mar que vagaban como harapos por la cubierta, mitad muertos de hambre, mitad muertos de asco. 
Tampoco ella escapó a las náuseas ni al olor fuerte de las letrinas que subía desde el primer nivel, pero eso fue tolerable. Lo peor fueron los ojos, que se le volvían a cada rato hacia el otro horizonte, al que ya había desaparecido. Ahí se habían perdido los perfiles de lo conocido. Caras, nombres, lugares que fueron su espacio, su rincón amable. 
Pensaba: ¿Volveré para el verano? ¿Vendrá mi madre a verme? ¿Volveré a vivir a Pramaggiore con mi marido? 
El puerto de Buenos Aires parecía un mundo en el que nadie encontraba donde anclar. Gente que se dispersaba hacia todas las direcciones, más por instinto que por conocimiento. Era muy de madrugada cuando el barco avisó el arribo y todo el mundo se asomó a mirar por la baranda. Enseguida se corrió el rumor de que se podía observar la mole del Hotel de Inmigrantes. Después atracar. La multitud de las cabezas que se agitaban en el embarcadero la mareó. Esperó para sumarse a la ola humana que se arrastraba por los andariveles de descenso. Alguien, a la pesca de la gente con mejor aspecto, se le acercó para ofrecerle bajar los dos baúles que traía, a cambio de algunas monedas. Ella, privilegiada, tenía monedas, tenía liras y se las aceptaron. 
Carlo había aguardado durante horas parado al lado del registro de pasajeros, hasta que la vio entre la gente esperando el turno para informar sus datos. Se reconocieron. Fotos de por medio, ya se tenían en la imaginación. Lo primero en que pensó Lucía fue que ese hombre ahora, tenía sobre ella la misma autoridad que antes había tenido su padre. 
¿Cómo había sido aquél encuentro? Cada vez que quiso recordarlo no tuvo de dónde asirse. El bullicio, los gritos, la mezcla de idiomas, el cansancio, la confusión. Sólo sabía que se habían dado la mano, como una forma de presentarse que solucionara el no saber qué decirse. Fue difícil salir de aquél desorden, una vez hecho el trámite. Un hombre acompañanaba a Carlo y lo ayudó a cargar con los baúles. 
Mudos, salieron fuera de la dársena hasta que llegaron hasta la calle ancha, que era una masa ondulante de gente y vehículos. El de Carlo era un carro de cuatro ruedas, atado a dos caballos. Acostumbrada a los coches de mejor factura, el carro le pareció pobrísimo. 
Y la primera discusión fue tener que elegir cuál de los dos baúles llevaría, porque no cabían los dos. Otro desprendimiento apenas llegar. Ahí mismo tuvo que elegir. Pudo pasar algunas cosas de uno a otro cofre y juntó algo de ropa en las manos. Partieron mientras miraba cómo una parte del equipaje preparado por su madre, desaparecía de su vista. 
Recordaba que apenas salidos de la capital pidió para que la dejaran aliviar sus urgencias. Escondida detrás de un árbol no tuvo más alivio que llorar. 
Agua y un buen pan con queso había sido la atención del esposo durante el camino. Las horas de agotamiento y de silencio se le habían amontonado en el cuerpo. Incómoda hasta el hartazgo, se había dormido a la buena de los vaivenes del carro. Antes de llegar se despertó, maltrecha por los barquinazos. Dormir no le borró el mal humor ni la pesadumbre. 
En el inmenso campo abierto la gota gorda y redonda del sol caía sobre el horizonte, pero no era el mismo sol de siempre. Y tuvo conciencia de eso. 
Cuando Carlo la tocó por primera vez hacía diez meses que Lucía había llegado a “Los Aperos”, lo sabía porque todos los días hacía un palito sobre la hoja lisa de su biblia. Y los contaba siempre. Contaba la dimensión de su exilio. Fue una noche cuando ella estaba ya en la cama, rezando una oración por un milagro que la hiciera despertar otra vez en su Pramaggiore. Lo sintió llegar más temprano. No se había quedado con los otros hombres a tomar grapa o a jugar cartas. Estaba ahí con ropa limpia y olor a jabón duro, el único que el almacén traía, que servía tanto para la ropa como para el cuerpo. 
Sí, recordaba bien el terror que la había inundado desde los pies hasta la cabeza. Él puso su mano sobre la de ella y tuvo la sensación de que se desarmaba entera. 
Después todo fue un rito o una rutina. 
Y vivir como el lugar lo permitía, pero no vivir también. El silencio tenía el gesto de la profundidad dentro suyo. 
Una vez, creía recordar que un polaco o algo así, se había ido a encontrar con una novia que alguien le había propuesto. Las mujeres le prepararon el saco y le lustraron el único par de botas que tenía. Milo, así se llamaba, partió un domingo por la mañana a conocer a su futura y a sus suegros a una colonia vecina, pero se hizo acompañar por Rossi, que llevaba más años en la zona y manejaba mejor el castellano. A los pocos días de la excursión se supo, la novia había preferido a Rossi y Milo anduvo mucho tiempo hecho un pajarito mojado. 
Se produjo el pequeño milagro cuando Carlo le comentó que le habían ofrecido un trabajo en El Fortín, en la provincia de Córdoba, para trabajar en los galpones del ferrocarril. 
No le dijo que estaba embarazada hasta que estuvieron ahí, instalados. Era difíl hablar con un hombre que no comentaba más que lo necesario. 
¿Cuántos habitantes tenía El Fortín?, Lucía no lo sabía ni le importaba. Por lo menos pudo comprarse botines para cruzar la calles embarradas los días de lluvia. Y ya tuvieron un lugar con dos habitaciones en la pensión, el baño era decente y lejos había desaparecido el pozo inmenso de la letrina, en el medio del campo. 
Cuando cumplió los ocho meses de su embarazo ya tenía el ajuar preparado, con lo poco bueno que se podía encontrar en el almacén de ramos generales. 
El último traslado había sido para acá, a General Ordóñez, donde se nucleaba una importante comunidad de vascos. Poco a poco una casa mejor, hasta una cocina a leña y las calles mejor preparadas, la escuela para Renato, verlo crecer. 
Carlo se puso a hacer transporte y mudanzas y prosperaron. 
Vittorio Mezzano y Gianni Bontempo habían sido amigos desde la infancia, socios en los más íntimos asuntos de hombres y en el comercio, esa amistad había sido el eje sobre el cual se dividiría su vida. 
Vittorio Mezzano, su padre, fue el que hizo un día el comentario: América era un buen lugar para armar una casa. 
A partir de ahí la América se convirtió en tema de conversación habitual entre los dos jefes de familia. Por primera vez Lucía escuchó el nombre de Carlo, quien reunía las mejores condiciones para ser un buen marido. En la casa, las mujeres callaban y asentían, como debía hacerse. 
Hasta que ella supo que ese no era un nombre cualquiera, la vida continuó teniendo para ella el mismo rostro, el único que había conocido siempre. Escuela, amigas y el bienestar de vivir en una familia con buen pasar. Usaba entonces zoquetes de lana pura. 
Pero Carlo era el nombre de un hijo de Gianni que estaba en América, en Argentina, desde hacía dos años. 
En Pramaggiore viajó la novedad de boca en boca. Lucía ya tenía elegido un marido. A Lucía la esperaban al otro lado del mar. A ella, un día cualquiera, sin ceremonias, se lo dijo el padre, con quien rara vez cruzaba palabra. Tal vez fue en ese momento que se le apagaron los colibríes azules de los ojos. 
El matrimonio fue combinado entre “i padroni”. Entre los hombres de la familia. Y los hombres brindaron por eso y las mujeres consintieron. 
Recordó siempre que sus amigas del colegio la habían mirado, entre confundidas y fascinadas por la novedad. Las monjas, en cambio, agregaron un rosario más en los rezos de la mañana. 
En el viaje venía tan sola como para desear abandonarse a cualquier furor que pudiera acabar con ella. Pasó muchos días encerrada en el camarote, tirada sobre el camastro, esperando que la muerte la tragara. Una de las mujeres, que ni siquiera era italiana, la había obligado a levantarse. 
Se acordaba de que era manquita y de que tenía una fuerza de voluntad prodigiosa. 
Una tarde muy calurosa un grupo de los de tercera se amontonaba alrededor de un hombre que tocaba un acordeón. Desde arriba se pusieron a escuchar y era una canción italiana y hablaba de una Lucía. La manquita lo entendió sin que nadie se lo dijera y la llevó con ella hasta la cubierta baja y ahí se puso a gritar que su amiga se llamaba Lucía. El que tocaba el bandoneón era Giuseppe. 
Hasta que llegaron a puerto, estuvieron siempre juntos. Fue mucho más fácil con él, se hizo mucho más fácil ese viaje. Giuseppe estaba un poco desnutrido. Le llevaba algo de su propia comida para que se alimentara mejor. 
Durante esos días pensó que mejorar el destino era posible. Dentro de aquel ambiente de tristeza se le cruzó una luz de enamoramiento por aquel muchacho que tenía unos negrísimos ojos y grandes y nudosas manos. Era un napolitano que venía a buscar una oportunidad de trabajo. 
Miraban mucho el cielo y el mar sin decirse nada, y sin saber nunca bien cuál era uno u otro. 
Giusseppe nunca se había despedido de ella. Nunca lo encontró el último día a bordo. Quién sabe si tal vez esperó una señal de algo o no tuvo coraje para pedirle que se fuera con él. Se había enojado con ella misma por eso, y de ese enojo tampoco volvería. 
El viaje a la lejana América había sido su sueño negro. La suma de lo que desconocía: marido, travesía, lugares. Su siguiente vida. 
La madre, suave, amurallada en la mansedumbre, había preparado un ajuar de ropa y pequeñas cosas, Lucía eligió llevar su biblia. Fue su única elección y en ella resumió la proximidad de la pérdida. Y entre las dos mujeres, ella lo tenía en la memoria, no habían sabido tocarse para despedirse y dejarse grabada la piel de una en la otra. 
Un primo hermano de Carlo había sido su representante en el casamiento por poder. Ceremonia de grises en la que el cura alentó a la novia a procurar ser una buena esposa. 
Y eso había sido todo. 
Lucía esperó a que yo dijera algo, lo necesitaba. Solamente la abracé y ella me recibió, por primera vez.

Maria Aurelia Martinez

martes, 14 de octubre de 2008

NUEVO LIBRO DE EDUARDO BEDROSSIAN

Eduardo Bedrossian es Doctor en Medicina y Licenciado en Desarrollo Educativo, dos títulos que definen su vocación: la medicina y la docencia de pre y postgrado. Rector fundador de la Sección Profesorado de la Escuela Cristiana Evangélica Argentina. Es autor de trabajos de investigación, más de cien comunicaciones científicas publicadas en las revistas médicas del país y del exterior. Autor de capítulos de libros de medicina. Relator y panelista en Congresos nacionales e internacionales, director de numerosos Cursos de Actualización y Perfeccionamiento auspiciados por el Departamento de Graduados de la Facultad de Medicina, UBA, de la que ha sido docente hasta su jubilación. Jurado de Tesis Doctoral de la Facultad de Medicina. Jurado de Concursos y Recertificaciones Médicas. Galardonado con varios premios médicos. Miembro Emérito de la Sociedad de Obstetricia y Ginecología de la Provincia de Buenos Aires (SOGBA), Encargado de Enseñanza de Pregrado de Obstetricia en la Unidad Docente Hospitalaria de San Isidro. Jubilado como Director Asociado del Hospital Materno Infantil de San Isidro. Asesor sobre temas de Responsabilidad Profesional de la Federación Argentina de Sociedades de Ginecología y Obstetricia (FASGO). Ha escrito anteriormente Pilato (novela, 1968), Hayrig Detrás del silencio de un millón y medio de voces, (novela, 1991), Hayrig II (ensayo, 1995), Memorias para no olvidar (novela, 1998), Después de hora (Narrativa, 2000) y Morir en Marash (novela, 2004), obra prologada por el embajador Leandro Despouy, Relator Especial de Derechos Humanos y Discapacidad en las Naciones Unidas. 
Recientemente apareció De lágrimas y sonrisas, un poemario acerca del que expresa el autor: "Estas poesías intentan reunir dos momentos en la vida de nuestra familia, que también representa a la de muchos armenios y no armenios, aunque la tragedia que precede a los primeros le imprime un sello distintivo. La primera sección del libro se desarrolla con el decorado de ‘lágrimas’ y sufrimientos de un pueblo de cara a su exterminio, la “solución final” que han planificado larga y meticulosamente sus victimarios. La segunda sección de ‘sonrisas’ -prolongación de la primera, no carente de lágrimas-, expresa la lucha tenaz de los sobrevivientes por restaurar el tejido familiar con la persistencia del sembrador en cuyas manos heridas quedan pocas semillas, y sin embargo, poseídos por la fe de los visionarios, insisten en su intención de fundar en nuevas tierras un hogar como el que les han arrebatado".
Sesenta poemas, agrupados en dos partes conforman este nuevo libro de Eduardo Bedrossian. A su condición de hijo de refugiado, suma su profundo conocimiento de la historia y la cultura de la tierra de sus mayores, y una condición muy especial para hacer nos vibrar con sus palabras. Leyendo estas páginas, uno se hace eco de las más diversas sensaciones: de la angustia y el horror, de la tristeza más profunda, pasa lentamente a la paz y al sosiego relacionados con la vida de los armenios en la Argentina. Y no se trata solamente de los armenios, sino de los inmigrantes y exiliados en general, ya que a todos los aúna el mismo destino, aunque, como bien dice el escritor, los armenios vienen de una tragedia de la que no vienen muchos de los hombres y mujeres que eligieron esta tierra, o que se quedaron en ella porque no podían ir a otro lugar.
Leo las novelas, los cuentos, los poemas de Bedrossian con gran interés: Hayrig, Memorias para no olvidar, Morir en Marash, este libro, son piezas de una gran obra que él está empeñado en componer. Cada uno de estos libros arroja luz sobre un aspecto de la experiencia terrible que les ha tocado vivir; cada una de estas obras deja una enseñanza de amor y de paz, pero también de justicia, ajena a los olvidos que vuelven a matar.
El estilo es muy cuidado, y poético. Las escenas de la vida en Gebén, la evocación de los últimos momentos de la vida del niño que, a los diez años, optó por la muerte, tienen la trágica belleza de un cuadro de Goya; las palabras que el hombre dirige a su mujer, antes de marchar a un destino sin retorno, recuerdan los versos de Miguel Hernández.
Desde la tierra que acogió a sus mayores, la tierra en la que vieron crecer a sus hijos, estudiar y ser hombres de bien, Eduardo Bedrossian eleva este canto memorioso y desgarrado, pero también tierno y esperanzado.

Esta es la entrevista que le realicé, vía email:
-En el prólogo a su libro, usted manifiesta escribir poemas desde hace décadas, ¿qué lo decidió a publicarlas ahora, ya que sólo algunas de ellas habían aparecido anteriormente en diarios y revistas?
-Creo que la poesía y la música son modos de expresión de éxtasis, un salir de uno mismo para entrar en un mundo accesible y posible a cada hombre aunque lo ignore. Es una de las tantas potencialidades humanas que la mayoría no cultiva. Expresa los sentimientos más profundos, muchas de mis poesías han quedado reservadas para mí mismo. Otras, como usted menciona, han sido publicadas en diarios y revistas.
- En sus poemas, trata los mismos temas que en sus libros de narrativa.
- El libro de poesías que está por aparecer es el primero en este género, incursiona en el tema común de mis últimos libros de novela, alguno de ensayo como Hayrig II. También he publicado anécdotas escolares como “Después de hora”, un intento de mostrar las enseñanzas que nos ofrece la vida, si nos detenemos a reflexionar sobre nuestras decisiones y sus consecuencias.
- ¿En cuál de estos géneros -narrativa y poesía- se siente más cómodo?
- Me siento igualmente cómodo en ambos géneros aunque la poesía a diferencia de la prosa, exige que los sentimientos se expresen no sólo con una cierta métrica sino también con musicalidad.
- ¿Cuál es el aporte que un descendiente de armenios puede hacer, a su criterio, a la Causa Armenia?
- El gran aporte no es sólo recordar el martirio de nuestros mayores sino revalidarlo con una vida que los honre.
- ¿Considera que la literatura es tan válida como la historia en lo que respecta a difundir una realidad que debe ser conocida y respetada?
- La literatura, y particularmente la novela, explica mejor que los libros de historia, los padecimientos del hombre común, verdadero actor de reparto y víctima de los acontecimientos cotidianos, para quienes no existen espacios en los anaqueles de las bibliotecas.

jueves, 9 de octubre de 2008

MANA AZUL

Revista Cultural. Año 1, N° 2. Primavera 2008. Editor Responsable: Marcelo Baudrón. Consejo de Redacción: Adriana Abadie, Carlos Cúccaro, Roberto Glorioso, Silvio Oliva Drys, Ana M. Rodríguez de Baudrón, Enrique César Rodríguez.

Que Azul es una ciudad con una intensa vida cultural, no es ninguna novedad. Por eso, seguramente, en 1983, me sugirieron que colaborara en el suplemento del diario El Tiempo, que en ese entonces dirigía el profesor Juan Antonio Carrau, a quien recuerdo con gratitud y afecto.
Veinticinco años después, Azul sigue siendo esa ciudad pujante, la ciudad cervantina, y entre los protagonistas vuelven a encontrarse los que yo conocí hace décadas: Margarita Ferrer, Roberto Glorioso, Adriana Abadie. Gracias al esfuerzo de estos escritores y periodistas, y al de otros a quienes aún no conozco personalmente, surge la revista que me ocupa, una revista que no me parece destinada al público en general, sino a quienes tienen cierta formación -sistemática o asistemática-, un interés más arraigado, ya que los temas que aborda no son los de una publicación común.
Este número está dedicado al teatro. Entre los trabajos publicados se destacan la entrevista de Adriana Abadie y Roberto Glorioso a Griselda Gambaro -jugosísima, me la prometieron para el blog-, un ensayo de Margarita Ferrer sobre Antígona de Jean Anouilh, el anticipo de las memorias de Tina Helba, un texto de los arquitectos Gastón Breyer y Nereida Bar de Breyer, y poemas inéditos de Paulina Vinderman.
Completan la entrega una nota sobre Víctor Chab, reproducciones de sus obras, comentarios bibliográficos y otros trabajos de indudable valía.