miércoles, 20 de febrero de 2008

I N T E M P OR A L

Perpétua Flores

Hubo un tiempo de esperas, sin cadencia
de reloj. Y sin nervios Sin los pasos
del ir-y-venir, propios de impaciencia.
Y un tiempo de llegadas y de abrazos.

Una edad juvenil - casi demencia-
sin tiempo para celos y cansancios,
cuando el placer llenaba los espacios
y era un juego de niños la existencia.

Hoy pasa de mí, pasa de él, de todos
- trás un tiempo que muere y también nace-
y enpuja el de adelante en bruscos modos...

Viejo, fíngese joven. El egoísmo
hace con que su tiempo no comparta
y no lo use, siquiera con él mismo.

Perpetua Flores

perpetuaflores@yahoo.com.ar

martes, 19 de febrero de 2008

SHIKE

Sasha Chusyd (Shike), de diecisiete años, soltó la mano de su padre. Creyó que no iba a volver a verlo. 
Unas horas antes había llegado al puerto con la idea de embarcar hacia los Estados Unidos, donde su hermano mayor lo esperaba. Pero un cierre repentino de las fronteras del país del norte, lo obligó a dejar su pueblo natal, rumbo a la Argentina, donde solo lo esperaba la incertidumbre. 
Dejó en Rusia a sus padres y a tres hermanas, mayores que él. Dejó también una vida de estudios, había terminado la escuela secundaria; y su cuna de clase media alta, de una familia de judíos practicantes, le había servido para convertirse en un joven culto e intelectualmente inquieto. Por decisión de sus padres, estaba escapando del riguroso servicio militar que, por aquellos años, mantenía a los jóvenes rusos durante cinco años cumpliendo tareas, en una Europa que ya conocía la barbarie de la guerra, pero aun no sospechaba el drama del Holocausto que vendría. 
El 7 de Julio de 1924 pisó tierra Argentina. Sin idioma, sin familia, solo... como tantos otros. 
Pasó unos días en el Hotel de los Inmigrantes, luego una breve estadía en una pensión en la zona de Barracas. 
El joven europeo y cultivado que dejara atrás su mundo un mes antes, empezaba a transformarse, a la fuerza, en un adulto nuevo que nunca, ni aun hasta el instante de su muerte, pudo revertir la sensación de frustración y resentimiento provocada por su certeza interna de que él había nacido para otra cosa... 
Se radicó en Remedios de Escalada, Provincia de Buenos Aires, gracias a un contacto hecho con un “paisano” en la pensión de Barracas. Allí desarrolló su nueva vida, conoció a Sara Wainer con quien se casó en 1933, y con quien tuvo cuatro hijos, que le dieron doce nietos. 
La primera carta llegó cuando Shike estaba punto de ser padre por primera vez. 
Lloró al leer que su padre, había muerto. Quince días después, una nueva carta le anunciaba la muerte de su madre, “murió de pena”, siempre decía. Shike se convirtió en huérfano, a los 27 años. 
Sobre el fin de la segunda guerra mundial, las noticias que llegaban de los pueblos de Europa eran desoladoras. 
El mensajero de la tragedia fue un paisano del pueblo, que recién llegado de Rusia, contó a Shike lo que sabia. Shike lloro desconsoladamente frente a sus hijos, ante lo incomprensible. Sus hermanas, antes de ser ejecutadas habían sido obligadas a cavar sus propias fosas. Shike jamás volvería a ser el mismo. 
Aquel hijo de una familia de judíos practicantes, era por entonces un adulto escéptico, que se había peleado con Dios, se había sentido abandonado por el supuesto todopoderoso y benevolente creador. 
¿Qué Dios podía permitir que pasaran las cosas que pasaban?. Dios le había soltado la mano, y Shike no estaba dispuesto a perdonarlo tan fácilmente. 
Vivió sin cumplir sus sueños. 
Fue un marido difícil. Fue un padre autoritario, pero muy cariñoso. 
Fue, sin duda alguna, un Zeide (abuelo) de lujo. 
El 7 de Julio de 1992, sesenta y ocho años exactos luego de su llegada a la Argentina, ocupaba una habitación del piso diez, de un conocido Sanatorio Porteño. 
Tenía ochenta y siete años, y una salud física muy deteriorada, en contraste con una absoluta lucidez. 
Me pidió que le abriera la ventana; le expliqué que hacia frío, y había mucho viento. Sus ojos azul cielo me miraron por ultima vez, y me dijo: “Abrí la ventana Dieguito, viene mi papa a buscarme”. 
Creo que en el momento en que volvió a ver a su padre, fue feliz. 
Un minuto antes de morir, y con plena lucidez, se amigó con Dios. 

DIEGO LICHTENSZTEIN 
Hijo de Perla Jusid 
Nieto de Shike

martes, 12 de febrero de 2008

Inmigrantes

Desde Beirut a la Argentina...

Imagino a mi abuela
junto a los susurros de las noches
entre bombas...,
y de golpe corriendo detrás de un barco 
hacia América para dejar muy lejos a Beirut,
su última estrella. 
Ordenando la confusión de la huída...
tan joven ... tan bella.

Evoco sus primeros años en el Líbano.

Sus cejas fruncidas como un ovillo de hilo,
ojos grandes y negros,
su sonrisa tímida y escondida detrás de un velo.
Con ropa de fiesta y manos de obrera
y un pañuelo en la mano para secar
las lágrimas... de Beirut aquel mar de escombros.

Marga Seoane