viernes, 19 de diciembre de 2008

EN EL NOMBRE DEL TANGO

Un enfoque sobre la temática religiosa en la poesía del tango, por Fernando F. Cautere. Buenos Aires, Santa María, 2008. 160 pp. Prólogo de José Gobello. Ilustraciones de Silvana Delfino.

La investigación tiene como propósito analizar la visión de la religión en poetas de la talla de Enrique Cadícamo, Armando Tagini, Cátulo Castillo, Mario Battistella, Alberto Vaccarezza, Celedonio Flores, Homero Manzi, Eladia Blázquez y Horacio Ferrer, entre otros. Cabe destacar que varios de los autores cuyas letras se analizan en el libro son inmigrantes o hijos de inmigrantes. 
Cautere cita letras en las que se observan menciones superficiales de la divinidad, referencias centradas en el recinto del templo, la facultad del Creador de perdonar nuestras faltas, pedidos, súplicas, agradecimiento, resignación, blasfemia, decepción. 
Se refiere por separado a Enrique Santos Discépolo, “en la certeza de que se trata del poeta del tango que con mayor asiduidad abordó la temática. Además, y fundamentalmente, por ser quien evidenció un profundo sentido crítico y analítico de la realidad social de su época y, consecuentemente, mostró en sus letras un criterio emocional de acercamiento a la figura del Creador”. Analiza la referencia a Dios en varias letras de tangos, y transcribe completa la letra de “Tormenta”, “Por ser la más rica y completa invocación a Dios que formuló Discépolo”. 
Sustentada en cuatro pilares -la fe del hombre de campo, la del hombre de la ciudad, la fe de los inmigrantes católicos, y el anticlericalismo de otros inmigrantes- esta obra lleva a verificar que "la sinceridad que aparece en muchas letras con temática de fe como las que hemos mostrado puede mostrar un acercamiento del hombre a Dios en los distintos momentos de la historia que fue viviendo. Y eso implicaría un signo de búsqueda de Dios, porque los poetas que de El hablaron lo encontraron, buscándolo o, no".
El investigador se ocupa, finalmente, del verso lunfardo, “una muestra de otra expresión poética afín con el tango”, la “movida” tanguera en los colegios salesianos y la “Misa Tango”, expresiones contemporáneas -estas dos últimas- "de la relación tango-religiosidad".
Mención aparte merecen las ilustraciones de Silvana Delfino, la calidad del papel y las fotografías, y la edición en sí.
Completa el volumen la bibliografía consultada.

sábado, 13 de diciembre de 2008

LOS “GALLEGOS” EN EL IMAGINARIO ARGENTINO

ACABA DE APARECER EN ESPAÑA, PUBLICADO POR LA FUNDACIÓN PEDRO BARRIÉ DE LA MAZA, EN SU COLECCIÓN ACADÉMICA “GALICIA EXTERIOR”

LOS “GALLEGOS” EN EL IMAGINARIO ARGENTINO.
Literatura, sainete, prensa.

Por María Rosa Lojo (Dir.), Marina Guidotti y Ruy Farías

Los gallegos de Galicia (que terminaron englobando en su gentilicio a todos los españoles), cruzan la Historia argentina. Sin embargo, pese a su enorme incidencia demográfica y cultural, no abundan los estudios específicos sobre sus representaciones en el imaginario colectivo. El presente libro se propone saldar esa deuda, rastreando sus huellas en la prensa (Caras y Caretas), en el sainete o género chico criollo, y en la considerada “alta literatura”.
Una visión simplificada y a veces ferozmente denigratoria, se expresa en los “chistes de gallegos”. Anécdotas jocosas con personajes galaicos, donde destacan tanto la franqueza como la ingenuidad, se encuentran ya en obras de Juana Manuela Gorriti y Lucio V. Mansilla, y abundan en el sainete y en la literatura (sobre todo la memorialística) donde se va cristalizando su imagen como fieles criados y criadas domésticos, o como honrados trabajadores, en todo tipo de oficios. A medida que disminuye el flujo de inmigrantes y que no pocos de ellos logran la meta del negocio propio, va desapareciendo también la figura del criado y predomina la del honesto y confiable trabajador, que, desde el Libro extraño (1899) de Sicardi y otros textos de la época, llega hasta ficciones muy cercanas.
La otra cara del estereotipo positivo (definido por la honradez inocente, la bondad, la contracción al trabajo) se manifiesta en el llamado “ícono galaico” (Pérez Prado) de las caricaturas que ya empiezan a esbozarse en Caras y caretas hacia 1906, y que muestran un sujeto fornido y cejijunto, con el nacimiento del cabello (duro y de puntas hacia arriba) casi por encima de las cejas, sin frente, con mejillas siempre pilosas. Un tanto más cerca del orangután que del ser humano, a este ícono corresponden razonamientos burdos, torpezas e inconsecuencias.
En parte por eso, una de las representaciones que la literatura no termina de asumir es la de tantos gallegos y gallegas intelectuales: editores, escritores, traductores, artistas y profesionales varios, que realizaron innovadores aportes. Pero no pocos autores contemporáneos trabajan en otras direcciones que desplazan al colectivo étnico tanto de la convencional honradez como de la estolidez. Abuelos y abuelas, padres y antepasados inmediatos dejan también una marca imborrable en relatos de la actualidad.
Ficciones y memorias, así como muchos entrañables sainetes, capaces de complejidad y calidad estética, evidencian esta tensión constante entre las imágenes estereotípicas o brutalmente caricaturescas, y la compleja riqueza de tantos individuos, presentes en los genes y en la memoria cultural de la sociedad argentina.

María Rosa Lojo. Doctora en Letras por la Universidad de Buenos Aires, especialista en Literatura Argentina. Investigadora del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas de la Argentina (CONICET) y Docente de la Carrera del Doctorado en la Universidad del Salvador. Dirige en la actualidad tres proyectos de investigación, dos de ellos internacionales. Es autora de cuatro libros de investigación y ensayo, así como de ediciones críticas y más de cien trabajos académicos publicados en libros y revistas especializadas de la Argentina y del extranjero.
Como poeta y narradora ha dado a conocer trece libros. Su última novela es Finisterre (2005) traducida al gallego como A fin da terra (Vigo: Galaxia, 2006). Su obra literaria ha obtenido reconocimientos nacionales e internacionales (Premio Kónex, Premio Esteban Echeverría, Premio del ILCH, de California, entre otros).

Marina L. Guidotti de Sánchez. Profesora y Licenciada en Letras por la Universidad del Salvador (USAL), donde dicta las cátedras de Literatura Argentina del siglo XIX, Lengua Española e Introducción a la Literatura. Es autora de diversos artículos críticos y forma parte de proyectos de investigación relacionados con la Literatura Argentina y con la presencia de la inmigración española en la literatura.

Ruy Farías. Profesor de Historia por la Universidad de Buenos Aires y doctorando del Programa “Estudios Contemporáneos” de la de Santiago de Compostela. Colabora con el Programa de Historia Oral (UBA) y con el proyecto de investigación interuniversitario “As vítimas, os nomes, as voces, os lugares” para la para la recuperación de la memoria de las víctimas de la represión franquista en Galicia.

(información de prensa)

Nota de María González Rouco: en la Bibliografía de este libro figuran trabajos de mi autoría (compilaciones) publicados en Monografias.com, así como numerosas notas periodísticas y comentarios bibliográficos publicados en Letras Uruguay.

miércoles, 12 de noviembre de 2008

RETRATOS

por Carlos Penelas. Bs. As., Centro Betanzos Ediciones/Xunta de Galicia, 2008. Ilustración de tapa: “Retrato de Rocío”, por Juan Manuel Sánchez.

Hace años, leí “Los trasterrados”. Me impactó, por su sencillez y su belleza. Porque sabía decir todo con las palabras exactas. Hoy, esa misma cualidad la encuentro en el nuevo libro de Carlos Penelas, un escritor al que sigo y admiro. 
En su Retratos, evoca a inmigrantes y argentinos, a personalidades y a gente común. Todos ellos merecen su lugar en esta galería que está ubicada temporalmente, en su mayoría, en la adolescencia y la juventud del escritor. Es en esa época en la que pudo atesorar los testimonios que prodiga en estas páginas.
Hay inmigrantes –dije- gallegos y de otras nacionalidades. Entre los gallegos, el mozo que lo atendía en el bar Astral (“Alegre y generoso, un corazón que todo lo ocupaba”); el gallego que regresa a la aldea, después de treinta años, con zapatos nuevos, porque allá siempre había andado descalzo; Dionisia López Almada, fundadora y ex presidente de la Comisión de Familiares de Desaparecidos en la Argentina; la encargada del edificio (nacida en Trasparga, la tierra de mi abuelo), a la que lloró como a su madre. Entre los que no eran gallegos, merece comentarse especialmente la semblanza de Boleslao Lewin, el historiador venido de lejos, de una nación que vivía un presente aciago, al que reconoce muchos méritos, entre ellos, el de ser tan generoso como para ofrecer al joven Penelas el abrigo del que el autor carecía en invierno. 
Si de argentinos se trata, destacamos la semblanza de Alejandra Boero (“Jubilosa, rebelde, apasionada”), Enrique Palazzo, Roberto Santoro, Jorge Brandi, y Juan Bautista Bioy Lanusse, entre otros. También en este orden de evocaciones, nos encontramos con las espléndidas páginas acerca de Max Dickman, retratado en todas sus facetas con comprensiva pluma.
La lectura de estos retratos nos hace reflexionar acerca de diversos temas. El primero -y el más obvio-, la capacidad del escritor para rodearse, en sus años mozos, de gente valiosa, una capacidad que nuestra juventud –y no es por ser negativa- no cultiva demasiado. Luego, pienso en qué importante ha sido para él esa impronta, que puede evocarla con tal lujo de detalles en la madurez. Y, por último, disfruto de su talento al escribir, que lo hace capaz de trazar una emotiva semblanza, o una irónica caricatura digna del mismísimo Mujica Láinez, pero más severa.

jueves, 30 de octubre de 2008

LAS LUCIERNAGAS DE LA CRUZ DEL SUR

Alcancé a plantar la última primavera en el macetero cuando comenzó a llover, las montañas quedaron desdibujadas por el telón acuoso y ya no podía disfrutar del verde intenso de los bosques, para mi sorpresa, se infiltraban entre las gotas, incipientes copos de nieve que pugnaban por armarse y dominar la precipitación. Estábamos a fines de septiembre, en el pueblo creíamos que ya había caído la última nevada, pero la naturaleza sigue sus códigos, suspendo las tareas en el jardín y entro a la casa, debo prender las leñas del hogar, el frío comienza a sentirse. 
Disfrutar de un café, mirar televisión, pequeño recreo, en pocas horas estará la familia reunida y debo dedicarme a las tareas comunes. 
- Mami, la maestra te mandó un comunicado, debés firmarlo. 
- Querida, mi camisa gris la necesito para el jueves, tengo reunión. 
- No quiero tomar más sopa, estoy harto. 
- Planifiquemos el fin de semana largo, quizás un breve campamento. 
- ¡Basta de rutina, relax, relax…! 
Pero mi estado de relax salta como un resorte, en la pantalla está la imagen de un hombre, un profesor en ciencias políticas español que visita la Argentina, su nombre produce mi conmoción. ¡ José Carlos! Mi mente comienza a desandar por un túnel que me lleva a recuerdos de la infancia. 
Eran épocas de posguerra, una mañana en la cual el viento proveniente del río traía anuncio de lluvias estivales, el barrio se vio alborotado. Habían estacionado camiones del ejército en el “ campito” que algún día sería plaza, de ellos comenzaron a bajar familias de inmigrantes. Era un acontecimiento extraordinario, los vecinos salían a las puertas de sus casas a observar el suceso, los más chicos cruzamos las calles y nos metimos en el “campito” para ver de cerca todo lo que ocurría. Se veían personas de todas las edades, hablaban distintos idiomas. De ahí en más la vida de ese barrio platense cambió totalmente. 
Al estar de vacaciones podíamos disfrutar desde la mañana temprano el movimiento de los extranjeros. Yo los espiaba desde el dormitorio de mis padres cuya ventana daba a la calle, tenía un mirador envidiable. Por la tarde me cruzaba al campamento que habían levantado los nuevos y exóticos vecinos. Antes de hacerlo arreglaba mi pelo con más esmero y robaba un poquitín de perfume a mi madre, tenía doce años, los chicos inmigrantes me parecían hermosos. Algunos eran introvertidos, otros más sociables, nos fuimos haciendo amigos. Con las chicas de mi edad jugábamos a las figuritas, cara o seca, y a las muñecas. Entre todos a la rayuela, escondidas, mancha venenosa o “Farolera Tropezó”. Si por alguna causa no cruzaba me llamaban _¡Rita...Rita! y yo salía presurosa con mis figuritas, las trenzas recién hechas por mi mamá y el corazón palpitante de ilusiones. 
Predominaban españoles, vascos franceses y portugueses. Los vascos eran los más bellos, los veía inalcanzables más aún cuando hablaban un idioma tan diferente al nuestro. Cada familia vivía en grandes carpas pero al poco tiempo comenzaron a construir sus propias casas sobre terrenos que el gobierno les había adjudicado, cercanos a la plaza. Eran muy trabajadores y hasta los niños colaboraban en la construcción de sus futuros hogares. ¡ Cómo me cautivaba verlos en su rutina! Las mujeres lavaban la ropa en bateas y las fregaban con cadenciosa energía mientras entonaban canciones de sus terruños. Me sorprendía ver tomar el vino en un objeto de cuero que lo llamaban bota. Don Ramón, el portugués, comía fideos al pesto y tomaba el vino de esa manera. Aprendí muchas costumbres , entre ellas la de bailar la jota aragonesa, y no dudo que ellos aprendieron tradiciones nuestras, el mate era un ritual que lo asimilaron de manera entusiasta. Valoraban sobre manera lo que obtenían, eran muy ahorrativos, esto les daba un ligero aire de superioridad respecto a nuestras costumbres, no podían creer la cantidad de alimentos que ingeríamos. ¡Nuestros famosos asados! Fue una época muy feliz. Luego de la cena, en las noches de verano de calor abrumador, nuestros padres nos dejaban jugar hasta tarde, a esa hora preferíamos jugar a las escondidas, la noche participaba cómplice de nuestros refugios. 
¡Rita! Época de sueños, rasguños a un futuro inventado, mejillas coloradas y oleadas de sensaciones nuevas en el cuerpo. Sentido de vergüenza, la religión implacable con su dedo acusatorio respecto a esas sensaciones. Culpas, culpas. Pero la vida siempre gana. La intensidad de la vida. 
La plaza tenía luz en las esquinas y como era de una manzana de extensión, predominaba la oscuridad, cada carpa tenía sus propios faroles. Recordando las imágenes de ese pasado se me ocurren que eran mágicas. Las noches estrelladas en las que reinaba la Cruz del Sur, era para los inmigrantes la realidad que les señalaba el cosmos de encontrarse al sur del planeta y tan lejos de sus patrias. Miles, miles de luciérnagas danzaban alrededor de nuestras correrías. Gritos, risas y silencios. Cuando la lluvia acechaba se sumaban a nuestro juvenil alboroto el canto de los grillos y el croar de las ranas. Durante nuestro escondite, el silencio dejaba escuchar nostálgicas castañuelas o dulces melodías portuguesas. 
¡ Cómo que no se ve La Cruz Del Sur! 
¡ Y las Tres Marías tampoco? 
- ¿Qué constelaciones se ven en el Hemisferio Norte? 
Con el tiempo me incliné hacia la amistad de un “Galleguito” que en realidad era de la zona de Valencia. Contaba de su hermosa ciudad de Alicante, el mar Mediterráneo, el Monte Benacantil con su castillo de Santa Bàrbara, los Festejos en las noches de San Juan con sus hogueras durante el solsticio de verano, los fuegos artificiales, la tarta de atún que comían para la ocasión, fiestas cuyos orígenes se perdían en la noche del tiempo. Yo quería estar todo el día con él, José Carlos era el más serio del grupo, tenía quince años y una belleza enternecedora. Su piel de nácar resaltaba sus grandes ojos negros y el gracejo que tenía para hablar me tenían en un estado de éxtasis. Una de esas tantas noches jugábamos a las escondidas, pero las reglas del juego, supongo que lo decidimos pícaramente, era hacerlo por parejas. Yo, embriagada de vida, me adorné el pelo y la frente con luciérnagas y en los dedos lucía anillos de falsos diamantes. Estaba iluminada, las estrellas habían descendido para embellecer mi felicidad. Así, radiante de la mano de mi príncipe extranjero, corrimos a escondernos. Nos arrodillamos, entre unos pastos altos que crecían a la vera de la calle cuyas flores exhalaban un perfume exquisito, nos miramos, fueron instantes sagrados, los sentimientos quedan paralizados, es como una foto del alma. El mundo seguía su movimiento y nosotros ahí, atrapados en las redes del espacio y el tiempo ¡ Flasch! y te marca para toda la vida. ¡ Doce y quince años! y la Cruz del Sur, las luciérnagas y la vida que seguirá de manera inexorable su camino. Nos tomamos de las manos sin hablar, de pronto me abrazó y se puso a llorar. En ese momento comencé a dejar el juego de la niñez para andar por otro sendero, el más espinoso, es el camino en el que juegan los adultos y así como destrocé luciérnagas para adornarme, así destruyeron los adultos nuestro mundo de niños. Es la guerra, es el hambre, José Carlos me contó por la tragedia que había pasado con su madre durante la Guerra Civil Española, la lucha, la dictadura de Franco. Lograron llegar a América , cobijados por su tía, que era mi vecina, pero sólo pensaban en regresar, su padre estaba preso, fue combatiente republicano. Y así lo hicieron, nunca más supe de él hasta hoy. 
Y la niñez se fue y las noches del estío en la ciudad de La Plata iluminadas por las luciérnagas y la Cruz del Sur y nosotros, maravillosos niños arrodillados, quedaron para siempre. 
Mi piel tensa y húmeda por la emoción sintió un escalofrío, tenía su imagen de hombre ante mí. José Carlos pudo triunfar sobre su dolor, me sentí feliz de haber sido un pequeño eslabón en una etapa maravillosa de la vida. Sentí pasos sobre la nieve acumulada en el jardín de este lugar patagónico. Con lágrimas en los ojos me levanté para espiar por la ventana el arribo de mi familia, la que armé con el hombre que fue mi compañero del espinoso camino, el de la lucha cotidiana, con el que juntos sufrimos los dramáticos sucesos, aquí también ocurrieron, de este difícil, solidario, inmaduro, ultrajado, bello país que se encuentra bajo la Cruz del Sur.

ANA MARÍA MANCEDA 

martes, 21 de octubre de 2008

DE LAGRIMAS Y SONRISAS

por Eduardo Bedrossian. Buenos Aires, 2008.

Sesenta poemas, agrupados en dos partes conforman este nuevo libro de Eduardo Bedrossian. A su condición de hijo de refugiado, suma su profundo conocimiento de la historia y la cultura de la tierra de sus mayores, y una condición muy especial para hacernos vibrar con sus palabras. Leyendo estas páginas, uno se hace eco de las más diversas sensaciones: de la angustia y el horror, de la tristeza más profunda, pasa lentamente a la paz y al sosiego relacionados con la vida de los armenios en la Argentina. Y no se trata solamente de los armenios, sino de los inmigrantes y exiliados en general, ya que a todos los aúna el mismo destino, aunque, como bien dice el escritor, los armenios vienen de una tragedia de la que no vienen muchos de los hombres y mujeres que eligieron esta tierra, o que se quedaron en ella porque no podían ir a otro lugar.
Leo las novelas, los cuentos, los poemas de Bedrossian con gran interés: Hayrig, Memorias para no olvidar, Morir en Marash, este libro, son piezas de una gran obra que él está empeñado en componer. Cada uno de estos libros arroja luz sobre un aspecto de la experiencia terrible que les ha tocado vivir; cada una de estas obras deja una enseñanza de amor y de paz, pero también de justicia, ajena a los olvidos que vuelven a matar.
El estilo es muy cuidado, y poético. Las escenas de la vida en Gebén, la evocación de los últimos momentos de la vida del niño que, a los diez años, optó por la muerte, tienen la trágica belleza de un cuadro de Goya; las palabras que el hombre dirige a su mujer, antes de marchar a un destino sin retorno, recuerdan los versos de Miguel Hernández.
Desde la tierra que acogió a sus mayores, la tierra en la que vieron crecer a sus hijos, estudiar y ser hombres de bien, Eduardo Bedrossian eleva este canto memorioso y desgarrado, pero también tierno y esperanzado.

jueves, 16 de octubre de 2008

LUCÍA QUERIDA

Al tiempo que terminaba de hablar, Lucía terminaba también de mostrarse a sí misma. 
Como nunca antes, yo podía verla muy bien ahora. 
Las dos nos quedamos mudas. Ella agotada y yo perpleja. 
Con el tiempo aprendí que su historia era el mejor obsequio que podía haberme dado. 
Fue el punto de partida para empezar a entender cosas, cosas acerca de los olvidos, de los desentendimientos, de lo que una vez lanzado no se recupera. 
Había empezado diciendo que cuando me vio por primera vez yo temblaba y ella lo sabía, pero no me tuvo piedad por eso. Cada vez que Renato me llevaba a la casa, ella me torturaba con el silencio, con la indiferencia, con los malos modos. Dejaba de ser la Lucía de la que yo tenía noticias: - gentil, educada, fina -, como murmuraban las vecinas, aunque siempre estuviera refugiada dentro de un espacio infinitamente suyo. Si era posible, no me dirigía la palabra. Nunca se le cerrarían sus tormentas interiores. 
Su Renato, el hijo único, le había devuelto los colibríes del agua a los ojos celestes. 
Había aprendido la tarea nueva de apretarlo, escucharlo llorar como si fuese lluvia buena, malcriarlo siempre, darle de mamar con el ardor de la maternidad plena. Carlo, el marido, no se había atrevido a contradecir lo que ella disponía relativo al hijo, un poco por comodidad y otro poco por no crearse trabajos que no entendía. 
Lo convirtió en su juguete de carne y hueso. En el único juguete que tuvo. Fue su refugio, en él tuvo conciencia de sí misma. 
Cuando Renato tuvo dos años, recibió la primera carta de su madre. 
—¿Gente per bene, figlia? ¿Tutta gente per bene? — preguntaba desde Italia. 
Iba a ser siempre esa la idea que tenía sobre la vida de la hija en América. 
El padre de Lucía estaba enfermo, su hermano se alistaba para la guerra. Noticias de Pramaggiore, lugar y tiempo que ya no le pertenecían. Nunca llegaría a contar a su familia que nada era verdad de todo lo que se había dicho allá. En la Argentina no había marido con campo ni casa. Ellos no llegarían a saber que solamente había campos de otros y que el marido era un empleado más que ganaba cierto dinero. 
Con el tiempo Renato se convirtió en el hijo atento, divertido, que le llevaba flores, que le contaba historias, que le vendaba los ojos para jugar al gallo ciego, y el alumno aplicado a quien se había dado el gusto de mandar a estudiar una carrera universitaria. Después sería el primer farmacéutico de General Ordóñez. 
Mientras estudiaba, una vez al mes, él viajaba a visitar a sus padres. Los sábados salía, bien vestido y oliendo a buena colonia y se iba al baile y volvía tarde y dormía hasta más tarde aún. Pero un domingo no durmió tanto y salió después de almorzar y a partir de ahí todos los domingos lo mismo. Entonces presintió Lucía que ya no lo tenía todo para ella. 
En la fiesta de bodas de Renato y mía, fue la única que no disfrutó. 
Esa pérdida del hijo que se iba a formar la familia propia endureció más sus defensas. La pared entre nosotras funcionaría como divisor de aguas. Cada una en su territorio, ella no permitía los acercamientos. 
Recordaba que en “Los Aperos”, la noche que llegó junto a su esposo, había gente recibiéndolos, hombres y algunas mujeres. Todos trabajadores del campo. Había un fuego encendido, después supo que se asaba carne a las brasas. 
Ni casa, ni jardín, ni autos, ni nada. Era la nada toda esa tierra a donde había llegado conducida por Carlo. Una barraca con paredes ligeras por donde se colaba el frío o las voces de los otros, una cocina común para todos, el río cerca para lavar la ropa, los días largos del calor. 
Cuando se despertó al día siguiente, estaba sola. En la cama quedaba el olor ácido del cuerpo de Carlo que la había dejado dormir sin hacer apenas más que unas preguntas sobre cómo había quedado todo allá en Italia. Con el tiempo le agradecería que hubiese tenido la gentileza de bañarse todas las veces que se le acercaba. Y que desde el primer día, antes de irse al campo, le dejara dos baldes llenos de agua para aliviarle el trabajo de la bomba. Aprendió a bañarse como podía en una palangana de lata, dentro de la reducida habitación. 
Eso era lo que había encontrado después del viaje. El viaje que la había vuelto hacia adentro. 
Un pasaje en segunda clase no era poca cosa, comparado con lo que se veía en la nave sin fin. Compartió un camarote aceptable con otras mujeres a las que apenas dedicó los saludos necesarios. Y comía bien, cuando se obligaba a hacerlo. El entretenimiento era mirar a los de tercera jugar con una pelota de trapo o escucharlos bailar en cubierta, al compás de armónicas o bandoneones. Así la pasaban los que podían soportar la nostalgia de dejar la tierra y la pobreza de tener encima sólo lo puesto. 
Y también observaba a las mujeres y a los niños comiendo naranjas. Y eso era todo lo bueno. 
Lo demás era el lamento de los aquejados por el mal de mar que vagaban como harapos por la cubierta, mitad muertos de hambre, mitad muertos de asco. 
Tampoco ella escapó a las náuseas ni al olor fuerte de las letrinas que subía desde el primer nivel, pero eso fue tolerable. Lo peor fueron los ojos, que se le volvían a cada rato hacia el otro horizonte, al que ya había desaparecido. Ahí se habían perdido los perfiles de lo conocido. Caras, nombres, lugares que fueron su espacio, su rincón amable. 
Pensaba: ¿Volveré para el verano? ¿Vendrá mi madre a verme? ¿Volveré a vivir a Pramaggiore con mi marido? 
El puerto de Buenos Aires parecía un mundo en el que nadie encontraba donde anclar. Gente que se dispersaba hacia todas las direcciones, más por instinto que por conocimiento. Era muy de madrugada cuando el barco avisó el arribo y todo el mundo se asomó a mirar por la baranda. Enseguida se corrió el rumor de que se podía observar la mole del Hotel de Inmigrantes. Después atracar. La multitud de las cabezas que se agitaban en el embarcadero la mareó. Esperó para sumarse a la ola humana que se arrastraba por los andariveles de descenso. Alguien, a la pesca de la gente con mejor aspecto, se le acercó para ofrecerle bajar los dos baúles que traía, a cambio de algunas monedas. Ella, privilegiada, tenía monedas, tenía liras y se las aceptaron. 
Carlo había aguardado durante horas parado al lado del registro de pasajeros, hasta que la vio entre la gente esperando el turno para informar sus datos. Se reconocieron. Fotos de por medio, ya se tenían en la imaginación. Lo primero en que pensó Lucía fue que ese hombre ahora, tenía sobre ella la misma autoridad que antes había tenido su padre. 
¿Cómo había sido aquél encuentro? Cada vez que quiso recordarlo no tuvo de dónde asirse. El bullicio, los gritos, la mezcla de idiomas, el cansancio, la confusión. Sólo sabía que se habían dado la mano, como una forma de presentarse que solucionara el no saber qué decirse. Fue difícil salir de aquél desorden, una vez hecho el trámite. Un hombre acompañanaba a Carlo y lo ayudó a cargar con los baúles. 
Mudos, salieron fuera de la dársena hasta que llegaron hasta la calle ancha, que era una masa ondulante de gente y vehículos. El de Carlo era un carro de cuatro ruedas, atado a dos caballos. Acostumbrada a los coches de mejor factura, el carro le pareció pobrísimo. 
Y la primera discusión fue tener que elegir cuál de los dos baúles llevaría, porque no cabían los dos. Otro desprendimiento apenas llegar. Ahí mismo tuvo que elegir. Pudo pasar algunas cosas de uno a otro cofre y juntó algo de ropa en las manos. Partieron mientras miraba cómo una parte del equipaje preparado por su madre, desaparecía de su vista. 
Recordaba que apenas salidos de la capital pidió para que la dejaran aliviar sus urgencias. Escondida detrás de un árbol no tuvo más alivio que llorar. 
Agua y un buen pan con queso había sido la atención del esposo durante el camino. Las horas de agotamiento y de silencio se le habían amontonado en el cuerpo. Incómoda hasta el hartazgo, se había dormido a la buena de los vaivenes del carro. Antes de llegar se despertó, maltrecha por los barquinazos. Dormir no le borró el mal humor ni la pesadumbre. 
En el inmenso campo abierto la gota gorda y redonda del sol caía sobre el horizonte, pero no era el mismo sol de siempre. Y tuvo conciencia de eso. 
Cuando Carlo la tocó por primera vez hacía diez meses que Lucía había llegado a “Los Aperos”, lo sabía porque todos los días hacía un palito sobre la hoja lisa de su biblia. Y los contaba siempre. Contaba la dimensión de su exilio. Fue una noche cuando ella estaba ya en la cama, rezando una oración por un milagro que la hiciera despertar otra vez en su Pramaggiore. Lo sintió llegar más temprano. No se había quedado con los otros hombres a tomar grapa o a jugar cartas. Estaba ahí con ropa limpia y olor a jabón duro, el único que el almacén traía, que servía tanto para la ropa como para el cuerpo. 
Sí, recordaba bien el terror que la había inundado desde los pies hasta la cabeza. Él puso su mano sobre la de ella y tuvo la sensación de que se desarmaba entera. 
Después todo fue un rito o una rutina. 
Y vivir como el lugar lo permitía, pero no vivir también. El silencio tenía el gesto de la profundidad dentro suyo. 
Una vez, creía recordar que un polaco o algo así, se había ido a encontrar con una novia que alguien le había propuesto. Las mujeres le prepararon el saco y le lustraron el único par de botas que tenía. Milo, así se llamaba, partió un domingo por la mañana a conocer a su futura y a sus suegros a una colonia vecina, pero se hizo acompañar por Rossi, que llevaba más años en la zona y manejaba mejor el castellano. A los pocos días de la excursión se supo, la novia había preferido a Rossi y Milo anduvo mucho tiempo hecho un pajarito mojado. 
Se produjo el pequeño milagro cuando Carlo le comentó que le habían ofrecido un trabajo en El Fortín, en la provincia de Córdoba, para trabajar en los galpones del ferrocarril. 
No le dijo que estaba embarazada hasta que estuvieron ahí, instalados. Era difíl hablar con un hombre que no comentaba más que lo necesario. 
¿Cuántos habitantes tenía El Fortín?, Lucía no lo sabía ni le importaba. Por lo menos pudo comprarse botines para cruzar la calles embarradas los días de lluvia. Y ya tuvieron un lugar con dos habitaciones en la pensión, el baño era decente y lejos había desaparecido el pozo inmenso de la letrina, en el medio del campo. 
Cuando cumplió los ocho meses de su embarazo ya tenía el ajuar preparado, con lo poco bueno que se podía encontrar en el almacén de ramos generales. 
El último traslado había sido para acá, a General Ordóñez, donde se nucleaba una importante comunidad de vascos. Poco a poco una casa mejor, hasta una cocina a leña y las calles mejor preparadas, la escuela para Renato, verlo crecer. 
Carlo se puso a hacer transporte y mudanzas y prosperaron. 
Vittorio Mezzano y Gianni Bontempo habían sido amigos desde la infancia, socios en los más íntimos asuntos de hombres y en el comercio, esa amistad había sido el eje sobre el cual se dividiría su vida. 
Vittorio Mezzano, su padre, fue el que hizo un día el comentario: América era un buen lugar para armar una casa. 
A partir de ahí la América se convirtió en tema de conversación habitual entre los dos jefes de familia. Por primera vez Lucía escuchó el nombre de Carlo, quien reunía las mejores condiciones para ser un buen marido. En la casa, las mujeres callaban y asentían, como debía hacerse. 
Hasta que ella supo que ese no era un nombre cualquiera, la vida continuó teniendo para ella el mismo rostro, el único que había conocido siempre. Escuela, amigas y el bienestar de vivir en una familia con buen pasar. Usaba entonces zoquetes de lana pura. 
Pero Carlo era el nombre de un hijo de Gianni que estaba en América, en Argentina, desde hacía dos años. 
En Pramaggiore viajó la novedad de boca en boca. Lucía ya tenía elegido un marido. A Lucía la esperaban al otro lado del mar. A ella, un día cualquiera, sin ceremonias, se lo dijo el padre, con quien rara vez cruzaba palabra. Tal vez fue en ese momento que se le apagaron los colibríes azules de los ojos. 
El matrimonio fue combinado entre “i padroni”. Entre los hombres de la familia. Y los hombres brindaron por eso y las mujeres consintieron. 
Recordó siempre que sus amigas del colegio la habían mirado, entre confundidas y fascinadas por la novedad. Las monjas, en cambio, agregaron un rosario más en los rezos de la mañana. 
En el viaje venía tan sola como para desear abandonarse a cualquier furor que pudiera acabar con ella. Pasó muchos días encerrada en el camarote, tirada sobre el camastro, esperando que la muerte la tragara. Una de las mujeres, que ni siquiera era italiana, la había obligado a levantarse. 
Se acordaba de que era manquita y de que tenía una fuerza de voluntad prodigiosa. 
Una tarde muy calurosa un grupo de los de tercera se amontonaba alrededor de un hombre que tocaba un acordeón. Desde arriba se pusieron a escuchar y era una canción italiana y hablaba de una Lucía. La manquita lo entendió sin que nadie se lo dijera y la llevó con ella hasta la cubierta baja y ahí se puso a gritar que su amiga se llamaba Lucía. El que tocaba el bandoneón era Giuseppe. 
Hasta que llegaron a puerto, estuvieron siempre juntos. Fue mucho más fácil con él, se hizo mucho más fácil ese viaje. Giuseppe estaba un poco desnutrido. Le llevaba algo de su propia comida para que se alimentara mejor. 
Durante esos días pensó que mejorar el destino era posible. Dentro de aquel ambiente de tristeza se le cruzó una luz de enamoramiento por aquel muchacho que tenía unos negrísimos ojos y grandes y nudosas manos. Era un napolitano que venía a buscar una oportunidad de trabajo. 
Miraban mucho el cielo y el mar sin decirse nada, y sin saber nunca bien cuál era uno u otro. 
Giusseppe nunca se había despedido de ella. Nunca lo encontró el último día a bordo. Quién sabe si tal vez esperó una señal de algo o no tuvo coraje para pedirle que se fuera con él. Se había enojado con ella misma por eso, y de ese enojo tampoco volvería. 
El viaje a la lejana América había sido su sueño negro. La suma de lo que desconocía: marido, travesía, lugares. Su siguiente vida. 
La madre, suave, amurallada en la mansedumbre, había preparado un ajuar de ropa y pequeñas cosas, Lucía eligió llevar su biblia. Fue su única elección y en ella resumió la proximidad de la pérdida. Y entre las dos mujeres, ella lo tenía en la memoria, no habían sabido tocarse para despedirse y dejarse grabada la piel de una en la otra. 
Un primo hermano de Carlo había sido su representante en el casamiento por poder. Ceremonia de grises en la que el cura alentó a la novia a procurar ser una buena esposa. 
Y eso había sido todo. 
Lucía esperó a que yo dijera algo, lo necesitaba. Solamente la abracé y ella me recibió, por primera vez.

Maria Aurelia Martinez

martes, 14 de octubre de 2008

NUEVO LIBRO DE EDUARDO BEDROSSIAN

Eduardo Bedrossian es Doctor en Medicina y Licenciado en Desarrollo Educativo, dos títulos que definen su vocación: la medicina y la docencia de pre y postgrado. Rector fundador de la Sección Profesorado de la Escuela Cristiana Evangélica Argentina. Es autor de trabajos de investigación, más de cien comunicaciones científicas publicadas en las revistas médicas del país y del exterior. Autor de capítulos de libros de medicina. Relator y panelista en Congresos nacionales e internacionales, director de numerosos Cursos de Actualización y Perfeccionamiento auspiciados por el Departamento de Graduados de la Facultad de Medicina, UBA, de la que ha sido docente hasta su jubilación. Jurado de Tesis Doctoral de la Facultad de Medicina. Jurado de Concursos y Recertificaciones Médicas. Galardonado con varios premios médicos. Miembro Emérito de la Sociedad de Obstetricia y Ginecología de la Provincia de Buenos Aires (SOGBA), Encargado de Enseñanza de Pregrado de Obstetricia en la Unidad Docente Hospitalaria de San Isidro. Jubilado como Director Asociado del Hospital Materno Infantil de San Isidro. Asesor sobre temas de Responsabilidad Profesional de la Federación Argentina de Sociedades de Ginecología y Obstetricia (FASGO). Ha escrito anteriormente Pilato (novela, 1968), Hayrig Detrás del silencio de un millón y medio de voces, (novela, 1991), Hayrig II (ensayo, 1995), Memorias para no olvidar (novela, 1998), Después de hora (Narrativa, 2000) y Morir en Marash (novela, 2004), obra prologada por el embajador Leandro Despouy, Relator Especial de Derechos Humanos y Discapacidad en las Naciones Unidas. 
Recientemente apareció De lágrimas y sonrisas, un poemario acerca del que expresa el autor: "Estas poesías intentan reunir dos momentos en la vida de nuestra familia, que también representa a la de muchos armenios y no armenios, aunque la tragedia que precede a los primeros le imprime un sello distintivo. La primera sección del libro se desarrolla con el decorado de ‘lágrimas’ y sufrimientos de un pueblo de cara a su exterminio, la “solución final” que han planificado larga y meticulosamente sus victimarios. La segunda sección de ‘sonrisas’ -prolongación de la primera, no carente de lágrimas-, expresa la lucha tenaz de los sobrevivientes por restaurar el tejido familiar con la persistencia del sembrador en cuyas manos heridas quedan pocas semillas, y sin embargo, poseídos por la fe de los visionarios, insisten en su intención de fundar en nuevas tierras un hogar como el que les han arrebatado".
Sesenta poemas, agrupados en dos partes conforman este nuevo libro de Eduardo Bedrossian. A su condición de hijo de refugiado, suma su profundo conocimiento de la historia y la cultura de la tierra de sus mayores, y una condición muy especial para hacer nos vibrar con sus palabras. Leyendo estas páginas, uno se hace eco de las más diversas sensaciones: de la angustia y el horror, de la tristeza más profunda, pasa lentamente a la paz y al sosiego relacionados con la vida de los armenios en la Argentina. Y no se trata solamente de los armenios, sino de los inmigrantes y exiliados en general, ya que a todos los aúna el mismo destino, aunque, como bien dice el escritor, los armenios vienen de una tragedia de la que no vienen muchos de los hombres y mujeres que eligieron esta tierra, o que se quedaron en ella porque no podían ir a otro lugar.
Leo las novelas, los cuentos, los poemas de Bedrossian con gran interés: Hayrig, Memorias para no olvidar, Morir en Marash, este libro, son piezas de una gran obra que él está empeñado en componer. Cada uno de estos libros arroja luz sobre un aspecto de la experiencia terrible que les ha tocado vivir; cada una de estas obras deja una enseñanza de amor y de paz, pero también de justicia, ajena a los olvidos que vuelven a matar.
El estilo es muy cuidado, y poético. Las escenas de la vida en Gebén, la evocación de los últimos momentos de la vida del niño que, a los diez años, optó por la muerte, tienen la trágica belleza de un cuadro de Goya; las palabras que el hombre dirige a su mujer, antes de marchar a un destino sin retorno, recuerdan los versos de Miguel Hernández.
Desde la tierra que acogió a sus mayores, la tierra en la que vieron crecer a sus hijos, estudiar y ser hombres de bien, Eduardo Bedrossian eleva este canto memorioso y desgarrado, pero también tierno y esperanzado.

Esta es la entrevista que le realicé, vía email:
-En el prólogo a su libro, usted manifiesta escribir poemas desde hace décadas, ¿qué lo decidió a publicarlas ahora, ya que sólo algunas de ellas habían aparecido anteriormente en diarios y revistas?
-Creo que la poesía y la música son modos de expresión de éxtasis, un salir de uno mismo para entrar en un mundo accesible y posible a cada hombre aunque lo ignore. Es una de las tantas potencialidades humanas que la mayoría no cultiva. Expresa los sentimientos más profundos, muchas de mis poesías han quedado reservadas para mí mismo. Otras, como usted menciona, han sido publicadas en diarios y revistas.
- En sus poemas, trata los mismos temas que en sus libros de narrativa.
- El libro de poesías que está por aparecer es el primero en este género, incursiona en el tema común de mis últimos libros de novela, alguno de ensayo como Hayrig II. También he publicado anécdotas escolares como “Después de hora”, un intento de mostrar las enseñanzas que nos ofrece la vida, si nos detenemos a reflexionar sobre nuestras decisiones y sus consecuencias.
- ¿En cuál de estos géneros -narrativa y poesía- se siente más cómodo?
- Me siento igualmente cómodo en ambos géneros aunque la poesía a diferencia de la prosa, exige que los sentimientos se expresen no sólo con una cierta métrica sino también con musicalidad.
- ¿Cuál es el aporte que un descendiente de armenios puede hacer, a su criterio, a la Causa Armenia?
- El gran aporte no es sólo recordar el martirio de nuestros mayores sino revalidarlo con una vida que los honre.
- ¿Considera que la literatura es tan válida como la historia en lo que respecta a difundir una realidad que debe ser conocida y respetada?
- La literatura, y particularmente la novela, explica mejor que los libros de historia, los padecimientos del hombre común, verdadero actor de reparto y víctima de los acontecimientos cotidianos, para quienes no existen espacios en los anaqueles de las bibliotecas.

jueves, 9 de octubre de 2008

MANA AZUL

Revista Cultural. Año 1, N° 2. Primavera 2008. Editor Responsable: Marcelo Baudrón. Consejo de Redacción: Adriana Abadie, Carlos Cúccaro, Roberto Glorioso, Silvio Oliva Drys, Ana M. Rodríguez de Baudrón, Enrique César Rodríguez.

Que Azul es una ciudad con una intensa vida cultural, no es ninguna novedad. Por eso, seguramente, en 1983, me sugirieron que colaborara en el suplemento del diario El Tiempo, que en ese entonces dirigía el profesor Juan Antonio Carrau, a quien recuerdo con gratitud y afecto.
Veinticinco años después, Azul sigue siendo esa ciudad pujante, la ciudad cervantina, y entre los protagonistas vuelven a encontrarse los que yo conocí hace décadas: Margarita Ferrer, Roberto Glorioso, Adriana Abadie. Gracias al esfuerzo de estos escritores y periodistas, y al de otros a quienes aún no conozco personalmente, surge la revista que me ocupa, una revista que no me parece destinada al público en general, sino a quienes tienen cierta formación -sistemática o asistemática-, un interés más arraigado, ya que los temas que aborda no son los de una publicación común.
Este número está dedicado al teatro. Entre los trabajos publicados se destacan la entrevista de Adriana Abadie y Roberto Glorioso a Griselda Gambaro -jugosísima, me la prometieron para el blog-, un ensayo de Margarita Ferrer sobre Antígona de Jean Anouilh, el anticipo de las memorias de Tina Helba, un texto de los arquitectos Gastón Breyer y Nereida Bar de Breyer, y poemas inéditos de Paulina Vinderman.
Completan la entrega una nota sobre Víctor Chab, reproducciones de sus obras, comentarios bibliográficos y otros trabajos de indudable valía.

jueves, 28 de agosto de 2008

EL BAUL DEL ABUELO

Tengo en un rincón de mi casa un viejo baúl de pino de oregòn,ese baúl esta lleno de inmensos recuerdos.Tiene herrajes de color negro y una larga historia,una historia de ciento veintitrés años,colmada de luchas,grandezas,alegrìas y sufrimientos,desazòn y amor. 
Es el baúl de mi abuelo. 
Allì està marcada a fuego la historia de su vida. 
A veces,en mis desveladas noches de invierno al calor de la estufa,lo contemplo con gran sentimiento y eso hace que me imagine miles de cosas que me han contado mis ancestros. 
Imagino al abuelo partiendo de su aldea natal en Carballiño provincia de Pontevedra,con casas de piedra y terrenos sembrados de huertos regados por las rias del Miño,los viñedos y las barcas de los pescadores al atardecer y èl partiendo con sus pocos efectos personales,despidièndose de sus padres y sus dos hermanas,con los ojos nublados por las làgrimas dejando atràs todo su bagaje de recuerdos:su niñez jugando en las rias,sus amigos de la infancia,su primer amor de la adolescencia… para aventurarse en este ignoto lugar de Amèrica que abrìa sus alas a los inmigrantes de todas las razas y credos. 
Me lo imagino subiendo por la escalerilla al “Reina de los Mares” con incertidumbre,buscando el camarote numero diecisiete de tercera clase. 
Algunas noches durmiendo en la larga travesía,otras desvelado contemplando desde la cubierta las estrellas titilantes,las Tres Marìas,la constelación de Orion… 
Me lo imagino llegando a esta tierra aturdido por las sirenas de los barcos que arribaban a la dàrsena norte. 
Era el año l880,por primera vez pisaba el suelo argentino.Aquì se estableciò y formò su hogar trabajando como jardinero,aquì en esta tierra recordaba siempre con su mirada turbia a sus seres amados que estaban en su lejana Galicia. 
Esta es la historia de mi abuelo,al que no tuve la suerte de conocer,tal vez por eso la fuerza de su ausencia hizo que lo quisiera mucho mas.En honor a su inolvidable,hermoso y por siempre vìvido recuerdo vaya en estas lìneas mi homenaje. 

MARIA ANGELICA FIDALGO

lunes, 4 de agosto de 2008

Cenci de la Luna

LA POETISA Y ESCRITORA SALMANTINA CENCI RODRIGUEZ MARTIN, ABANDERADA DE LA BANDERA ESPAÑOLA EN EL 98 ANIVERSARIO DE DAIREAUX, EN LA R. ARGENTINA

En la localidad de Daireaux, Pcía. de Bs. As., R. Argentina, donde Cenci reside actualmente, se festejo su aniversario 98, adhiriendose a tales festejos, la escritora-poetisa salmantina (oriunda de Cerezal de Peñahorcada), concurrió como abanderada de su tan querida y añorada bandera, representando a la Asocición Española de dicho lugar y que proximamente cumplirá su centenario.
Cenci subió al escenario del teatro, agradeciendo a Daireaux haber recibido con los brazos abiertos a sus padres y a ella, cuando años atrá llegaron a ese país, con las maletas llenas de sueños y esperanzas y emigrando de Cerezal de Peñahorcada. Agradeció también el alto honor de llevar el estandarte de su patria de origen.Para la ocación , lució sobre su espalda un bello mantón de Manila, con aprox. alrededor de más de 1oo años, perteneciente a su abuela paterna Adelaida.
Para cerrar su agradecimiento, surgió la artista "Cenci de la Luna" que declamó con gran emoción un romance de su autoría: "El árbol, sus raices, flores y frutos" que arrancó lágrimas de emoción entre los presentes, ya que es su vida, desde que salió de Cerezal de Peñahorcad hasta la actualidad, finalizando con un "¡VIVA ESPAÑA,CANEJO!" y "¡VIVA ARGENTINA, OLÉ!", entrelazando ambos países, como madre e hija que son y coronado todo con un caluroso y cerrado aplauso, además de las felicitaciones por parte de las autoridades municipales y personas asistentes al evento

http://www.mispueblos.es/castilla_y_leon/salamanca/cerezal_de_penahorcada/noticias/

Chistes judios que me conto mi padre


Abrasha Rotenberg, fundador de numeros proyectos de prensa (los diarios argentinos Nueva Sión y La Opinión, etcétera), cofundador de la editorial Altalena, padre de la actriz Cecilia Roth y del cantante Ariel Roth, reeditó en 2005, en Hebraica Ediciones, su Chistes judíos que me contó mi padre, que firmó con su seudónimo: Abraham Enberg. Tras ese título tan explícito ¿qué otra cosa podemos encontrar sino chistes sobre judíos? Aunque, como confiesa el autor en la contraportada, su padre jamás le contó un chiste...
José Pivin

jueves, 24 de julio de 2008

Esteban Valenti

"nació en Italia en 1948 y emigró ese mismo año con su familia a la Argentina. A partir de 1961 se radicó en Montevideo, Uruguay. Desde 1974 a 1978 fue responsable del aparato logístico clandestino en Argentina, del Partido Comunista de Uruguay. Estuvo seis años exiliado en Italia. Militante y dirigente comunista desde 1962 hasta 1990. Es periodista; se desempeñó como: Jefe de redacción de la agencia internacional de noticias Inter Press Service (Roma, Italia), analista, periodista de temas bélicos y director general de la agencia de noticias uruguaya PRESSUR. Actualmente es el coordinador del suplemento Bitácora y conductor del programa del mismo nombre en TV Libre. Fue el responsable de comunicación y publicidad durante la campaña electoral para la Intendencia Municipal de Montevideo y a la Presidencia de la República del Dr. Tabaré Vázquez, en 1989, 1999 y 2004. Conferencista invitado, en diversos países del mundo, sobre marketing político y la sociedad de la información. Autor del libro de cuentos La penúltima máscara (1992) y del ensayo Internet al sur (1999)". Las viudas rojas (2008) es su primera novela.

Información de prensa de Editorial Sudamericana, julio de 2008.

sábado, 7 de junio de 2008

PEDRO SONDERÉGUER Y SUS PISTAS

UN CAMINAR DEL MITO A LA REALIDAD


Ahora que has muerto, padre
–ahora que sólo eres recuerdo de albores desintegrados
etérea máscara del recuerdo resignado,
terrosa circunstancia primigenia,
coágulo de ceniza insomne como el mar—
Ahora, comienzo a envejecer.
CÉSAR SONDERÉGUER

por Fidel A. Leottau Beleño


1. EL MITO
Aquella tarde de finales de la década de los cincuenta, los cuatro monaguillos que colaborábamos en las actividades litúrgicas de la parroquia de Villanueva, Bolívar, esperábamos que el padre Maciá llegara de su cátedra de filosofía que dictaba en un colegio de Cartagena. Apareció como a las cinco de la tarde. Cenó con la misma parsimonia de sus misas, se levantó y nos encontró alineados en una banca de la casa cural. Él sabía que esperábamos la historia que nos iba a contar esa tarde, como ocurría siempre. Arqueó algo dramática las cejas y, de inmediato, soltó una pregunta a quemarropa.
-¿Saben quién fue Pedro Sondéreguer? -, dejó flotando la inquietud en el corredor y se dirigió al patio a cepillarse los dientes.
Cuando volvió, con los dientes limpios y un Lucky Strike encendido, debíamos tener caras de idiotas porque él sonrió casi con burla y nos dio una respuesta a medias:
-Cómo está de fregado este pueblo que los padres no les enseñan a sus hijos quiénes son los personajes ilustres que han exaltado el nombre de estas tierras-, dijo con tono de sermón el sacerdote turbaquero.
-¡Sonderéguer fue un escritor nacido aquí, en Villanueva!
Aquella fue la primera vez que escuché el nombre de Pedro Sonderéguer y me quedaron dos cosas inquietándome la memoria. Una, yo no sabía que en Villanueva había nacido un escritor, pero si lo decía el padre Maciá, un hombre de quien admirábamos su erudición, era verdad que había nacido. Además, en esa época era inconcebible que un sacerdote pudiera mentirle a cuatro inocentes monaguillos. La otra, que ese señor debía haber muerto mucho tiempo atrás porque el padre hablaba de él en tiempo pasado, igual que cuando nos hablaba de Séneca y de Sófocles. Fue más adelante, convertido en adulto, cuando comprobé que, de tales deducciones la primera era cierta y la segunda, falsa.

OTRAS NOTICIAS DEL ESCRITOR DESCONOCIDO
Volviendo a aquellos años de revelaciones, recuerdo que no pasaron muchos meses para escuchar de nuevo el nombre de Sonderéguer. Esta vez, en la escuela. El maestro de primaria más connotado que ha dado esa tierra de agricultores, Moisés Cabeza Junco, se paró con el mismo aire severo y solemne que usaba cuando se refería a cosas trascendentales, para decirnos: “Hoy hablaremos de un hijo eminente de este pueblo, un hombre que le dio lustre a la historia local y del cual todos nosotros debemos sentirnos orgullosos”, ese recurridísimo suspenso que el maestro Moisés utilizaba para ambientar sus originales sesiones parecía interminable y nosotros esperábamos el nombre con la misma inquietud con que se espera el fallo de un concurso. “Me refiero al ilustre, al benemérito, Pedro Sonderéguer”.
Sentí un extraño cosquilleo en el estómago al escuchar el sabido nombre, mientras miraba en mis amigos la misma cara embobada que nosotros debíamos tener cuando el padre Maciá nos hizo conocer la existencia de aquel escritor. En verdad, nuestro profesor no aportó ninguna información diferente a la del sacerdote. Esto me dejó una inquietud adicional: si era escritor debió haber dejado algo escrito y, por una nueva deducción, estaba convencido, ante aquellas desafortunadas evidencias que ni mi maestro espiritual, ni mi maestro intelectual, habían leído a Sonderéguer.
Después vendrían otros datos sobre el escritor. El primero lo aportaron los miembros de una familia entera, cuyo apellido coincidía con el nombre del pueblo, Villanueva. Ellos se confesaban parientes, por línea materna, de Sonderéguer. Según esto, el nombre completo del humanista era, Pedro Sonderéguer Villanueva. Los otros datos lo aportaron las tertulias entre profesionales del pueblo en las cuales se involucraba mi padre, Fidel A. Leottau Escorcia, un veterano médico que experimenta igual deleite frente al estetoscopio como ante los clásicos de la literatura. En esas reuniones el nombre del escritor era algo recurrente. Como también lo era en casa de mis abuelos, quienes juraban con la señal de la cruz que Pedro Sonderéguer había nacido en Villanueva y que ellos lo habían conocido. Esto me despejó una duda que ya empezaba a asaltarme: en el pueblo sí había existido alguien, de carne y hueso con ese nombre. Pero me quedaba otra que no lograba esclarecer aún: si de verdad ese hombre con ese nombre era escritor. Aquello no demoró en esclarecerse.
Corrían los años 64 y 65 cuando llegó la oportunidad de recibir clases de español, en Cartagena, en el colegio de La Esperanza, de manos del doctor José María Guerrero, el “Papa” Guerrero como se le conocía comúnmente. Éste era un arjonero que se fue a estudiar medicina a España y, cuando arribó a Cartagena, dejó a un lado la bata y el bisturí para dedicarse a enseñar francés y español, a ser crítico taurino y a ocupar, algunos años después, la presidencia de la Peña Taurina de la ciudad. En una de sus jornadas de clase, “El Papa” Guerrero confesó que entre las muchas obras que había leído se encontraba una de un escritor bolivarense. La obra se llamaba “Quibdó” y el autor ¡Pedro Sonderéguer! Esta nueva revelación me produjo una sensación contradictoria. Por un lado, satisfacción por despejar dudas primarias; Sonderéguer existió, nació en mi pueblo y, además, fue escritor. El profesor no nos mostró jamás la evidencia, el libro, pero ya no dudaba. Si jamás dudé, de que la monja mexicana Sor Juana Inés de la Cruz fue escritora a pesar que jamás vi ningún texto suyo, por qué habría de hacerlo entonces con Sonderéguer. De otro lado, la segunda sensación fue que, tal vez por el esclarecimiento de mis inquietudes, el tema dejó de interesarme y me olvidé de Sonderéguer por mucho tiempo. Treintiún años, para ser exacto.

2. LA REALIDAD
En el año 1995, la Facultad de Ciencias Humanas organizó el II Seminario Internacional de Estudios del Caribe. Entre las muchas personalidades del mundo intelectual que disertaron en ese entonces, llegó un gringo extrovertido y cafeinómano incorregible que había realizado una de las investigaciones más completas sobre la novela en nuestro país, la cual le sirvió de trabajo de tesis para doctorarse en Literatura Colombiana en la Universidad de Washington, Novela y poder en Colombia, 1844 a 1987. Este norteamericano, catedrático de aquella universidad, Raymond Leslie William, no tardó en hacer amistad con un joven también extrovertido e igual de cafeinómano, que iniciaba sus estudios de lingüística y literatura: Juan Carlos Urango. Como una señal de agradecimiento por la colaboración que el estudiante le prestaba en la ciudad, Williams le regaló uno de los buscados ejemplares de su bien documentada obra. Condiscípulo y amigo incondicional, Urango permitió que yo hojeara el libro primero que él. La sorpresa fue mayúscula cuando, al abrir una página al azar, tropezamos con el nombre de Pedro Sonderéguer.
En aquel momento, afloraron los recuerdos dormidos de más de tres décadas. Nuevamente tenía ante mí la posibilidad de hallarnos con la existencia de nuestro paisano escritor, y esta vez de un modo irrebatible: a través de un estudio serio y detallado del profesor estadounidense. Otro condiscípulo y paisano (y no menos amigo), Oscar Castillo, tuvo una idea magnífica: aprovechar la presencia de Williams para que nos revelara cómo hizo para acceder a las obras de Sonderéguer. “En la biblioteca Luis Ángel Arango, de Bogotá, pueden encontrar fotocopias de los textos originales argentinos que menciono en mi libro”, fue su respuesta. Oscar Castillo hizo contactos con la doctora Silvia Marín Restrepo, directora de la Biblioteca Bartolomé Calvo, de Cartagena, para que se lograra un préstamo de los textos de la Luis Ángel Arango, aprovechando que ambas bibliotecas pertenecen al Banco de la República.
La labor fue fructífera: se consiguieron las copias de siete de sus libros: La colección de cuentos Dichosos en el mal; las novelas Las fuerzas humanas, Quibdó y El miedo de amar; La obra de teatro Lo que las mujeres no saben; y el ensayo filosófico Límites y contenido de la metafísica. Tenía en mis manos la muestra emocionada e irrefutable de que aquel hombre sí era en realidad villanuevero y, además, escritor. Pero había más: era un escritor que había transitado por varios géneros literarios con gran éxito. Esto me lo indicaba el hecho de tener en nuestras manos copias de segundas y terceras ediciones de sus obras, y que éstas no se limitaban a las que encontramos en Colombia; cada ejemplar traía un catálogo de los libros escritos con anterioridad. Fue así como nos enteramos de que también había escrito Cóndor, Crítica del genio, Los fragmentarios, El pensador, Todo el amor, Cátedra de seducción y El miedo de amar. Que tenía otro ensayo filosófico en preparación, Ayacucho. Y que tenía, para la época, otros libros en prensa, Gente de medio pelo, Las fronteras del espíritu y El paraíso del diablo.
El descubrimiento de esta información, unido a mi condición de paisano y de estudiante de lingüística y literatura, me puso ante un imperativo: dar a conocer los aspectos relevantes de la obra de Sonderéguer. Y, de paso, su biografía con los datos que había logrado compilar. Así, salió publicado el primer artículo sobre Pedro Sonderéguer en el suplemento dominical de un recién desaparecido periódico cartagenero. Al mismo tiempo, nació la idea de realizar nuestra tesis de grado a partir del análisis literario de su obra. Definitivamente, y sin darme cuenta, la dimensión que había adquirido la vida de este escritor en mí era lo suficientemente grande como para no dejar nada a medias. Debía dar otros pasos para despejar nuevas dudas. Sentí que en nuestro artículo habíamos dejado cabos sueltos e, inclusive, nos asaltaba el temor que muchas de las cosas que manifestamos en forma categórica podían resultar discutibles. Al fin y al cabo, algunos de los datos fueron recogidos de fuentes orales y, como se sabe, éstas suelen estar interferidas por los delirios mitológicos y la información que falta siempre es complementada por aspectos fascinantes que, en la mayoría de los casos, son falsos. Debíamos, entonces, recoger otra serie de informaciones que nos permitieran complementar la que ya tenía, y no sabía cómo hacerlo. Sólo un golpe del azar, como ya había ocurrido anteriormente con este tema, podía esclarecernos el camino. Eso, en efecto, ocurrió de nuevo.

NOTICIAS DE ARGENTINA
A finales de marzo de 1997, un administrador de empresas y buen amigo cartagenero, Dagoberto Almeyda, fue a visitar en Buenos Aires a su hermano Rafael, un médico neurocirujano que adelantaba estudios complementarios en esa ciudad. Al enterarme del viaje, le pedimos el favor que buscara en el directorio telefónico de la capital argentina a todas las personas con apellido Sonderéguer, anotara la dirección y el teléfono, y nos trajera esos datos. A los pocos días, Dagoberto nos suministró la información: siete Sonderéguer en Buenos Aires, un número revelador y tranquilizante en una ciudad tan grande. De todos ellos, nos llamó la atención uno, que tenía el mismo nombre del escritor, Pedro Sonderéguer. Lo llamamos. Mientras identificaba nuestro nombre y el origen de nuestra llamada, él no mostró ninguna sorpresa. Pero cuando le preguntamos si conocía al escritor Pedro Sonderéguer, él no pudo reprimir una alegría que inundó nuestro oído a través del auricular: “¡Él era mi padre, mi padre!”. Había dado en el clavo. De ahí en adelante tuvimos la verdad en nuestras manos y comprobamos mi corazonada: algunos de los apuntes de nuestro sincero e inicial artículo pertenecían al mito. En la correspondencia que hemos tenido con los hijos de Sonderéguer: Pedro César y Erasmo Pedro, se despejaron muchas de las incertidumbres que nos habían agobiado. Esas revelaciones llegaron desde Buenos Aires a petición nuestra.
El primer mito que cayó fue el de su origen paterno y, por ende, de su primer apellido. La creencia general decía que su padre fue un francés que llegó a Colombia para trabajar en la construcción del canal de Panamá. Pero algo no coincidía. Pedro Sonderéguer nació el 27 de octubre de 1884 y la construcción del canal sólo fue posible a comienzos de este siglo, cuando ya Panamá se había independizado de Colombia. A esto se le sumaba que nadie daba razón del nombre del progenitor. En realidad, el padre de Sonderéguer, cuyo nombre era Conrado, fue un ingeniero suizo alemán, que llegó al caribe junto a su socio y amigo Ferdinand de Lesseps, para participar en el proyecto de construcción del canal. Lesseps era un ingeniero muy conocido, como quiera que ideó y logró la aprobación para la construcción del canal de Suez. En medio de sus borradores y planos del que sería canal de Panamá, Conrado, conoció a una joven que comerciaba en los países del Caribe, nacida en Villanueva, nuestro pequeño pueblo de la provincia de Bolívar. Ella se llamaba Cayetana Villanueva. De ese amor que traspasó las barreras lingüística y geográficas, nació Pedro, en el pueblo natal de su madre.
Sin embargo, fue poco el tiempo que vivió Pedro Sonderéguer en Villanueva. A los dieciséis años se trasladó a Estados Unidos, específicamente al estado de California para adelantar estudios de ingeniería. Pero, en otra versión de este momento de su existencia, según datos biográficos de la Eciclopedia Universal Ilustrada (1), él estudió en la Universidad de Notre Dame, de Indiana. Mas en su espíritu peregrino y humanista había una intención diferente a seguirle los pasos a su padre. Se retiró y emprendió un viaje a Costa Rica. Allí publicó su primera obra, Cóndor, en 1904, es decir, cuando sólo contaba veinte años de edad. Su paradero en los tres siguientes años es, para los hijos, una verdadera incógnita. En 1907 se radicó en Santiago de Chile, donde publicó su segundo libro Crítica del genio y, a la vez, trabajó como profesor de dibujo y de matemáticas. Pero sólo durante un año. En 1908, pasó a Buenos Aires con las ilusiones de escritor joven y con las obras de Florencio Sánchez y Rubén Darío en un lugar de su maleta. No conocía a nadie en Argentina, pero eso no lo amilanó. Quién sabe de dónde sacó la idea de escribirle a Bartolito Mitre, hijo del General Bartolomé Mitre, ex presidente de la República, fundador y director del diario La Nación, desde entonces uno de los más influyentes en América Latina. Es sorprendente que tamaña empresa periodística, conocida por su conservadurismo, haya aceptado en sus filas a un joven colombiano de 24 años que, además, no ocultaba para nada su pensamiento liberal. La vinculación laboral con La Nación sólo terminaría en 1954, cuando Sonderéguer salió jubilado.
Obviamente, su trabajo no se circunscribió a lo periodístico. Dentro de él seguía latiendo su vena literaria y filosófica. En los primeros años publica sus novelas y, después de la década de los cuarenta, su inclinación es hacia los estudios filosóficos. Su tema novelístico por excelencia fue el amor, pero no como una visión estereotipada y decadente, almibarada y melodramática, sino en una concepción más elevada y profunda: el amor como esencia del espíritu. Y en lo filosófico se preocupó por las disgregaciones metafísicas y los aspectos fenomenológicos.
No obstante, el amor además de ser el tema de sus novelas fue de su vida. En 1914, Pedro Sonderéguer se casa con una mujer muy adinerada, con la cual tuvo tres hijos: Conrado Pedro, Silvia y Elsa. En opinión de sus posteriores hijos, este matrimonio y los estragos de la Primera Guerra Mundial, impidieron que Sonderéguer cumpliera su sueño de irse para Europa y morir una tarde de primavera en Boluogne-sur-Mer. No se sabe en qué momento este matrimonio llegó a su fin, lo cierto es que Sonderéguer siguió viviendo en la casa nupcial a pesar que de la unión marital sólo quedó una feliz separación.
En 1934, el amor llegó de nuevo a su vida, esta vez entró por sus ojos, en el sentido más literal de esta expresión: lo operaron de cataratas y se enamoró de la enfermera que lo atendía, Carolina Rodríguez del Pino. El romance se inició y perduró sin casamientos, porque la legislación vigente en aquellos tiempos impedía que Sonderéguer se divorciara de su esposa. Con Carolina tuvo tres hijos: una niña que nació sin vida (1935) y los ya mencionados Pedro César (1937) y Erasmo Pedro (1939). En 1952, llegó la separación definitiva de la pareja.
Sin embargo, esto no trajo la ruptura de los vínculos paterno - filiales. Cada semana los dos hijos menores visitaban a su padre y de esas visitas quedó una fuerte influencia por lo artístico, lo literario y lo humanístico en general. Pedro César inició estudios de filosofía, historia y literatura; luego se graduó en la Escuela Nacional de Bellas Artes M. Belgrano, con inclinación por la escultura. Al tiempo estudió cine. Con Lorenzo Domínguez estudió talla de piedra y batido de metales. Hizo, también xilografía. También realizó dibujos y murales. Estudió fotografía astronómica, óptica y construcción de telescopios. Construyó un telescopio newtoniano y un estroboscopio. Estudió, asimismo, cosmogonía y astronomía descriptiva. Tantas actividades polifacéticas, se complementan con sus tres matrimonios: con la bailarina Susana Maturi, con la escultora Marta Acal y con la doctora en química y fotógrafa Marta Melgarejo, con quien vive actualmente y ha recorrido parte de Europa y América, realizando documentales, haciendo exposiciones y dictando conferencias. En 1966, y para no dejar ningún campo del arte sin explorar, escribió un libro de poesía Mi ansia y yo, del cual extractamos el fragmento que sirve de epígrafe a este artículo y que es una elegía al padre.
Por su parte, Erasmo Pedro se dedicó a la literatura. En 1994 la Editorial Argenta Salep S.A. de Buenos Aires publicó su primera novela Regresa para regresar, la cual es una obra que combina la magia narrativa y una profunda fuerza visceral que le ha representado una crítica favorable en el sur del Continente y del cual me envió un ejemplar autobiografiado.
Son, precisamente, Pedro César (quien suele firmar solamente como César) y Erasmo quienes me han detallado los aspectos más importantes de la vida del escritor. A través del internet y el correo ordinario hemos sostenido constantes intercambios de opiniones y de libros. Ellos no tenían los que yo poseía y yo no contaba con los ejemplares que ellos atesoraban, entre esos llegaron a mi biblioteca: Los fragmentarios y El pensador, primer y segundo libro publicados en Buenos Aires, en 1909 y 1915, respectivamente. Fueron ellos quienes nos informaron que, además de todos los libros que ya he mencionado, publicó otros con carácter filosófico: El enigma de la realidad y Realidad inteligible y realidad pura. De igual modo, son ellos quienes le atribuyen un espíritu panamericanista, universal y demócrata. Admirador de Bolívar y de San Martín. Lo definen como un hombre de profundas concepciones éticas, empeñado en su trabajo y preocupado por desenterrar los misterios de la vida. Hombre de pocos amigos que vivió solo y peregrino. Que se entristeció cuando en 1936 regresó a Colombia e intentó dedicarse a la política en representación del partido liberal, pero al poco tiempo tuvo que abandonar el país porque lo amenazaron de muerte. En fin, un hombre que a pesar de deambular todo América, desde el norte hasta el sur, podía calificarse como un mal latinoamericano, cuyo sueño frustrado fue vivir a las orillas del Loira.
Este Pedro Sonderéguer de la realidad murió el 7 de octubre de 1964. Es decir, que en 1959, cuando el padre Maciá nos habló por primera vez de este escritor y supusimos que estaba muerto, todavía le quedaban cinco años de vida. Su cuerpo fue sepultado en el famoso cementerio de La Recoleta, donde yacen los grandes personajes de Argentina. El 4 de mayo de 1981 sus despojos mortales fueron exhumados y, posteriormente, cremados.
Esta es, pues, nuestra versión revisada y corregida de la vida y obra de Pedro Sonderéguer Villanueva. El mito y la realidad. Un mito que se inició en una casa de bahareque de Villanueva, que servía como sede cural y cuya realidad comenzó a develarse por una situación similar a la que trajo el progreso ( y la consecuente destrucción) de Macondo: porque a alguien se le ocurrió invitarle a un banano a cierto gringo. Lo que se destruyó esta vez no fue un pueblo sino un mito y a lo que se invitó no fue a un banano sino a un tinto, el tinto que mi amigo le brindó a Raymond Williams, el gringo que nos trajo las irrefutables pistas para recomenzar ese definitivo camino empezado en infancia.
(1) Enciclopedia Universal Ilustrada Europeo Americana, tomo LVII, pag. 389. Editorial Espasa - Calpe, Madrid - Barcelona (España), 1927.

El Universal, 07/06/1998


Fidel Alejandro Leottau Beleño, nació en la ciudad de Cartagena de Indias, Colombia. A los tres años sus padres se lo llevaron para Villanueva, Departamento de Bolívar, la tierra de la familia paterna.
Su infancia y parte de su juventud, transcurrió en su añorado pueblo al lado de sus abuelos Claudio y Arcadia, al punto que es más conocido como villanuevero. Allí inició los estudios hasta culminar la primaria, luego pasó al Colegio de La Esperanza, en Cartagena, de donde egresó como bachiller en 1965. Muchos años después, en 1998 graduó como Profesional en Lingüística y Literatura de la Universidad de Cartagena.
Trabajó durante treinta y siete años en la Zona Industrial de Mamonal. Sin embargo, nunca perdió contacto con los libros ni con la consagración a los estudios humanísticos. A comienzo de los noventa, realizó los ciclos de formación humanística en la facultad de Ciencias Humanas de la Universidad de Cartagena.
Se ha desempeñado como investigador cultural, en donde ha indagado y publicado acerca de la vida y obra del escritor colombiano (villanuevero como él) Pedro Sonderéguer, quien desempeñó su labor literaria y periodística en Argentina. El Secretario de Educación y Cultura del Departamento de Bolívar, Jabid Benavides Aguas, le concedió en el 2006 una placa por contribuir al rescate de la memoria cultural de la provincia.
Textos suyos han sido publicados en los magacines de los diarios El Universal y El Periódico de Cartagena. Ha participado de igual manera, como ponente en conferencias y encuentros culturales. Su primera obra, Apodología de mi pueblo, en la que exalta la picaresca de sus paisanos para renominar a las personas, se publicó en 1995.
También se ha desempeñado con algún éxito como compositor vallenato. Por ello, una de sus canciones, Mi corralito, fue antalogada en el libro Cancionero, de Carmencita Delgado de Rizo. Así mismo, por esta canción obtuvo una distinción del alcalde de Cartagena, Nicolás Curi Vergara, en 1992.
A finales de 2007 publicó, Villanueva mía, Cartagena de nosotros, una obra que recoge una serie de crónicas y reportajes acerca de los personajes y situaciones que lo han marcado en su deambular en sus dos espacios vitales: Villanueva y Cartagena. Un texto íntimo, construido con una prosa fluida, una alta sensibilidad y buen sentido del humor. Características que, más que al libro, se le pueden atribuir a su autor.

(gentileza de Erasmo Sonderéguer)