martes, 2 de octubre de 2007

Consorcio Utopia

2- La llegada

Fue una noche, o varias, que resolvimos –con un grupo de compañeros, militantes de muchas décadas por un mundo mejor–, no ser una carga para nuestros hijos, como los padres de cada uno lo fueron para nosotros. La solución residía en lo mismo que sostuvimos durante años. Esfuerzo solidario, conjunción de pequeños destellos, proyecto compartido. Alimentación natural, sol, vida en contacto con la tierra, inexistencia de dinero, rotación del trabajo.
Uno es ingeniero, otro químico, otro martillero público, otro actor teatral o pintor de paredes, el de más allá un buen empresario. Vamos a invertir, entonces, en nosotros mismos. Comprar un terreno en un lugar alejado- “ahora, que recién tenemos medio siglo de vida” decíamos llegando al año 2000- y construir allí para nuestra ancianidad. Departamentos propios y con espacios comunes. Arbolado, limpio, ecológico, transparente. Como nuestros espíritus. Y se llamaría “Ciudad del Sol”, en recuerdo de uno de los primeros (e inocentes) intentos de vivir humanamente, en un lugar acorde con lo que se piensa.
Llego. El terreno cuadrangular (llevado a circunferencia perfecta con el borde de los jardines perimetrales) ocupa, en la idea original, un cuarto de manzana en un apartado y tranquilo barrio de la ciudad de La Plata, a una hora de viaje de Buenos Aires. Una copia clonada de nuestra geografía de infancia. Planta baja libre para cultivos y contacto con el verde. Construcción en el centro con visuales armónicas que eluden el apretujamiento de la gran ciudad. Profusión de árboles, cuidadosamente respetados.
Pero hoy, marzo de 2010, cuando ingreso de una buena vez al edificio- luego de haber esquivado durante años este momento- no hay denominación alguna para el predio (¿y el efecto de contagio que pensamos?) y un cartel al frente anuncia: “Consorcio Privado 2020. Cocheras sólo para autorizados”. Otra vez el eje fuera de lugar.
¿Qué es esto? ¿Quién autorizó el cambio de denominación? ¿Dónde está el comité de recepción? ¿Por qué este señor con uniforme (¡con uniforme entre nosotros, anarquistas del alma!) me ayuda a llevar las valijas con gesto adusto, reconcentrado, casi autómata? Y, sobre todo, ¿dónde están mis compañeros?
- Exijo saberlo-, digo.
El hombre sonríe con los labios, pero sus ojos siguen fríos e inexpresivos.
- Hubo algunos cambios obligados por las circunstancias, señor Blum. Sus amigos están bien, no se preocupe. Todo está en orden y no tendrá motivos de queja.
Me inscriben en el cuaderno de recepción, en planta baja. El trato es educado pero algo frío, distante. “No te pongas en situación de patrón”, pienso. Finalmente, esta es una comuna socialista.
Las habitaciones son compartidas, me informan, por un tema de costos: así lo resolvió la última asamblea. Yo ocuparé la número 6, junto a Ramón Ortiz, un santafesino muy mayor y delicado de salud. No consigo ubicar ese nombre. Posiblemente pertenecía a alguna célula del movimiento en la provincia y, por lo que dicen, es de una generación varios años mayor que la mía. Bien: una manera de reencontrar vivencias juveniles. El conserje dice, sonriendo, que “don Ramón ya tiene tornillos flojos” en su cabecita, seguramente por la edad (“fíjese que nos vuelve locos, todo el día, en el conmutador. Dice que quiere hablar con Dios, que lo llamemos por teléfono desde aquí con cobro revertido, porque él no tiene dinero para una comunicación tan costosa...”). Llegamos a la puerta de la pieza.
- ¿Le parece bien la ubicación? Estará cerca de Sedatti, el periodista retirado, que dice recordarlo muy bien.
Antonio. Hemos discutido por años y lo desprecio un poco- suele ocurrir entre antiguos contendientes-, pero siempre es mejor convivir con alguien conocido. Resabios de conservadorismo y cierre a tratar con gente nueva, pienso. Han pasado muchos años, otros compañeros ya no están o renunciaron al proyecto. Comenzar otra vez, seguir con lo que hay, con lo que queda.
- Igual que con los dientes o el cabello- bromeo.
No entiende mi referencia.
Debemos ir por la escalera, el ascensor está en reparaciones. “De acuerdo, es un buen ejercicio”. Apartan un cerramiento provisorio del frente- al estilo de las obras en construcción- para dejar libre el paso. Comenzamos a subir.
- El señor Ortiz está durmiendo la siesta, en este momento. Si le parece bien, señor Blum, y para no despertarlo, puede dejar sus cosas, de manera provisoria, en lo del señor Sedatti, que ocupa la habitación 7. Lo llevaré hasta allí.
Entramos y lo diviso en un rincón, sentado en la cama. Antonio Sedatti. Mi futuro vecino de cuarto, pared por medio. Supe que había enviudado hace un par de años de Manuela, su compañera. Pero no ha cambiado nada: mediana estatura, abdomen más pronunciado que cuando nos vimos por última vez, cabello oscuro con apenas algunas coquetos manchones blancos (¡vos te teñís, Antonio, a mí no me engañás!). Su sonrisa sigue siendo acogedora, aunque falsa. Parece campechano y ansioso a la vez por verme; tiene en la mano un pequeño fragmento de papel blanco, enrollado, y en la conversación posterior lo introducirá una y otra vez, como pequeño estilete, entre sus espacios interdentales. Ha estado comiendo gajos de naranja, al parecer, porque hay trozos de cáscara sobre la cama, en la mesa de luz y en el piso.
La edad le ha hecho perder los modales. O está incómodo por nuestro encuentro y no se molesta en disimular.
Nos saludamos con un apretón de manos. La relación, después de un lustro, no amerita el abrazo de “compañeros de ruta”. Tal vez más adelante. Me dice- quizás en broma- que entre los que viven aquí suman cuatro enfermos del corazón- dos ya tuvieron infartos-, seis artritis, varias operaciones de cataratas y alguna cirugía estética, doscientas quejas variadas cada mañana, ocho audífonos, uno sin diagnóstico pero con seguro Mal de Alzheimer, un enfisema pulmonar apenas superado y veinte pares de anteojos: “¿Cuál será tu aporte a esta venerable institución?”
Ríe de su chascarrillo y me da la bienvenida con palabras afectuosas. Pero yo no vine hasta aquí para seguir fingiendo compromisos sociales. A los diez minutos, ya estamos discutiendo.
 - La generosidad es un lujo de los jóvenes. Ninguna persona de 60 años puede dedicarse a buscar maestros, admirar realizaciones de otros o escribir largos ensayos sobre ellos. El tiempo biológico que nos resta alcanza, apenas, para promover la propia obra.
Así contesta Antonio Sedatti mis agitadas “reflexiones de la escalera” sobre el proyecto original de este edificio, cuando nos ubicamos frente a frente, después de colocar la valija sobre la cama. En nuestro último encuentro, hacia el año 2006, me contó que venía a vivir en este lugar. Habla con un cigarrillo encendido entre los labios y expresión algo aburrida, mientras entrecierra el ojo derecho para equilibrar la débil columna de humo que asciende desde la boca.
   -Yo lo comprendí a tiempo- sigue. -Así como supe que la novela tradicional exhalaba sus últimas boqueadas, tal como decís. Ya que nosotros no determinamos estos procesos históricos, por llamarlos así, por lo menos debemos aprovecharlos. Sin causar mal a nadie.
¿Por qué, de pronto, Sedatti se me vuelve antipático, mezquino, egoísta?
- Antonio, no te reconozco- le digo. -¿Los años te han cambiado?
- Como a todos, Juanqui. Como a vos.
- Todos, no. Algunos pretendemos, todavía, conservar cierta coherencia de vida. Pero a vos, a vos... al parecer, los años te han hecho mierda.
Lo dije. Sedatti quedó paralizado por mi franqueza. De pronto, estornudó. Una reacción somática, quizá. Pareció un grito seco y brusco. En el silencio que siguió, extrajo un pañuelo de batista del bolsillo y se limpió cuidadosamente la nariz. Sentí lástima por él.

Ricardo Feierstein

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