viernes, 19 de octubre de 2007

ROJOS Y BLANCOS. UCRANIA

por Rosalía de Flichamnn. Per Abatt, 1987.

La autora de Rojos y Blancos, Ucrania nació en ese país y vive actualmente en la provincia cuyana. Sus pinturas se exhiben en museos y colecciones privadas de Estados Unidos, Europa y Sudamérica, e ilustran sus memorias. Esta obra transmite al lector las penurias que debieron pasar muchos inmigrantes en su país de origen y habla, a la vez, de las diversas latitudes elegidas para afincarse en la Argentina. No todos se quedaron en Buenos Aires, hacinados en conventillos; muchos se dirigieron al interior, donde prosperaron aun enfrentando a indios y xenófobos.
La escritora afirma que ella y su familia eran perseguidos en Ucrania por dos motivos: su condición de judíos y de burgueses. Si estas dos causas motivaron la amenaza constante a la que estaban sometidos, también significaron la posibilidad de radicarse en nuestra tierra, ya que la madre se apoyó “en instituciones judías que ayudan a los emigrantes fugitivos que salen de Rusia”, y el hecho de ser pudientes les permitió una salvación que a otros estuvo negada.
En estas páginas, la escritora evoca su niñez, en la que las amarguras eran una realidad cotidiana. Las persecuciones, la revolución, la guerra civil, las violaciones y los asesinatos –a los que se suman las inundaciones y el tifus- son el cuadro con el que Rosalía debe enfrentarse a muy corta edad: “Los blancos están en la ciudad, persiguen sin cesar a los judíos. Matan a los hombres, se apoderan de las mujeres jóvenes y hasta de las niñas. Estoy cansada de tanto horror. Y los cambios continúan. Hoy los blancos, mañana los rojos. Como somos despreciables burgueses, éstos invaden la casa y nos reducen a dos habitaciones. El hambre se hace sentir, duele”. Más adelante, manifestará una preferencia, en su desgracia: ”Quiero que vuelvan los rojos; cantan la ‘internacional’ y nos asustan, pero que vengan pronto. Los blancos son peores, ignorantes, desalmados, asesinos”.
La niña recuerda el escondite en el que su abuelo refugiaba a la familia y a algunos vecinos -los ancianos y las madres con hijos- cuando estaban en peligro: “nos situamos en un lugar oscuro, sin aire. Es bajo, menos de un metro de altura. Ya estamos todos acurrucados, en silencio. ¡Cuidado! Que nadie hable, no hacer ruido, dice el abuelo. Algunas mujeres lloran despacio. Un niño pequeño empieza a protestar y llora cada vez más fuerte. ¿Quién grita? ¡Tapen la boca a ese niño! ¡Nos van a descubrir por su culpa! ¡Nos matarán! Pónganle un trapo en la boca”. El anciano es evocado como un verdadero patriarca; él quedará en Ucrania, y aceptará generosamente que su familia marche hacia la libertad.
La protagonista describe asimismo la desesperación que sentían ante un pogrom. En uno de los capítulos dice: “Nos reunimos todos en un cuarto. Apagamos las luces y vemos entrar por las ventanas enormes piedras que rompen los vidrios y todo cuanto encuentran. (...) Creo que Dios dio vuelta la cara y no mira. ¿No sabe que el abuelo es tan bueno, que rezó mucho en la Sinagoga? ¿Y que la abuela prende dos velas y las bendice?”. Incapaz de comprender tanto fanatismo y codicia, se siente abandonada en su desolación.
Agobiada por la tristeza, la niña piensa en el padre, al que no ve desde hace años: “Se fue antes de que empezara la guerra, se fue lejos, más allá del cielo y las estrellas y la luna. Por eso no tengo una muñeca. Pero mamá dice que pronto me va a regalar una”. De esa tierra lejana llega la muñeca, y también una canción: “Aprendo a cantar en ruso un tango que llega de la Argentina, ‘El Choclo’. Por cierto, las señoras elegantes usan vestidos color ‘tango’. Mi tía grande tiene un abrigo precioso de ese color, un hermoso anaranjado”.
Después de muchos trámites, emigran para reencontrarse con el padre que viajó ocho años antes: “Me convenzo de que no sueño, de que terminaron los preparativos. La última noche casi no duermo. Miro todo, quiero recordar la casa que nunca más veré. Miro por la ventana la calle familiar, la gente que pasa. Me levanto despacio, voy al balcón. Recuerdos, risas, lágrimas, sueños”. La niña desea partir, a pesar de que echará de menos su tierra: “Pronto estaré lejos de este país. Esto es lo que quiero. Poner distancia, no volver nunca más ni recordar lo vivido; aunque amo a Rusia, amo a Ucrania, amo la ciudad donde nací. Y cantaré, leeré y escribiré en el idioma que tanto quiero y recordaré siempre. ¿Pero por qué estoy triste? ¿Acaso no voy hacia la felicidad?”
Luego de un viaje penoso llegan a Buenos Aires, donde tiene lugar el ansiado encuentro con el padre que “sonríe, siempre sonríe”: “Vestidas de blanco, subimos a la parte más alta del barco que ya está atracando al muelle. Abajo se ve un enorme gentío. Miro y no distingo nada ni a nadie. Mamá busca ansiosamente. La veo nerviosa, excitada. ¿Estará papá allá abajo? Ella mira, busca. ¡Es papá! Se tambalea, se desmaya. Nos ayudan a levantarla. Se repone pronto y estamos listas para pisar suelo argentino. (...) papá nos abraza, besa a mamá. ¡Qué alivio, ya no tengo que protegerla! Ya tiene quien la cuide, quien la ame. Me siento liberada, contenta. Yo siempre la quiero mucho; pero desde ahora sin angustias, sin penas”.
Por fin, llegan a Mendoza. La pequeña se compara con otras niñas de la familia, que no han conocido la guerra: “En la estación nos reciben dos primas algo mayores que nosotras. Al mirarnos se produce el choque de dos mundos reflejados en el aspecto de ellas y de nosotras. Las primas parecen muñecas sonrientes, despreocupadas”.
Ha comenzado para Rosalía “una larga vida en la Argentina, una vida plena y feliz”.

VALENTIN el inmigrante

por Alcides J. Bianchi. Santiago de Chile, Ediciòn del autor, 1987.

     En esta obra, el autor relata la vida de su padre, exitoso empresario afincado en Mendoza. Don Valentín naciò en Fasano, Italia, en 1887. Se dedicò a la docencia hasta que una carta de su hermano lo decide a emigrar a la Argentina. Tenìa veintidòs años. Durante la travesìa pasò “muchas noches de insomnio, acostado en la estrecha cucheta del camarote, mientras pensaba en su nuevo destino y en cual serìa la suerte que le depararìa. Las incomodidades del barco carguero en el que viajaba tambièn le producìan desazòn. Tenìa que sobreponerse a las penurias del viaje y a sus interminables noches, cuando, con frecuencia, solìa sentir a las ratas correteando por sobre su cama”.
     En nuestro paìs, el italiano desempeñò distintos oficios, destacàndose por su facilidad para la contabilidad y su excelente caligrafìa, que le valiò el apodo de “el gringo de la letra bonita”. Fue empleado contable y rematador de lotes, hasta llegar a su ocupaciòn definitiva: la de bodeguero.
Formò familia en San Rafael, donde nacieron sus hijos. La esposa soportò la estrechez de los primeros tiempos haciendo economìa en el hogar. El autor relata que la mujer cazaba pajaritos con su rifle y los hijos –pequeños, en ese entonces- los deshuesaban, para almorzarlos con polenta.
     Cuando llegò el momento de pensar en el futuro de su empresa, hizo que los hijos mayores –una hija y el autor de la biografìa- estudiaran para poder continuar con el emprendimiento paterno. A partir de ese momento, comenzò a viajar periòdicamente a Fasano, donde, ya viudo, pasaba temporadas con su hermana, a quien no habìa visto durante dècadas. Bianchi encontrò la muerte en una ruta de su pueblo, en 1968.
     Alcides Bianchi presenta a su padre como un hombre de carne y hueso, con sus virtudes y sus defectos. Era irascible, pero tambièn sabìa pedir perdòn al màs humilde obrero; se alteraba, pero era porque trabajaba demasiado, siempre deseoso de dar lo mejor a su familia. El autor relata - basàndose en una importante investigaciòn y en la colaboraciòn prestada por aquellos a quienes agradece- còmo el inmigrante llegò, desde la orfandad que signò su infancia, hasta la posiciòn social y econòmica que se forjò en la Argentina.
     Este libro narra la historia de un inmigrante exitoso, que, sin embargo, nunca dejò de sentir nostalgia por su tierra.

martes, 2 de octubre de 2007

Consorcio Utopia

2- La llegada

Fue una noche, o varias, que resolvimos –con un grupo de compañeros, militantes de muchas décadas por un mundo mejor–, no ser una carga para nuestros hijos, como los padres de cada uno lo fueron para nosotros. La solución residía en lo mismo que sostuvimos durante años. Esfuerzo solidario, conjunción de pequeños destellos, proyecto compartido. Alimentación natural, sol, vida en contacto con la tierra, inexistencia de dinero, rotación del trabajo.
Uno es ingeniero, otro químico, otro martillero público, otro actor teatral o pintor de paredes, el de más allá un buen empresario. Vamos a invertir, entonces, en nosotros mismos. Comprar un terreno en un lugar alejado- “ahora, que recién tenemos medio siglo de vida” decíamos llegando al año 2000- y construir allí para nuestra ancianidad. Departamentos propios y con espacios comunes. Arbolado, limpio, ecológico, transparente. Como nuestros espíritus. Y se llamaría “Ciudad del Sol”, en recuerdo de uno de los primeros (e inocentes) intentos de vivir humanamente, en un lugar acorde con lo que se piensa.
Llego. El terreno cuadrangular (llevado a circunferencia perfecta con el borde de los jardines perimetrales) ocupa, en la idea original, un cuarto de manzana en un apartado y tranquilo barrio de la ciudad de La Plata, a una hora de viaje de Buenos Aires. Una copia clonada de nuestra geografía de infancia. Planta baja libre para cultivos y contacto con el verde. Construcción en el centro con visuales armónicas que eluden el apretujamiento de la gran ciudad. Profusión de árboles, cuidadosamente respetados.
Pero hoy, marzo de 2010, cuando ingreso de una buena vez al edificio- luego de haber esquivado durante años este momento- no hay denominación alguna para el predio (¿y el efecto de contagio que pensamos?) y un cartel al frente anuncia: “Consorcio Privado 2020. Cocheras sólo para autorizados”. Otra vez el eje fuera de lugar.
¿Qué es esto? ¿Quién autorizó el cambio de denominación? ¿Dónde está el comité de recepción? ¿Por qué este señor con uniforme (¡con uniforme entre nosotros, anarquistas del alma!) me ayuda a llevar las valijas con gesto adusto, reconcentrado, casi autómata? Y, sobre todo, ¿dónde están mis compañeros?
- Exijo saberlo-, digo.
El hombre sonríe con los labios, pero sus ojos siguen fríos e inexpresivos.
- Hubo algunos cambios obligados por las circunstancias, señor Blum. Sus amigos están bien, no se preocupe. Todo está en orden y no tendrá motivos de queja.
Me inscriben en el cuaderno de recepción, en planta baja. El trato es educado pero algo frío, distante. “No te pongas en situación de patrón”, pienso. Finalmente, esta es una comuna socialista.
Las habitaciones son compartidas, me informan, por un tema de costos: así lo resolvió la última asamblea. Yo ocuparé la número 6, junto a Ramón Ortiz, un santafesino muy mayor y delicado de salud. No consigo ubicar ese nombre. Posiblemente pertenecía a alguna célula del movimiento en la provincia y, por lo que dicen, es de una generación varios años mayor que la mía. Bien: una manera de reencontrar vivencias juveniles. El conserje dice, sonriendo, que “don Ramón ya tiene tornillos flojos” en su cabecita, seguramente por la edad (“fíjese que nos vuelve locos, todo el día, en el conmutador. Dice que quiere hablar con Dios, que lo llamemos por teléfono desde aquí con cobro revertido, porque él no tiene dinero para una comunicación tan costosa...”). Llegamos a la puerta de la pieza.
- ¿Le parece bien la ubicación? Estará cerca de Sedatti, el periodista retirado, que dice recordarlo muy bien.
Antonio. Hemos discutido por años y lo desprecio un poco- suele ocurrir entre antiguos contendientes-, pero siempre es mejor convivir con alguien conocido. Resabios de conservadorismo y cierre a tratar con gente nueva, pienso. Han pasado muchos años, otros compañeros ya no están o renunciaron al proyecto. Comenzar otra vez, seguir con lo que hay, con lo que queda.
- Igual que con los dientes o el cabello- bromeo.
No entiende mi referencia.
Debemos ir por la escalera, el ascensor está en reparaciones. “De acuerdo, es un buen ejercicio”. Apartan un cerramiento provisorio del frente- al estilo de las obras en construcción- para dejar libre el paso. Comenzamos a subir.
- El señor Ortiz está durmiendo la siesta, en este momento. Si le parece bien, señor Blum, y para no despertarlo, puede dejar sus cosas, de manera provisoria, en lo del señor Sedatti, que ocupa la habitación 7. Lo llevaré hasta allí.
Entramos y lo diviso en un rincón, sentado en la cama. Antonio Sedatti. Mi futuro vecino de cuarto, pared por medio. Supe que había enviudado hace un par de años de Manuela, su compañera. Pero no ha cambiado nada: mediana estatura, abdomen más pronunciado que cuando nos vimos por última vez, cabello oscuro con apenas algunas coquetos manchones blancos (¡vos te teñís, Antonio, a mí no me engañás!). Su sonrisa sigue siendo acogedora, aunque falsa. Parece campechano y ansioso a la vez por verme; tiene en la mano un pequeño fragmento de papel blanco, enrollado, y en la conversación posterior lo introducirá una y otra vez, como pequeño estilete, entre sus espacios interdentales. Ha estado comiendo gajos de naranja, al parecer, porque hay trozos de cáscara sobre la cama, en la mesa de luz y en el piso.
La edad le ha hecho perder los modales. O está incómodo por nuestro encuentro y no se molesta en disimular.
Nos saludamos con un apretón de manos. La relación, después de un lustro, no amerita el abrazo de “compañeros de ruta”. Tal vez más adelante. Me dice- quizás en broma- que entre los que viven aquí suman cuatro enfermos del corazón- dos ya tuvieron infartos-, seis artritis, varias operaciones de cataratas y alguna cirugía estética, doscientas quejas variadas cada mañana, ocho audífonos, uno sin diagnóstico pero con seguro Mal de Alzheimer, un enfisema pulmonar apenas superado y veinte pares de anteojos: “¿Cuál será tu aporte a esta venerable institución?”
Ríe de su chascarrillo y me da la bienvenida con palabras afectuosas. Pero yo no vine hasta aquí para seguir fingiendo compromisos sociales. A los diez minutos, ya estamos discutiendo.
 - La generosidad es un lujo de los jóvenes. Ninguna persona de 60 años puede dedicarse a buscar maestros, admirar realizaciones de otros o escribir largos ensayos sobre ellos. El tiempo biológico que nos resta alcanza, apenas, para promover la propia obra.
Así contesta Antonio Sedatti mis agitadas “reflexiones de la escalera” sobre el proyecto original de este edificio, cuando nos ubicamos frente a frente, después de colocar la valija sobre la cama. En nuestro último encuentro, hacia el año 2006, me contó que venía a vivir en este lugar. Habla con un cigarrillo encendido entre los labios y expresión algo aburrida, mientras entrecierra el ojo derecho para equilibrar la débil columna de humo que asciende desde la boca.
   -Yo lo comprendí a tiempo- sigue. -Así como supe que la novela tradicional exhalaba sus últimas boqueadas, tal como decís. Ya que nosotros no determinamos estos procesos históricos, por llamarlos así, por lo menos debemos aprovecharlos. Sin causar mal a nadie.
¿Por qué, de pronto, Sedatti se me vuelve antipático, mezquino, egoísta?
- Antonio, no te reconozco- le digo. -¿Los años te han cambiado?
- Como a todos, Juanqui. Como a vos.
- Todos, no. Algunos pretendemos, todavía, conservar cierta coherencia de vida. Pero a vos, a vos... al parecer, los años te han hecho mierda.
Lo dije. Sedatti quedó paralizado por mi franqueza. De pronto, estornudó. Una reacción somática, quizá. Pareció un grito seco y brusco. En el silencio que siguió, extrajo un pañuelo de batista del bolsillo y se limpió cuidadosamente la nariz. Sentí lástima por él.

Ricardo Feierstein