martes, 31 de julio de 2007

El nieto del italiano

Mientras esperaba el último tren de la noche, Vicente pensó en su abuelo, en los cuentos que repetía en cocoliche, esa jeringonza de los inmigrantes italianos, minestrón de pobres y pan de ayer, pero con una imaginación desbordante que ascendía a montañas prodigiosas y lo obligaba a codearse con dragones incendiarios raptores de frágiles princesas. 
‹‹ ¡Gamba, veni in copa!›› La frase del abuelo resonó nítida en su memoria, pero ¿qué significaría? La vida se le escurrió y sólo ahora sentía la urgencia de conocer aquel significado. Recordó la lumbre mortecina del fogón familiar, y la rueda de los primos expectante del relato a media voz. Se propuso que no pasaría más tiempo sin que llamara a Antonella, su prima mayor, que hasta parloteaba en italiano, ella recordaría los cuentos del abuelo. El no adoptó la herencia itálica, apenas comprendía las trasmisiones de la R.A.I. y ni pensar en entender mejor ese idioma. Ella, nunca supo si por tozuda o por inteligente, descubrió sola a “Pinocchio”, después a “Cuore” de Edmundo D’Amici y, de señorita, a la “Commedia” de Dante Alighieri. También asumió como una obligación filial hacerlo partícipe de sus lecturas, agregando a su esfuerzo la traducción metódica, y obtuvo con su magia de prima mayor que la siguiera por los círculos del Dante. Ahora ambas voces, la de su prima y la de su abuelo, se confundían, y Vicente recordaba con insistencia lo que jamás retuvo. 

‹‹Nel mezzo del cammin di nostra vita
mi ritrovai per una selva oscura,
ché la diritta via era smarrita. 

Ahi quanto a dir qual era è cosa dura
esta selva selvaggia e aspra e forte
che nel pensier rinova la paura!›› *) 

Así padecía en la mitad de su vida: extravió la ruta y ahora lo rodeaba una selva áspera y salvaje. 
A esa hora el andén ya se encontraba vacío, quieto, sucio. Se advertían las huellas de la jornada: el polvo de miles de pasos, papelitos estrujados aquí y allá, los bancos sueltos, solitarios. 
Durante algunos años, después del fallecimiento de su padre, él y su madre vivieron en la casa familiar y Antonella fue la hermana mayor que no tuvo, la paciencia para atarle los cordones de las zapatillas y ordenarle el pelo, a fuerza de mojárselo; lo defendía de todos, del mundo, pero se casó con apenas diecisiete años y en aquel momento él sintió que después de la muerte de su padre era la peor traición de la vida. 
Vicente abrigaba la particular impresión de que el idioma italiano transmitía dramáticamente los sentimientos. Comparaba a las palabras con insatisfacción, para él, miedo o pavor producían menos desasosiego que paura, esta era conmovedora, fatal. Vendetta, con la doble te vibrando de odio contra el paladar, se le antojaba más resentida y sañuda que venganza. 
Lo apresaron las estrofas de La divina comedia, las pocas que recordaba, impresas en su carne más que en su memoria. 

‹‹Fatto avea di là mane e di qua sera
tal foce, e quasi tutto era là bianco
quello emisperio, e l'altra parte nera 

quando Beatrice in sul sinistro fianco
vidi rivolta e riguardar nel sole:
aguglia sì non li s'affisse unquanco››. * *) 

Eso necesitaba: una Beatriz que lo guiara, capaz de mirar al sol de frente; una Antonella que lo sostuviera para desafiar la peor de las pérdidas. Como decía el Dante: porque ni un águila la miraría de ese modo. 
Lo sobresaltó la entrada del tren en la estación, tan absorto permanecía en sus recuerdos, y volvió a la realidad entre ruidos de fricción metálica y aires de frenos. Subió automáticamente, el vagón desierto le produjo angustia y vio sin mirar que en una esquina, arrebujado, dormía un linyera. El se abandonó junto a una ventanilla de vidrios bajos y perspectiva nocturna. A pesar de la hora su lucidez consistía con terquedad sobre un único tema definido con diferentes facetas. A veces le invadía los ojos la infancia distante, pero en forma inmutable se los inundaba la verdad. 
Siempre lo asombraron los ojos de su abuelo, claros como gotas de agua, y el pincel descarnado con que compuso sobre las paredes de la casa antigua paisajes montañeses hechos con puntitos de colores; debían mirarse de lejos para entenderlos: rebaños derramando su blancura sobre praderas verdes; de cerca, un tul de pintitas sin forma. Se quedó sin preguntarle si conocía la escuela puntillista o era sólo su intuición y la nostalgia de su tierra hecha paisaje. A Vicente esa añoranza se le fue cayendo, como propia, por una mejilla. 
Otras veces lo capturaba la figura de luto de su madre, hasta las medias de nylon y los guantes negros. Esa imagen vencida se anudó en su memoria a la de su primera comunión: un muñequito de traje azul y misal de nácar. Lo paseaba de visita, casa por casa, recolectando el dinero que padrinos, hermanos y cuñados depositaban concienzudamente en su limosnera, y para mostrarlo como al aval de que a pesar de la viudez cumplía con el mandato de las buenas costumbres; y así se sentía Vicente: una prenda colgando del brazo de su madre, yendo a su lado, a cual más rígido, la viuda y el hijo único. Jamás olvidaría la sensación de vergüenza y desamparo, porque había quedado huérfano del orgullo paterno, a merced de una madre que no vacilaba en ventilar su pobreza. 
Vicente recordó los años de la soledad materna y el veredicto de su abuelo que la concluyó. Una noche de verano, en que permanecía escabullido entre los malvones del patio, rondando la mecedora de mimbre del anciano, escuchó el reproche que indicaba: ‹‹basta de ropa negra, es hora de que vuelvas a casarte››. Sobrevino un silencio; notó que había apoyado en una maceta su purito capaz de voltear mosquitos porque se aclaró la garganta y continuó alegando: ‹‹es un hombre trabajador, conozco a la familia, será un buen padre para Vicente››. Al día siguiente su madre comenzó a usar vestidos grises, con florcitas tristes sobre fondos nublados. Un año después de aquella noche, cuando ya tenía once años y Antonella iba por su segundo hijo, su madre volvió a casarse y se fueron a vivir a la provincia. Para Vicente se terminaron los cuentos del abuelo, las tardes de primos, las peleas por quién se sentaba en la hamaca de mimbre, trono o refugio, mientras fantaseaba mundos de piratas y mosqueteros. Se le terminó la infancia. 
Recordó a su padrastro como un hombre serio, de pocas palabras y ninguna demostración de afecto. Sobre ese cambio comenzaban a coagularse sus recuerdos y estrenó la culpa, porque siempre asumió que era responsable de la tristeza de su madre. A partir de esa mudanza su existencia contrajo el matiz de una vorágine incontrolable. Su esposa llegó a ser un brote de su prima o de su madre, la Beatriz del Dante y su Antonella intercambiaban gestos de complicidad, las caras de sus dos hijos aparecían y desaparecían en sus noches de insomnio, vacilantes, como si un barco hiciera guiños desesperados desde las tinieblas, las mismas que los engulleron aquella noche de diciembre. 
Se preguntaba: ¿pero existió una vida antes de aquella noche irreparable? La del incendio, porque desde entonces colgaba de la vida como en aquellas visitas de su infancia había colgado del brazo de su madre, incómodo, falto. 
¿Cómo era posible perder dos hijos y seguir viviendo? Aquel treinta de diciembre, la muerte de sus cachorros, ¿qué justicia los reviviría? Beatriz, la cicerone del Dante, se instalaba en la rivera de su dolor y le repetía: 

« mi disse: "Non sai tu che tu se' in cielo? 
e non sai tu che 'l cielo è tutto santo, 
e ciò che ci si fa vien da buon zelo? 

Come t'avrebbe trasmutato il canto, 
e io ridendo, mo pensar lo puoi, 
poscia che 'l grido t' ha mosso cotanto 

nel qual, se 'nteso avessi i prieghi suoi, 
già ti sarebbe nota la vendetta 
che tu vedrai innanzi che tu muoi. 

«La spada di qua sù non taglia in fretta 
né tardo, ma' ch'al parer di colui 
che disïando o temendo l'aspetta». ***) 

Vicente no aceptaba las palabras de Beatriz, opinaba que el cielo era un espejismo, menos creía en el esmero de ese cielo, y en su viaje, recorrido sin brújula, nada era santo; tampoco aceptaba la existencia de la Justicia Divina, sufría demasiado y caminaba con el corazón estrangulado. Cada revolución de la tierra le marcaba el cambio de las estaciones, pero sólo existió una primavera y excursionaba hacia su único invierno con rapidez. 
Por la ventanilla del tren, agazapado en el vidrio sucio, lo embistió la danza de la hoguera que atrapó a sus hijos, y a otros ciento noventa y cuatro hijos de alguien, o hermanos o amigos. Y sus pupilas se negaban a ver otra figura que las llamas, la búsqueda de hospital en hospital, los días siguientes mendigando los cadáveres queridos. Las imágenes enervaban su dolor de padre despojado, pero se imponían. 
Con el incendio de la disco República de Cromagnon su vida dejó de tener las alegrías o los miedos de un padre de adolescentes. Las materias del secundario, el viaje de egresados, el ingreso a la facultad, las drogas, ¡hasta el SIDA! Eran perfumes que su nariz había dejado de oler, sólo quedaba el olor del siniestro y una culpa intangible que lo señalaba: ¿por qué los dejó ir? En el futuro no descubría nada ni a nadie. Su esposa, con más entereza que él, participaba en las marchas de las Madres del Dolor. Pero él no soportaba hablar con la madre de sus hijos, no quería oírla hablar de justicia: ¡quería venganza! Peor, vendetta. Que los responsables sufrieran lo que sus hijos sufrieron, ojo por ojo, diente por diente. ¡Y ni así se los repondrían! 
Otra vez la voz de Antonella insistió con su golpeteo. Y con la misma dulzura con que lo hacía en la infancia se preocupaba porque entendiera sus palabras: «perdiste el camino en la mitad de la vida, y te encontraste en una selva oscura, ¡tan difícil es hablar de esta selva que reanuda en tus pensamientos el terror!» Vicente sintió que necesitaba asirse de la mano de su prima, de la mirada tibia de su abuelo domador de ogros, lo urgía esconderse en el sillón de mimbre, única isla segura contra dragones lanzallamas devoradores de hijos. 
Y con la vista clavada en la noche indiferente de la ventanilla se largó a llorar desesperado, doblado sobre su vientre, las llamas de su dolor le quemaban las entrañas. Sintió sobre el hombro una mano caliente, y un aliento alcohólico le preguntó: 
– Señor, disculpe, ¿qué le pasa? ¿Está extraviado? 
A través de las lágrimas vio la barba oscura del linyera, lo miraba con afecto. Poseía ojos clarísimos, como los de su abuelo, y su visión lo sorprendió de tal modo que se golpeó la frente con la mano, recordó de súbito: « ¡Gamba, Gamba era el nombre del ogro que sólo tenía piernas!›› Y mientras el vagabundo se sentaba a su lado le contó que era padre de dos muchachos quemados en la disco República de Cromagnon. 
– Usted sí que ha perdido algo, pobre hombre, como para no llorar a los gritos. 
Recién ahí Vicente se dio cuenta del cuadro que ofrecía y enmudeció, como si su dolor fuera vergonzoso. El linyera comenzó a filosofar en voz alta. 
– Pobre nuestro país, como monstruo sin cabeza va rodando. Tantas son las causas del desastre, la codicia, la corrupción, el desorden moral; tantas son las culpas que no se acierta a dar con los culpables, pero no se apure, en el cielo está todo escrito, su espada es más rápida que lerda, antes de morir verá su venganza. 
Vicente miró al linyera azorado, parecía que el vagabundo conocía sus más íntimos pensamientos y coreaba La divina comedia según la misma y entrañable traducción que su prima Antonella hacía de sus versos. Esas palabras, casi textuales, le vaciaron las venas y el vagón giró a su alrededor, un vahído le inundó la boca. 
– ¿Se siente mal? Puedo ofrecerle algo fuerte. 
El hombre metió la mano en un bolsillo interminable de su sobado abrigo y le ofreció una petaca de cognac, Vicente tragó una bebida inconcebible pero hospitalaria y se la devolvió dándole las gracias. Se hizo un silencio apenas roto por el traqueteo del tren sobre las vías. Mucho más tarde Vicente reaccionó y lo miró con detenimiento, al hombre se le notaba tanto la mugre como la categoría, era muy alto y se inclinaba hacia él para escucharlo con deferencia, miraba de frente, sus manos lucían limpias y su calzado entero. Se notaba que el alcohol más que la pobreza lo habían dejado en la calle. Charlaron amigablemente de temas livianos y el hombre procuró alejar a Vicente de sus negras ideas con ocurrencias sutiles. Conocía la obra del Dante y lo ayudó a traducir varios versos que le resultaban confusos, por el contrario la frase de su abuelo permaneció como un nudo indescifrable. Se acercaba el fin del viaje: las palabras del hombre, su cercanía y su preocupación influyeron serenando el ánimo de Vicente. Si nada se había modificado para él, en cambio un tono de rehabilitación imperaba en sus ideas. Se le ocurrió preguntar si necesitaba algo, a lo que el otro contestó con una sonrisa amable. Se despidieron con un apretón de manos, deseándose suerte. Cuando Vicente bajó del tren un leve celaje rosado iluminaba el cielo. Pensó, por un instante, que sus hijos debían estar esperándolo en su casa, necesitaba creer esa mentira para seguir circulando. 

Los párrafos en italiano son de “La Commedia secondo l'antica vulgata” (http://www.danteonline.it/italiano/opere_indice.htm
*) Infierno-Canto I, versos del 1 al 6 
**) Paradiso- Canto III, versos 43 al 48 
***) Paradiso- Canto XXII, versos 7 al 18 
Curatore: Giogio Petrocchi 
Casa Editorial La Lettere- Ciudad Firenze 1994 Vol. 4- 
(La opera di Dante Alighieri Edizione Nazionale a cura della Società Dantesca Italiana) 
La siguiente traducción al español se debe a (http://www.servisur.com/cultural/dante/) “Dante Aliguieri”, página dedicada a la publicación progresiva de sus obras, traducidas, anotadas y comentadas por J. E. Sanguinetti (Buenos Aires, 20 de Octubre de 2004). 
(Se transcriben con permiso del autor). 
*) Infierno- Canto I- Versos del 1 al 6 
«En medio del camino de nuestra vida 
me encontré por una selva oscura, 
porque la recta vía era perdida. 
¡Ay, que decir lo que era es cosa dura 
esta selva salvaje, áspera y fuerte, 
cuyo recuerdo renueva la pavura!» 
**) Paraíso- Canto III- Versos 43 al 48 
«Formado había allá la mañana y acá la puesta 
aquella boca casi, y allá era todo blanco 
el hemisferio, y acá la otra parte negra, 
cuando a Beatriz a su siniestro lado 
vi volverse y mirar al Sol; 
un águila así no lo miró tan fijo nunca». 
***) Paraíso- Canto XXII- Versos 7 al 18 
«me dijo: ¿No sabes que estás en el cielo? 
¿Y no sabes que el cielo es todo santo 
y todo lo que aquí se hace viene de buen celo? 
Cuánto te habría trasmudado el canto 
y mi sonrisa, puedes considerarlo ahora, 
ya que el grito te ha conmovido tanto; 
en el cual, si entendido hubieras su ruego, 
te sería notoria ya la venganza, 
que verás antes de la muerte. 
La espada de aquí arriba ni presto corta 
ni tarde, como parece a quien 
con deseo o con temor la aguarda». 

Marta Iris Díaz Gioffré

lunes, 9 de julio de 2007

POR AMOR A CRISTINA

Susana Biset. Córdoba, Ediciones del Boulevard, 2007. Segunda edición.

El investigador Eduardo Tyrrell me envió este libro, pensando en que me interesaría. No sólo me interesó. Me atrapó. Empecé a leerlo y no pude dejarlo. En cada momento libre, volvía a él. Esa es la primera condición que destaco de la obra: su capacidad de llegar al lector, como si la autora fuera en realidad una narradora oral que nos está contando un relato. Al leer Por amor a Cristina, es su voz la que surge, plena de matices y reflexiones, con un lenguaje terso y cuidado, en el que no faltan las notas de asombrada belleza por el paisaje en el que se desarrolla la mayor parte de la ficción -una estancia cerca de la ciudad de Buenos Aires- y las connotaciones lóbregas para la misma ciudad, contrapartida de ese paisaje idílico.
Cristina Alonso, una joven hija de un nativo descendiente de españoles y de una española, regresa al Río de la Plata luego de haber pasado tres años en casa de su tía, en la península, refinando sus modales y adquiriendo cierta cultura. A su regreso, contrae matrimonio con un militar y se ve envuelta en hechos que hacen que su vida cambie diametralmente. No les adelanto más acerca de la trama. Sólo les puedo decir que el final es, a mi entender, logradísimo.
La acción transcurre entre 1808 y 1816, años cruciales para la historia de nuestro país. El conflicto entre los realistas y los patriotas tiene distintos ecos en los personajes. En la madre de Cristina, vemos la lealtad a su patria de origen; luego, con el correr del tiempo, la española irá evolucionando hasta adaptarse al presente en el que vive, treinta años después de haber dejado su tierra. Aunque ambientado en el siglo XIX, este conflicto se observa, con ligeras diferencias, en muchos de quienes por una u otra razón han debido dejar su hogar.
Otro de los temas interesantes es el de la función de la mujer dentro de la sociedad, ejemplificada, por un lado, en la madre y la hermana de Cristina -señoras dedicadas a la crianza de los hijos, la cocina y el bordado-, y por el otro, en esta maravillosa protagonista, que no vacila en tomar las riendas de una estancia, cuando la situación lo requiere. Valiosas consideraciones se desprenden de la confrontación entre ambos estilos de vida.
Y además, la obra de Susana Biset trasunta un importante sustento de información, no sólo histórico, sino también en lo referido a las tareas del campo, que describe con singular conocimiento.
Por todas estas razones, leí con mucho placer “Por amor a Cristina” y espero que el libro, que ya va por la segunda edición en pocos meses, tenga muchas más. Se las merece sobradamente.