miércoles, 9 de mayo de 2007

EL PUENTE ROTO

Para Isabel el mar habría de ser siempre, un puente roto. Lo conoció un amanecer, cuando el campo era aún todo noche y la escarcha un destello de vidrio bajo la luz de las estrellas. Dolía el frío y la humedad pero su mano, amparada por el calor de la del abuelo, se dejaba llevar blandamente rumbo al puerto de Vigo. Resonaban las botas sobre las piedras y por mucho tiempo, no habrían de oir sino el resuello de sus respiraciones.
Cuando arribaron a Buenos Aires quedaron los tres, varados sobre el puente. Habían bajado todos los pasajeros pero la madre, aferrada a sus dos hijos, se negaba a descender. La opacidad del atardecer nublado quitaba toda belleza al paisaje. A través del barandal se veía una multitud gris e irrealmente inmóvil y hacia el otro lado, la boca del río color de león que iba a dar al océano. El muelle ceniciento, los edificios manchados, el olor estanco, los desperdicios, débiles las crestillas de las olas. Y el desamparo de los que llegan a un lugar impropio.
El rubicundo oficial regresó acompañado por un hombre pálido que después de abrazar a la madre y besar a los niños, rápidamente, como para no causar más molestias a la oficialidad, tomó los escasos bultos y la mano de Isabel para descender la escalerilla. Un grupo de gente estalló en festejos llamándolos por sus nombres. Entre tantos, Isabel buscaba a su padre. Había imaginado innumerables veces el encuentro: sería el más hermoso y al inclinarse hasta quedar a la altura exacta de sus cinco años, la recibiría con los brazos abiertos, igual que los tíos a sus primas cuando iban al encuentro gritando ¡papá! ¡papaíño! y éstos, girando sobre los pies, las alzaban hasta tocar rostro con rostro forzándolas a describir gozosamente, con el vuelo de sus faldas un círculo completo, un revolar de mirlos. Pero no fue tan espectacular. Alguien la levantó en brazos y la pasó a otros y a otros hasta que ancló en los del hombre más joven. Hubiera querido decirle que debía cumplir el rito, hacerla sentir una reina elevándola en la juguetona cabriola para que ella riera entre asustada y feliz. Pero ya estaba bien la ternura que estrenaba para andar pidiendo más.
Mientras acaparaba los halagos del padre, recordó la broma que le habían gastado cuando arribaron a Río de Janeiro y subieron muchos negros que iban a Santos. Isabel desconocía la existencia de otras razas por lo que observaba al grupo oscilando entre la fascinación y la censura, atribuyendo el color oscuro a la suciedad, a la comprensible pereza para lavarse la cara y las manos por la mañana. Su madre insistía en obligarla aún en el crudo invierno pero luego el abuelo solía compensarla de ese cotidiano malestar. Sabeliña, tes duas mazás na tua cariña, murmuraba acariciándole las mejillas traslúcidas. ¡Mira Isabel, mira, aquél es tu papá!, le dijeron sacudiéndola del brazo. La sorprendió tamaña noticia porque su madre le había asegurado que faltaban varios días para llegar a Buenos Aires pero por un instante, tuvo la ilusión de que podría haberse anticipado el milagro. La pasajera insistía en señalar hacia el grupo de negros e Isabel se rindió a la confianza. ¡Ése, ése grande de chaqueta blanca!, insistía con risa sospechosa. Finalmente la madre deshizo el engaño. Ahora que ya barruntaba la lógica de las razas y la genética, tuvo la certeza de estar en brazos de su auténtico padre: los rizos castaños, la piel clara característica de su familia y de cuantos habitaban en su mundo aldeano.
Faltaba poco para el caer de la noche y el hombre que había subido al Yapeyú le tendió los brazos. Isabel negó con la cabeza. Anda, ven, insistió el demandante mientras se aflojaba el sostén de quien la tenía alzada. Ven con tu padre, vamos. Ella se protegió del nuevo embuste rodeando el cuello de la persona con la que más había soñado desde que tenía uso de razón, la que no cesara de festejarla desde que la había abrazado. Yo soy tu padre, afirmó sin posibilidad de réplica el otro ya impaciente, mientras quien la sostenía acentuaba el gesto de entrega y la madre extendía también los brazos en apoyo del otro, del que Isabel no quería. Entonces, ¿cuántos padres tengo?, preguntó defendiéndose aún del desencanto. Pero no obtuvo respuesta porque la risa general ocultó demasiada lógica y una nueva pérdida.
Habría de gustarle la casita suburbana que alquilaron porque los espacios eran grandes y luminosos y estaban inundados de novedades. Lisas y pintadas a la cal las paredes, embaldosados los suelos y el agua surgiendo a chorros por las canillas, sin necesidad de pasar frío para ir a buscarla al aljibe. El fondo era un malezal alborotado de mariposas pero enseguida los padres cercenaron la maraña y abrieron surcos que fueron brotándose de coles, de lechugas, de pimientos. Afuera, la calle era un sinfín de veredas rotas, de baldíos intercalados entre casas precarias y polvaredas en días de viento. En la esquina un ombú ofrecía el tronco para que treparan los niños y sería, en el monótono transcurrir de los días sin juguetes ni amigos, la única fiesta a la que estaban invitados porque desde las ramas más altas se podía imaginar el horizonte. Para allá la aldea, y Juan nombraba los tejados de los vecinos, y la fuente escondida tras el roquedo y los cerezos y los manzanos cayéndose por la cuesta, los trigales meciéndose, el abuelo regresando con los bueyes. Cuando descendían, el mundo volvía a ser plano y gris pero siempre quedaba otra mañana luminosa para encender visiones. La madre trabajaba en el huerto, cuidaba del gallinero y se fue transformando en un ser lejano. Apenas hablaba, metida en un dolor incomprensible para los niños.
Isabel también había ido perdiendo algo de su alegría. El padre la había expulsado sin explicaciones y para siempre del lecho de la madre. Tardó en acostumbrarse a esa situación anómala, como a tantas otras que se le presentaron en Bs. Aires. Extrañaba a los animales domésticos, la transparencia de los arroyuelos murmurando entre sembradíos, los robledales, los jirones de niebla escarchando las pendientes. A cambio de estas pérdidas, disfrutaban de ciertas comodidades: la casa más confortable, el run-run de los ómnibus circulantes a todas horas por la cercana avenida ya asfaltada, la luz eléctrica, la cocina a kerosén. Pero en el hogar algo se fue desajustando. Sus padres intentaron enseñarle costumbres urbanas y siempre parecía merecer una recriminación nueva. Tenía prohibido hablar con los transeúntes y jugar fuera de casa. Hasta el ombú se convirtió en un sitio al que llegaban, ella y Juan, por desobediencia. A Isabel la fascinaban el rito del mate y el asado, los juegos con agua en carnaval, las costumbres diferentes pero su madre sancionaba su curiosidad porque el espacio fuera de casa ya no era como el de la aldea, puerto seguro, sino un manantial de amenazas. Cuando oían las campanadas de la iglesia se quedaban suspensos como si no llamara por ellos.
Aprendió a hablar en otro idioma porque el suyo no era comprendido y cuando deslizaba unas palabras en gallego sus compañeras de escuela la miraban extrañadas, a veces un poco burlonas o compasivas. Más tarde supo que hablar gallego era exponerse al mote de ignorante. También había que ocultar la disciplina que practicaban para salir de la pobreza porque los tildarían de amarretes. Y cuando soñaba en voz alta pensando en el regreso, las demás niñas abrían tamaños ojos, porque era necedad, peor, era flagrante ingratitud querer irse de la grande Argentina, la del San Perón y los niños necesariamente felices de Evita, la del infalible destino de grandeza, la de la Reina del Plata y capital de la América del Sud, la que nunca había visto atada su bandera al carro de la victoria extranjera, la que había ganado su libertad expulsando maturrangos, la que exportaba tantos científicos geniales como patatas, la del no te metás y la honestidad equiparada a la gilada, la que reía a expensas de tanos y gallegos porque venían a quitarse el hambre, la que aceptó el expolio inglés de sus riquezas con orgullo de elegida y cuyas élites hacían reverencias en francés, la del despilfarro porque sí, porque todo sobraba y era piola malgastarlo, la que abrió sus brazos a todos los desgraciados para que consumaran sobre su bendito territorio, el crisol de razas. Isabel y Juan aprendieron a no disentir porque había que progresar en un país ajeno sin molestar a nadie, para que no despertara el monstruo hostil al extranjero. Lo peor era sin embargo, la silenciosa congoja de la madre, las ausencias amadas, pero pudo soportarlas mientras tuvo la esperanza de volver. Hasta que se mudaron más cerca del centro de Buenos Aires no comprendió que habían venido para quedarse, que ni siquiera haber enfermado de tristeza provocaría el regreso y sólo cabía esperar que apareciera una boíña anunciando, como aseguraba la madre, también ingenua ante la necesidad de ilusionarse, la llegada de carta de los abuelos o de los tíos. La espera de la carta fue uno de los ritos de su infancia. Atisbaba el paso del cartero, iba una y otra vez a mirar detrás de la puerta, una y otra vez y hasta la madre interrogaba abriendo grandes los ojos y compartiendo el disimulo por el desencanto.
Alquilaron unos cuartuchos incómodos que se descuidaban para apurar la compra de la casa propia. Nada de cortinas ni de loza nueva, ningún adorno ni objeto superfluo. Ni juguetes ni golosinas, ni paseos, salvo la esporádica visita a algún familiar. Sobre el placer prevalecían las necesidades primarias que la sensatez aconsejaba satisfacer. Ningún esfuerzo era demasiado. El padre trabajaba sin días francos y no habiendo sido nunca zapatero, ponía suelas y remendaba botas y sandalias quitándole tiempo al descanso. La madre que tampoco era modista, zurcía las prendas viejas y diseñaba otras nuevas. Ingeniosa y perseverante, descosía las ropas gastadas y con ese molde, cortaba vestidos nuevos repitiendo el mismo modelo con telas diferentes. Nada que pudiera hacerse en casa se compraba por lo que el hogar era una industria en la que cada cual hacía cuanto podía. No era malo porque uno se acostumbraba a ver los resultados, la propia obra, a sentirse útil. Pero a Isabel la angustiaban los mensajes cruzados de la sociedad, el sentimiento de inadecuación por no encontrar el modo de protegerse del trato fluctuante a los gallegos, la postergación de todo deseo que no tuviera que ver con la sobrevivencia porque el dinero era poco y la salud del padre iba haciéndose escasa, la creencia de que ya nada bueno sería posible porque a la brújula de su vida se le había borrado el norte.
En el arcano de su pensamiento, Isabel quería seguir siendo extranjera. Era una forma de guardar la esperanza de volver, de no aquerenciarse en tierra extraña, de no traicionar los orígenes. Pero cuando llegaron las sucesivas cartas anunciando la muerte de los abuelos, la dispersión de las primas por las ciudades prósperas de la Europa nórdica, la venta de la casa aldeana, la marcha de los tíos a Barcelona, se le quebró el vuelo como a una golondrina que extraviara el rumbo de su bandada. No habría forma de revertir la migración, ese agravio identitario, ese vacío bajo los pies. No habría forma de liberarse del rencor. Odiaba cuanto le recordaba su desraizada manera de estar en el mundo, la pérdida de las referencias, la impotencia para escapar a los límites de la pobreza, esa mezquindad calculada y puesta al servicio de proyectos descomunales: el techo propio, el negocio que permitiera independizarse y que multiplicaría el hipotético bienestar de los años futuros. Lo que más la obstinaba en su determinación de extranjería era la burla desembozada de algunas de sus compañeras, porque sí, porque era lícita costumbre burlarse de los gallegos, porque estaba consagrado como un derecho de la viveza criolla. Cuando sacó las mejores notas en la escuela y fue nombrada abanderada, Noemí la molestó durante meses gritándole dondequiera la encontrara, en el calle, en el mercado, como un insulto que ni siquiera intentaba disfrazar de broma: ¡Gallega, gallegaaaaaa!.. Los hermanos hablaban en gallego a escondidas del padre que lo tenía terminantemente prohibido. Porque era un idioma inservible para valerse en el mundo, idioma de rústicos. Isabel estaba confusa por la desautorización de los de adentro y los de afuera. Era malo lo que antes había sido bueno. ¿Cómo sentirse pues, conforme con su origen? ¿Cómo compaginar las contradicciones? ¿Cómo explorar, cómo arriesgarse sin temor a las equivocaciones si cualquier error era calificado como “cosas de gallegos”, imbecilidad folclórica e incurable? ¿Cómo evitar ese sentimiento de marginalidad frente a los que creían a pie juntillas que Dios era argentino? ¿Por qué habría de ser una vergüenza haber llegado desvalido a algún lugar del planeta humano si el desvalimiento es la condición en que el hombre nace y el hombre muere y la riqueza sólo una contingencia del azar que rige los nacimientos?
Cuando el padre enfermó, la madre se hizo cargo de ganar el sustento cosiendo pilas de prendas por las que recibía centavos. No se cambiaron los proyectos sino que se acentuaron las privaciones. La casa perdió mucho de hogar para transformarse en un taller sin estética, sin calefacción ni comodidades. Había que ganarle a las dificultades sin inspirar lástima porque la dignidad era el primer deber del inmigrante. Isabel se encontró tan lejos de la alegría que se resignó a pensarse impedida para el placer. Asumió la obligación del esfuerzo, de la honradez y el sufrimiento acatado como un destino casi fatal. Con la enfermedad el padre se volvió tiránico. Vagaba por la casa, león impotente que administraba el trabajo y el descanso exigiendo orden y diligencia. Isabel se sentía abrumada por la rutina desde que se levantaba de la cama: llenaría el tanque de la cocina con kerosén y esperaría diez minutos a que se calentara el quemador mientras intentaba quitarse en el agua helada el olor de las manos. Atisbaría aterida, castañeteándole los dientes, el momento de darle a la bomba de la cocina, no fuera que haciéndolo antes de tiempo, se expandiera el tufo a kerosén. Luego estudiaría sus lecciones procurando un lugar en la mesa donde la madre depositaba las hortalizas recién compradas. De cuando en vez algún gusanillo habría de acercarse reptando hacia el libro de estudio y ella se extraviaría por los recuerdos, por la estremecida fascinación que le habían provocado los insectos emergiendo de la tierra recién labrada o rebullendo sobre las hojas húmedas de orvallo. Cuando llovía, se formaban lamparones bajo las chapas del techo y después de alargarse en el centro, como un pezón cargado de leche, caían con un chasquido sordo sobre los cuadernos. Isabel limpiaba con la manga el manchón y continuaba escribiendo inquieta, atajando los próximos goterones como podía. A la hora de cenar llegaba el momento de distensión para la familia. El padre ponía alta la radio que emitía música gallega y todos guardaban silencio para que las melodías desplegaran bajo la inmensa bóveda del recuerdo, la intuición de la esperanza. A alguno se le humedecía la mirada comentando por enésima vez la última carta recibida mientras la madre servía el puchero y el padre callaba su frustración de enfermo.
El padre murió cuando Isabel iba a cumplir catorce años. De regreso del cementerio, los tres se miraron tan desorientados como aquella tarde del barco. Sin decir palabra Juan fue a recoger la horma de zapatero, los pedazos de suela, los clavos de distintos tamaños y un botín a medio remendar que en un último intento por contribuir al progreso de la familia el padre había arreglado días antes, los repasó con un trapo para quitarles todo vestigio de polvo, los envolvió con la solemnidad con que se coloca una mortaja y acomodándolos en su caja de madera, los guardó debajo de la cama y ahí habrían de permanecer, como en un sagrario, durante muchos años. Pero la urgencia por restaurar los proyectos postergados, por pagar las deudas contraídas, los obligó a sacudir el aire de plomo que se había estancado en la casa y seguir en la lucha. Entonces, como habría de afirmar años después la madre, Dios se acordó de ellos.
Una nueva familia vino a instalarse en la casa lindera. Ninguno de los tres daba crédito a sus oídos cuando un domingo el airoso son de la gaita se alzó sobre la medianera de hiedra y ladrillo sin revocar. La melodía se quebraba en el intento por ajustar el instrumento. Y luego, puesta a punto, estalló con tan feliz escándalo que los hermanos, agazapados sobre los techos de zinc, espiaron todo el día el jolgorio como si hubieran accedido por fin al rumbo y la certeza. La vida fue tomando una pulsación optimista y aprendieron a mirar hacia afuera sin miedo porque ya no estaban solos ni todo el mundo era enemigo. Los nuevos vecinos eran de Lugo que era como decir, de junto a Coruña, apenas de la vereda de enfrente, como si efectivamente fuera posible que Galicia ocupara el infinito espacio que cabe en las cuatro letras del amor. Se integraron a una familia de cuarenta o cincuenta paisanos y sus hijos argentinos convocados por la hospitalidad de Amelia y Andrés, un matrimonio que habiendo superado con suerte e inteligencia la etapa de privaciones supieron darle un orden diferente a las prioridades para vivir. A primera vista pertenecían a esos incontables extranjeros que habían logrado hacer fácilmente la América. Pero no había sido ni tan sencillo ni tan rápido, ni siquiera tan mítico. El marido había emigrado antes de los veinte años y casados por poder, mediante esas melancólicas ceremonias que convertían a tantas gallegas en viudas de vivos, tardaron varios años en reencontrarse. Cuando la joven esposa llegó a Buenos Aires, enfermó de pena pero la guerra les tronchó la posibilidad de regresar. Entonces Andrés apeló al último recurso. Decidió transformar el hogar porteño en una Galicia ideal y convocó a parientes y amigos a romerías domingueras en el patio de la casa para entre todos, expulsar el demonio del desarraigo conjugando el gusto por muñeiras y tangos, asados y pulpeadas, locros y filloas.
Isabel encontró amigas con las que pudo ir deponiendo la desconfianza. El entorno dejó de ser un lugar amenazante y fue más fácil convencer a la madre de la necesidad de tener vínculos que no fueran sanguíneos o de paisanos descubriendo así, una nueva versión de lo foráneo, una mezcla adecuada de lo conocido y lo ignoto. Los vecinos nuevos prestaron dinero para que por fin la familia huérfana pudiera comprar y adecentar la casa donde vivían. Cuando tuvieron la cocina a gas, la estufa y planificaron sus primeras vacaciones, Isabel confirmó que estaban desandando el camino del calvario. Ella se recibió de médica y Juan de veterinario mientras la madre iba recomponiéndose de los demasiados años de penurias y soledad. Aunque el tiempo reparó algunas heridas, en el ánimo de Isabel permanecía enquistado el desasosiego de emigrante y aunque se propuso muchas veces retornar, no soportó la idea de alejarse de su familia y de los nuevos amigos. El sentimiento de inadecuación, de haber sido empujada a caminar por la cornisa de la vida, solía sorprenderla desagradablemente y le estallaba en iras y rencores difusos, al punto de comprender que nunca sería una buena médica ni sintonizaría profundamente con el sufrimiento ajeno si no remediaba su propio sufrimiento. Por esa época se enamoró de un primo de sus vecinos, empresario en el Uruguay, dueño de una mirada azul que le evocaba la del abuelo tan amado, que ni siquiera le prestó atención y pronto se casó con otra. Partir en misión sanitaria al Chaco, corazón de la miseria y la pobreza del norte argentino, fue el pretexto para alejarse de Buenos Aires, de esa repetida exclusión con que pisaba sus calles y se perpetuaba con elecciones de amor equivocadas, con ese instalarse en una extrañeza que ya parecía patológica.
Cuando llegó al precario galpón que servía de unidad sanitaria, fue recibida por el director, un colega con abuelos venidos de los cuatro puntos cardinales del orbe, quien la condujo a la destartalada sala donde atendería a gente muy humilde, la mayoría mestizos con el mirar resignado de los que no pueden desandar los caminos de la injusticia y la miseria. Al fin de la jornada Bruno fue a buscarla para cenar juntos a la intemperie de un alero de madera. La noche se había instalado con un desgarro de estrellas fugaces y olores intensos. De a ratos soplaba una brisa candente de gritos animales. ¿Cómo te sentís?, le preguntó el médico cortésmente y con voz profunda a fuerza de expresar cansancio. No sé, tal vez atontada, respondió Isabel abatiendo la cabeza mientras él reía brevemente. No te asustés, la consoló, en pocas semanas le tomarás cariño a la gente y dejarás de sentirte sapo de otro pozo. Le contó que él había venido por un año y se había aquerenciado al punto de ir por el décimo. Ya no pienso en marcharme, confesó. Fueron compartiendo proyectos y entusiasmos que abarcaban la instalación de servicios nuevos, la educación sanitaria, la preparación de auxiliares, la gozosa confianza en las propias fuerzas y la incondicional lealtad del otro.
Una noche Isabel pulsó la vibración polvorienta y salvaje de esa tierra devastada por sequías e inundaciones, el abandono, la ignorancia, el saqueo de los bosques y sin embargo, hermosa. Algo, no sabía qué, le recordaba a Galicia. ¿Así que sos galleguita?, ¿Galleguita de verdad?, dijo Bruno con tal tono de agradable sorpresa que Isabel estuvo a punto de llorar. ¿De dónde?, preguntó enseguida sin darle tiempo a hundirse en la nostalgia. A sabiendas de que era uno de sus gestos más coquetos, Isabel aflojó tan bruscamente la hebilla que le sostenía la melena clara, que ésta fue desprendiéndose bajo la sutil claridad de los astros como el deslizar del haz de un reflector sobre el mar insondable. Suspiró antes de nombrar a su aldea. Venís de lejos, corroboró el médico como si realmente conociera ese punto perdido en la geografía y luego de un rato, como si se le hubiera olvidado y pretendiera añadirlo sin que se notara la discontinuidad afirmó: Aquí vas a sentirte como en tu aldea. Isabel esbozó una sonrisa desdeñosa. ¡Su aldea!... Él añadió, como cerrando los augurios: Hay que venir a estos lugares tan inhóspitos para amar a la Argentina.
Isabel no comprendió el vaticinio hasta la tarde en que se le murió su primer paciente. En el interín había ido descubriendo en ese territorio marginado del pujante progreso de la urbe porteña, la dimensión del desamparo, el mezquino reparto de bienes y educación, la superficial conmiseración del turista que resuelve las ecuaciones fácilmente y a su favor. La imposibilidad para la mayoría, de fugarse de esa gran trampa porque ni siquiera pueden acceder al deseo y la posibilidad de instrumentarlo. Junto a ellos auscultó el latido que hermana a los que no tienen máscaras para ocultarse. No hay balnearios de moda ni marcas de automóviles y de ropa que rellenen los vacíos del alma y está uno irremediablemente en cueros. Casi con las vísceras al aire. No hay ningún mar plausible de ser navegado y que permita dirigirse hacia otra vida. Ningún puente. Por primera vez en su vida pensó que era un ser privilegiado porque aún padeciendo la inequidad humana que la experiencia y la des-idealización de Galicia le iban mostrando a medida que maduraba, sus padres habían tenido voluntad para ejecutar una escapatoria, temple para forjar ilusiones e instalarse en un territorio nuevo donde dar batalla a la injusticia. Descubrió que el parecido de esa tierra con Galicia tenía que ver con la genealogía. En su aldea de origen, tenía raíces y tronco, era un retoño del árbol que durante milenios se había nutrido de esa tierra. Isabel de la casa de Fernández, hija de Antonio y Micaela de la casa de Casal, nieta de los Senande y los Ferreiros, biznieta de Rosa y de Manuel, Os Tesedeiros… Se encontró pensando que en ese poblachón chaqueño podría fundar otro linaje. Y que los caminos polvorientos guardaban la huella de cada uno de sus pasos. También las gentes la reconocían. Ahí va la médica, la que curó a mi hijo, la que enseña a esterilizar mamaderas, a desinfectar heridas y a coser botones. Varias veces intentó explicarse por qué siendo tan diferentes físicamente, encontraba a Bruno parecido a su abuelo y pudo responderse cuando descubrió que la intención de la mirada importa mucho más que los ojos de donde viene.
Entonces fue cuando murió en sus brazos, de un cáncer fulminante y clamando por el consuelo de su madre, aquella adolescente huérfana. Isabel sintió que se le desgarraban las entrañas como si esa muchachita hubiera sido un pedazo de su carne. Se vio a sí misma transitando tantos calvarios: partida de dolor cuando comprendió lo irreparable del arribo a la Argentina, incrédula ante la noticia de la muerte del abuelo, impotente ante la enfermedad del padre, desestimada por aquel muchacho que se casaba con otra. Se vio fluctuando entre el odio y la autocompasión y el deseo de alcanzar un estado de paz y de bondad. Cuando apoyó la cabeza de la chica sobre el catre, fue hacia el malezal que rodeaba el galpón sanitario. Zumbaban los insectos y más allá, latía una discordia de ruidos amenazantes. La tarde parecía haber anclado en el calor y la sofocación, en un estarse inmóvil, rendida a la muerte. Tuvo un instante de pánico y para atemperarlo, imaginó el frescor del mar colmado de peces, a su hermano balanceándose de la cuerda por la que descendió hasta tocar el agua mientras el barco corría desbocado. Calmosamente, como ante una revelación, decidió revertir el camino, desandarlo rumbo a Galicia por más que casi no quedaba nada suyo en aquella tierra salvo las tumbas de los antepasados y la casa derruida. Bruno no le impidió partir. Cuando la abrazó a la puerta del hospital, le dijo en un susurro: Acordáte, este lugar también es tu aldea y yo estaré aquí, esperándote. No volveré, pensó ella y él, como si le hubiera leído el pensamiento, agregó: Te esperaré, aunque no vuelvas.
Bajó del avión en Vigo, el mismo sitio por donde había abandonado Galicia. Dejó el equipaje en el hotel y rumbeó calle abajo, en dirección al puerto. Una niebla gris-azulada que por momentos adquiría tonalidades rosadas según filtrara la luz por entre las nubes pasajeras, alzaba un telón contra el fervoroso ritmo de la ciudad crecida. Isabel demoraba la llegada a los muelles porque los pensamientos encabalgándose le entorpecían las piernas. Pensaba con tanta intensidad que las ideas nuevas le refrescaban la frente como ráfagas de un vendaval. En un descanso de la fiebre, se fue delineando la figura del abuelo, el calor, áspero y tierno como el pan, de la misma mano que lo cortaba ofreciéndole de comer, el monótono repiqueteo de las botas sobre las piedras húmedas, un monosílabo, el silencio. Intentó encontrar al Yapeyú detrás de la neblina. Sólo barcos extraños a su vida, cargueros, yates, pesqueros de altura. Sobre el más cercano se leía el famoso lema: “Para mariñeiros, nós”. Sólo las gaviotas parecían ser las mismas que habían acompañado su embarque treinta años atrás y el viento que amagaba tumbarla en el mar. Pasó un grupo hablando a gritos e identificando el acento porteño, se arrebujó para que no la reconocieran. Lejos, tal vez borracho, cantaba un hombre. Volvió a sonarle la voz serena y liberadora de Bruno: Ésta también es tu aldea, pero acalló el resto de las palabras pronunciadas como si las hubiera olvidado. De repente se desgarraron las nubes y el último rayo de sol fue a clavarse como la lanza del arcángel en la tremenda boca oceánica y al hender el corazón líquido que latía como si efectivamente fuese un corazón y fuese eterno, lo vio partido en mitades exactas. Entonces se rindió al dolor y comenzó a llorar porque aquel puente roto y atlántico, jamás podría ser reconstruido, siempre la tendría apartada de los seres y las cosas igualmente amadas, igualmente evocadas.
Se sentó sobre la piedra a esperar la noche como si se dispusiese a morir. La traspasaba el frío, la evidencia de que había llegado a su patria y seguía añorándola. La contradicción le producía menos sorpresa que una pacífica certidumbre. Transcurrieron muchas horas, nunca sabría decir cuántas. Entonces, al horadar el haz de un faro la oscura carretera, bailoteó la niebla como el velo de una virgen que se descubre desnuda. Dejó que pasara el rumor y dejó que la humedad le enfriara otra vez las manos y la frente afiebrada y que volviera el restallar del agua contra las piedras. Lentamente fue descubriendo que la única fórmula para restaurar el puente sería aceptar su destino: ser dueña de dos patrias y anclar en las dos orillas con la comodidad de quien ama y sufre y sueña doble.
Se levantó y echó a andar por la carretera en dirección a una de sus dos aldeas.

MARIA ROSA IGLESIAS

Cuento premiado en España en 2006

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