domingo, 9 de diciembre de 2007

VIDA COTIDIANA DE LOS JUDIOS ARGENTINOS

Del gueto al country, por Ricardo Feierstein. Buenos Aires, Editorial Sudamericana, 2007. 480 páginas.

Si hay alguien que puede hablar con autoridad acerca de la historia de los judíos argentinos, ése es Ricardo Feierstein. A su circunstancia personal –ser hijo de polacos inmigrantes-, se suma su profundo amor por las raíces de las que proviene su familia, su preparación intelectual y su constante actualización.
Con todo este bagaje emprendió, hace muchos años, la ingente tarea de escribir la Historia de los judíos argentinos, publicada por primera vez en 1993, y reeditada en 2000. Es elocuente el hecho de que se hayan agotado estas dos ediciones de "un libro de "una comunidad"; ello demuestra que no es "sólo" de una comunidad, sino un trabajo profundamente argentino que ayuda, quizás, a comprender el fenómeno inmigratorio en su totalidad". En 2006 apareció la tercera edición, actualizada. 
No conforme con este importantísimo logro, va por más: Sudamericana edita a fines de 2007 su Vida cotidiana de los judíos argentinos, volumen que dedica “a la querida memoria de mis padres Eufemia e Isaac, a mis tíos y abuelos, a toda esa inmensa familia de inmigrantes y argentinos mezclados que alguna vez disfruté en mis años de crecimiento y que hoy me acompañan en el recuerdo y me ayudaron tanto, sin saberlo, a reconstruir un largo siglo de vida en la Argentina”.
En la Historia… -señala el autor-, “Faltaban aún los aspectos personales y anónimos, esos que hacían a la vida concreta –día a día- de la mayoría, que de manera insensible y cumpliendo las aseveraciones de Raphael Patai se iba impregnando de una cultura nueva y desconocida (para los primeros inmigrantes) y conseguía, en el creador mestizaje que darían las sucesivas generaciones, un producto original, singular y conocido a la vez, que determinaba la múltiple –pero acotada- manera de ser judíos en este lugar del mundo“.
En esta investigación aborda un tema específico: el de la vida de aquellos seres -anónimos, algunos; famosos, otros- que contribuyeron con su esfuerzo al engrandecimiento de la nación que los recibió hospitalaria. Sí, hospitalaria, aunque episodios de discriminación -hacia los "rusos", los "tanos", los "gallegos" y los "turcos"-, por cierto no infrecuentes, mancharon esa hospitalidad que, como casi todas las cosas de este mundo, pudo ser mejor.
El escritor que cantó a sus ancestros en poemas, que los recordó en novelas, cuentos y memorias, se aboca ahora a la tarea de mostrarnos cómo vivieron los judíos en la Argentina, un país que adoptaron como suyo. Luego de consideraciones acerca de la identidad judía, el relato se inicia con el arribo del vapor Weser, del vapor Pampa, y sus pasajeros, que huían de tierras “bordadas por antisemitismo”, como dice en uno de sus poemas. Los extranjeros se fueron haciendo argentinos, cambiaron algunas de sus costumbres, nos influenciaron con otras, se asimilaron, y llegaron a ser la colectividad que hoy conocemos.
Para el recuerdo, y para que la conozcan quienes no lo vivieron, Feierstein evoca pormenorizadamente la existencia de estos hombres y mujeres que se veían en una tierra nueva, a menudo amenazadora, en la que tuvieron una nueva oportunidad, en la que prosperaron y en la que enfrentaron violencia y engaños, pruebas de las que salieron airosos.
Las comidas, la lengua, las vestimentas, la educación, la religión, son sólo algunos de los temas que aborda el ensayista, en este libro llamado a ser un manual de consulta para los lectores actuales y los de generaciones venideras.
Los pasajes que más me gustaron –y los que más me aportaron-, son los relacionados con las fiestas pantagruélicas, los juntadores de avisos, el tradicionalista, el memorialista familiar, el cooperativista, la idishe mame, el Pueblo del Libro y el gaucho judío. Claro que es sólo una opinión, que no intenta establecer una valoración acerca de un contenido tan rico y diverso. 
Pero no debe pensarse que la vasta información que maneja Feierstein vuelve a la obra un pesado cúmulo de datos. Por el contrario, la gracia con que los cuenta, el afecto que trasunta cada línea hace de esta Vida... un relato ameno y esclarecedor, que lo muestra como un escritor perteneciente a una comunidad, mas no por ello ajeno a la vida palpitante que se desarrolla a su alrededor. Con inteligencia, con espíritu crítico, presenta a los judíos conviviendo con otras colectividades, en el paisaje cosmopolita de la ciudad de Buenos Aires y de las provincias, en siglos pasados y en la caótica realidad en la que vivimos.
Su libro nos habla de luchas y de éxitos, de desazones y victorias. Es, en suma, una historia contada desde el intelecto, y sentida desde el corazón; un friso de la sociedad argentina, tan peculiar y cambiante como lo es el ser humano.
Numerosas fotografías y documentos de toda índole –incluidos muy especialmente los literarios-, a los que se suman las anécdotas que escuchó, y las que lo tuvieron por protagonista, se amalgaman en este volumen que nadie que busque una investigación seria puede dejar de leer.

viernes, 30 de noviembre de 2007

DE AYER A HOY

La actuación profesional de un dirigente de empresa con principios, por Manuel Cao Corral. Buenos Aires, 2007. 432 pp.

Aunque el título sugiera lo contrario, el autor no se propone escribir su autobiografía, sino la historia de la ortopedia en la Argentina. Así la pensó, y luego las circunstancias hicieron que se refiriera a otros aspectos de su vida no menos importantes que su destacada trayectoria en la especialidad. El manifiesta: "La intención original de este libro, que había sido el rastreo de las ortopedias argentinas, fue ampliándose sin que yo me lo propusiera, hasta encerrar entre sus páginas una vida y una actuación de casi cuarenta años, repartidas en innumerables y disímiles actividades. Sin embargo, de ningún modo puede considerárselo como una autobiografía o unas memorias. No lo es, por cuanto siempre he considerado que no es bueno ni conveniente fomentar los personalismos. Ha sido ésta una norma permanente, de manera que mal obraría si hiciera ahora lo contrario".
La Primera Parte, publicada en 1992, se inicia con la inmigración de sus padres. El autor nace en 1924, el mismo año en el que el Dr. Valls viaja para especializarse. A la ilustre personalidad del médico estará unido el destino del hijo de inmigrantes, ya que el gallego Cao Turnes, figura señera de la colectividad de nuestro país, trabaja en la clínica que el galeno dirige en la ciudad de Buenos Aires. Fallece la madre y el padre enferma. Para ese entonces, Cao Corral había comenzado a trabajar en el depósito, donde organizó el material a su cargo, aplicando con creatividad un criterio que facilitaba la labor del encargado. Poco después, y como su padre no mejora, se le ofrece pasar a ser secretario. Deja sus estudios de Medicina para emprender una carrera exitosa en la Administración.
Años más tarde lo encontramos dirigiendo IOA, una empresa que no se limitó a varias ramas de la ortopedia, sino que creó asimismo varias empresas -imprenta, publicidad, transporte, etc- que la abastecían. Cuando evoca esas epócas, la mirada de Cao es abarcadora, ya que menciona a quienes tuvieron que ver con la firma, desde el más importante traumatólogo hasta el personal de maestranza; nativos, inmigrantes y visitas ilustres desfilan por estas páginas, en las que se ha incluido numerosas fotografías. Para todos ellos tiene una palabra de agradecimiento. Recuerda la capacitación constante, la exigencia en materiales y procedimientos, las muestras de arte, las fiestas de fin de año, los desfiles de moda, los premios que se le daba al personal, todo lo que hizo de IOA una firma que marcó un camino. Y a medida que va recordando, da su opinión acerca de las obras sociales y la actitud del gobierno frente a la cuestión; una opinión con la que se podrá o no coincidir, pero que hay que conocer.
En la Segunda Parte, agregada en 2007, Cao Corral se ocupa de su relación con la educación -tan importante para las familias inmigrantes-, evidenciada en el tomo anterior cuando se refiere a sus maestras de la primaria y al Colegio Santa Rosa, al que asistieron sus hijas. El escribe: "esta reedición conlleva mi posterior actuación en dos importantes entidades educativas. En efecto, al salir el libro comenzaba mi actuación en la Asociación Dirigentes de Ventas (ADE), (...) Posteriormente, al ingresar como presidente en la ADE, el Dr. Horacio O'Donnell, impulsa la creación de una universidad que, finalmente se concreta con la aprobación por parte del Ministerio de Educación que encabezaba, en aquel entonces, el Dr. Antonio Salonia". Cao Corral fundó la Cátedra España. Pensada como "Cátedra Galicia", en honor a sus mayores, abarcó finalmente la cultura de toda la península: "Hace once años propuse al Rector Dr. Horacio O'Donnell la creación de una cátedra España -la cual dirijo- como intercambio cultural entre España y la Argentina, que lleva adelante una importante actividad con ciclos de conferencias de interés general. La asistencia es amplia y en ciertas ocasiones debe utilizarse auditorios con capacidad para 150 personas. Me acompaña Jorge Alonso, como Co-Director y contamos con el asesoramiento cultural de María del Pilar Berzosa, la Prof. Emilia Puceiro de Zuleta y el Dr. Víctor Massuh". La UCES cuenta también con la Cátedra Asia Pacífico, la Cátedra Italia y la Cátedra Nórdica.
Aunque el tema tratado en este libro podría ser interesante sólo para cierto público, Cao lo vuelve de interés general, ya que, con estilo llano y comprensible, describe técnicas, enumera logros, relata anécdotas (algunas de ellas, divertidas). Quien conozca a Don Manuel, sentirá que lo escucha hablar. Su inteligencia y elegancia en el trato aparecen en estas páginas.
Prologó el Dr. Salomón Schächter. Alicia Regoli de Mullen y Patricia Mullen de Vigliano tuvieron a su cargo la corrección de las primeras dos partes del libro. La primera es autora del texto publicado debajo de la foto de Cao Corral.

miércoles, 21 de noviembre de 2007

HISTORIA ORAL, RELATOS Y MEMORIAS

por Laura Benadiba. Buenos Aires, Maipue, 2007. 144 páginas. Ilustraciones de Mariana Gabor.

Conocí personalmente a Laura cuando el historiador Carlos Szwarcer nos convocó para participar en la Jornada Buenos Aires Sefaradí, en la Manzana de las Luces. Pero ya hacía tiempo que sabía de ella y su denodado esfuerzo por el rescate del pasado, con una visión que involucra a cada uno de nosotros.
En este libro, ofrece un análisis de los diversos enfoques de la historia, las clases de fuentes de las que disponemos y la diferencia existente entre ellas. Proporciona una guía detallada para realizar una entrevista, y hace hincapié en el respeto constante hacia el entrevistado, resaltando que él se presta a nuestra investigación, y por lo tanto, se le debe consultar si ese material se puede utilizar públicamente. Ofrece consignas para la transcripción, como por ejemplo, no eliminar las repeticiones o las vacilaciones, ya que las mismas nos hablan del estado de ánimo de quien relata su historia. Y recuerda que no sólo de palabras se trata, ya que podemos solicitar que quien acepta la entrevista tenga consigo en ese momento documentos y objetos, los cuales serán filmados y/o fotografiados.
La particularidad de este trabajo es que está destinado al alumno de enseñanza media. Me interesa especialmente porque, en las clases de Lengua y Literatura, mis alumnos entrevistan a sus padres y abuelos inmigrantes, de Europa y de América, y el libro de Benadiba sistematiza la tarea. Las entrevistas no sólo nos han servido a quienes escuchábamos para comprender más cabalmente determinadas situaciones, sino que han esclarecido cuestiones oscuras hasta para el mismo entrevistador. Me explico: una alumna de segundo año me refiere que cuando era niña, su abuelo les destruía - a ella y a su hermana - cada muñeca que les regalaban, y no sabía por qué el hombre - una buena persona - hacía algo así. Resultó ser que en Polonia - dijo -, las únicas que tenían muñecas eran las hijas de los alemanes, y no soportaba verlas.
Estas vivencias y otras son las que se pueden recabar mediante el procedimiento que detalla la investigadora, que tiene como principal mérito el de hacer que cada adolescente se sienta parte de la historia,

domingo, 11 de noviembre de 2007

CONTRAMAESTRE, MAR Y VIENTO

A mi padre: Dn.Wietze (Guillermo) Klass (Claudio) de Boer

El mar alguna vez se le prendió del costado, haciéndolo vicioso de horizonte, tiempo después de haber aprendido, en el campo, a disponer del paisaje. Tal vez por eso tenía los ojos tan profundos, de sal, de tiempo y de distancia, éste hombre del que estoy hablando.
El mar es un conquistador de espíritus. Estemos cerca o lejos, siempre nos alcanza. ¿Cómo entonces a él no lo iba a encadenar con sus anclas de ausencia?
Casi toda su vida le dió el contramaestre, en el vientre salobre y desnudo del muelle, donde olían los barcos a petróleo y se esparcían, entre las nubes, los cuentos y las carcajadas.
¿Cómo dudar entonces, que le dolió el descanso, que odió que lo jubilen, que le quitaran lo suyo, esa dulce poesía que le encontró al trabajo?
Pero disimulaba. Hablaba de libros, sueños, hacía proyectos, se la pasaba contando. Pero ¿Quién no lo sabía?¿A quién le cabían dudas que mucho del gigante estaba templado en algas, en mangueras y viento, ese mismo viento que, de joven, solía acompañarlo cuando recorría leguas al galope para ver a su amada?
Hay una forma antigua de ser grande, hay algo que llevan estos tipos que crecen por dentro, un modo de juntar los pedazos de su vida y las arman en esa mezcla rara que llamamos alma. Y eso asoma. En la locura de treparse a las torres, de pararse en las proas de las lanchas burlándose de las tormentas, danzando, de no frenarse nunca ni con la edad ni con nada, menos aún si de ayudar se trata. Le salía por los poros al grandote tozudo e ingenuo. Convencido que la vida era para vivirla y que Dios estaba de su lado pasara lo que pasase.
Por eso, hasta la muerte, cuando vino a tumbarlo, tuvo que pedirle permiso, invitándolo respetuosamente a subirse a su coche de gusanos y olvido.Y sólo porque él aceptó, ya cansado, pudo llevarlo. Ya había fracasado otras veces, sabiendo con quien se enfrentaba, mientras él se divertía, jactándose con sus anécdotas, riéndose, aún de las penas.
Por eso es preferible no decir nada. Es mucho tamaño, mucho esfuerzo para poder apreciarlo con palabras.
Por eso mejor callarse y recordar al hombrón en silencio. Así no queda el vacío, sino el amor que él nos dejó por siempre. Eterno.

Miguel Angel de Boer . 17/06/99
Comodoro Rivadavia, Chubut

viernes, 9 de noviembre de 2007

ESCOBAS REVOLUCIONARIAS

La gran huelga de inquilinos (1907), por Germán Cáceres. Buenos Aires, Ediciones BP, 2007 (Informes del Sur)

El año pasado pudo verse en teatro Agua, piedras y escobazos, obra de Germán Cáceres interpretada por el Equipo Teatral Osvaldo Dragún y el Grupo de Teatro Almas Fuertes. Estrenada en septiembre de 2006, está basada en el hecho histórico ocurrido en nuestro país en 1907, conocido como La Huelga de los Inquilinos o La Revolución de las Escobas.
La puesta se hizo “bajo la dirección general de Jorge Macchi, con el siguiente elenco por orden de aparición: Edgardo Jesús Diaz, Claudio Germán Godoy, Jorge Suarez Soria, Diego Adotti, Analía Mariel Rivero, Hernán Adotti, Leonel Borroni, Soledad Tortoriello, Edgardo Moccia, Cristina Barreiro, Natalia Romero, Alejandro Casal, Cristina Noemí Carcabal, Romina Cacchione, María Fernada Correa y Denise Chabín. Dieciseis actores en escena. (...) La obra se compone de un prólogo, dos actos y un epilogo. Al transcurrir en un conventillo, retoma la tradición del sainete respecto a ciertos personajes clásicos como el Tano, el Turco y el Gallego, y aprovecha el tono humorístico del género para celebrar el éxito de una huelga justa con una fiesta que ofrece al público tangos antiguos, practicamente desconocidos. La dramática represión policial del final obtiene, así, contundencia y se da primacía a la faceta testimonial. Este espectáculo cuenta con el apoyo de Proteatro". 
En esa oportunidad, afirmé: “Su recreación del clima del conventillo se inscribe en la tradición al respecto, pero brilla con luz propia; sus parodias del lenguaje de los inmigrantes, y de las discusiones entre ellos, nos hacen palpitar esos momentos tensos en los que las diferencias entre inquilinos se postergan para dar paso a la unión frente al propietario. Entre los inmigrantes se ve, asimismo, una diferencia de actitud; mientras el gallego es contemporizador, el turco se muestra inflexible, pero ambos luchan por lo que consideran justo. El italiano, en cambio, muestra una faceta censurable de la inmigración. La figura del encargado del conventillo se encuentra en la literatura, y encarna la fuerza del poderoso frente al desamparo de los que nada tienen. Encarnan también al poder los personajes del doctor José Figueroa Alcorta y el coronel Ramón Lorenzo Falcón. Finalmente, llega la represión. Breve, contundente, sumamente lograda, esta pieza reafirma una vez más el talento de su creador”.
Pocos meses después, Ediciones BP incluye en su colección Informes del Sur el texto que nos ocupa, en el que el autor expone el sustento histórico a partir del cual escribió el drama. Pero no sólo expone los datos que encontró en su investigación, en fuentes que consigna en la bibliografía, sino que también da su personal visión del hecho. Su condición de universitario relacionado con la economía, y su profunda formación humanística hacen que su mirada acerca de esta época sea especialmente interesante, aún cuando su posición no sea compartida por todos los lectores.
A mí me fascinó este trabajo. Porque es serio, porque está escrito con amenidad, porque es un homenaje a los inmigrantes agobiados por el peso de tantas obligaciones y tan pocas satisfacciones y también porque homenajea muy especialmente a las valerosas mujeres que tuvieron un papel fundamental en esta huelga.

viernes, 19 de octubre de 2007

ROJOS Y BLANCOS. UCRANIA

por Rosalía de Flichamnn. Per Abatt, 1987.

La autora de Rojos y Blancos, Ucrania nació en ese país y vive actualmente en la provincia cuyana. Sus pinturas se exhiben en museos y colecciones privadas de Estados Unidos, Europa y Sudamérica, e ilustran sus memorias. Esta obra transmite al lector las penurias que debieron pasar muchos inmigrantes en su país de origen y habla, a la vez, de las diversas latitudes elegidas para afincarse en la Argentina. No todos se quedaron en Buenos Aires, hacinados en conventillos; muchos se dirigieron al interior, donde prosperaron aun enfrentando a indios y xenófobos.
La escritora afirma que ella y su familia eran perseguidos en Ucrania por dos motivos: su condición de judíos y de burgueses. Si estas dos causas motivaron la amenaza constante a la que estaban sometidos, también significaron la posibilidad de radicarse en nuestra tierra, ya que la madre se apoyó “en instituciones judías que ayudan a los emigrantes fugitivos que salen de Rusia”, y el hecho de ser pudientes les permitió una salvación que a otros estuvo negada.
En estas páginas, la escritora evoca su niñez, en la que las amarguras eran una realidad cotidiana. Las persecuciones, la revolución, la guerra civil, las violaciones y los asesinatos –a los que se suman las inundaciones y el tifus- son el cuadro con el que Rosalía debe enfrentarse a muy corta edad: “Los blancos están en la ciudad, persiguen sin cesar a los judíos. Matan a los hombres, se apoderan de las mujeres jóvenes y hasta de las niñas. Estoy cansada de tanto horror. Y los cambios continúan. Hoy los blancos, mañana los rojos. Como somos despreciables burgueses, éstos invaden la casa y nos reducen a dos habitaciones. El hambre se hace sentir, duele”. Más adelante, manifestará una preferencia, en su desgracia: ”Quiero que vuelvan los rojos; cantan la ‘internacional’ y nos asustan, pero que vengan pronto. Los blancos son peores, ignorantes, desalmados, asesinos”.
La niña recuerda el escondite en el que su abuelo refugiaba a la familia y a algunos vecinos -los ancianos y las madres con hijos- cuando estaban en peligro: “nos situamos en un lugar oscuro, sin aire. Es bajo, menos de un metro de altura. Ya estamos todos acurrucados, en silencio. ¡Cuidado! Que nadie hable, no hacer ruido, dice el abuelo. Algunas mujeres lloran despacio. Un niño pequeño empieza a protestar y llora cada vez más fuerte. ¿Quién grita? ¡Tapen la boca a ese niño! ¡Nos van a descubrir por su culpa! ¡Nos matarán! Pónganle un trapo en la boca”. El anciano es evocado como un verdadero patriarca; él quedará en Ucrania, y aceptará generosamente que su familia marche hacia la libertad.
La protagonista describe asimismo la desesperación que sentían ante un pogrom. En uno de los capítulos dice: “Nos reunimos todos en un cuarto. Apagamos las luces y vemos entrar por las ventanas enormes piedras que rompen los vidrios y todo cuanto encuentran. (...) Creo que Dios dio vuelta la cara y no mira. ¿No sabe que el abuelo es tan bueno, que rezó mucho en la Sinagoga? ¿Y que la abuela prende dos velas y las bendice?”. Incapaz de comprender tanto fanatismo y codicia, se siente abandonada en su desolación.
Agobiada por la tristeza, la niña piensa en el padre, al que no ve desde hace años: “Se fue antes de que empezara la guerra, se fue lejos, más allá del cielo y las estrellas y la luna. Por eso no tengo una muñeca. Pero mamá dice que pronto me va a regalar una”. De esa tierra lejana llega la muñeca, y también una canción: “Aprendo a cantar en ruso un tango que llega de la Argentina, ‘El Choclo’. Por cierto, las señoras elegantes usan vestidos color ‘tango’. Mi tía grande tiene un abrigo precioso de ese color, un hermoso anaranjado”.
Después de muchos trámites, emigran para reencontrarse con el padre que viajó ocho años antes: “Me convenzo de que no sueño, de que terminaron los preparativos. La última noche casi no duermo. Miro todo, quiero recordar la casa que nunca más veré. Miro por la ventana la calle familiar, la gente que pasa. Me levanto despacio, voy al balcón. Recuerdos, risas, lágrimas, sueños”. La niña desea partir, a pesar de que echará de menos su tierra: “Pronto estaré lejos de este país. Esto es lo que quiero. Poner distancia, no volver nunca más ni recordar lo vivido; aunque amo a Rusia, amo a Ucrania, amo la ciudad donde nací. Y cantaré, leeré y escribiré en el idioma que tanto quiero y recordaré siempre. ¿Pero por qué estoy triste? ¿Acaso no voy hacia la felicidad?”
Luego de un viaje penoso llegan a Buenos Aires, donde tiene lugar el ansiado encuentro con el padre que “sonríe, siempre sonríe”: “Vestidas de blanco, subimos a la parte más alta del barco que ya está atracando al muelle. Abajo se ve un enorme gentío. Miro y no distingo nada ni a nadie. Mamá busca ansiosamente. La veo nerviosa, excitada. ¿Estará papá allá abajo? Ella mira, busca. ¡Es papá! Se tambalea, se desmaya. Nos ayudan a levantarla. Se repone pronto y estamos listas para pisar suelo argentino. (...) papá nos abraza, besa a mamá. ¡Qué alivio, ya no tengo que protegerla! Ya tiene quien la cuide, quien la ame. Me siento liberada, contenta. Yo siempre la quiero mucho; pero desde ahora sin angustias, sin penas”.
Por fin, llegan a Mendoza. La pequeña se compara con otras niñas de la familia, que no han conocido la guerra: “En la estación nos reciben dos primas algo mayores que nosotras. Al mirarnos se produce el choque de dos mundos reflejados en el aspecto de ellas y de nosotras. Las primas parecen muñecas sonrientes, despreocupadas”.
Ha comenzado para Rosalía “una larga vida en la Argentina, una vida plena y feliz”.

VALENTIN el inmigrante

por Alcides J. Bianchi. Santiago de Chile, Ediciòn del autor, 1987.

     En esta obra, el autor relata la vida de su padre, exitoso empresario afincado en Mendoza. Don Valentín naciò en Fasano, Italia, en 1887. Se dedicò a la docencia hasta que una carta de su hermano lo decide a emigrar a la Argentina. Tenìa veintidòs años. Durante la travesìa pasò “muchas noches de insomnio, acostado en la estrecha cucheta del camarote, mientras pensaba en su nuevo destino y en cual serìa la suerte que le depararìa. Las incomodidades del barco carguero en el que viajaba tambièn le producìan desazòn. Tenìa que sobreponerse a las penurias del viaje y a sus interminables noches, cuando, con frecuencia, solìa sentir a las ratas correteando por sobre su cama”.
     En nuestro paìs, el italiano desempeñò distintos oficios, destacàndose por su facilidad para la contabilidad y su excelente caligrafìa, que le valiò el apodo de “el gringo de la letra bonita”. Fue empleado contable y rematador de lotes, hasta llegar a su ocupaciòn definitiva: la de bodeguero.
Formò familia en San Rafael, donde nacieron sus hijos. La esposa soportò la estrechez de los primeros tiempos haciendo economìa en el hogar. El autor relata que la mujer cazaba pajaritos con su rifle y los hijos –pequeños, en ese entonces- los deshuesaban, para almorzarlos con polenta.
     Cuando llegò el momento de pensar en el futuro de su empresa, hizo que los hijos mayores –una hija y el autor de la biografìa- estudiaran para poder continuar con el emprendimiento paterno. A partir de ese momento, comenzò a viajar periòdicamente a Fasano, donde, ya viudo, pasaba temporadas con su hermana, a quien no habìa visto durante dècadas. Bianchi encontrò la muerte en una ruta de su pueblo, en 1968.
     Alcides Bianchi presenta a su padre como un hombre de carne y hueso, con sus virtudes y sus defectos. Era irascible, pero tambièn sabìa pedir perdòn al màs humilde obrero; se alteraba, pero era porque trabajaba demasiado, siempre deseoso de dar lo mejor a su familia. El autor relata - basàndose en una importante investigaciòn y en la colaboraciòn prestada por aquellos a quienes agradece- còmo el inmigrante llegò, desde la orfandad que signò su infancia, hasta la posiciòn social y econòmica que se forjò en la Argentina.
     Este libro narra la historia de un inmigrante exitoso, que, sin embargo, nunca dejò de sentir nostalgia por su tierra.

martes, 2 de octubre de 2007

Consorcio Utopia

2- La llegada

Fue una noche, o varias, que resolvimos –con un grupo de compañeros, militantes de muchas décadas por un mundo mejor–, no ser una carga para nuestros hijos, como los padres de cada uno lo fueron para nosotros. La solución residía en lo mismo que sostuvimos durante años. Esfuerzo solidario, conjunción de pequeños destellos, proyecto compartido. Alimentación natural, sol, vida en contacto con la tierra, inexistencia de dinero, rotación del trabajo.
Uno es ingeniero, otro químico, otro martillero público, otro actor teatral o pintor de paredes, el de más allá un buen empresario. Vamos a invertir, entonces, en nosotros mismos. Comprar un terreno en un lugar alejado- “ahora, que recién tenemos medio siglo de vida” decíamos llegando al año 2000- y construir allí para nuestra ancianidad. Departamentos propios y con espacios comunes. Arbolado, limpio, ecológico, transparente. Como nuestros espíritus. Y se llamaría “Ciudad del Sol”, en recuerdo de uno de los primeros (e inocentes) intentos de vivir humanamente, en un lugar acorde con lo que se piensa.
Llego. El terreno cuadrangular (llevado a circunferencia perfecta con el borde de los jardines perimetrales) ocupa, en la idea original, un cuarto de manzana en un apartado y tranquilo barrio de la ciudad de La Plata, a una hora de viaje de Buenos Aires. Una copia clonada de nuestra geografía de infancia. Planta baja libre para cultivos y contacto con el verde. Construcción en el centro con visuales armónicas que eluden el apretujamiento de la gran ciudad. Profusión de árboles, cuidadosamente respetados.
Pero hoy, marzo de 2010, cuando ingreso de una buena vez al edificio- luego de haber esquivado durante años este momento- no hay denominación alguna para el predio (¿y el efecto de contagio que pensamos?) y un cartel al frente anuncia: “Consorcio Privado 2020. Cocheras sólo para autorizados”. Otra vez el eje fuera de lugar.
¿Qué es esto? ¿Quién autorizó el cambio de denominación? ¿Dónde está el comité de recepción? ¿Por qué este señor con uniforme (¡con uniforme entre nosotros, anarquistas del alma!) me ayuda a llevar las valijas con gesto adusto, reconcentrado, casi autómata? Y, sobre todo, ¿dónde están mis compañeros?
- Exijo saberlo-, digo.
El hombre sonríe con los labios, pero sus ojos siguen fríos e inexpresivos.
- Hubo algunos cambios obligados por las circunstancias, señor Blum. Sus amigos están bien, no se preocupe. Todo está en orden y no tendrá motivos de queja.
Me inscriben en el cuaderno de recepción, en planta baja. El trato es educado pero algo frío, distante. “No te pongas en situación de patrón”, pienso. Finalmente, esta es una comuna socialista.
Las habitaciones son compartidas, me informan, por un tema de costos: así lo resolvió la última asamblea. Yo ocuparé la número 6, junto a Ramón Ortiz, un santafesino muy mayor y delicado de salud. No consigo ubicar ese nombre. Posiblemente pertenecía a alguna célula del movimiento en la provincia y, por lo que dicen, es de una generación varios años mayor que la mía. Bien: una manera de reencontrar vivencias juveniles. El conserje dice, sonriendo, que “don Ramón ya tiene tornillos flojos” en su cabecita, seguramente por la edad (“fíjese que nos vuelve locos, todo el día, en el conmutador. Dice que quiere hablar con Dios, que lo llamemos por teléfono desde aquí con cobro revertido, porque él no tiene dinero para una comunicación tan costosa...”). Llegamos a la puerta de la pieza.
- ¿Le parece bien la ubicación? Estará cerca de Sedatti, el periodista retirado, que dice recordarlo muy bien.
Antonio. Hemos discutido por años y lo desprecio un poco- suele ocurrir entre antiguos contendientes-, pero siempre es mejor convivir con alguien conocido. Resabios de conservadorismo y cierre a tratar con gente nueva, pienso. Han pasado muchos años, otros compañeros ya no están o renunciaron al proyecto. Comenzar otra vez, seguir con lo que hay, con lo que queda.
- Igual que con los dientes o el cabello- bromeo.
No entiende mi referencia.
Debemos ir por la escalera, el ascensor está en reparaciones. “De acuerdo, es un buen ejercicio”. Apartan un cerramiento provisorio del frente- al estilo de las obras en construcción- para dejar libre el paso. Comenzamos a subir.
- El señor Ortiz está durmiendo la siesta, en este momento. Si le parece bien, señor Blum, y para no despertarlo, puede dejar sus cosas, de manera provisoria, en lo del señor Sedatti, que ocupa la habitación 7. Lo llevaré hasta allí.
Entramos y lo diviso en un rincón, sentado en la cama. Antonio Sedatti. Mi futuro vecino de cuarto, pared por medio. Supe que había enviudado hace un par de años de Manuela, su compañera. Pero no ha cambiado nada: mediana estatura, abdomen más pronunciado que cuando nos vimos por última vez, cabello oscuro con apenas algunas coquetos manchones blancos (¡vos te teñís, Antonio, a mí no me engañás!). Su sonrisa sigue siendo acogedora, aunque falsa. Parece campechano y ansioso a la vez por verme; tiene en la mano un pequeño fragmento de papel blanco, enrollado, y en la conversación posterior lo introducirá una y otra vez, como pequeño estilete, entre sus espacios interdentales. Ha estado comiendo gajos de naranja, al parecer, porque hay trozos de cáscara sobre la cama, en la mesa de luz y en el piso.
La edad le ha hecho perder los modales. O está incómodo por nuestro encuentro y no se molesta en disimular.
Nos saludamos con un apretón de manos. La relación, después de un lustro, no amerita el abrazo de “compañeros de ruta”. Tal vez más adelante. Me dice- quizás en broma- que entre los que viven aquí suman cuatro enfermos del corazón- dos ya tuvieron infartos-, seis artritis, varias operaciones de cataratas y alguna cirugía estética, doscientas quejas variadas cada mañana, ocho audífonos, uno sin diagnóstico pero con seguro Mal de Alzheimer, un enfisema pulmonar apenas superado y veinte pares de anteojos: “¿Cuál será tu aporte a esta venerable institución?”
Ríe de su chascarrillo y me da la bienvenida con palabras afectuosas. Pero yo no vine hasta aquí para seguir fingiendo compromisos sociales. A los diez minutos, ya estamos discutiendo.
 - La generosidad es un lujo de los jóvenes. Ninguna persona de 60 años puede dedicarse a buscar maestros, admirar realizaciones de otros o escribir largos ensayos sobre ellos. El tiempo biológico que nos resta alcanza, apenas, para promover la propia obra.
Así contesta Antonio Sedatti mis agitadas “reflexiones de la escalera” sobre el proyecto original de este edificio, cuando nos ubicamos frente a frente, después de colocar la valija sobre la cama. En nuestro último encuentro, hacia el año 2006, me contó que venía a vivir en este lugar. Habla con un cigarrillo encendido entre los labios y expresión algo aburrida, mientras entrecierra el ojo derecho para equilibrar la débil columna de humo que asciende desde la boca.
   -Yo lo comprendí a tiempo- sigue. -Así como supe que la novela tradicional exhalaba sus últimas boqueadas, tal como decís. Ya que nosotros no determinamos estos procesos históricos, por llamarlos así, por lo menos debemos aprovecharlos. Sin causar mal a nadie.
¿Por qué, de pronto, Sedatti se me vuelve antipático, mezquino, egoísta?
- Antonio, no te reconozco- le digo. -¿Los años te han cambiado?
- Como a todos, Juanqui. Como a vos.
- Todos, no. Algunos pretendemos, todavía, conservar cierta coherencia de vida. Pero a vos, a vos... al parecer, los años te han hecho mierda.
Lo dije. Sedatti quedó paralizado por mi franqueza. De pronto, estornudó. Una reacción somática, quizá. Pareció un grito seco y brusco. En el silencio que siguió, extrajo un pañuelo de batista del bolsillo y se limpió cuidadosamente la nariz. Sentí lástima por él.

Ricardo Feierstein

lunes, 20 de agosto de 2007

Jose Luis Alvarez Fermosel

Soy el Caballero Español, sí. De las ondas sonoras pasé a una web y de ella a este blog. Se lo debo a mi compañero y entrañable amigo José Luis Agromayor, quien me insistió una y otra vez para que abriera un blog y al final lo diseñó él mismo.
Nací en Madrid. Llevo aquí muchos años, así que soy “espartino”: una mezcla de español y argentino. Mis dos hijos, Juan Ignacio y María Soledad, son “argeñoles”, porque nacieron en Buenos Aires, tienen la nacionalidad española y viven en Madrid, donde ya no me queda más familia que ellos y mis primos hermanos Mary y Paco.

leer más: http://elcaballeroespanol.blogspot.com/

martes, 31 de julio de 2007

El nieto del italiano

Mientras esperaba el último tren de la noche, Vicente pensó en su abuelo, en los cuentos que repetía en cocoliche, esa jeringonza de los inmigrantes italianos, minestrón de pobres y pan de ayer, pero con una imaginación desbordante que ascendía a montañas prodigiosas y lo obligaba a codearse con dragones incendiarios raptores de frágiles princesas. 
‹‹ ¡Gamba, veni in copa!›› La frase del abuelo resonó nítida en su memoria, pero ¿qué significaría? La vida se le escurrió y sólo ahora sentía la urgencia de conocer aquel significado. Recordó la lumbre mortecina del fogón familiar, y la rueda de los primos expectante del relato a media voz. Se propuso que no pasaría más tiempo sin que llamara a Antonella, su prima mayor, que hasta parloteaba en italiano, ella recordaría los cuentos del abuelo. El no adoptó la herencia itálica, apenas comprendía las trasmisiones de la R.A.I. y ni pensar en entender mejor ese idioma. Ella, nunca supo si por tozuda o por inteligente, descubrió sola a “Pinocchio”, después a “Cuore” de Edmundo D’Amici y, de señorita, a la “Commedia” de Dante Alighieri. También asumió como una obligación filial hacerlo partícipe de sus lecturas, agregando a su esfuerzo la traducción metódica, y obtuvo con su magia de prima mayor que la siguiera por los círculos del Dante. Ahora ambas voces, la de su prima y la de su abuelo, se confundían, y Vicente recordaba con insistencia lo que jamás retuvo. 

‹‹Nel mezzo del cammin di nostra vita
mi ritrovai per una selva oscura,
ché la diritta via era smarrita. 

Ahi quanto a dir qual era è cosa dura
esta selva selvaggia e aspra e forte
che nel pensier rinova la paura!›› *) 

Así padecía en la mitad de su vida: extravió la ruta y ahora lo rodeaba una selva áspera y salvaje. 
A esa hora el andén ya se encontraba vacío, quieto, sucio. Se advertían las huellas de la jornada: el polvo de miles de pasos, papelitos estrujados aquí y allá, los bancos sueltos, solitarios. 
Durante algunos años, después del fallecimiento de su padre, él y su madre vivieron en la casa familiar y Antonella fue la hermana mayor que no tuvo, la paciencia para atarle los cordones de las zapatillas y ordenarle el pelo, a fuerza de mojárselo; lo defendía de todos, del mundo, pero se casó con apenas diecisiete años y en aquel momento él sintió que después de la muerte de su padre era la peor traición de la vida. 
Vicente abrigaba la particular impresión de que el idioma italiano transmitía dramáticamente los sentimientos. Comparaba a las palabras con insatisfacción, para él, miedo o pavor producían menos desasosiego que paura, esta era conmovedora, fatal. Vendetta, con la doble te vibrando de odio contra el paladar, se le antojaba más resentida y sañuda que venganza. 
Lo apresaron las estrofas de La divina comedia, las pocas que recordaba, impresas en su carne más que en su memoria. 

‹‹Fatto avea di là mane e di qua sera
tal foce, e quasi tutto era là bianco
quello emisperio, e l'altra parte nera 

quando Beatrice in sul sinistro fianco
vidi rivolta e riguardar nel sole:
aguglia sì non li s'affisse unquanco››. * *) 

Eso necesitaba: una Beatriz que lo guiara, capaz de mirar al sol de frente; una Antonella que lo sostuviera para desafiar la peor de las pérdidas. Como decía el Dante: porque ni un águila la miraría de ese modo. 
Lo sobresaltó la entrada del tren en la estación, tan absorto permanecía en sus recuerdos, y volvió a la realidad entre ruidos de fricción metálica y aires de frenos. Subió automáticamente, el vagón desierto le produjo angustia y vio sin mirar que en una esquina, arrebujado, dormía un linyera. El se abandonó junto a una ventanilla de vidrios bajos y perspectiva nocturna. A pesar de la hora su lucidez consistía con terquedad sobre un único tema definido con diferentes facetas. A veces le invadía los ojos la infancia distante, pero en forma inmutable se los inundaba la verdad. 
Siempre lo asombraron los ojos de su abuelo, claros como gotas de agua, y el pincel descarnado con que compuso sobre las paredes de la casa antigua paisajes montañeses hechos con puntitos de colores; debían mirarse de lejos para entenderlos: rebaños derramando su blancura sobre praderas verdes; de cerca, un tul de pintitas sin forma. Se quedó sin preguntarle si conocía la escuela puntillista o era sólo su intuición y la nostalgia de su tierra hecha paisaje. A Vicente esa añoranza se le fue cayendo, como propia, por una mejilla. 
Otras veces lo capturaba la figura de luto de su madre, hasta las medias de nylon y los guantes negros. Esa imagen vencida se anudó en su memoria a la de su primera comunión: un muñequito de traje azul y misal de nácar. Lo paseaba de visita, casa por casa, recolectando el dinero que padrinos, hermanos y cuñados depositaban concienzudamente en su limosnera, y para mostrarlo como al aval de que a pesar de la viudez cumplía con el mandato de las buenas costumbres; y así se sentía Vicente: una prenda colgando del brazo de su madre, yendo a su lado, a cual más rígido, la viuda y el hijo único. Jamás olvidaría la sensación de vergüenza y desamparo, porque había quedado huérfano del orgullo paterno, a merced de una madre que no vacilaba en ventilar su pobreza. 
Vicente recordó los años de la soledad materna y el veredicto de su abuelo que la concluyó. Una noche de verano, en que permanecía escabullido entre los malvones del patio, rondando la mecedora de mimbre del anciano, escuchó el reproche que indicaba: ‹‹basta de ropa negra, es hora de que vuelvas a casarte››. Sobrevino un silencio; notó que había apoyado en una maceta su purito capaz de voltear mosquitos porque se aclaró la garganta y continuó alegando: ‹‹es un hombre trabajador, conozco a la familia, será un buen padre para Vicente››. Al día siguiente su madre comenzó a usar vestidos grises, con florcitas tristes sobre fondos nublados. Un año después de aquella noche, cuando ya tenía once años y Antonella iba por su segundo hijo, su madre volvió a casarse y se fueron a vivir a la provincia. Para Vicente se terminaron los cuentos del abuelo, las tardes de primos, las peleas por quién se sentaba en la hamaca de mimbre, trono o refugio, mientras fantaseaba mundos de piratas y mosqueteros. Se le terminó la infancia. 
Recordó a su padrastro como un hombre serio, de pocas palabras y ninguna demostración de afecto. Sobre ese cambio comenzaban a coagularse sus recuerdos y estrenó la culpa, porque siempre asumió que era responsable de la tristeza de su madre. A partir de esa mudanza su existencia contrajo el matiz de una vorágine incontrolable. Su esposa llegó a ser un brote de su prima o de su madre, la Beatriz del Dante y su Antonella intercambiaban gestos de complicidad, las caras de sus dos hijos aparecían y desaparecían en sus noches de insomnio, vacilantes, como si un barco hiciera guiños desesperados desde las tinieblas, las mismas que los engulleron aquella noche de diciembre. 
Se preguntaba: ¿pero existió una vida antes de aquella noche irreparable? La del incendio, porque desde entonces colgaba de la vida como en aquellas visitas de su infancia había colgado del brazo de su madre, incómodo, falto. 
¿Cómo era posible perder dos hijos y seguir viviendo? Aquel treinta de diciembre, la muerte de sus cachorros, ¿qué justicia los reviviría? Beatriz, la cicerone del Dante, se instalaba en la rivera de su dolor y le repetía: 

« mi disse: "Non sai tu che tu se' in cielo? 
e non sai tu che 'l cielo è tutto santo, 
e ciò che ci si fa vien da buon zelo? 

Come t'avrebbe trasmutato il canto, 
e io ridendo, mo pensar lo puoi, 
poscia che 'l grido t' ha mosso cotanto 

nel qual, se 'nteso avessi i prieghi suoi, 
già ti sarebbe nota la vendetta 
che tu vedrai innanzi che tu muoi. 

«La spada di qua sù non taglia in fretta 
né tardo, ma' ch'al parer di colui 
che disïando o temendo l'aspetta». ***) 

Vicente no aceptaba las palabras de Beatriz, opinaba que el cielo era un espejismo, menos creía en el esmero de ese cielo, y en su viaje, recorrido sin brújula, nada era santo; tampoco aceptaba la existencia de la Justicia Divina, sufría demasiado y caminaba con el corazón estrangulado. Cada revolución de la tierra le marcaba el cambio de las estaciones, pero sólo existió una primavera y excursionaba hacia su único invierno con rapidez. 
Por la ventanilla del tren, agazapado en el vidrio sucio, lo embistió la danza de la hoguera que atrapó a sus hijos, y a otros ciento noventa y cuatro hijos de alguien, o hermanos o amigos. Y sus pupilas se negaban a ver otra figura que las llamas, la búsqueda de hospital en hospital, los días siguientes mendigando los cadáveres queridos. Las imágenes enervaban su dolor de padre despojado, pero se imponían. 
Con el incendio de la disco República de Cromagnon su vida dejó de tener las alegrías o los miedos de un padre de adolescentes. Las materias del secundario, el viaje de egresados, el ingreso a la facultad, las drogas, ¡hasta el SIDA! Eran perfumes que su nariz había dejado de oler, sólo quedaba el olor del siniestro y una culpa intangible que lo señalaba: ¿por qué los dejó ir? En el futuro no descubría nada ni a nadie. Su esposa, con más entereza que él, participaba en las marchas de las Madres del Dolor. Pero él no soportaba hablar con la madre de sus hijos, no quería oírla hablar de justicia: ¡quería venganza! Peor, vendetta. Que los responsables sufrieran lo que sus hijos sufrieron, ojo por ojo, diente por diente. ¡Y ni así se los repondrían! 
Otra vez la voz de Antonella insistió con su golpeteo. Y con la misma dulzura con que lo hacía en la infancia se preocupaba porque entendiera sus palabras: «perdiste el camino en la mitad de la vida, y te encontraste en una selva oscura, ¡tan difícil es hablar de esta selva que reanuda en tus pensamientos el terror!» Vicente sintió que necesitaba asirse de la mano de su prima, de la mirada tibia de su abuelo domador de ogros, lo urgía esconderse en el sillón de mimbre, única isla segura contra dragones lanzallamas devoradores de hijos. 
Y con la vista clavada en la noche indiferente de la ventanilla se largó a llorar desesperado, doblado sobre su vientre, las llamas de su dolor le quemaban las entrañas. Sintió sobre el hombro una mano caliente, y un aliento alcohólico le preguntó: 
– Señor, disculpe, ¿qué le pasa? ¿Está extraviado? 
A través de las lágrimas vio la barba oscura del linyera, lo miraba con afecto. Poseía ojos clarísimos, como los de su abuelo, y su visión lo sorprendió de tal modo que se golpeó la frente con la mano, recordó de súbito: « ¡Gamba, Gamba era el nombre del ogro que sólo tenía piernas!›› Y mientras el vagabundo se sentaba a su lado le contó que era padre de dos muchachos quemados en la disco República de Cromagnon. 
– Usted sí que ha perdido algo, pobre hombre, como para no llorar a los gritos. 
Recién ahí Vicente se dio cuenta del cuadro que ofrecía y enmudeció, como si su dolor fuera vergonzoso. El linyera comenzó a filosofar en voz alta. 
– Pobre nuestro país, como monstruo sin cabeza va rodando. Tantas son las causas del desastre, la codicia, la corrupción, el desorden moral; tantas son las culpas que no se acierta a dar con los culpables, pero no se apure, en el cielo está todo escrito, su espada es más rápida que lerda, antes de morir verá su venganza. 
Vicente miró al linyera azorado, parecía que el vagabundo conocía sus más íntimos pensamientos y coreaba La divina comedia según la misma y entrañable traducción que su prima Antonella hacía de sus versos. Esas palabras, casi textuales, le vaciaron las venas y el vagón giró a su alrededor, un vahído le inundó la boca. 
– ¿Se siente mal? Puedo ofrecerle algo fuerte. 
El hombre metió la mano en un bolsillo interminable de su sobado abrigo y le ofreció una petaca de cognac, Vicente tragó una bebida inconcebible pero hospitalaria y se la devolvió dándole las gracias. Se hizo un silencio apenas roto por el traqueteo del tren sobre las vías. Mucho más tarde Vicente reaccionó y lo miró con detenimiento, al hombre se le notaba tanto la mugre como la categoría, era muy alto y se inclinaba hacia él para escucharlo con deferencia, miraba de frente, sus manos lucían limpias y su calzado entero. Se notaba que el alcohol más que la pobreza lo habían dejado en la calle. Charlaron amigablemente de temas livianos y el hombre procuró alejar a Vicente de sus negras ideas con ocurrencias sutiles. Conocía la obra del Dante y lo ayudó a traducir varios versos que le resultaban confusos, por el contrario la frase de su abuelo permaneció como un nudo indescifrable. Se acercaba el fin del viaje: las palabras del hombre, su cercanía y su preocupación influyeron serenando el ánimo de Vicente. Si nada se había modificado para él, en cambio un tono de rehabilitación imperaba en sus ideas. Se le ocurrió preguntar si necesitaba algo, a lo que el otro contestó con una sonrisa amable. Se despidieron con un apretón de manos, deseándose suerte. Cuando Vicente bajó del tren un leve celaje rosado iluminaba el cielo. Pensó, por un instante, que sus hijos debían estar esperándolo en su casa, necesitaba creer esa mentira para seguir circulando. 

Los párrafos en italiano son de “La Commedia secondo l'antica vulgata” (http://www.danteonline.it/italiano/opere_indice.htm
*) Infierno-Canto I, versos del 1 al 6 
**) Paradiso- Canto III, versos 43 al 48 
***) Paradiso- Canto XXII, versos 7 al 18 
Curatore: Giogio Petrocchi 
Casa Editorial La Lettere- Ciudad Firenze 1994 Vol. 4- 
(La opera di Dante Alighieri Edizione Nazionale a cura della Società Dantesca Italiana) 
La siguiente traducción al español se debe a (http://www.servisur.com/cultural/dante/) “Dante Aliguieri”, página dedicada a la publicación progresiva de sus obras, traducidas, anotadas y comentadas por J. E. Sanguinetti (Buenos Aires, 20 de Octubre de 2004). 
(Se transcriben con permiso del autor). 
*) Infierno- Canto I- Versos del 1 al 6 
«En medio del camino de nuestra vida 
me encontré por una selva oscura, 
porque la recta vía era perdida. 
¡Ay, que decir lo que era es cosa dura 
esta selva salvaje, áspera y fuerte, 
cuyo recuerdo renueva la pavura!» 
**) Paraíso- Canto III- Versos 43 al 48 
«Formado había allá la mañana y acá la puesta 
aquella boca casi, y allá era todo blanco 
el hemisferio, y acá la otra parte negra, 
cuando a Beatriz a su siniestro lado 
vi volverse y mirar al Sol; 
un águila así no lo miró tan fijo nunca». 
***) Paraíso- Canto XXII- Versos 7 al 18 
«me dijo: ¿No sabes que estás en el cielo? 
¿Y no sabes que el cielo es todo santo 
y todo lo que aquí se hace viene de buen celo? 
Cuánto te habría trasmudado el canto 
y mi sonrisa, puedes considerarlo ahora, 
ya que el grito te ha conmovido tanto; 
en el cual, si entendido hubieras su ruego, 
te sería notoria ya la venganza, 
que verás antes de la muerte. 
La espada de aquí arriba ni presto corta 
ni tarde, como parece a quien 
con deseo o con temor la aguarda». 

Marta Iris Díaz Gioffré

lunes, 9 de julio de 2007

POR AMOR A CRISTINA

Susana Biset. Córdoba, Ediciones del Boulevard, 2007. Segunda edición.

El investigador Eduardo Tyrrell me envió este libro, pensando en que me interesaría. No sólo me interesó. Me atrapó. Empecé a leerlo y no pude dejarlo. En cada momento libre, volvía a él. Esa es la primera condición que destaco de la obra: su capacidad de llegar al lector, como si la autora fuera en realidad una narradora oral que nos está contando un relato. Al leer Por amor a Cristina, es su voz la que surge, plena de matices y reflexiones, con un lenguaje terso y cuidado, en el que no faltan las notas de asombrada belleza por el paisaje en el que se desarrolla la mayor parte de la ficción -una estancia cerca de la ciudad de Buenos Aires- y las connotaciones lóbregas para la misma ciudad, contrapartida de ese paisaje idílico.
Cristina Alonso, una joven hija de un nativo descendiente de españoles y de una española, regresa al Río de la Plata luego de haber pasado tres años en casa de su tía, en la península, refinando sus modales y adquiriendo cierta cultura. A su regreso, contrae matrimonio con un militar y se ve envuelta en hechos que hacen que su vida cambie diametralmente. No les adelanto más acerca de la trama. Sólo les puedo decir que el final es, a mi entender, logradísimo.
La acción transcurre entre 1808 y 1816, años cruciales para la historia de nuestro país. El conflicto entre los realistas y los patriotas tiene distintos ecos en los personajes. En la madre de Cristina, vemos la lealtad a su patria de origen; luego, con el correr del tiempo, la española irá evolucionando hasta adaptarse al presente en el que vive, treinta años después de haber dejado su tierra. Aunque ambientado en el siglo XIX, este conflicto se observa, con ligeras diferencias, en muchos de quienes por una u otra razón han debido dejar su hogar.
Otro de los temas interesantes es el de la función de la mujer dentro de la sociedad, ejemplificada, por un lado, en la madre y la hermana de Cristina -señoras dedicadas a la crianza de los hijos, la cocina y el bordado-, y por el otro, en esta maravillosa protagonista, que no vacila en tomar las riendas de una estancia, cuando la situación lo requiere. Valiosas consideraciones se desprenden de la confrontación entre ambos estilos de vida.
Y además, la obra de Susana Biset trasunta un importante sustento de información, no sólo histórico, sino también en lo referido a las tareas del campo, que describe con singular conocimiento.
Por todas estas razones, leí con mucho placer “Por amor a Cristina” y espero que el libro, que ya va por la segunda edición en pocos meses, tenga muchas más. Se las merece sobradamente.

domingo, 17 de junio de 2007

CAROLINA DE GRINBAUM

"INSISTIR EN EL CAMINO EMPRENDIDO"

Carolina de Grinbaum, escritora de larga y reconocida trayectoria, es autora de libros de ensayo, narrativa y poesía, entre los que mencionamos Preceptiva y prodigios en la obra de Julio Cortázar (1996), La isla se expande (1992), Mariana de la tierra (1984) y Homenaje Leopoldo Lugones (1986). Fundó y dirige la Revista de Cultura el gRillo, publicación que cuenta con la asesoría de Ester de Izaguire, María Rosa Lojo, María Granata, Lily Sosa de Newton y Germán Cáceres. Como antóloga, ha compilado treinta y dos volúmenes de cuento, poesía y ensayo. Se desempeña en crítica literaria y periodismo. Colabora en periódicos, diarios y revistas nacionales y extranjeras con cuentos, poesía, notas, críticas y ensayos. Algunos de sus trabajos han sido traducidos. Dirigió e inició el Suplemento Literario de un antiguo periódico de Buenos Aires, donde reside. Dicta seminarios, da conferencias. Actúa como jurado. Conduce cursos de creación literaria para la formación de escritores. Es Directora Editorial. Formó parte de la Comisión Directiva de Gente de Letras, de la Comisión Directiva de la Sociedad Argentina de Escritores (SADE), donde dirigió los talleres de la Casa Leopoldo Lugones. Pertenece al Instituto Literario y Cultural Hispánico con sede en California. Invitada por la Fundación El Libro, da conferencias en la Feria Internacional del Libro. Ha recibido premios a nivel nacional y latinoamericano.
Con ella mantuvimos el siguiente diálogo. 
- Escribe novela, cuento, poema y ensayo ¿Se siente más cómoda en alguno de estos géneros?
- Cada género tiene su tiempo en la creación conforme a la temática que lo origina o a la inspiración que lo moviliza; debemos ser respetuosos al momento de elegir la estructura que lo encuadre, en respuesta a ese llamado. Por esto creo que me suelo sentir cómoda en el manejo de todos los géneros, en el acto de escribir… pero siempre existe una preferencia y en mi caso se trata de la novela; diez suman ya las editadas, lo que da cuenta de esta elección.
- En 1984 apareció su primera obra ¿Ve semejanzas entre ella y la última?
- Desde mi primera obra -Mariana de la tierra, cuentos-, incluyendo la novela El hombre que perdió la paciencia (de reciente impresión), no se marcan cambios sustanciales en mi estilo pero sí los hay en el camino por la depuración del lenguaje y una particular libertad que otorga el ejercicio constante, un manejo ágil de la palabra y de las situaciones. Me siento cómoda durante la escritura, en especial con la novela que fiel me acompaña y estimula en el largo trayecto de su escritura. Fui perdiendo la rigidez con los años y afiancé la vocación.
- La inmigración es un tema recurrente en su producción ¿a qué obedece este interés?
- La inmigración me interesa, soy argentina nieta de inmigrantes y esta es la tierra que los recibió. Llegaron con sus pequeños hijos en busca de horizontes, alentando esperanzas. Esa voluntad que estrecha vínculos y afianza a la tierra elegida forjando el futuro. La memoria de los pueblos y la esencia del hombre se ve recuperado por la escritura, por esto frecuenté el tema.
- Como directora de la revista el gRillo ¿Cómo ve la literatura actual?
- Desde mi lugar de directora y fundadora de la revista el gRillo tomo una actitud de responsabilidad y amor hacia lo que hago, porque estoy avalada por la escritora que hay en mí y asimismo mi labor como crítica que sopesa y analiza los trabajos literarios de los demás. 
Soy exigente conmigo y pretendo de los otros el esfuerzo e interés volcado a lo que hacen; me sorprende y molesta la improvisación. Más allá de los dones innatos me parece se abusa del facilismo y la especulación de trabajar sobre determinados temas. La literatura es un arte serio porque forma o modifica a la sociedad. Se puede distraer al lector con páginas de belleza, pero no engañarlo con la gratuidad de la palabra. Para nuestro beneplácito siempre contamos con auténticos escritores aunque no lleguen a ser los más exitosos.
- Usted dicta talleres literarios, orientados a la lectura y a la escritura ¿Cómo definiría su labor en este campo?
- Son muchos los años que dicto cursos de formación de escritores, con una positiva experiencia. Se descubren valores ignorados, vemos la riqueza intelectual y sensible que existía latente y oportunamente canalizada.
El estímulo del grupo y la recurrencia de los elementos necesarios para construir la pieza literaria conducen a la maduración de esa posibilidad.
- ¿Cuáles son sus proyectos para el futuro?
- Para el futuro espero poder continuar cumpliendo proyectos, insistir en el camino emprendido del modo que siempre lo hice pues sólo del esfuerzo personal dependen. Nada nuevo, ni distinto. Seguir escribiendo, leyendo a los buenos escritores de todos los tiempos, y no perder el entusiasmo y deleite por lo que hago… escribir… escribir y escribir.

Buenos Aires, junio de 2007

jueves, 14 de junio de 2007

EDUARDO TYRRELL, INVESTIGADOR CORDOBES

La inmigración nos trajo, entre otras personalidades, a destacados sacerdotes y frailes. Este tema es el que apasiona a Eduardo Tyrrell, un historiador cordobés, de la ciudad de Río Cuarto. El es el autor de una obra acerca del sacerdote Geniale Silvi, fundador del Cottolengo de esa ciudad, titulada Recopilación de datos y fotos, biografía de vida y virtudes del Reverendo Geniale Silvi, padre de la Divina Providencia. Y está preparando el segundo volumen. Para saber más acerca de sus libros y su archivo, lo entrevistamos. 
- Su archivo consta de fotografías, documentos y textos sobre los religiosos que inmigraron a Río Cuarto, y la importante obra que realizaron allí. ¿Cuándo comenzó a reunir ese material?
- Empecé aproximadamente en el año 2004, para ingresarlos en el álbum genealógico familiar en la página de los Irlandeses, junto con iglesias que estuvieron relacionadas con la familia. Los documentos y fotos me fueron brindados por la Licenciada Inés Farías, a cargo del Archivo Franciscano de Río Cuarto, y aproveché con el permiso de los que están a cargo del programa www.irishgenealogies.com.ar, para ingresar fotos de este gran sacerdote que fue Fray Salvador Solá y Fray José Luis Padrós, con quienes tuve la suerte de poder compartir varios momentos y charlas, cuando fui monaguillo en esta iglesia. Fueron referentes de ejemplos en mi vida. Más tarde pude conocer su página web -la cual me asombró- y me pude poner en contacto usted, que tuvo la gentileza de tenernos presentes a los del interior.
- Me comentó que su familia colabora en la edición de las recopilaciones. ¿Cómo lo ayudan?
- Mi familia colabora en sus horarios libres, por ejemplo, mi señora, Marisa, cuando me hace falta algún dato del Archivo Histórico Municipal, o del diario Puntal, el único que nos queda. Anteriormente teníamos el Diario El Pueblo -en la parte de arriba vivía el histórico escritor Juan Filloy-, y también el diario La Calle. Lamentablemente ya no existen más. Mis hijos, los mas grandes, me ayudan a sacar fotocopias, a separar fotos, o les dicto algún texto en la pobre computadora ya añeja que tenemos.
- Sé que su patrimonio es facilitado generosamente a estudiosos. De hecho, usted me ha enviado mucho material. ¿Es ésa otra forma de difundir la historia de los franciscanos?
- Exactamente. Me llena de jubilo facilitar material, porque es una forma de colaborar con el que le gusta leer y o investigar, estudiar a estos sacerdotes que brindaron su vida en obras para el prójimo sin nunca pedir nada personal, solamente entregándose a Dios. Entonces, estamos nosotros para transmitir, cada uno en su lugar de residencia. Por ejemplo usted, María, con todos los trabajos en Internet. Ojala personas de distintas ciudades se interesen en recopilar biografías de personas destacadas y se las envíen, así usted las puede difundir; es una forma de que la historia grande de estos iluminados no quede solamente en el pueblo, ciudad y o país, sino que recorra el mundo.
- Hablemos de la primera recopilación que se ha publicado.
- Mi primera compilación fue sobre el Reverendo Padre Geniale Silvi, sacerdote perteneciente a Los Hijos de la Divina Providencia (Obra Don Orione ). Siempre observé su vida ejemplar; lo conocí cuando pedía colaboración en los colegios, con la sotana negra y una alcancía, Hablaba entrecruzado, mezcla de italiano y español, y nos llamaba la atención su forma de expresión y convencimiento y, a medida que transcurrieron los años, se empezó a ver la importante obra, hoy administrada por religiosas de una congregación española. El Padre Silvi fue un hombre de carácter, por eso está la gran obra hoy en Río Cuarto; no tiene ningún vinculo con la Congregación de Don Orione, pero los nuevos Padres Provinciales de dicha congregación tienen que investigar quién fue este sacerdote que luchó para la construcción y fundación de los cottolengos en Río Cuarto, Córdoba Capital, y Rosario. Hay muchas cartas que los vinculan en todos aquellos años, por eso se reclama el reconocimiento con una placa recordatoria, como manifesté el reportaje que me realizó el diario Puntal, publicado el día 30 de abril de 2007.
- A partir de sus recuerdos y la documentación que reunió, ¿cómo fue el padre Silvi?
- Como dije, fue un hombre de carácter, pero lo más importante fue que complementaba ese carácter con unos dotes espirituales extraordinarios. Fue un luchador sin vergüenza, volcado totalmente a Dios y a la Virgen de la Guarda. Repetía constantemente: “Confíen en la Divina Providencia”.
- ¿Qué lo llevó a preparar este libro?
- Hacer este primer libro fue como un impulso que me brotó y una fuerza interior me llevó a realizarlo. El primer objetivo fue buscar información; así empecé a frecuentar el Cottolengo y hablar con la que fue secretaria del Padre desde el Cottolengo de Rosario, la señora Estela Tuells, residente en la institución y con una edad avanzada, fallecida en el año 2006. Ella colaboró con varias cartas y fotos no conocidas hasta el momento; me pidió que la diera a conocer una vez que ella hubiera partido de este mundo. También busqué en el Archivo Histórico Municipal, pero no tenían mucho material.
- Consultó además una biografía.
- La biografía completa la extraje de un librillo que hizo en el año 1987 el Contador Pompoleo Mariani, primer biógrafo del padre; tuvo que ir sacándole de a poco porque no era fácil que hablara de su vida. También tomé datos del libro Hombres y mujeres de Río Cuarto 1965 – 1995, editado por el Dr. Gonzalo Otero Pizzarro, y de un trabajo presentado en la Universidad de Río Cuarto, por el alumno en aquel entonces Marcos Barbero. Ese trabajo se titula Las Huellas del Rvdo Padre Silvi. Conseguí varias fotos de aquella época que tenía gente mayor, y del Archivo del Cottolengo. Ahora me he podido juntar con varias cosas que voy a poner en la segunda compilación, que será la que voy a registrar, y lo recaudado quedará para beneficio del Cottolengo Don Orione de Río Cuarto.
- Ese segundo volumen, ¿cómo va a ser?
- Como le comentaba, con todo el entusiasmo que tenía, me propuse armar la compilación con la poca experiencia que tengo. Lo pude lograr; lo considero muy interesante y con información y varias fotos, pero el próximo será mucho mas completo.
Presenté uno a la Gobernación y al Consejo Deliberante de mi Ciudad, acompañado de un pedido donde solicito el nombre de una calle para este sacerdote con historia y también para la señora Lucía Placci de Zorzin, primera propulsora de un Cottolengo en Río Cuarto. Gracias a Dios, salieron los decretos y ordenanzas. Para el Padre Silvi, el Decreto Nro 2067/ 2006, Ordenanza Nro 1003/ 2006, Fecha 11/05/2006; para la señora de Zorzin, el Decreto Nro 2442/2006, Ordenanza Nro 1153/ 2006, Fecha 12/ 10/ 2006.
- ¿Cuáles son sus proyectos, de ahora en más?
- El paso a seguir con el tiempo, una vez armada la segunda compilación, será que lo declaren Ciudadano Ilustre, y sea reconocido por el Consulado Italiano. La lucha y pelea mas fuerte va ser que la Congregación de Don Orione se digne a enviarle una placa recordatoria. Los pedidos fueron varios, pero sin resultados; habría que investigar por qué tanto empecinamiento en algo tan simple. Me propongo lograr que no queden las cosas inconclusas, y esté en la perpetuidad para futuras generaciones. Yo tuve la ayuda de toda mi familia y de la señora Elvira N'esutta de Pramparo, ex miembro de la Comisión Administradora, actual miembro de Ayuda Permanente a la institución. La Historia de vida y lucha del Padre Geniale Silvi tiene que ser conocida y sacada a la luz, muchos años hubo una conspiración de censura y silencio.
- ¿A qué personalidades se refiere el segundo volumen?
- Solamente como algo personal, me he abocado a hacer un libro de la historia del Cottolengo de Río Cuarto incluyendo su fundador, y también porque me ha tocado de cerca, ya que mi abuela paterna integró la Precomisión Fundadora.
- ¿Ya está en imprenta?
- Todavía no. Estoy armándolo en CD, porque hay mucha documentación.

Buenos Aires, Junio de 2007

lunes, 14 de mayo de 2007

SEBASTIAN JORGI

"MAS QUE UN INVESTIGADOR, SOY UN LECTOR"

Sebastian Jorgi es "narrador, dramaturgo, critico literario y autor de canciones y tangos. Fue cronista deportivo en La Nacion y participo en las peñas literarias de los Sesenta con sus Cronicas Poemáticas y sus primeras narraciones. Pertenecía al grupo Meridiano 70 liderado por Alberto Vanasco. Ha obtenido importantes premios en narrativa: Pen Club, Iberoamericano (Valparaiso, Chile) y un Accesit en Villajoyosa (A1icante, España). Es finalista del Concurso Troquel de Novela en 1982 y acredita la Faja de Honor de la Sociedad Argentina de Escritores. Su balada Cuando me faltes (en co1aboracion con Adrian Oberti) fue finalista del Festival de la Cancion en Nueva York en 1990. En 1977 compone con musica de Julio De Caro un tango cancion en homenaje a Catulo Castillo. En estos años duros colabora con Carlos Debole en 1a Fundacion Argentina para la Poesia. Su obra de teatro (en colaboracion con Miguel Angel Paez) Afuera hay un desconocido, levantada por la dictadura en marzo del 76, fue estrenada libremente al fin en el 2002. En el Museo de la Musica de Ponce (Puerto Rico) dicta una conferencia sobre la obra de Enrique Cadicamo. Es Licenciado en Periodismo y Profesor de Literatura". 
Ha recibido elogiosos comentarios de destacadas personalidades. Entre ellos, Juan-Jacobo Bajarlía, quien escribió acerca de Rock nena linda (Buenos Aires, El Alba Editores, 2006): “Dos tenistas batallan hasta agotarse. Uno va a ganar porque lo asiste un fantasma que sólo ve el protagonista que debe cubrir la nota (Fantasia en cinco sets). Otro fantasma, el espiritu de un ajedrecista -Paul Keres- regresa cierto dia para coronarse campeon del mundo (El Match). Un tercer fantasma -pueden ser el cuarto y el quinto- llega a traves de una caña de pescar: El pescador, a pesar del hilo tenso que le indica el "pique", se adormece lentamente. Es la muerte que lo viene a buscar en la costanera. Otra instancia paralela tambien esta en El Rebelde, donde un peon de ajedrez, al huir del tablero, que es la vida misma, halla la muerte. Sebastian Jorgi estructura un hecho real a traves de un acontecer insolito. Ve la realidad como un estuario al que convergen los hechos enigmaticos y las frustraciones, como en Ignacio Ludueña, poeta menor y en La Rebelion de Anibal Fuentes. De donde la realidad emana cruenta con una patina en la que se desliza el absurdo, como en los mini cuentos de Cuentohistorietas o donde se deja entrever la caricatura cotidiana en piezas como Rock Nena Linda y Yerba de Ayer, en los que un timido bailarin y un docente jubilado imploran piedad para seguir. Este realismo insolito -si pudieramos crear el termino- aparece tambien en cuentos como Encontrar a Pandolfi y Ta Ta Ta Goool, donde el unico misterio es la vida impiadosa del hombre”.
El 17 de mayo, en el Instituto Nacional de Antropología y Pensamiento Latinoamericano, en la Ciudad de Buenos Aires, se realizó la presentación del poemario de Jorgi, Contra las cuerdas, por Cristina Pizarro. Esta oportunidad fue propicia para que dialogáramos con el escritor acerca del ayer y el hoy de su literatura, sus influencias y sus proyectos.
- A tantos años de la publicación de tu primer libro, ¿qué diferencias ves entre la situación del escritor en ese entonces y ahora?
- No muchas diferencias, en cuanto a realizaciones y a progresos, más experimento como un estancamiento en el avance de mis obras. Me refiero a la posibilidad de acceder a un sello editorial que a uno lo respalde, no hablo de ser "famoso" ni de ser "exitoso" -lo que no me incomodaría- pero al menos de tener un status natural y un pasar digno dentro de la literatura. Sobre todo, después de estudiar y de tratar de perfeccionarse, de buscar nuevos rumbos, de no repetirme en la obra... en fin... la diferencia es epocal y nada más, tengo veinte años más y el tiempo es de descuento. Para alivianar esta idea, es estar en "tiempo suplementario", como para no dramatizar demasiado. De cualquier manera ya he publicado 17 libros...
- La ciudad es un tema constante en tu obra ¿por qué esa inclinación?
- La ciudad, sí, Buenos Aires... es cierto, es una constante casi en mis cuentos, Margo junto al río inmóvil, Quasimodo, Tardes de Lorraine, La Irma viene llegando, entre otras piezas más próximas, como Rock Nena Linda y Trenes a Bolívar. Buena observación la tuya, Maria, la ciudad-personaje está siempre, desde que he venido a vivir a Buenos Aires, al Once, a Caballito, a Pompeya... la inclinación se da un poco por el tango. Como sabés, soy tanguero de alma, hasta he escrito tangos con Julio De Caro, con Adrián Oberti... en fin, pienso que es una inclinación de la que no puedo salir...
- La inmigración aparece reiteradamente en tus cuentos. ¿Considerás que descender de italianos condicionó tu vida y, por ende, tu creación?
- Si, es verdad que el tema de la inmigración aparece en muchos cuentos, La extraña aventura de Giusseppe Malazzo, por ejemplo, uno de mis primeros ensayos cuentísticos. ¿ Sabés quién me corrigió ese cuento?
- No. Contáme.
- Eduardo Zamacois, en 1967, en la Libreria Perlado, me escribió sobre el mismo su opinión, a mano. Todavía lo guardo. Bueno, vos como estudiosa de la Inmigración, lo has anotado en tu gran ensayo sobre el tema, que, entre paréntesis, ojalá algún editor lo publique. Es un excelente trabajo tuyo, me consta. Si bien desciendo de italianos como nieto de primera mano y admiro al cine neorrealista italiano, a los escritores como Pratolini y Moravia, Dacia Maraini y Umberto Eco, Calvino, entre otros, la influencia no me marca del todo, ya que mi obra -sobre todo en la novela- es más dispersa. No obstante, la sangre debe tirar y si en algo se nota, es quizá en mi estilo, por momentos seco y duro, de ahí puede inferirse las razones de tu pregunta.
- ¿Cómo conjugas tu aspecto de creador con el de investigador y crítico?
- Bueno, pregunta atinada. ¿Lo conjugo realmente? Lo de crítico ha sido una eventualidad devenida de lecturas y de cierto oficio periodístico. Mi vida ha sido una alternancia obsesiva y de una caprichosa obstinación por entrar en el "juego" de la literatura... pero más que investigador soy un lector, un lector crítico si la ecuación no demasiado pretenciosa. En verdad -eso lo sabés por haber sido compañera en varios medios periodísticos, en suplementos de provincias, que hemos compartido muchísimos años-, la lectura te va llevando a la nota critica, a una impresión sobre la literatura última, de actualidad. No vayamos a decir "lector modelo" como lo propone Eco, pero sí un lector obstinado, para estar al día muchas veces y no quedar out del catálogo. Pero también trato de hacer un espacio para escribir y reescribir, corregir los originales de narrativa -unas tres novelas y dos libros más de cuentos-. Ahora me dedico a la narrativa más que a todo, a terminar mi obra de ficción. Lo conjugado, pisado está, como quien dice. En serio, no me considero un critico y mucho menos un investigador, soy un narrador metido, curioso, y leo críticamente lo demás. 
- ¿Cuáles son tus proyectos para el futuro?
- Proyectos tengo muchos. De ahi a la realización, en fin... te cuento que intento publicar mis cinco novelas inéditas y ya el tiempo ha pasado... dos libros de cuentos más y un libro de ensayos, Agonía, Marginación y Fiesta en la Narrativa Argentina. Proyecto publicar... nada más. Y hay dos novelas inconclusas, una deberá llegar a novecientas páginas. Si Dios me da ánimo y tiempo, tranquilidad de vida, salud sobre todo, podré terminar al menos una de las novelas. Estoy terminando una obra de teatro con Nora Thames -con la que ya he escrito Shespir va a Berlín, estrenada el año pasado en Mar del Plata-. Ah... terminar un libro de cuentos, especie de antinovela en cuentos, sobre Lanús, el barrio de mi infancia y adolescencia. Como sabés, tengo el corazón granate...

Buenos Aires, mayo de 2007