jueves, 21 de diciembre de 2006

EL GRITO DEL DIFUNTO

Transcurre el año 1920. A los pocos meses de llegar a Buenos Aires, Alejandro recibe una infausta noticia: una carta enviada desde Esmirna, Turquía, le informa que su adorada madre ha fallecido inesperadamente, días después de dar a luz a su pequeño hermanito. La lectura de ese papel rugoso y lejano lo impacta de tal modo que lo tira y pisotea una y otra vez contra las baldosas. Violentamente arroja su cajoncito de lustrar botas - con el que se gana la vida - y comienza a pegarse el pecho con los puños, aulla como un animal herido. Al fin se lleva las manos al rostro desencajado, y comienza a llorar. 
En esa habitación mínima del inquilinato de la calle 25 de Mayo, cercana al puerto, compartida con dos paisanos, el desmedido y severo ataque de nervios pasa -con la velocidad de un rayo- del temblor descontrolado a una rara inmovilidad y cae pesadamente al piso. Sus compañeros de pieza, desesperados, lo acomodan sobre su cama e intentan reanimarlo, le abofetean las mejillas, le sacuden los hombros, pero no hay reacción. 
Muis asevera desconsolado: “¡Se murió Alejandro... Se murió Alejandrico!” Jacobo lo hace callar: “¡Dancavé (1)... el Dió ke no mos traiga!”(2). Lo ven tan tieso y cadavérico que llaman a la Asistencia Pública. La llegada del médico, desmorona rápidamente cualquier esperanza: lo da, efectivamente, por muerto, ante la angustia de los amigos y vecinos. 
Es viernes, los sábados no se entierra; aceleran los trámites fúnebres. No es justo que termine así, con tanta vida por delante. ¡Ke ora negra y preta! (3), se escucha a Estrella, una de las vecinas: “Famiya (4) que no tiene el manzebiko (5)... a ken dizirle. Están todos en Turkiya” (6), agrega desorientada. La sala y el patio se van poblando. Deambulan conocidos y curiosos meditabundos. Un allegado, providencialmente, por aquél "...perdido por perdido" o bien porque no se resiste a creer en el diagnóstico del profesional, decide llamar a un médico particular, de su confianza. Las miradas perdidas de los más íntimos y los llantos entrecortados de las mujeres agobia más el cansino paso del tiempo, marcado en lánguido compás por el péndulo del reloj de pared. Unos minutos o un siglo después llega el otro galeno y comienza a revisar nuevamente y detenidamente al occiso, de arriba abajo, de la cabeza a los pies, de los pies a la cabeza. Repentinamente, transforma su ceño fruncido en un gesto de ostensible contrariedad. Levanta la vista y, absorto, deslizando una mueca de excitación que no puede disimular, afirma entrecortadamente: "Este muchacho está vivo". 
Después del lógico alboroto inicial, explica a los incrédulos y desconfiados presentes, que el joven inerte se encuentra en estado cataléptico, que podía hacer algo por él, si bien deja en claro que es un asunto por demás riesgoso, tanto que el enfermo de sólo dieciocho años podría quedar con alguna deficiencia física permanente. En esos instantes dramáticos, no hay ninguna otra cosa que elegir, es la vida o la muerte. Autorizado el médico a hacer lo necesario, aún a expensas de que el inmigrante esmirlí quedara con algún tipo de invalidez, procede a concentrarse sobre el método a utilizar para sacar del trance al paciente. 
Muis, flaco y desgarbado, se aprieta entrelazando fuertemente los dedos huesudos de sus manos, como orando, y susurra: “¡Ke el Dió te avilumbre!” (7), palabras ininteligibles para el facultativo que da una vuelta alrededor de la cama y observa con curiosidad aquellos párpados que juzga sombríos, aunque el rostro juvenil conserva un halo de misterio. Coloca el dedo pulgar sobre la órbita de uno de los ojos y espera un momento para luego presionar fuertemente. Alejandro, el finado, pega un grito visceral, un sonido casi de ultratumba que estremece a todos, se incorpora en la cama como impulsado por un resorte. Su cuerpo sentado, intensamente agitado, sus ojos súbitamente abiertos emergen tan redondos y brillantes como dos lunas plateadas que perforan el umbrío espacio. Inmediatamente la sorpresa estalla como un vendaval que, como rara mezcla de estupor y júbilo, invade el cuarto. 
- ¿Amán... Amán... Kualo es esto?”(8), exclama Jacobo, estupefacto. 
En torno al frustrado "lecho de muerte”, sollozos y risas patéticas acompañados por saltos de alegría, instintivos movimientos que semejan una danza de seres perplejos delante del paisano sefaradí (9) vuelto a la vida. Su ataúd tendrá que esperar todavía unos largos cuarenta y cinco años para hospedarlo. 
Contará luego Alejandro que había quedado paralizado dentro de un inevitable sopor, y que escuchaba, como de lejos, las voces y los llantos, pero que le era absolutamente imposible moverse o dar alguna señal. Durante ese “tiempo suspendido” pasaron por su mente imágenes difusas, de su “chikez”(10) humilde pero feliz, correteando por las angostas callejas de la judería. Trabajando desde muy chico como lustrabotas para ayudar a la familia. Cada hermano aportaba lo suyo, pero él era el mayor y le tocaba la responsabilidad de “abrir caminos” Rememora cada detalle de la doliente despedida de su familia... Sus labios secos por los nervios, alejándose por primera vez de su hogar, de sus colores, de sus sabores, de sus apegos, para buscar un nuevo horizonte para él y para el resto. Pero si algo quebró su ánimo fue la despedida de su mamá: antes de partir hacia el barco que lo traería a América, se sentó en el piso de la sobria casita del Karatash (11), apoyó su cabeza en el regazo de su madre, que sabiendo la gravedad del momento comenzó a canturrear fragmentos de antiguas romanzas de Sefarad (12), las mismas que le cantó por años a él y a sus hermanitos, para acunarlos, para que se durmieran serenos: “Nani, nani, nani... nani kere il hiyo...”(13). Alejandro retrasa la partida, no quiere marcharse, pero su madre insistirá: “Debes irte hiyico, aquí nada mos queda. ¿O Keres ir a la gerra? Vate kirido bojor. Nos adjuntaremos en Aryentina. ¡Agora tú, luego mozotros!” (14) 
“Todo esto me pasaba por el “meoio”(15), relatará al reponerse. Mencionará el fuerte dolor en la frente y como, de pronto, se vio sentado en la cama, rodeado por un puñado de gente que lo miraba como a un fantasma. Este hecho, originado por la noticia de la muerte de su madre en su Turquía natal, hubo de quedar como anécdota familiar un tanto siniestra y de muy fuerte impacto en su familia por tres generaciones. En lo sucesivo, el esmirlí cada vez que alce su copa para brindar exclamará en hebreo lejaim (¡salud, por la vida!). Ese viernes nació de nuevo. “¡Mazal bueno tendrás!” (16), le auguró una anciana vecina sefaradí. 
Alejandro formará una familia y trabajará sin descanso. De Esmirna fueron llegando todos sus parientes a Buenos Aires, menos su madre, claro. Muchos años después, días antes de su segunda y definitiva muerte, le comenta afligido a una de sus hijas: “No hago más que ver por todos lados el rostro de mi madre que me llama”. Insistirá en esas apariciones, presiente que algo habrá de ocurrirle. Su hija lo reta como a un niño, le pide que no piense en pavadas. 
La semana siguiente, una tarde soleada de otoño, Alejandro fallece, a los sesenta y tres años. Buenos Aires, sigue su vertiginoso ritmo, como corresponde a una gran urbe. En uno de sus barrios, Villa Crespo (territorio sefaradí), siete días se prenderán velas y se leerá el Kadish (17). Alejandro tuvo una vida intensa, tanto que murió dos veces. Ni su mujer, ni sus hijas, ni sus nietos, lograron colmar del todo ese vacío abismal que jamás dejó de sentir por la separación y el desencuentro de quien le dio la vida. Las historias se tejen a veces dulces, a veces crueles. Nunca somos dueños completamente de nuestra existencia. Una tradicional canción de cuna llega desde tiempos inmemoriales y se renueva en cada generación. “Nani, nani, nani... nani kere il hiyo... hiyo de la madre... chico se haga grande...! ¡Ay... durmite mi alma...!” (18). Alejandro y su madre descansan en paz. Amén. 

Notas 
1) Dankavé: Individuo que atonta con sus palabras o por la repetición de las mismas. 
2) ¡Qué Dios no nos traiga eso! (dicho que pretende alejar malos presagios) 
3) ¡Qué hora negra y oscura! (Mal momento. Tiempo cargado de negatividad) 
4) Familia. 
5) Mancebo. Joven. 
6) ¿A quién avisar? Están todos en Turquía. 
7) ¡Qué Dios te alumbre, te ilumine! 
8) Dicho que expresa asombro, sorpresa: ¿Qué es esto? 
9) Aquí se refiere al inmigrante judeo-español, cuya lengua es el djudezmo.
10) Niñez, infancia. 
11) Barrio judío de Esmirna. 
12) Nombre hebreo de España. 
13) Comienzo de una canción de cuna. 
14) “Debes irte hijito, aquí nada nos queda. ¿O quieres ir a la guerra? Vete querido “bojor” (sobrenombre dado al hijo mayor). Nos juntaremos en Argentina. ¡Ahora tú,luego nosotros!” 
15).“Todo esto me pasaba por la mente” (meoio: cerebro, cabeza, mente) 
16) ¡Buena suerte tendrás! Mazal: suerte. Ante el infortunio se le desea que el futuro le traiga buena suerte.
17) Oración de homenaje a los muertos. 
18) “Nani... quiere el hijo... hijo de la madre... chico se haga grande... ¡Ay... duérmete mi alma...!”

Carlos Szwacer
Publicado en "Los Muestros" Nº 62. Marzo de 2006. Bruselas. Bélgica.

jueves, 23 de noviembre de 2006

MARCO DENEVI Y LA SACRA CEREMONIA DE LA ESCRITURA:

UNA BIOGRAFIA LITERARIA, por Juan José Delaney. Buenos Aires, Corregidor, 2006. 244 páginas. 

Juan José Delaney nació en Buenos Aires en 1954. Es profesor de Literatura Argentina en la Universidad del Salvador. Ha publicado, en distintos medios, cuentos, ensayos, trabajos de investigación y textos periodísticos. En 1993, becado por la Fundación Antorchas, participó del International Writing Program, de la Universidad de IOWA (Estados Unidos). Es autor de Papeles del desierto (cuentos), Tréboles del sur (cuentos) y Moira Sullivan (novela). Por el proyecto para este libro, en 2002 recibió una beca del Fondo Nacional de las Artes. 
En esta obra, Delaney biografía a quien es considerado -junto con Borges y Cortázar- uno de los tres mejores cuentistas de nuestro país. El autor plantea su postura acerca de la utilidad de las biografías para comprender mejor una obra literaria: “Respecto de la biografía de un escritor en función de su obra, ahora que las miradas de la crítica se concentran en el texto con exclusión de cualquier borde adyacente, afirmo mi convicción de que el conocimiento de la vida del autor contribuye a alumbrar su escritura; más aún: provee elementos que más allá del texto convalidan el aserto de que para los literatos la pregunta sobre qué es la literatura aparece atada a todos los aspectos de qué es la vida”. 
En cuanto a los motivos que lo llevaron a escribirla, afirma Delaney: “Hay distintas razones por la cuales uno puede emprender la escritura de una biografía. En este caso, dos fueron los motivos principales: aproximarme a una ‘vocación’ y, además, examinar los procesos de escritura en relación con una historia personal y social”. 
La evocación se inicia con la referencia a los padres del escritor. Marco Denevi fue uno de los siete hijos de Valerio Denevi, inmigrante nacido en Siena, “un italiano que durante el último tercio del siglo XIX, siendo muy joven, llegó al país con escaso dinero y sin relaciones, a fin de concentrarse en el negocio de la construcción, para lo cual, poco a poco, fue adquiriendo tierras en las entonces despobladas y subvaluadas localidades de Sáenz Peña, Santos Lugares y Villa Lynch, en la provincia de Buenos Aires”. La madre fue la argentina María Eugenia Buschiazzo, hija de italianos del norte.
El nombre que adoptaría para escribir remite a sus orígenes: “En oportunidad de su debut literario, a los treinta y cuatro años, el autor modificó levemente su nombre: optó por el italiano Marco (usado domésticamente) en lugar del vernáculo Marcos, y eliminó el Héctor”. 
Lejos de ser un rasgo anecdótico, la vivencia de la inmigración será muy fuerte en Denevi. Con Italia está relacionado –a criterio del biógrafo- “otro factor autobiográfico que gravitó en su escritura y que contribuye grandemente a iluminar la afirmación respecto del propio estilo. Hijo de la inmigración, la lengua y la cultura italianas pesaron, ciertamente, en su visión de la realidad y en su trabajo”. 
Una italoargentina, su amiga y compañera de trabajo Syria Poletti, se refiere a la herencia peninsular como uno de los factores que se advierten en la narrativa del autor y, sobre todo, en su estilo: “La literatura de Marco Denevi irrumpe y se inserta justo en el momento en que la baraúnda de voces, llamémoslas bastardas, alcanzando el máximo grado de babilonismo, debía fundirse en canales lingüísticos idóneos al sentir del nuevo hombre argentino. Y un hijo de inmigrantes italianos, si quería ser fiel a la mecánica de su propio pensamiento, si quería mantener adhesión entre emoción-idea, y palabra, debía abrir cauce a su propia vertiente expresiva. Eso hizo Denevi, como hijo de inmigrantes, como porteño, como apasionado del latín, del francés, del italiano. Y del castellano, por supuesto, idioma de fronteras y aglutinante por tradición. Quiso devolver –o dar- al idioma de los argentinos, la precisión, el ajuste, la formulación directa –directa, y no primaria- entre idea y expresión, escrita y oral”. 
Mas no fue la literatura el primer arte que cultivó. El autor de Rosaura a la diez afirmó: "Genética y educación se confabularon para hacerme adicto a la música. Mi padre, que nunca exteriorizaba sus emociones, sólo aflojaba frente a la ópera. Nací y me crié en un hogar donde se hacía música a diario, donde la música mal llamada culta formaba parte de la vida cotidiana. Todavía niño, y de la mano de mis mayores, fui a salas de concierto y al Teatro Colón". 
Pero, llegado el momento, no pudo pensar en la música como una carrera a seguir: “había sido una posibilidad que seguramente el padre no hubiera tolerado por su decisión de que los hijos varones fueran a la Universidad; además ‘eran épocas en que si un muchacho se ponía a estudiar eso, se volvía casi sospechoso, era una mariconería’. Debió conformarse con tocar piano ocasionalmente, y de oído”. Denevi inicia estudios de Derecho, y los abandona habiendo cursado sólo nueve materias. 
Cuando, en 1955, recibió el Premio Kraft “expresó que le hubiera gustado que su padre viviera ‘para que él presenciara esta travesura’ “. Sin ningún antecedente literario, Denevi gana un premio de esa envergadura. De allí en más, las obras se suceden, con éxito algunas, sin éxito otras, y lo confirman como lo que fue: un autor de indudable valía en el panorama de las letras argentinas. 
Delaney, a quien conocíamos como novelista y cuentista, se aboca a la tarea de analizar -desde el punto de vista literario, como él señala- la personalidad de Denevi. Se vale para ello del trato directo, de bibliografía –mucha de ella proporcionada por el escritor- y de testimonios recabados por el mismo biógrafo, quien realizó más de un centenar de entrevistas. 
El autor conoció al novelista “en 1974, poco después de que la revista Gente publicara junto a los de Jorge Luis Borges y María Granata su comentario harto generoso sobre mi primer libro de cuentos”. Lo describe físicamente: “A sus cincuenta y cuatro años de edad Denevi era un hombre totalmente canoso, de bigotes negros, rasgos muy definidos, retacón y de mirada inteligente. Su voz era grave, doctoral, y cuando hablaba sus dichos parecían el producto de una serie de ensayos ya que no cometía errores de dicción ni mucho menos de sintaxis o vocabulario. Hablaba como escribía”. 
Denevi estuvo al tanto del trabajo del becario: “Cuando en 1986 el ensayo biobibliográfico me tentó como posibilidad académica, reflexiva y aún estética, no vacilé en telefonearlo proponiéndole mi proyecto. Inmediatamente se entusiasmó con la idea. No tardé en frecuentarlo para entrevistas y para la recepción de libros, papeles, fotografías, tesis, recortes y toda clase de información. (...) Lástima que, habitualmente, las conversaciones telefónicas, en las que es más difícil impostar, no se registren, y que ese recurso intermedio –el correo electrónico- llegó tarde para mi biografiado”. 
Logra, a partir de tantas fuentes, este libro completísimo, en el que se analizan las obras literarias, se cotejan versiones, se incluyen fragmentos, se informa acerca de realizaciones teatrales y cinematográficas (en la Argentina y en el exterior), se enumeran ediciones y condecoraciones, se corrigen errores. Se resalta la actitud de Denevi como periodista y su incursión en la literatura infantil, aspecto de su obra, este último, quizás menos conocido que los anteriores. Se presenta asimismo la evocación de la personalidad del autor, el entorno en que vivió y la situación de la Argentina en ese tiempo. 
Prolijamente documentado -como lo estuvieron anteriormente los cuentos y la novela-, el libro de Delaney surge de años de investigación, transmitida con un tono ameno que hace que el interés del lector no decaiga un instante. 
“Por más de cuarenta años –señalan los editores- Marco Denevi (1920-1998) ocupó un lugar central en la narrativa argentina. Títulos que van desde la ya clásica Rosaura a las diez hasta Nuestra Señora de la Noche –su última novela–, pasando también por la inolvidable Ceremonia secreta, revelaron una voz original que se expresó en prácticamente todos los géneros, sin excluir guiones para cine y televisión. Esta biografía de Juan José Delaney –rica en documentos, cartas, testimonios y textos inéditos– da cuenta del camino del escritor, su formación, búsquedas, éxitos, fracasos y preocupaciones filosóficas y cívicas, dentro del contexto histórico y literario en que se desarrollaron. En otro sentido, el ensayista examina los procesos de escritura en Denevi e ilumina y valora aspectos soslayados de la producción del escritor como, por ejemplo, su condición de cuentista excepcional. El resultado es un trabajo que interesará no sólo a los admiradores de la obra de Marco Denevi sino también a estudiosos de la escritura en general y de la literatura argentina en particular”.

lunes, 20 de noviembre de 2006

LA ULTIMA REBELIÓN y otros cuentos de nuestra historia

por Germán Cáceres, Enrique Melantoni, Laura Avila, Mario Méndez, Olga Appiani, Graciela Repún y Marcela Silvestro, Lucía Laragione y Emilio Saad. Ilustraciones de Graciela Sennes. Buenos Aires, Amauta, 2006. 112 pp. (Narrativa infantil argentina)

La historia argentina ha sido siempre fuente inagotable de obras artísticas. En esta oportunidad, se trata de cuentos en los que nueve escritores acercan al público infantil momentos de nuestro pasado tomados como marco para una ficción en la que tienen gran incidencia los personajes de corta edad. Son estos chicos quienes, con su visión de la situación, involucran al lector en la trama, pues le presentan la historia como algo vívido, que puede tenerlo como protagonista. 
Algunos de los cuentos están ubicados en el siglo XIX; otros, por el contrario, se remontan desde el presente hacia ese siglo que vio nacer a la Argentina. Los personajes son los criollos, indios y morenos, y cada autor los dotará a su manera de vida y calidez. 
Germán Cáceres escribe “La última rebelión”, un relato pleno de emotividad protagonizado por un niño y una niña pertenecientes a la tribu quilmes; ellos, en el siglo XVII, encaran con valentía una situación heroica. Enrique Melantoni es el autor de “Historia chica de fantasmas”, texto en el que el juego de la escondida es el punto de partida para una experiencia fascinante, que tiene que ver con la Segunda Invasión Inglesa. En “Virginia y la salamanca”, Laura Avila se refiere a la educación que se daba a las niñas en los años de la Revolución de Mayo, y a la intención de Manuel Belgrano de cambiar esa realidad discriminatoria. En “Recuerdo de familia (Historia a muchas voces)”, Olga Appiani, Graciela Repún y Marcela Silvestro escriben una narración acerca de una familia durante el éxodo jujeño, en la que se evidencian las crueles diferencias que había entre habitantes de una misma región. En “Falucho”, Mario Méndez relata, a partir de una anécdota que transcurre en 1975, lo sucedido al soldado que se negó a honrar la bandera española. En “El hombre de la cara partida”, Lucía Laragione evoca la vida de Santiago Avendaño quien, después de permanecer siete años entre los aborígenes, vuelve con los suyos, gracias a la generosidad de Baigorria. Emilio Saad, por último, es el autor de “El ovillo del destino”, relato en el que un fantasmal Tamborcito de Tacuarí es el eje alrededor del cual giran los sucesos que tienen como personajes a criollos y un inmigrante, evidenciando la transformación de la sociedad de nuestro país en la década de 1860. 
"Todos estamos formados por múltiples historias –afirma Jorge Grubissich, en el Prólogo-. Lo mismo pasa con nuestro país, que es la suma de historias grandiosas, de pequeñas historias, de historias felices y de otras que quizás preferiríamos no recordar, aunque debamos hacerlo. Por estas razones Amauta presenta este nuevo libro, en el que la historia abandona su habitual pedestal para tornarse posible, y de ese modo pertenecerle mejor a cada uno de los lectores, protagonistas del presente y del futuro, esos dos misterios donde, además, como un abuelo venerable, habita el pasado". 
Un pasado que interesará a lectores a partir de los nueve o diez años, y que es recreado talentosamente por estas conocidas personalidades de la literatura infantil.

jueves, 19 de octubre de 2006

EL ANGEL DEL CAPITAN

Biografía del capitán croata Miro Kovacic, por Chuny Anzorreguy. Buenos Aires, Corregidor, 1996.

Chuny Anzorreguy escribió El ángel del capitán (1) -su tercer libro-, en el que narra la “historia real del capitán croata Miro Kovacic, en un periplo militar heroico y en su lucha por afirmar su nacionalidad. El amor a la patria revela aquí muchas claves del laberinto balcánico y aclara situaciones que afectan al orden mundial, todo en la versión personalísima de un hombre fuera de lo común”, emigrado a la Argentina a mediados del siglo pasado.
Sobre esta obra y las que le precedieron, escribió Eduardo Gudiño Kieffer: “En sus libros anteriores –dos novelas apasionantes- Chuny Anzorreguy supo conjugar muy bien las técnicas narrativas con la imaginación y la realidad, por evasiva que ésta sea. Se reveló como una mujer sensible y observadora, capaz de desplegar el don poético sin cortar las alas del ‘angel’ de la gracia. Hace volar aquí a otro ángel –el del capitán-, en el género biográfico, que no había abordado hasta ahora. Y lo hace con una disciplina admirable, ajustándose a circunstancias que no son las de ella y que al mismo tiempo lo son: siempre el autor se convierte en personaje, así como el personaje ‘es’, de algún modo, parte del autor” (2).
La escritora presenta la biografía como un relato narrado por el propio capitán. Varios propósitos llevan al protagonista a contar su historia. Primeramente afirma: “tengo la ilusión de que en el futuro, quizás cuando yo ya no esté, mis nietos, o alguno de ellos, o ¿por qué no?, los nietos de otros abuelos puedan encontrar en estas páginas la respuesta que no encuentran ante alguna nueva situación que se les presente que los llene de dudas. Porque las respuestas siempre son las mismas, universales y eternas, aunque el tiempo pase y las épocas cambien”.
“Además –continúa-, me he encontrado más de una vez con descendientes de croatas que no conocen la historia de nuestro pueblo, de sus raíces. Que no saben nada de su espíritu, de su idiosincrasia, de sus costumbres, de su esencia, de su fervor, de su lucha, de todo aquello que fue gestando su ser. Porque cada persona es quien es por su nacimiento, por su educación, por las circunstancias que le tocaron vivir, y por toda la historia genética y ancestral que lleva en sí como una mochila interior de la que no se puede despegar, a la que no puede olvidar en ningún lado y seguir viaje"”
“Por otra parte -agrega-, “Pretendo que sea un canto a la esperanza, a la fuerza dedicada a la defensa de los principios, a la fe, a la firmeza en las decisiones, a la pasión, a la lealtad y ante todo y sobre todo, al amor”. Y desea “también que este libro sea un homenaje a mi ángel, a su ángel y a todos los ángeles del cielo y de la tierra que están encerrados en cada niño y en cada ser que sufre hambre, que sufre por las guerras que necesitan hacer ciertos hombres para sobrevivir. Fueran aquellos (los niños y los seres) del color que fueren y vivan en el lugar que vivan”.
Kovacic, nacido en 1914, evoca con nostalgia su niñez: “Vivíamos entonces en un departamento alquilado de tres ambientes en un edificio interior de la calle principal de Zagreb, (antes lo habíamos hecho en la ciudad de Pula, de donde era oriunda mi madre). La calle se llamaba Illica... Veintidós o treinta y dos, segundo piso. Es notable cómo uno puede recordar si se esfuerza un poco cosas que pasaron en un pasado tan remoto. Aunque, por supuesto, de esta época sólo pequeños momentos han quedado guardados en mi memoria”.
En 1921, dejan el centro de la ciudad y se mudan “a un departamento muy amplio situado en el Complejo de la Central Eléctrica. Era un predio cerrado, con grandes extensiones verdes a su alrededor, y canchas para practicar todos los deportes. La usina está situada en los suburbios. Pero estos no quedaban muy lejos del centro. En realidad, Zagreb era entonces una ciudad pequeña, creo que no tenía más de 150.000 habitantes. Todo quedaba más o menos cerca. Por otra parte los tranvías, y más tarde los autobuses, funcionaban bien y uno se trasladaba fácilmente de un lugar a otro. Pero de todas maneras nuestro mejor medio de locomoción eran las piernas. ¡Y las usábamos! ¡Vaya si las usábamos!”.
Allí podían “correr a campo abierto, hacer deportes, respirar aire puro y treparse a los árboles como nadie. Esta es una gran práctica para el futuro: uno aprende a mirar el mundo y a los problemas desde la copa, desde lo alto. Desde allí todo se ve más pequeño, como ajeno, y por lo tanto más claro. Comíamos las verduras de nuestra propia huerta, privilegio que más bien era a menudo una tortura. Por ejemplo cuando debíamos o debíamos, (allí no había facultad de elección), comer los guisos de hortalizas hechos por nuestra madre, so pena de recibir sonoras bofetadas. Pobre mamá, los haría con mucho amor, seguramente, pero eran espantosos. Siento aún en el paladar el choque con los pastos de uno y otro tipo que teníamos que tragarnos y recuerdo... La huerta... los árboles frutales... Puedo memorizarlos con exactitud: tres durazneros, dos perales, uno de ciruelas grandes y un enorme y viejo nogal. Las peras eran malas, pero las ciruelas... mmmm... exquisitas”.
Agradece la educación que le dio su madre: “En el andar de los años no hay dudas de que me ayudó mucho aquella formación libre, sin ataduras, sin sobreprotección, como un pájaro de largas alas. Aquel correr por las praderas de Croacia me dio además este amor por mi tierra, esta sensación de tener allí clavadas y enterradas profundamente mis raíces, aunque mi alma, mi corazón y mis sentimientos hayan aprendido a vagar por estos lares”.
Padeció la guerra en su país de origen, ya desde pequeño. “Cierro los ojos y trato de llegar a mis primeros recuerdos –dice el protagonista. Domina la escena el rostro de mi madre porque eran tiempos de guerra, y papá, oficial de la Marina, sólo vino en aquel entonces dos o tres veces a vernos: Era un hombre de fuerte contextura física, tanta que cuando ocurrió el hundimiento del crucero A-Uro ‘Szent Isztvan’ en el año 1917, en las aguas del mar Adriático, fue uno de los pocos sobrevivientes que llegó sano y salvo hasta la costa. Había nadado durante cuatro horas”.
Reflexiona sobre la situación de su madre, sola con los hijos: “Ahora pienso que debió sentirse sola muchas veces en esos tiempos esa mujer que entonces nos parecía omnipotente. Habrá sido difícil para ella seguramente dirigir la familia en aquellos días de peligro y de incertidumbre, pero no nos lo hizo sentir. Aunque trate, no recuerdo haberla visto con aspecto de vencida o de agotada, o simplemente derramando alguna lágrima”.
Años después, a él le toca luchar. Así recuerda el efecto de la contienda en los espíritus: “Se descubren tantas cosas en este otro mundo. El de los muertos vivientes. Descubrí que el ser humano tiene una capacidad de sufrimiento sorprendente y se adapta a las situaciones más difíciles. Es más. En esos momentos en los cuales la vida no vale una moneda (mucho menos que un cigarrillo), se dan situaciones en las que se puede notar una clara certeza de la existencia del otro a nuestro lado y un ‘darse’ a él que asombra a quien se ha acostumbrado a ver el lobo del hombre comiendo al contrario, o al mundo, y aún comiéndose a sí mismo. Es notable ver cómo alguien puede pasar de un acto de crueldad extrema a otro de la más sublime bondad en el mismo día. Cada uno lleva dentro de sí ángeles y monstruos. Esa es la lucha constante con la que debemos cargar. Bicho diffícil e impenetrable el ser humano. He visto a compañeros jugar su pellejo por salvar al amigo, he visto a soldados alzar, sacando fuerzas de donde no tenían, a otro que caía exhausto y llevarlo a la rastra o sobre los hombros bajo el juego enemigo. Jugarse la vida por uno o arrebatársela a otro sin piedad. El lobo y el cordero unidos en un saco irreversible que puede resultar inexplicable para quien no lo ha visto con sus propios ojos. El horror crea una liaison irrompible que quizás pueda explicarse en aquella frase borgeana ‘no los une el amor sino el espanto’ ”.
Dos opciones se presentan ante él: “Al comenzar nuevamente mi rutina de todos los días, comencé a averiguar los trámites necesarios para emigrar a Canadá o a Estados Unidos, pero me encontré con que conseguir el aval para entrar a USA era más que complicado. Creo que era un filtro que usaban para no dejar entrar a gente comprometida política o militarmente. Para entrar a Canadá, en cambio, no había filtros. Se trataba de un país muy extenso, que necesitaba inmigración, pero sin embargo, los trámites eran muy complicados. Además todos ellos debían hacerse en Roma donde estos países tenían sus consulados. Es verdad que había gestores que llevaban a cabo y cumplimentaban todo el papeleo, gente con muchos contactos en las embajadas y muy importante en estos casos, pero para todo era necesaria la visa, el papel mágico, el abracadabra que abría puertas y yo no la tenía”.
Un amigo le sugiere dirigirse al Instituto Croata de Cirilo y Método. Allí se entera de que “Un país sudamericano había puesto a disposición del Instituto diez mil visas para los croatas que las necesitaran. No a los largos trámites. No a las profundas investigaciones. No al interminable papelerío”. La esposa le dice que no conoce nada sobre la Argentina. Miro le contesta: “Yo tampoco, pero dentro de poco la vamos a conocer como si hubiéramos nacido allí. Hay que juntar toda la bibliografía que exista sobre ella en Trieste. Va a ser nuestro hogar, nuestro refugio”.
Años después, al recordar aquellos momentos, escribe: “Nunca imaginé que fuera cierto lo que estaba diciendo con más optimismo que conocimientos. Aquella frase fue premonitoria”. Cuanto más se informan, más se entusiasman: “A poco que empezamos a averiguar nos enteramos de que se trataba de un país inmenso y con un gran potencial económico. Uno de los pocos en el mundo en aquel momento. Pensé que era nuestra oportunidad. Una nación rica y donde todo se estaba por hacer. ¿Qué más quería yo? Tenía dos manos fuertes y la decisión inquebrantable de salir adelante, de escapar de aquella Europa. Vieja dama que se empeñaba en ahogarme, en encerrarme y asfixiarme impidiéndome la salida al éxito. A la verdadera liberación”.
A fines del 47, en Trieste, se completa el viaje iniciado mucho antes: “Subimos al tren Nada, Mía y yo. Nos internábamos en la oscuridad absoluta buscando al Sol”. Luego, la travesía marítima: “El viaje en barco fue agradable. Sabíamos que el país al cual nos dirigíamos era próspero y rico y teníamos mucha fe en nosotros mismos”.
Aún en América, en muchos inmigrantes el miedo persiste. El capitán recuerda que, cuando desembarcaron, había “un fotógrafo que se ofrecía a sacar fotos a las familias. Más de uno huía cuando lo veían aparecer porque en su gran mayoría los pasajeros no querían precisamente hacer pública su llegada, ni que su cara quedara fijada para siempre en un papel que podría ser utilizado por alguien más adelante. Todos veníamos con la intención de iniciar una nueva vida. Habíamos sufrido demasiado. Estuviéramos del lado que estuviéramos. De la guerra ningún ser humano sale indemne”
A pesar del optimismo, el primer tiempo “fue difícil. Sin amigos, sin nada en el bolsillo. Otra vez recomenzar. Lo había hecho antes. También al llegar a Trieste tuve la misma sensación, la de ser sólo la corteza de un ser humano que debía armar todo, tomar el pico y la pala y empezar a construir. Trabajo, la pertenencia a un grupo, una casa... Por dónde empezar. Una sensación de ardor cerca del corazón me decía que por primera vez sentía miedo. Sí. Debía ser miedo esa especie de dolor”.
Al llegar a Buenos Aires, encuentran un hospedaje que fue providencial para generaciones de emigrantes: “Fuimos a vivir al Hotel de Inmigrantes. Dejamos allí nuestros petates. Unos bolsos, un baúl..., y salimos a caminar. Como en Trieste. Pero la sensación era diferente. Caminábamos con alas en los pies. Y hablábamos sin parar, señalándonos todo aquello que nos llamaba la atención. Esta ciudad no nos parecía hostil ni agresiva. Desconocida sí. Pero sin perfume de peligro”.
Elena Duplancic explica el por qué de la presencia de exiliados como Kovacic: “Argentina abrió la inmigración en forma menos restrictiva. De modo que la gran mayoría de los exiliados croatas de la segunda guerra mundial se dirigieron a Buenos Aires. Allí eran recibidos en el famoso Hotel de Inmigrantes en la zona del puerto y pronto lograban insertarse en la sociedad huésped”. No eran inmigrantes, ni venían por las mismas razones: “Este grupo de exiliados se caracterizó por ser, en general, de una preparación intelectual y profesional que pronto los distinguió de los descendientes de inmigrantes más antiguos ya asentados en la Argentina a comienzos de siglo, por razones económicas. Las razones de su exilio los reunieron en actividades relacionadas con lo religioso, lo político y lo cultural” (3)
Se daban cuenta de que, sin saber castellano, no podrían trabajar. “Primero debíamos aprender el idioma. Habiendo ya aprendido más o menos el italiano, la cosa se nos iba a hacer más fácil. Así fue. En poco tiempo podía comunicarme en un castellano bastante pasable”
Lo siguiente era conseguir un departamento. Cuando lo hallan, el capitán dice al propietario italiano, que le solicita un garante del alquiler: “Escúcheme. Acabamos de llegar de Europa. No conozco a nadie. No tengo nada. Nada más que mi honor, que para mí es mucho. Usted alquíleme el departamento y yo le aseguro que a fin de mes va a recibir el pago, aunque tenga que matarme para conseguirlo. Crea en mí”.
El protagonista recuerda sus impresiones de aquellos días: “Lo que más nos llamaba la atención en la Argentina era la abundancia. Todo era excesivo. Mirábamos comer a la gente en los restaurantes. No lo podíamos creer. Esos bifes enormes. Este país, para alguien que venía de la guerra, era... ¡un parque de diversiones!”.
El militar con estudios universitarios de economía y su esposa, graduada en pedagogía, trabajaron de lo que pudieron, y compartieron con una pareja amiga un departamento de tres ambientes: “Trabajé. Trabajamos sin descanso. Mi mujer de costurera. Yo hice varias cosas. Siempre un paso arriba del otro. Fui subiendo escalón tras escalón. (...) Nos divertíamos. Eramos tan jóvenes. Teníamos tantas ansias de vivir y pasarla bien... Por supuesto, era una vida de bohemia, con mucho espíritu y poca plata. Linda. Muy linda”.
Con el tiempo, la situación mejora: “Fueron naciendo los hijos. Primero Danimiro, después Vesna. Mía fue una madrecita para ellos, que la adoraban. Y tuve, como en nuestros mejores sueños, mi propia empresa. Que llegó a ser importante. Hoy la dirige mi hijo mayor. Puedo decir que triunfé. Aleluya”.
Sin embargo, en su ancianidad, recuerda los platos navideños, los “que, sobre todo, tienen para mí gusto a infancia, a un pasado remoto que, a pesar de todos los horrores vividos, de todas las cosas que me han ido pasando en estos largos años, mantengo intacto en mi mente”. Evoca asimismo las canciones: “En el silencio de la noche hoy, acá, en mi casa de la Argentina, junto a Nada, muchos, muchos años después, las escucho nuevamente. Son voces que vienen desde muy lejos, atravesando la barrera de los tiempos”.
El pensamiento final es, una vez más, para su tierra: “Este cuento ha terminado. Pero no la historia de Croacia. Espero irme de este mundo después de ver a mi tierra viviendo en paz, definitivamente. Amén”.
El libro de Anzorreguy, minuciosa y profusamente documentado, nos permite conocer a una personalidad relevante, y a un pueblo que brindó su aporte al “mosaico de colectividades” que es hoy la Argentina.

Notas
1. Anzorreguy, Chuny: El angel del capitán. Biografía del capitán croata Miro Kovacic. Buenos Aires, Corregidor, 1996.
2. Gudiño Kieffer, Eduardo: en Anzorreguy, Chuny: El angel del capitán. Biografía del capitán croata Miro Kovacic. Buenos Aires, Corregidor, 1996.
3. Duplancic de Elgueta, Elena: “Literatura de exilio como memoria cultural. El caso de los croatas en la Argentina”, en Studia Croatica. Año 1998. N° 137.

jueves, 24 de agosto de 2006

LITERATOS Y EXCÉNTRICOS

Los ancestros ingleses de Jorge Luis Borges, por Martín Hadis. Buenos Aires, Sudamericana, 2006. 512 páginas. (Biografías y testimonios). 

Martín Hadis, nacido en 1971, es docente, escritor e investigador universitario. Se recibió de licenciado en Sistemas y de master en Tecnología de Medios en el Media Laboratory del Massachussets Institute of Technology (MIT) y realizó estudios de literaturas germánicas y filología en la Universidad de Harvard. Sus áreas de interés abarcan el diseño de interfaces, la inteligencia artificial y la lingüística. Especialista en la obra de Jorge Luis Borges, se dedica a analizarla en su contexto histórico y cultural. Sus últimos trabajos vinculan las narraciones de Borges con las literaturas del medioevo anglosajón y escandinavo. Ha publicado artículos en medios de distintos países, entre ellos The Buenos Aires Herald (de Argentina) y El País (de España). Es asimismo coautor del libro Borges profesor, que recopila el curso completo de literatura inglesa dictado por el autor de El aleph en la Universidad de Buenos Aires. 
Hadis considera que “la historia del clan de intelectuales ingleses del que nuestro escritor desciende había caído hasta ahora en un total olvido y era –hasta para el mismo Borges- completamente desconocida. Esa omisión determinó asimismo que la enorme influencia intelectual que los mismos ancestros tuvieron sobre su obra y su formación no hubiera podido ser estudiada jamás en detalle. De igual manera, y por múltiples razones, los rasgos ingleses del temperamento de Borges, o bien han pasado inadvertidos, o bien han sido, en muchos casos, mal comprendidos. El énfasis de este libro está puesto, por lo tanto, en explorar esos territorios ignotos y llenar esos vacíos. (...) El objetivo de mi investigación fue, sin embargo, develar los orígenes literarios de Borges, y éstos proceden –como el lector podrá comprobar a continuación- de sus ancestros ingleses”. 
“El lector estará tal vez bajo la impresión de que una de las tesis de este libro es afirmar que la obra literaria de Borges resulta únicamente de su lado inglés –agrega Hadis-. Esto no es así. Afirmo, eso sí, que la vocación de escritor de Borges, así como su formación literaria en un sentido intelectual y erudito, y su cosmovisión ética y religiosa, proceden principalmente de sus ancestros Haslam. Pero la originalidad y la potencia de su obra no proceden exclusivamente de sus ancestros ingleses, sino de la confluencia de dos legados, de las múltiples perspectivas que éstos permiten, y del cosmopolitismo que fomentan, lo cual convierte a Borges en un verdadero ciudadano del mundo. En este sentido, el aporte de su linaje criollo dista de ser menor. Lejos de ello, constituye una parte fundamental de su esencia”. 
En esta obra, expone el cuantioso material que reunió en sus viajes por varios países. Partiendo de las alusiones que hizo Borges acerca de sus mayores, remonta el árbol genealógico del autor hasta llegar al siglo XVIII. Desde allí, comparando y deduciendo, explicando e invitando a comprobar lo expuesto, llega a este descendiente de ingleses y criollos que vio la luz en el Río de la Plata, sesenta años después de que su tatarabuelo dejara este mundo. Es con William Haslam, precisamente, con quien Hadis realiza la extensa comparación de la que resultan las coincidencias y las diferencias entre ambos. 
No se limita a los datos biográficos de los antepasados –lo cual ya sería fruto de un esfuerzo ingente-, sino que además analiza obras que ellos escribieron –sermones metodistas, un tratado de puericultura, una guía para el tratamiento de insanos, disertaciones, artículos periodísticos, obras literarias -, en busca de la mayor cantidad de información posible. 
Para demostrar cómo pueden aplicarse los conocimientos que expone en este libro, realiza él mismo el análisis de dos cuentos –“El jardín de senderos que se bifurcan” y “El libro de arena”-, los cuales, vistos desde esta nueva óptica, revisten otra significación. No es que la literatura necesite de la biografía para encontrar su razón de ser, sino que, sin duda, conocer datos de la vida del escritor ayuda a interpretar mejor su obra. 
“Comprendí que lo que Borges sabía acerca de su propio pasado inglés y las raíces de su vocación literaria era muy poco –afirma-, e intuí a la vez que esa poca información debía ser la punta de un largo ovillo. Decidí entonces comenzar una investigación histórica y genealógica en archivos, capillas, iglesias, museos y bibliotecas de Inglaterra. Con el tiempo, la búsqueda se extendió a otros países: Alemania, Hungría, Francia, la Argentina y los Estados Unidos. (...) éstas demandaron más de cinco años de esfuerzos, el uso de todos los recursos disponibles para el investigador, y las técnicas más avanzadas de búsqueda, indexación y análisis; todo ello sumado a una buena dosis de persistencia y –por qué no decirlo- de suerte”. 
Llama la atención al leer este libro la cantidad de material, y la prolijidad con que el mismo es expuesto, enriquecido con información acerca de la época y las circunstancias sociales, políticas y económicas. Cabe destacar asimismo el estilo del autor: la profusión de datos que vuelca en estas páginas no impide que el texto sea entretenido y atrapante. Cada uno de los antepasados es protagonista de una biografía que se lee con placer, ya que está escrita como un relato en el que confluyen la historia y los propios conceptos del biógrafo, dando amenidad a lo narrado. Varios apéndices, numerosas fotografías y la bibliografía consultada completan este volumen insoslayable. 
Es difícil ser original al referirse a Borges. Hadis lo logró. Y con creces.

sábado, 19 de agosto de 2006

LA RABINA

por Silvia Plager. Buenos Aires, Planeta, 2006. 376 pp. (Narrativa argentina) 

Un día de 1968, Esther Fainberg conoce la historia de Regina Jonas. Poco después, anuncia a su familia que va a iniciar los estudios para ser rabina. La noticia causa revuelo entre sus parientes, que la toman de diversa manera. El marido, con sarcasmo, ya que aleja a la mujer de cuanto él busca para ella: una pose adolescente, sumisión, sociedad en el estudio jurídico. “¿Otra de tus estúpidas extravagancias, Esther?”, le preguntó. El padre le dijo: “Esther, sólo lograrás hacer daño a tu comunidad, a tu familia, a tu matrimonio. Y lo que es peor, arruinarás tu vida. Ninguno de los tuyos tuvo que ser rabino para saber quién era. Les bastaban sus muertos, sus costumbres, sus comidas...”. Tampoco es bien recibida la noticia por algunos amigos y por una parte de la comunidad judía, que piensa que no está permitido que las mujeres accedan al rabinato. 
¿Qué puede llevar a Esther a tomar esa decisión? Es joven, atractiva, está casada con el heredero de un estudio jurídico de renombre, tiene dinero y la posición social que muchas envidiarían. Sin embargo, cree que su vida no tiene sentido. Ha llegado a ella la revelación; hay algo mucho más importante que lo que está viviendo. 
Esa revelación, y su aceptación, la lleva a viajar desde Nueva York, donde se encuentra radicada, hacia Israel, donde estudiará con una importante especialista en Biblia. En Israel conocerá también a su segundo marido, agobiado por una tragedia conyugal, y junto a él, iniciará una nueva vida. La tercera edad los encuentra tan enamorados como antes. 
La novela abarca décadas de la existencia de esta mujer valiente, que toma como ejemplo a la rabina Jonas, quien asistió a los fieles en un campo de concentración. Como ella, quiere consolar y confortar, y se pregunta si será capaz de hacerlo. Tiempo después, “A Regina Jonas, ordenada en Alemania cuando comenzaba el nazismo, y asesinada en Auschwitz, le dedicaba su prédica. También a sus padres, a su hermana, familiares, amigos, maestros... Pero en especial, a James Steiner, sin su amor y el de sus hijos Lucy y Dan, no habría podido llegar a ese momento. En el inicio ya había traído la presencia de los ausentes. Señaló la vela: ésta se iba a apagar, no la que llevaba encendida en su corazón”. 
Los escenarios se suceden en la obra. Desde la Argentina, los Fainberg -padre, madre, una hermana y Esther- viajan a Israel, donde vivirán poco tiempo. Desde allí, se trasladan a Nueva York, donde se establecen definitivamente. En Nueva York nace el hijo que Esther tiene con Jaim, uruguayo, y allí llevan asimismo a la hijita de él, que ha quedado huérfana de madre. 
Aunque centrada en las circunstancias por las que atraviesa Esther, la obra alude continuamente a la historia de Israel y el mundo en general. En esa historia se destacan dolorosamente las guerras, la situación en la Argentina y el Uruguay de la década del 70, el atentado a las Torres Gemelas. Plager los refleja con tristeza. 
En esta novela, que resultó finalista del Premio Planeta 2005, la escritora evoca la lucha de una joven que tuvo una meta, y que llegó a ella cuando miles de obstáculos podrían haberla disuadido; evoca, asimismo, el desarraigo de quienes ven, una y otra vez, que ya no son de esa tierra. 
Emotiva, bien documentada, escrita admirablemente, La rabina nos hace eco de las alegrías y los infortunios de los personajes, los presenta actuando coherentemente y deja en nosotros la certeza de que aún lo más difícil es posible, si realmente lo deseamos.

lunes, 14 de agosto de 2006

CARLOS SZWARCER: “UN CAMINO DIFÍCIL DE TRANSITAR”

Carlos Szwarcer es historiador y periodista. Nació en Buenos Aires, Argentina, ciudad en la que cursó la carrera de Historia en la Facultad de Historia y Letras de la Universidad del Salvador y el Ciclo Pedagógico en la misma Facultad. Fue conductor y productor del programa "Esta es otra Historia" en FM.88.V. López, entre 1992 y 1994; columnista invitado del bloque de Historia en el programa "El Refugio de la Cultura", AM. Radio América, en 1994 y 1995. Realizó la cobertura periodística de eventos culturales, políticos y educativos; Investigó para guiones de espectáculos y documentales, y desarrolló y seleccionó Efemérides para la producción de programas radiales. Es investigador histórico de Barrios e Instituciones de Buenos Aires, autor de artículos, ensayos, narrativa, etc. publicados en su país y el exterior, integrante del Grupo APH (Área de Protección Histórica) de Villa Crespo durante 2003y 2004. Colabora en Todo es Historia (Bs. As. Argentina) Revista Cuadernos del Tortoni (Bs. As. Argentina), Buenos Aires Cultural (Bs. As. Argentina), Revista del CECAO (Centro de Estudios Culturales: Pcia. de Córdoba (Argentina), Letras-Uruguay (Montevideo. Uruguay), Raíces (Madrid, España) y Los Muestros (Bruselas, Bélgica/ B.Hills, USA), entre otros medios.
Dictó conferencias en entidades privadas e Instituciones dependientes del Gobierno de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires (Instituto Histórico de la Ciudad de Buenos Aires, Comisión de Preservación y Promoción de Cafés Notables de la Ciudad de Buenos Aires) sobre historia de Buenos Aires; la temática de dichas conferencias está relacionada con la inmigración, costumbres, tradiciones y diversidad cultural. Participó en el emprendimiento "Patrimonio de los Barrios", de la Dirección General de Patrimonio (Secretaría de Cultura de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires) con textos e imágenes para la definición de los Hitos Históricos Barriales incorporados como material didáctico para entidades educativas y de divulgación general. Auspiciado por la OEI (Organización de Estados Iberoamericanos). 2003-2005. Desde 2003, coordina diversas visitas a hitos históricos barriales en el marco del emprendimiento "Los Barrios Porteños… Abren sus Puertas", organizado por Dirección General de Patrimonio Secretaría de Cultura de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires (actual Ministerio de Cultura). 
Para conversar sobre la inmigración y otros temas, lo entrevistamos en Buenos Aires. 
-Como muchos investigadores argentinos te interesás por la inmigración a partir de una circunstancia personal, el hecho de que tu abuelo materno y tu padre hayan sido propietarios del Café Izmir ¿Cómo viviste esa situación en tu infancia? 
-En mi caso, aunque mis padres nacieron en la Argentina, mis cuatro abuelos llegaron de países muy lejanos, Ucrania y Turquía, sin duda esto debe haber marcado en mí cierta inclinación por los temas sobre inmigración. Mi abuelo fue el dueño del Café Izmir desde fines de los años ´30 hasta 1965, cuando falleció, y mi padre y un tío quedaron a cargo cuatro años, hasta 1969, momento en el que venden el fondo de comercio a una familia asturiana. Si bien el Café es todo un ícono de Villa Crespo y del Buenos Aires cosmopolita, un sitio renombrado a tal punto que fue designado Café Notable de la Ciudad de Buenos Aires, en mi infancia no tuvo el impacto que puede suponerse: mis recuerdos dentro del Izmir, de hecho muy agradables, son simplemente los de un pequeño que iba a visitar a su abuelo al lugar de trabajo; él me convidaba un yogurt o una gaseosa y yo me la pasaba jugando al fútbol entre las mesas y sillas con las chapitas de cerveza o gaseosas que estaban en el piso. Cosas de pibe que me hacían muy feliz. Pero las imágenes y vivencias del Café influyeron muchos años después cuando comencé a dedicarme a la investigación histórica y tomé conciencia de que ese sitio había sido mucho más importante de lo que suponía. 
-¿En qué momento te diste cuenta de esa importancia? 
-En la Facultad nos dieron para leer fragmentos de la novela Adán Buenosayres, de Leopoldo Marechal y quedé perplejo cuando me encontré, inesperadamente, con varios pasajes dedicados al Café, tomado como escenario de sorprendentes situaciones. Darme cuenta de que fue observado atentamente por este escritor que describió hechos y personajes tan particulares, me dio vuelta la cabeza, es decir, en ese momento sí comencé a tomar conciencia de que el Café Izmir, más allá de mis recuerdos de infancia, había sido algo más que el Café de mi abuelo, al que yo de tanto en tanto iba a visitar por las tardes. Vislumbré que en la gente, que en el barrio, había tenido más importancia de la que yo le había dado. A partir de ese momento comencé a indagar más detenidamente en la historia de mi familia y fue el motor para la búsqueda imperiosa de la verdadera historia de ese lugar, más allá de la ficción del Adán. 
-¿Es cierto que conservás muchos elementos del Café? 
-Sí, tal vez por ser el nieto mayor y dedicarme con pasión a la historia, mi madre me fue dando las fotos y elementos que pertenecieron al Café, vajilla, instrumentos musicales, los discos de pasta que allí se pasaban, montones de cosas. Además, antes de que lo demolieran, no sólo intenté evitar su desaparición sino que ante las topadoras, con gran esfuerzo, hice lo posible porque no se perdieran para siempre algunos restos materiales que hoy forman parte, con todo lo demás, de una colección que, seguramente, servirá para mostrar el material tangible de ese lugar tan particular y vinculado, muy especialmente, con la inmigración y la convivencia pacífica de la diversidad cultural. 
-¿Estudiaste historia para ahondar en el tema de la inmigración? 
-No, inicialmente en absoluto. Había estudiado un año de Medicina en La Plata y rápidamente percibí que aquello no era lo mío. Encontrar mi vocación me llevó a buscar información sobre arqueología, antropología. Al poco tiempo iniciaba la carrera de Historia, me orientaron a ella con el argumento de que en Argentina, con esta disciplina, tendría más perspectivas, y la encontré afín a mi tendencia humanística. Ya en las primeras clases comprendí que era lo mío. Mi impulso inicial fue entender el complejo presente y sabía que para éso tenía que conocer el pasado. Quería tener respuestas sobre los comienzos de la humanidad. Luego me encontré con las herramientas para indagar sobre los vericuetos de mis orígenes, es decir, sentí que estaba en el camino correcto para hallar el hilo conductor entre mis ancestros y el contexto en el que llegaron a la Argentina. Además, el haber vivido mi infancia en un inquilinato de la calle Padilla, en Villa Crespo, el contacto con tanos, gallegos, “rusos”, “turcos”…, la verdad que parecía un sainete, esas cosas te marcan. Recuerdo las fiestas de cada colectividad, nos reuníamos todos en el gran patio sin importar demasiado qué se festejaba, compartíamos. Era otra época, ni mejor ni peor, distinta. Aunque no podemos decir que no se armara alguna batalla, algún desaguisado entre tanta gente junta, claro, la perfección no existe ni existirá, pero siento un dejo de nostalgia por esa convivencia, por la solidaridad que existía… era un valor muy importante. 
-Entonces buscaste darle sustento científico a tus vivencias 
-Ciertamente, aquello inicial estaba presente embrionariamente, y después latente en los estudios en la Universidad, pero lo que me condujo a los temas relacionados con la inmigración, a ahondar en ellos, verdaderamente, fueron situaciones de comienzos de los años 90 cuando falleció mi padre y al poco tiempo una hermana de mi abuelo. Tal vez ésto me llevó a la puerta del Café Izmir. Hacía muchísimos años que no pasaba por allí. Vaya a saber qué fui a buscar, pero comencé a recopilar desesperadamente testimonios de vecinos, de habitués, de hijos de habitués. Seguramente quise, en parte, encontrarme otra vez con el Café Izmir de mi infancia y la realidad es que en cada informante encontré un mundo. La gente mayor que me abría sus puertas para contarme sobre el barrio y el Izmir me llevaba, inevitablemente, a la inmigración, eran relatos de inmigrantes. Fueron años de mucha investigación en fuentes y de dedicación a la historia oral. Fue el comienzo de mi pasión por esta temática. Las decenas de testimonios me dieron un material riquísimo en vivencias y anécdotas que suelen formar parte de mis artículos, ensayos y sobre todo de mi narrativa. 
-En las visitas que guiás para el Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires, difundís estos temas. ¿Cuándo comenzaste con esta actividad? 
-En el año 2003 me convocó a dar una charla el Instituto Histórico de la Ciudad de Buenos Aires y la Dirección de Patrimonio de la entonces Secretaría de Cultura para participar del asesoramiento sobre Hitos Históricos para los Desplegables Didácticos Barriales, primeramente sobre Villa Crespo y más tarde otros barrios. Luego, me invitaron como coordinador de algunas visitas en el Emprendimiento “Los Barrios Porteños Abren sus Puertas”, así participé desde entonces en Villa Crespo, Balvanera, Colegiales, San Nicolás. Ya van cuatro años. Generalmente las visitas se relacionan con lugares que de una u otra manera están vinculados a la inmigración: el Café Izmir, el recorrido por la Calle Gurruchaga, El Conventillo de la Paloma, el tango, teatros, templos, comunidades… 
-¿Qué significa para vos poder escribir sobre la inmigración argentina en medios del exterior? 
-Desde luego que mucho porque, como vos sabés, el investigador termina su prolongado y arduo trabajo recién cuando da a conocer el resultado del mismo. Pero que escribiendo sobre Argentina, particularmente sobre Buenos Aires, se interesen en mi material publicaciones importantes de España, Bélgica, Estados Unidos, etc., que divulguen estas historias tan nuestras en medios tan lejanos, indudablemente, me pone muy contento, aunque te diré que, a veces, uno se sorprende que le den más trascendencia afuera. 
-Otros de tus puntos de interés son el Café Tortoni y el Museo del Tango, también relacionados con la inmigración. ¿Desde qué punto de vista te aproximás a estos temas? 
-La revista “Todo es Historia”, en el 2002, publica mi artículo “El Café Izmir”. Menciono allí que Alejandro Rafael Alboger, mi abuelo materno, fue lustrabotas y luego mozo y mêtre del Café Tortoni hasta hacerse cargo del Izmir, dejándole el lugar a mi tío abuelo Yaco, el que con el tiempo termina siendo accionista del Café de Avda de Mayo. En el 2003 Roberto Fanego, uno de los dueños del Tortoni, leyó aquel artículo y decidió dedicar la Revista “Cuaderno del Tortoni” Nº 9 a los dos Cafés, solicitándome que la escribiera. Así surge “El Tortoni y el Izmir – un nexo para la historia”. Obviamente, además de Marechal, esos dos hermanos Alboger, judeo-sefaradíes, provenientes de Turquía, tienen que ver y mucho con la inmigración y con los dos Cafés. El material se presentó en Abril de 2003 en la Bodega del Café, la Sala Quinquela Martín, con el auspicio de la Secretaría de Cultura y la Comisión de Bares Notables de la Ciudad. En cuanto al Museo Mundial del Tango… cubrí su inauguración para un medio del interior y además ese día tan especial se entregaba al público presente un tríptico con fragmentos de mi artículo “Gardel y el Tortoni”, basado en mi investigación sobre la presentación en el Café del Morocho del Abasto en una recepción a Luigi Pirandello… 
-También Gardel en tus investigaciones… 
-¿Sabés qué pasa? el tango es parte de Buenos Aires y aunque soy de la época del rock el tango también me llega, lo escuchaban y bailaban mis viejos. Soy porteño hasta la médula y además me pusieron de nombre Carlos por Gardel, mi vieja era fanática de él. En el 2004, el 11 de diciembre, Día del Tango, se hizo una exposición en el Museo de la Casa de Carlos Gardel y allí un sector fue dedicado a la muestra Carlos Gardel y el Café Tortoni, con elementos del Café de principios del siglo XX y textos míos. Fue un momento muy emocionante. 
-¿Y el interés por el Teatro Maipo? Parece un tema muy distinto de los anteriormente mencionados. 
-En cierta forma, la inmigración también tuvo mucho que ver con el desarrollo del teatro en Buenos Aires. Pero lo del Maipo fue inesperado, un trabajo de investigación encargado. En Agosto de 1994 se produjo la reapertura del teatro por parte de Lino Patalano y Julio Boca. Un tiempo antes recibí el llamado telefónico de la productora de cine y televisión Clara Zappettini para ofrecerme la investigación sobre la historia de los inicios de esa sala de espectáculos. Dado el escaso tiempo formé un pequeño grupo y nos pusimos a trabajar a full. Fue una experiencia muy interesante porque gran parte de lo relevado no se conocía y sirvió para realizar un documental llamado “Raconto del Teatro Maipo” y para la base de los textos del guión del espectáculo en el que, el 22 de Agosto de ese año, participaron Sandro, Gasalla, Tania y otros. A partir de ese trabajo me interesé en el Scala y el Esmeralda, los dos teatros que estuvieron en el mismo predio que el Maipo, y profundicé aquellos primeros enfoques. En el año 2004 “Todo es Historia” publica “Prehistoria del Teatro Maipo”, donde recorro el camino desde la zarzuela en España, los orígenes del teatro de Revista, la actividad del Scala, del Esmeralda y llego a 1922, cuando comienza a funcionar el teatro, efectivamente, con el nombre actual. 
-¿En qué trabajás actualmente? 
-Soy bastante obsesivo y perfeccionista pero al mismo tiempo anárquico, mejor no mires mi escritorio, pero normalmente tengo un trabajo adelantado, digamos central, sobre el que me dedico a full mientras mantengo abiertas investigaciones laterales y escritos que sigo puliendo hasta terminarlos. Actualmente estoy redondeando relatos sobre los sefaradíes en Buenos Aires para publicar en próximos meses; una investigación sobre Milagros de la Vega y también comencé a tomar testimonios para relevar datos y dar a conocer historias y anécdotas sobre un par de cafés de Buenos Aires. En fin… quizás el tema que hace un par de años me desvela es la realización de una exposición sobre inmigración a partir de los materiales del Café Izmir. Me perturba mirar hacia atrás y ver que en los últimos diez años fallecieron más de la mitad de las personas de edad, de nuestros mayores, aquellos que me brindaron oportunamente su testimonio de vida, y que sus vivencias sirvieron para rescatar de un olvido seguro parte de sus tradiciones, de nuestros orígenes, de nuestra forma de ser. 
-Se te ve muy comprometido con la preservación… 
-Es que hay tanto para hacer, para sacar a la luz, historias todavía desconocidas que son parte de nuestra identidad y que se perderán si no tomamos testimonios, si no escuchamos esas voces, si no recuperamos esos recuerdos. Estos hechos de la realidad me movilizan para buscar una salida, una respuesta al problema de la preservación de nuestro patrimonio cultural, no es suficiente lo que se hace. Últimamente, algunos escollos me motivaron a poner en marcha la organización de una estructura que sea espacio de encuentro de interesados en proteger, contar, divulgar estos temas, alentar las iniciativas, tal vez por medio de una Fundación u otro mecanismo acorde a estas necesidades. Es importante lograr recursos que financien proyectos de investigación y publicación sobre inmigración y diversidad cultural. Es un camino difícil de transitar pero creo que vale la pena intentarlo. 

(LETRAS-URUGUAY, Montevideo, 2006)

lunes, 12 de junio de 2006

HISTORIA DE LOS JUDÍOS ARGENTINOS

por Ricardo Feierstein. Buenos Aires. Galerna, 2006. 464 pp. Tercera edición revisada, ampliada y con cuadro cronológico desplegable. Prólogos de Marcos Aguinis y Héctor Schmucler. 

Cuando se presentó esta edición, en la Feria del Libro 2006, el autor señaló que no se trata de la historia de los judíos en la Argentina, sino de la Historia de los Judíos Argentinos, distinción que apunta al pasado de una comunidad que ha arraigado en el país en el que se estableció, y no una comunidad que sólo se encuentra alojada en la nueva tierra. 
En el prólogo, afirma Marcos Aguinis: “Esta obra, que abarca más de un siglo de vida de la colectividad judía en Argentina, da cuenta de los antecedentes coloniales y de los años de la inmigración masiva, de la colonización rural y de las sucesivas radicaciones de los grupos urbanos a lo largo del siglo XX. Aquí se cuenta la historia de los barrios, de las instituciones comunitarias, de las ideas y personalidades judías en la vida argentina.. Este libro, es a la vez, memoria de hechos gozosos y de dolor; aquí están reflejados los acontecimientos de plenitud creadora, de fructífera integración, pero también los de antisemitismo o los atentados terroristas. Anécdotas, costumbres y tradiciones fueron dejando una “marca judía” tanto en las pequeñas poblaciones como en las grandes urbes de la Argentina, al tiempo que se modificaban por las prácticas lugareñas y la interacción con otras colectividades”. 
“Conscientemente –escribe Feierstein- estas páginas no se concibieron como ‘historias rosas’ de perfecta armonía ni como un ‘libro negro’ para contabilizar resentimientos y frustraciones. Tampoco se han omitido ni presentado sectores comunitarios con la visión tuerta y parcializada que acomoda el pasado al presente”. 
El resultado es un volumen destinado a todos los públicos -judíos y gentiles, chicos y grandes, con estudios y sin ellos- porque cuenta una historia narrada desde el corazón, con una visión que hace hincapié tanto en los grandes sacrificios de los pioneros como en los maravillosos logros de los artistas -por citar sólo dos ejemplos- y se remonta a la época precolombina, desde donde iniciará un recorrido fascinante a lo largo de siglos, sustentado en material histórico y enriquecido con fragmentos de obras literarias, films, historietas, etc. En el Epílogo se refiere a los dos terribles atentados a la comunidad que, no obstante, sigue adelante con valentía; sin olvidar a sus muertos, mira hacia el futuro. 
Pero Feierstein no sólo es historiador, es también novelista y poeta. En el Prólogo a esta tercera edición, Héctor Schmucler señala la confluencia de esos dos aspectos de su personalidad: “Un libro de historia que bien podría leerse como una novela; y cuando la historia tiene la fuerza de la creación literaria, invade espacios que los puros documentos no saben penetrar. En ese caso el historiador, el que busca y conoce, se eleva al preeminente lugar del hacedor, el poeta. Ricardo Feierstein merece esos honores”. El volumen incluye siete apéndices –entre los que se cuentan las nóminas de los inmigrantes llegados en el Wesser, la de escritores y la de ejecutantes de tango-, una cronología y un cuadro cronológico desplegable. 
El autor agradece, entre otros, a su hijo, el sociólogo Daniel Feierstein, “quien verificó la compatibilidad de cuadros y estadísticas, orientó entre la maraña de bibliografía parcial y de diverso valor y, sobre todo, clarificó con serenidad académica las confusiones que muchas veces hacen perder dimensión y escala a los que estamos inmersos en tareas polémicas internistas”. Agradece, asimismo, al Archivo Gráfico de la Nación, al Centro de Documentación e Información sobre Judaísmo Argentino “Marc Turkow” (AMIA), a la revista Raíces-Judaísmo Contemporáneo y a la fotógrafa Alicia Segal por la cesión del material gráfico que ilustra la presente edición.

domingo, 9 de abril de 2006

Roberto Tálice

nació en 1902; falleció en Buenos Aires en 1999. “En la adolescencia presentó su primera obra, La nena, en Montevideo. En la década del 20 se radicó en Buenos Aires y estrenó Los puritanos, con la compañía de Pedro Zanetta. Más tarde escribió los guiones de obras como Juventud, divino tesoro y Ciudadano del mundo. También fue autor de guiones cinematográficos y colaboró en el noticiero Sucesos Argentinos. Durante varios años dirigió la sección Espectáculos del diario Crítica. En 1986 recibió el Gran Premio de Honor otorgado por Argentores, entre otros” (1).
La Academia Nacional de Periodismo lo evocó con estas palabras, al cumplirse el primer aniversario de su fallecimiento: “Roberto Tálice, eminente figura de la cultura de Buenos Aires y porción entrañable del teatro y del periodismo porteños en el siglo que está por expirar, nos dejó hace ahora un año, en mayo de 1999. Era vicepresidente segundo de la Academia y el sentido de su presencia entre nosotros se acrecentaba, además, porque ella imponía la obligación de recordar la íntima conexión existente entre el arte de la representación y el periodismo, testimoniada por él en persona y, simbólicamente, también por el patrono del sillón que ocupaba: Edmundo Guibourg. Tenía 97 años y sus recuerdos se remontaban a la Montevideo de la segunda década de este siglo, ciudad en la que había nacido y en la que hizo -¡a los trece años!- sus primera armas como autor teatral. Vivió después en París y arribó a esta orilla del charco en 1923; a poco era jefe de Espectáculos en la mitológica Crítica de Natalio Botana, y la memoria de la bohemia y de las empeñosas aspiraciones de aquellos años quedan en un libro que elocuentemente tituló 100.000 ejemplares por hora, y en su semblanza sobre El malevo Muñoz, uno de sus compañeros en aquella redacción legendaria. Autor de más de un centenar de obras teatrales, director de escena, guionista, traductor al que se deben versiones de Pirandello, Shakespeare y Wilde y jurado en numerosos festivales de cinematografía, se halló entre los fundadores de la Asociación de Críticos Cinematográficos -de la que fue también presidente-, dirigió el noticiero Sucesos Argentino y LS11 Radio Provincia, y fue por muchísimos año presidente de Argentores. La enumeración de sus actividades, relaciones y cometidos podría ser interminable y él mismo alguna vez se burló de esa inabarcable presencia suya en tantas y tantas cosas. "Sí -dijo alguna vez-, parece que he vivido como mil años, de lo contrario no podría haber reunido tanto recuerdos..." Por supuesta, la humorada prescinde del hecho de que se trataba de recuerdos hermosos, iluminados por una luz en la que se convergía todo un mundo pasado en el que hubo como nunca hombres cuyas exigencias pugnaban por apartarse de lo vulgar, de lo intrascendente. Nos quedaban todavía su conversación, los detalles y las anécdotas que tan sólo él podía atestiguar, las precisiones acerca de una época de la que era sobreviviente lúcido y espiritual. Al irse deja la sensación de un hombre genuino, de una vocación lograda, de una época que merece ser preservada del olvido” (2).

Notas
1. Varios autores: Enciclopedia Visual de la Argentina. Buenos Aires, Clarìn, 2002.
2. S/F: “Adiós a don Roberto Tálice”, en http://www.academiaperiodismo.org.ar/.

Horacio Quiroga

nació en Salto, en 1878; falleció en Buenos Aires en 1937. “Es considerado uno de los mayores autores de cuentos de la literatura en castellano. Su vida estuvo marcada por ribetes trágicos: asistió de pequeño a la muerte de su padre, mató accidentalmente a su mejor amigo y su primera esposa se suicidó. Dedicado a la química y la fotografía, en 1900 emprendió un viaje a París. De regreso, su vida transcurrió entre Buenos Aires, Chaco y Misiones, donde llega en 1903 acompañando a Leopoldo Lugones. Alternó la docencia y el oficio de juez de paz y oficial del Registro Civil. Entre sus principales obras cabe destacar Cuentos de amor, de locura y de muerte (1917), Cuentos de la selva (1918), Anaconda (1921), La gallina degollada y otros cuentos (1925) y El regreso de Anaconda (1926), además de las novelas Historia de un amor turbio (1908) y Pasado amor (1929)”.

Varios autores: Enciclopedia visual de la Argentina. Buenos Aires, Clarín, 2002.

Florencio Sánchez

(1875-1910) “nació en Uruguay, pero desarrolló su producción escénica en Argentina. A tal punto se consagró en nuestro país, que el 7 de noviembre, día de su muerte, se conmemora el Día del Canillita, asociando a los diarieros al recuerdo de la obra en que inmortalizó a los vendedores de diarios. Entre sus obras más famosas se destacan, además de "Canillita": "M'hijo el Dotor", "La Gringa", "Barranca Abajo", "En Familia", "Los Muertos", "El Conventillo", "Los Derechos de la Salud", "El Cacique Pichuleo". Sánchez fue "el" autor de Buenos Aires por antonomasia. Pero curiosamente su muerte ocurrió en Milán, adonde había viajado en busca de una gloria que trascendiera las fronteras rioplatenses, y encontró en cambio una serie de frustraciones que lo llevaron "barranca abajo", hasta morir víctima de la tuberculosis. Cuenta la anécdota que un gran actor italiano, cabeza de compañía en gira por la Argentina, le manifestó a Sánchez su admiración y lo invitó a viajar a Italia para poner en escena sus obras. Cuando, ilusionado, Sánchez emprendió el viaje, dio con este actor, quien no recordaba ni su rostro ni su nombre, y dejó en el rioplatense la sensación de no haber recibido más que un cumplido ocasional. Al decir del historiador Osvaldo Pellettieri en "Cien años de teatro argentino", en Sánchez "luchan los dos principios constructivos, el del realismo del fin de siglo (lo melodramático, lo sentimental-costumbrista) y los modelos típicos del naturalismo; y a nivel semántico las ideas propias del liberalismo oficial y su anarquismo, más de una vez puesto en tela de juicio".

S/F: en http://www.todo-argentina.net/

Constancio C. Vigil

“Nació en Rocha, Uruguay, el 4 de Septiembre de 1876. Desde su juventud, estuvo dedicado a las letras , como escritor y como promotor de revistas lo que le hacía ver como un defensor de la comunicación. Es así, que sus proyectos, apuntaban a crear medios con características determinadas, que recrearan a público diferente: el infantil, el femenino, el masculino. En 1901, funda, en su país natal, su primera revista. En 1903, la revista Pulgarcito, surge como antecedente del famoso Billiken. En 1915, Vigil publica su obra El Erial, donde se sintetiza su pensamiento. Constituye un conjunto de lecturas morales cristianas. En 1919, funda la revista Billiken, se convierte en la suma de industria editorial, niñez y escuela y, de la que gozaron varias generaciones. Otras de sus obras: Marta y Jorge; La Hormiguita Viajera; Mangocho; La Familia Conejola. Otra de sus creaciones, es el Libro de iniciación a la lecto-escritura más duradero de la historia argentina: Upa. Constancio Cecilio Vigil, fallece en Buenos Aires, el 24 de Septiembre de 1954. La familia Vigil toma contacto con Pinamar, cuando adquieren la casa llamada El Jagüel. El 30 de Junio de 1960, el Ministro de Educación, como homenaje al escritor y periodista Constancio C. Vigil, resuelve imponer su nombre a la Escuela Nº 11 de General Madariaga, hoy Escuela Nº 1 de Pinamar.

S/F: “Constancio C. Vigil”, en “Escuela N° 1”, http://www.telpin.com.ar/

Juan Zorrilla de San Martín

“nació en Montevideo, capital de la República Oriental del Uruguay, el 28 de diciembre de 1855. Fue su padre don Juan Manuel Zorrilla de San Martín, natural del Valle de Soba, provincia de Santander, España, donde nació en 1811, vástago de una noble familia cuya casa fuerte se mantiene en pie en el lugar de San Martín del mismo valle, en cuyos muros luce el escudo heráldico del linaje, timbrado por la divisa ‘Vivir se debe la vida de tal suerte que viva quede en la muerte’. (...) La actividad literaria emprendida por Zorrilla de San Martín y los ideales que lo animaban le habían ya impulsado a fundar, en 1878, el diario ‘El Bien Público’ (...) Las duras campañas periodísticas contra los gobiernos que no respondían a sus ideales religiosos y democráticos le atrajeron dolorosas persecuciones. En 1885, luego de sufrir el empastelamiento e incendio de su diario, amenazado hasta en el sagrado del hogar, se vio obligado a asilarse en la Legación del Brasil. Negadas las garantías que pidió la Legación para que Zorrilla de San Martín pudiera embarcarse con destino a Buenos Aires, el Ministro del Imperio lo condujo personalmente hasta una nave de guerra brasileña que lo llevó hasta aguas argentinas, en las cuales, con el fin de eludir el reclamo interpuesto por el gobierno ante la cancillería del Brasil para que el viajero fuera llevado nuevamente a Montevideo, el expatriado se trasladó en una ballenera que lo transportó a Buenos Aires. Pocos días después de este dramático episodio su esposa y sus pequeños hijos se le reunieron en el destierro. El gobierno del general Santos, al verse burlado, dictó un decreto por el cual lo destituyó del cargo de Catedrático de Literatura de la Universidad que había conquistado mediante concurso en 1880” .

Montero Bustamante, Raúl: “Juan Zorrilla de San Martín”, en Zorrilla de San Martín, Juan: Tabaré. Estudio preliminar y notas por Iber H. Verdugo. Buenos Aires, Editorial Kapelusz, 1965. 233 pp. (Biblioteca Grandes Obras de la Literatura Universal)

Berta Finkel

se naturalizó argentina. “Es autora de los libros Tres poemas bíblicos y De luz y de barro. Fue directora del teatro de títeres ‘El gallito cantor’, con el que trabajó durante una década en unión de su esposo, Eliézer Spector, en escuelas, villas y centros de salud. El ministerio de Salud Pública de la Provincia de Buenos Aires los llamó para trabajar en la difusión sanitaria, realizando obras propias sobre diarrea infantil, rabia y otros problemas de salud, intercaladas con obras recreativas. En la Capital Federal dio funciones por cuenta de Extensión Universitaria, e hizo experiencias con títeres con niños desertores de la escuela y en las colonias de vacaciones. Se presentó en Mar del Plata, Bariloche y Córdoba. Hizo experiencias con cuentos titiriteados en una escuela diferenciada durante dos años. Es autora de numerosos cuentos infantiles, publicados en La Prensa, El Hogar, Billiken y Mundo Argentino. Mientras voy creciendo y Castillito de papel, libro para niños, fueron publicados en 1974 y 1976 y reeditados. Su obra El perro ante el espejo, para adultos, fue premiada en el concurso de teatro leído del Odeón, El árbol de cada cual en el Teatro Fray Mocho y La leona en Radio Nacional. Publicó El títere y lo titiritesco, 1981; ¡Chúmbale, Bob!, 1980; Brisita, 1981; Andanzas de Brisita, 1984, y Mensaje a Alex, y otros cuentos, 1984” (1).
“ (...) Se recibió de odontóloga y durante muchos años ejerció esa profesión. Le gustaban los libros y los niños. Por eso, llegado el momento de dejar su actividad, se acercó con amor al mundo de la infancia. Fue titiritera, poeta y autora de muchos, muchos libros de cuentos. Falleció en 1990” (2).

Notas
1. Sosa de Newton, Lily: Diccionario Biográfico de Mujeres Argentinas. Buenos Aires, Plus Ultra, 1986.
2. S/F: en http://www.magisterio.com.ar/.

Clara Victoria de Palant

nació en Ovruch, y es argentina por adopción. En 1944 egresó como licenciada en química de la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales de la UBA. Se recibió de profesora de piano en el Conservatorio Williams. En 1962 obtuvo el premio del Fondo Nacional de las Artes por su libro de aforismos Como una rueda, editado en 1963. En 1967 editó Punto seguido. Anteriormente había publicado cuentos en las revistas Esto es, Ficciones, Para Ti, Damas y Damitas, Cuéntame, Idilio, etc. Se ha dedicado a la enseñanza del piano con el método de Vicente Scaramuzza, de quien fue discípula. Usa el seudónimo literario de Clara Victoria, y fue esposa del escritor Pablo Palant, fallecido”.

Sosa de Newton, Lily: Diccionario Biográfico de Mujeres Argentinas. Buenos Aires, Plus Ultra, 1986.

Julia Prilutzky Farny

nació en Kiev, el 7 de mayo de 1912; falleció en Buenos Aires en 2002. “ (...) Cursó estudios en la Facultad de Derecho y Ciencias Sociales de la Universidad de Buenos Aires. Primer Premio y medalla de oro del Conservatorio Nacional de Música, donde fue alumna de Alberto Williams, y 1er. premio en el Conservatorio de Viena, con Josef Hofmann. Fue inspectora del Patronato de Liberados, secretaria de la Comisión Argentina Pro Cárceles, delegada extraordinaria de la Asoc. Argentina de Biotipología, Eugenesia y Medicina Social y del Ateneo de Cultura Latina al IV Centenario de Lima; miembro fundador del grupo ‘Veinte poetas jóvenes’; fundadora y directora de la revista Vértice; redactora y colaboradora de La Nación, El Hogar, El Mundo, Mundo Argentino, Clarín y otras publicaciones del interior y exterior; delegada de la SADE a congresos; profesora en la Esc. Normal de Quilmes; presidenta de la comisión de recepciones del Pen Club; miembro fundador de los Institutos Culturales Argentino Colombiano, Ecuatoriano, Venezolano y Mexicano; prosecretaria de la Soc. Argentina de Estudios Lingüísticos; enviada por la Universidad de la Plata para estudiar sistemas carcelarios americanos y delegada al 1er. Congreso de Asistencia realizado en México; delegada al IV Congreso Interamericano de Prensa de Bogotá, Colombia; redactora y crítica teatral de La Prensa, de Lima; fundadora y directora de la Asoc. Peruana de Críticos; crítica musical de Radio Nacional de Lima; asesora literaria del Min. de Salud Pública de la Nación; fundadora y secretaria de actas del Sindicato de Escritores; creadora del primer programa periodístico en TV: ‘Entrevistas de una escritora’; funcionaria de vicepresidencia 1ª en la Honorable Cámara de Diputados de la Nación y asesora de la Com. de R.R.E.E.; enviada especial de la revista Para Ti a Europa; jurado para premios nacionales y municipales, premio Forti Glori y concursos de poesía de Ed. Perfil; productora teatral de prensa para My fair lady, Dolores del Río, Ballet Nacional de México, Juliette Greco, etc.; directora de las campañas de prensa de Philips Argentina; divulgación técnica y científica y promoción de intérpretes; invitada en 1964 y 1967 por el Inst. de Cultura Hispánica, Madrid. Fue profesora invitada y dictó cursos y conferencias en la Univ. de Bs. As. y otras de la Argentina, Perú, Bolivia, México, Chile y Colombia. En España, Univ. de Madrid, donde inauguró la cátedra de literatura hispanoamericana, y Salamanca, y otras entidades culturales de la península. Recibió 1er. premio de poesía de la Munic. De Bs. As. en 1940; fue huésped de honor de Bogotá y ciudadana honoraria de Colombia (ley del Senado en 1947); ‘(...) Obras publicadas: (...) Antología del amor, veintiuna ediciones entre 1972 y 1983 con un total de 196.000 ejemplares (...) Dirige Ediciones del Ebro y del Plata y la Oficina de Prensa ‘Vértice’. (...)” (1).
“Desde que se afincó en nuestro país, esta notable narradora y poeta nacida en Ucrania, convirtió a la Argentina en su patria, como lo ha demostrado en muchos de sus versos y textos. Es una de los más caracterizados representantes de la Generación poética argentina del '40. Fundó la revista cultural "Vértice". En 1941 recibió el Premio Municipal de Poesía por su libro "Intervalo". La parte predominante de su obra está dedicada a cantar al amor y a los sentimientos más profundos, y recorre desde su poemario inicial "Viajes sin partida" (1939) a "Antología del amor", libro que, leído en algunos capítulos de una telenovela de Alberto Migré, llegó a vender más de 100 mil ejemplares. Ligada al partido Justicialista su obra "El Escudo" recoge sus poemas sobre Juan Domingo Perón y Eva Perón, e incluye el poema "Oración" que fue leído el 26 de julio de 1954 en un acto público masivo que se realizó en la avenida 9 de Julio. Algunos de su poemas se convirtieron en canciones, como "Algún día te querré", zamba musicalizada por Cesar Isella” (2).

Notas
1. Sosa de Newton, Lily: Diccionario Biográfico de Mujeres Argentinas. Buenos Aires, Plus Ultra, 1986.
2. S/F: en http://www.ambitoweb.com/.