martes, 24 de mayo de 2005

Moira Sullivan

Buenos Aires, 18 de marzo de 1932 

Querida Allison: 

Finalmente me doy cuenta de que lo que más atenuó el impacto de Cornelius con este nuevo país es su vinculación con la colectividad irlandesa. Sé que te costará entenderlo pero a este remoto punto del cono sur empezaron a llegar, desde la segunda mitad del siglo pasado y hasta principios de éste, miles de irlandeses perseguidos por la Hambruna o seducidos por el mito según el cual aquí las calles están pavimentadas con oro. “¿Oro? ¡Orín!” se burlan en precario castellano los recientes amigos de Cornelius, aunque es muy evidente que sienten gratitud hacia un país que los ha recibido con generosidad y simpatía. Además, tal como ocurre allá, es difícil que quien tenga deseos y voluntad de progreso no encuentre aquí posibilidades de desarrollar sus talentos. 
Hablo de los irlandeses pero en realidad son muchos los pueblos que se han congregado en la Argentina. 
Debo decir que pese a que los hijos de Erín se jactan de haberse integrado con el resto de la población, la verdad no es exactamente así. Tienen sus propios colegios, sus propios templos y clubes, y quien comete la osadía de casarse con un “nap” (¿napolitano y por extensión italiano?) o con un “gushing” (derivado, probablemente, del verbo inglés to gush, que significa hablar con excesivo entusiasmo y que es un neologismo para aludir a los gallegos y también por extensión a los españoles), se aíslan o son lenta pero inexorablemente segregados. En verdad esto ocurre con casi todas las comunidades extranjeras que se han radicado acá: árabes, armenios, ucranios y, muy especialmente, judíos. Para no hablar de los británicos que a su injustificado desdén agregan cierto cinismo ancestral. Curiosamente los criollos sienten una secreta admiración por ellos, aunque públicamente manifiesten lo contrario. Por otro lado sé de colegas de Cornelius que, siendo de origen irlandés, se hacen pasar por ingleses para progresar en sus empleos. ¡Les parece más distinguido! ¿Puedes creer eso? A mí todo esto me resulta indigno. Pero casi nunca hablo en las reuniones en las que acompaño a Cornelius: me encanta escuchar y ver, porque el tiempo me muestra que es mucho más divertido que intervenir. Ahora que no escribo más para la pantalla y que pocas veces me meto en un cinematógrafo, opto por observar la tragicomedia diaria. Los de la vida son casi todos actores de primera. 
Sé que mis cartas no son frecuentes y que no tengo mucho derecho a solicitártelo pero me gustaría que me escribieras más a menudo. 
Siempre te recuerda, 

Moira 

Juan José Delaney
(novela, 1999) 

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