martes, 20 de diciembre de 2005

CALIDOSCOPIO EN AZUL

El pasado florece en mis espejos,
florece y se arracima en las pupilas.
Una gaviota azul relampaguea
y un velero sonríe en las distancias.

Las olas me sacuden... y se filtran
musicales silencios en el alma.
Hay aroma a narcizos. Hay abrazos.
Hay antorchas de fe, también nostalgias.

El pasado me envuelve con su grito,
con su dragón de paz, con su esperanza.
Y en las retinas de mis manos siento
el latido ancestral de las plegarias.

Una gaviota azul ancló en mis ojos.
Sobre la arena, el invierno canta.
Y en círculos de espigas se adormecen
el Mimosa* y su luz. Y mis palabras.

*Mimosa: nombre del velero que arribó a las costas del Golfo Nuevo,
Chubut, con los primeros 153 valientes colonizadores galeses,
el 28 de julio de 1865.

MEDALLA DE PLATA de la ASOCIACIÓN SAN DAVID (Primer
Premio) en el Eisteddfod del Chubut 2005

GRISELDA JONES DE REDONDO

lunes, 21 de noviembre de 2005

Carmen Vrljicak Verlichak

La licenciada Carmen Vrljicak Verlichak nació en Madrid, recibió su Licenciatura en Letras con una tesis sobre Thomas Mann. Fue profesora universitaria, asesora literaria en la Biblioteca Nacional y nombrada académica del Museo General Belgrano. Es colaboradora, entre otros medios, de La Nación de Buenos Aires y el Vjesnik de Zagreb.

jueves, 10 de noviembre de 2005

MOISES VILLE

Recuerdos de un pibe pueblerino, por Felipe Fistemberg Adler. Buenos Aires, Milá, 2005. 112 págs. (Testimonios). 

A esa localidad santafesina llegó, procedente de Wohanov, Provincia de Radum, Polonia, el padre del escritor, a los diecisiete años, en 1926. El joven, "Con sus ahorros contribuye a traer de Polonia a sus padres, Salomón y Sara Berta y a su hermana Lea". Cuatro años después arribó a la colonia, desde Nizni Apsa, Checoslovaquia, quien luego sería la madre de Fistemberg: Del matrimonio nacieron cuatro hijos, la mayor de los cuales fue la esposa de Jaime Barylko. Los padres y los hermanos, así como también los maestros, los condiscípulos, los vecinos, son los protagonistas de estas historias que rescatan el aspecto cotidiano de esa comunidad. 
"Queridos hijos –escribe Fistemberg-, si en algún momento les invade la curiosidad de conocer la historia de mi vida, podrán encontrarlo en este breve relato. Aquí está mi origen y el camino que he elegido y recorrido. (...) No encontrarán en este relato una obra literaria, porque no lo es ni pretende serlo, es el ejercicio de mi memoria y es mi deseo que sea un sincero mensaje de amor y agradecimiento a todos, a mi querida familia, a mis apreciados maestros y a mis entrañables amigos, a los que me rodean y a los que ya no están en nuestro entorno, pero permanecen presentes en mis recuerdos a pesar de que a muchos no los nombro. A todos gracias". 
Resalta en este texto, escrito por un docente que venera sus raíces y su religión, el apego del autor por su pueblo, por la Argentina que acogió a sus mayores, y les permitió empezar de nuevo, desde la nada. Evidencia, asimismo, un profundo amor por la familia que le tocó integrar. Los felices momentos vividos junto a sus hermanos, las travesuras que hicieron, las anécdotas graciosas, son relatadas con cariño y añoranza. 
Porque, como afirma en el Prólogo Manuel Tenenbaum, Director del Congreso Judío Latinoamericano: "El mérito de Fistemberg consiste en que al leerlo recibimos la impresión inmediata y exacta de lo que nos narra. Su crónica nos acerca más directamente a Moisés Ville que un estudio histórico o sociológico de la Colonia. Además la lectura es atrapante; se trata de un libro que se toma y ya no se puede dejar hasta el fin; que deleita y regocija. Muchos y merecidos homenajes se han rendido a la epopeya de Moisés Ville. El de Felipe Fistemberg no es uno más. Tiene, por así decirlo, un gusto especial, que seguramente apreciarán los iniciados nostálgicos y sus descendientes que buscan sus orígenes familiares".

miércoles, 9 de noviembre de 2005

FINISTERRE

por María Rosa Lojo. Buenos Aires, Sudamericana, 2005, 183 págs. 

María Rosa Lojo nació en Buenos Aires en 1954. En su extensa obra pueden destacarse los volúmenes de cuentos Historias ocultas en la Recoleta (2000) y Amores insólitos (2001), las novelas La pasión de los nómades (1994), La princesa federal (1998), Una mujer de fin de siglo (1999) y Las libres del Sur (2004), los poemarios Visiones (1984), Forma oculta del mundo (1991) y Esperan la mañana verde (1998), los ensayos La “barbarie” en la narrativa argentina (siglo XIX) (1994) y Sábato: en busca del original perdido (1997). Obtuvo el Primer Premio de Poesía de la Feria del Libro de Buenos Aires (1984), el Premio del Fondo Nacional de las Artes en cuento (1985) y en novela (1986), el Primer Premio de Poesía ‘Dr. Alfredo Roggiano’ (1990), el Primer Premio Municipal de Buenos Aires ‘Eduardo Mallea’, en novela y cuento (1996). Recibió varios reconocimientos a la trayectoria: el Premio Internacional del Instituto Literario y Cultural Hispánico de California (1999), el Prermio Konex a las Letras 1994-2003 y el Premio nacional Esteban Echeverría (2004) por su obra narrativa. Se doctoró en Filosofía y Letras por la Universidad de Buenos Aires. Es investigadora del CONICET y profesora del doctorado en la Universidad del Salvador. Colabora permanentemente en el suplemento literario de La Nación. 
En esta novela -que será traducida al gallego y editada en Galicia como Fisterra-, la escritora cuenta la historia de dos personajes vinculados entre sí por un pasado oculto, que la mayor develará a la más joven. Una, nacida en Galicia, es hija de un irlandés y una gallega; la otra, nacida en nuestro país, de un inglés y una indígena argentina. Desde Finisterre -localidad de La Coruña, provincia de la que emigraron el padre de la novelista y un abuelo de quien esto escribe- la mujer que regresó a España envía a la joven numerosas cartas. A través de esas cartas, un mundo lejano y hostil se despliega ante el lector. Un mismo mundo, sea en Europa o en América. La misma incomprensión, la misma falta de solidaridad caracterizan a ambos ámbitos, en los que estas mujeres han debido luchar por su verdad. A una la atacó la violencia con la que respondían quienes eran agredidos; a la otra, la violencia silenciosa de un padre que quiere acallar todo origen. “Quizás su mutismo –pensaba Elizabeth- tuviera que ver con cuestiones de religión. Probablemente hubiera condescendido a casarse con ‘la española’, como la llamaba su tía, según el rito católico. Quizás hasta ella misma había sido bautizada conforme a la religión romana y él preferiría entonces que olvidara o desconociera esos trámites iniciales. Acaso por eso se habían ido de la República Argentina cuando ella apenas balbuceaba las primeras palabras, y había perdido (o negado) todo contacto con la familia de su madre”. La respuesta de esas mujeres ante lo prohibido, ante lo escondido, será la misma: llegar hasta el fin, calar hondo hasta conocer la verdadera identidad, aquella que no tiene que ver con los mandatos sociales, sino con los deseos más genuinos. Alrededor de estos dos seres de ficción, se mueven personajes imaginados y otros reales. Entre estos últimos se destacan Oscar Wilde y Manuelita Rosas, quien le dice: ”Así se ha hecho América. Mezclando y revolviendo sangres y cuerpos, entrelazando lenguas. No renuncie a nada. Quédese con sus dos herencias, aprenda de los unos y de los otros. Si su padre no quiso ver esto por torpeza y obcecación, véalo usted”. Con prosa ágil, con imágenes de inusitada belleza, y con vastos conocimientos históricos acerca de una época sobre la que ha escrito reiteradamente, María Rosa Lojo logra una novela deslumbrante, que invita a leerla sin pausas, a vivir las vicisitudes de los personajes y confundirse con ellos, apreciando cuántas de sus reflexiones de 1875 tienen vigencia en este atribulado 2005.

miércoles, 2 de noviembre de 2005

Alonso Zamora Vicente

nació en Madrid en 1916; falleció en 1990. Lingüista, crítico y narrador, ejerció en los claustros de diversas universidades españolas y americanas. Fue catedratico de la Universidad de Madrid y miembro de la Real Academia Española. En 1969 obtuvo el Premio Nacional de Ensayo Miguel de Unamuno por su estudio "La realidad esperpentica", análisis de una obra de Ramon del Valle Inclán; once años despues, su labor narrativa fue galardonada con un premio de la misma magnitud. otorgado a su novela Mesa, sobremesa. Su erudicion no fue obstaculo para que desempeñara con asiduidad y maestria la tarea de ensayista en un diario argentino, desde tierra americana o desde su amada España. En 1948, Zamora Vicente fue nombrado director del Instituto de Filología de la Universidad de Buenos Aires, cargo que desempeñó hasta 1953, año en que regresó a Europa. Por esa epoca se dedico con entusiasmo a los estudios filológicos que tanto había impulsado en la Argentina Amado Alonso; paralelamente, se nutria de la relacion con importantes literatos de nuestra tierra, como Mallea, Borges y Julio Cortazar. 

miércoles, 19 de octubre de 2005

EL LAUD Y LA GUERRA

por Martina Gusberti. Buenos Aires, Editorial Vinciguerra, 1995.

En el año 1989, Martina Gusberti dio a conocer su libro de cuentos Requiem para la adolescencia, en el que trabaja con emotiva dedicación, entre otros temas, la figura paterna y el hogar inmigrante. En El laúd y la guerra, evoca el viaje que la autora realiza junto a su padre y su marido, en 1982.
No sería ésa la primera vez que el emigrante regresaba a su tierra: “después de varios viajes a su itálico terruño, cuando todos creíamos que había sentado cabeza, manifestó su deseo de reincidir. Era éste el proyecto más acariciado por mi padre, quizás el último y el de más difícil solución, por su avanzada edad”. Como no se animaba a viajar solo –tenía ochenta y ocho años-, buscaba quien lo acompañara. La esposa se había negado; los cuatro hijos tenían sus ocupaciones. El anciano insistía.
La hija, nacida como él en Italia, se pregunta acerca de la motivación que impulsa con tanta fuerza al padre; se cuestiona “ese afán por volver al pasado, no sé si para fijarlo en el hoy o sólo para retroceder a él. Quizás, ganas de detener el tiempo que se le escurría entre las canas; o de no morir, sin mimetizarse definitivamente con el paisaje”. Finalmente, ella y su marido deciden acompañarlo. El anciano, conmovido, les agradece: “Gracias a ustedes puedo hacer esta travesía, que era mi obsesión”.
Gusberti se refiere a la razón por la que el italiano pensó en venir a la Argentina. Ya en nuestro país, no se queda en Buenos Aires, una ciudad que indudablemente hubiera sido familiar para él, dada su semejanza con las urbes europeas. El destino que elige es bien distinto; se dirige a una ciudad que “fue fundada por un puñado de inmigrantes italianos que, remontando el Río Negro y traídos por empresas contratistas con el señuelo de poblar tierras fértiles y prósperas, hallaron en cambio terrenos ásperos, cubiertos por bosques salvajes plagados de mosquitos”. Allí llega en 1922, a los veintiocho años, este joven que llevaba en su espíritu los horrores de la contienda, los agravios de la falta de libertad. Fue “director de la Banda Sinfónica en la capital de la provincia del Chaco y fundador de las bandas musicales del Colegio Don Bosco, la Penitenciaría Nacional, los Boy Scouts, los Bomberos Voluntarios y la primera Escuela de Música Municipal, que fueron reproducciones de las que anteriormente creó en su país natal”. Además, había formado orquestas; la escritora las enumera.
No fue sólo el padre el beneficiado con el viaje. En Martina y el marido se operó una transformación que ella describe: “Nos hizo cambiar nuestra filosofía para recorrer mundo, y desde aquél, nuestros viajes variaron de tónica, dejamos de ser turistas. Papá nos enseñó a meternos en los pueblitos, a olfatear sus cocinas, a distinguir las leves variaciones en las fonéticas de los dialectos, a hablar con la gente mayor y escuchar sus relatos que siempre son inéditos, a aprender historia, las pequeñas e intimistas historias de los viejos pobladores que –como pulsantes arteriolas- son el origen del gran cauce de un país”.
Conoció mucho más a su padre, al compartir vivencias allí donde habían sucedido, y volcó su sentimiento en estas páginas, en las que –afirma Bernardo Ezequiel Koremblit- encontramos “un entrañable Luigi, un Luigi imborrable”, “evocado con tal acierto y virtuosismo literario que la evocación es a un tiempo una invocación”. En el libro se adivina a la escritora como una investigadora que no se contenta con la tradición familiar, sino que la profundiza y fundamenta en bibliografía. El estudio que debe haber realizado para contar los hechos como lo hace no se trasunta en su estilo, que es natural y espontáneo, sino en la solvencia con que maneja datos y fechas de una época pretérita.
A criterio de Ester de Izaguirre, “Martina Gusberti recrea y renueva el tema del inmigrante, con el personaje Luigi que después de vivir la guerra, se larga a la búsqueda de posibilidades en la Argentina, en una de cuyas provincias se radica, y fiel a su vocación y a su índole, enseña música, dirige la banda del pueblo, funda una familia; en pocas palabras: ocupa su lugar”. Se pregunta la ensayista si “¿Existió Luigi en la vida real? ¿Es un símbolo de todos los inmigrantes, con cuyos hijos y nietos se hizo este país? Lo importante es que ya existe como personaje con todo el relieve de los elegidos”.
El laúd y la guerra puede ser leída como una crónica real de tiempos bélicos, puede abordarse también como un relato de viaje, como una descripción de la vida actual en la llanura lombarda, como una historia de inmigrantes y una obra inspirada por el amor filial y la admiración. Es todo eso, y es, fundamentalmente, la historia de un regreso que atañe no sólo al emigrante, sino también a su descendencia, que comprende así aún más lo ejemplar de una vida.

EL RETORNO DE SONDERÉGUER

UN ENCUENTRO CON LAS RAÍCES


CONFERENCIA FIDEL A. LEOTTAU   BELEÑO  /  CARTAGENA 2005

1.    El último misterio
En cierta ocasión, después de haber publicado dos informes acerca del escritor Pedro Sonderéguer, llegué al mercado público de Villanueva con el fin de departir unas cervezas con algunos amigos. En medio del furor, se me acercó un señor de edad avanzada, quien había nacido y vivido siempre en el pueblo. Primero tuvo unas palabras elogiosas hacia los textos: “Están bien escritos.  Usted tiene mucha imaginación”, me dijo. Pero, enseguida, se despachó con una recriminación: “Lo malo es que un villanuevero de pura cepa, como usted, no debe perder su tiempo para exaltar la memoria de alguien que abandonó el pueblo y nunca más regresó”.
No es el único que piensa así. La versión según la cual Pedro Sonderéguer jamás regresó al pueblo, ha formado parte de los misterios que rodean la mítica figura del escritor villanuevero. Según se decía, nadie en sus cabales podía entregar evidencias ni pruebas que demostraran lo contrario. Por ello, me tocaba cargar  con las recriminaciones de quienes creían merecer un homenaje antes que Sonderéguer. 
Otras voces de otros viejos villanueveros y de algunos parientes, en cambio, manifestaban que Sonderéguer no sólo mantuvo siempre en la memoria su pueblo natal sino que, además, cuando era un escritor reconocido en Latinoamérica y era receptor de muchos homenajes por parte de algunas personalidades del país, caminó de nuevo por sus calles. 
Frente a esta situación, yo tenía dos caminos: no regresar  más al pueblo para evitar las recriminaciones o buscar en algún lado las pruebas de que Sonderéguer no había olvidado su tierra. Comprometido, como lo he estado siempre, con la exaltación de la memoria de nuestro paisano, opté por lo segundo.  Con esa decisión, entré a formar parte de una lista de origen clandestino pero de circulación pública, en la que se relacionan los nombres de los locos del pueblo.
La intuición me decía que los primeros pasos debía dirigirlos hacia los parientes villanueveros y hacia su descendencia argentina.  Quizás alguno de ellos había guardado la correspondencia u algunas notas de prensa de Sonderéguer.  Incluso ciertos amigos me sugirieron que buscara en los  archivos periodísticos de la época en que, se decía, estuvo en Colombia.
2.    La red de informantes
En la construcción de los dos textos que había escrito acerca de Sonderéguer, algunas casualidades me habían llevado hacia distintas fuentes de información. Para el primer texto, el punto de partida fue el encuentro con el crítico norteamericano Raymond L. Williams durante un Seminario Internacional de Estudios del Caribe. Sin embargo, debido a que carecía de fuentes muy confiables y me había dejado conducir por las versiones de algunos viejos del pueblo, ese texto tuvo muchas imprecisiones. Eso, claro, sólo lo supe cuando ubiqué –por otra casualidad a sus hijos en Buenos Aires.  Ellos me ilustraron sobre algunos aspectos desconocidos de la vida del escritor y me aclararon otros que se presentaban confusos o erróneos.  Los detalles de la ubicación de sus hijos y de los nuevos descubrimientos, me sirvieron no sólo para desarrollar un segundo artículo, sino también para construir mi trabajo de grado en el Programa de Lingüística y Literatura de la Universidad de Cartagena.
En ambos casos, sin embargo, no tuve evidencias del retorno de Sonderéguer a Villanueva. Éstas aparecieron pocos días después de la publicación del segundo texto en el suplemento dominical del diario El Universal de Cartagena.  La primera evidencia me vino de manos del químico y ex profesor de la Universidad de Cartagena, Jaime Villanueva, pariente, por línea materna, del escritor, e hijo de Próspero Villanueva, un primo de Pedro Sonderéguer, que se hizo famoso como psiquiatra y con quien éste siempre mantuvo un cruce de correspondencia.
Jaime, al leer el artículo acerca de la vida de su ilustre pariente, se puso en contacto conmigo a través del químico de Cabot Colombiana, empresa en la cual yo laboraba. Una vez nos encontramos, me entregó algunas cartas que Pedro Sonderéguer, su esposa y sus hijos le enviaron a Cayetana Villanueva (madre de Sonderéguer), y otras que el escritor le remitió a Próspero Villanueva. Así mismo, me entregó unos recortes de prensa de El Mercurio y del Informador, diarios de la ciudad de Cartagena de la primera mitad de siglo.
A los pocos días de mi encuentro con Jaime Villanueva, una llamada desde México a la Academia de Historia de Cartagena de Indias habría de darle una vuelta a la tuerca de mi búsqueda.  Se identificó como funcionario de la Unesco y tenía la intención de encontrar al autor de dos textos sobre la vida de Pedro Sonderéguer. La llamada la recibió el médico Carlos Gustavo Méndez, miembro de la academia, y quien había coincidido conmigo –dos cursos por delante de mí- en el Colegio de la Esperanza. El doctor Méndez le informó que, efectivamente, había leído los artículos mencionados y, además, conocía al autor. El hombre dejó, entonces, su nombre y su correo electrónico para que pudiera contactársele. Mientras, el doctor Méndez me ubicó a través de un paisano, el odontólogo Carlos Villanueva Marrugo. Cuando tuve entre mis manos el nombre y el correo, no pude disimular la mención: se trataba de Pedro Conrado Sonderéguer, el primer nieto de Pedro Sonderéguer.
Ante la posibilidad de tener a la mano nueva información sobre la vida del escritor, procedí a escribirle; en el mensaje consigné mi nombre y mi teléfono. Al día siguiente, recibí su llamada desde México era él, con una petición: que le enviara los textos que había publicado. Se los remití por el correo electrónico. Pero cuál no sería mi sorpresa cuando, pocos días después, recibí un mensaje suyo, en el cual mostraba su inconformismo, incluso su desilusión, porque, según él, había algunas imprecisiones y muchas omisiones acerca de la vida de su abuelo. Y eso lo atribuía a que mi fuente había sido “la otra familia”, es decir, los  hijos del escritor que tuvo, resultado de la unión libre, con la señora C.R.. La esposa y madre de sus primeros hijos se llamó Blanca Julia Vidal Etchegaray.
Sin embargo, su desilusión le dio paso a la colaboración.  Así, al poco tiempo, me empezaron a llegar datos sobre muchos aspectos desconocidos hasta entonces. Esos datos vinieron acompañados de un paquete legajado en donde había cartas de grandes personalidades de Colombia dirigidas a Pedro Sonderéguer, entre ellas del futuro presidente, Alberto Lleras Camargo, y de quien es considerado uno de los grandes críticos literarios y de los mejores ensayistas del país, Baldomero Sanín Cano. Así mismo, había recortes de prensa, tanto de Argentina como de Colombia, en donde se hacía eco de los viajes de Sonderéguer a Colombia, los años 1928 y 1931; y otros, luctuosos, en donde se informaba y se lamentaba la muerte del escritor colombiano, en 1964. Igualmente, me hizo llegar copia de la hoja de vida de Pedro Sonderéguer y de los trabajos publicados, los cuales reposaban en los archivos del diario La Nación de Buenos Aires.
3.    El retorno a Colombia
Desde que salió de Villanueva, a los dieciséis años, y después de haber estudiado en Cartagena el bachillerato en el Colegio Martínez Olier, Pedro Sonderéguer emprendió un periplo que empezó en Jamaica, continuó Cuba, Estados Unidos y, sucesivamente, en Costa Rica (en donde publicó su primera novela, Cóndor, en 1904), Perú, Panamá, Chile (en donde publicó el texto filosófico Crítica del genio, en 1907) y Argentina, en donde se radicó en el año 1908.  En Argentina, publicó su tercera obra: Los fragmentarios, en 1909; dos años después, empezó a trabajar en el mítico diario La Nación.  Allí también publicó otras obras: El pensador (1915), Lo que las mujeres no saben (1920), Todo el amor (1921), Cátedra de seducción (1924), El miedo de amar (1924), Dichosos en el mal (1924) y Las fuerzas humanas (1926). 
Después de publicar esta última obra, Sonderéguer experimentó la necesidad de venir de nuevo a su tierra.  Sin embargo, este deseo sólo se empezó a concretar el 9 de febrero de 1928 cuando se embarcó en el vapor Teno, en Valparaíso. Según el diario La Nación (que publicó todos los detalles del viaje de Sonderéguer), el escritor partió de Buenos Aires el 2 de febrero de 1928 e hizo una escala en Chile, para recibir varios homenajes y agasajos. No se precisa la fecha del arribo a Cartagena –El periódico La Patria publicó una entrevista con el escritor el día 25 de febrero-. Lo cierto es que de Cartagena se fue para Villanueva el 29 de febrero con el fin de visitar a su mamá y a sus paisanos. Tal como consta en las palabras de Fernando A. Mendoza, quien fue el encargado de brindar las palabras de bienvenida, la última vez que Sonderéguer estuvo en Villanueva fue en 1906.  “Ilustre compatriota: hace veintidós años que te ausentaste de esta tierra de tus antepasados…”, comienza diciendo Mendoza.
La llegada de Sonderéguer, que incluyó una comitiva que lo recogió en Cartagena, fue ampliamente comentada en los periódicos de la época. Así consta en la prensa de aquellos años. El periódico El Informador del 1 de marzo de 1928, registra la llegada de Sonderéguer a Villanueva. En sus páginas recoge una crónica de Reginaldo Mendoza, firmada el 29 de marzo, en la cual relata los pormenores, del retorno del escritor. Según esta crónica de Reginaldo, quien fundó el conocido colegio Rafael Núñez, hubo gran fiesta durante la llegada: caminata por el pueblo, una fiesta amenizada por la banda de músicos, desfiles de los colegios, palabras de bienvenidas. La recepción se hizo en la casa de Isabel R. de Villanueva, en donde éste se hospedó. Isabel no sólo era tía política de Sonderéguer, sino que también fue matriarca de una estirpe villanuevera en la que destacan sus nietos Modesto, Guillermo, Luis, Olga y Cayetana Villanueva Llamas.
Quince días más tarde, el 16 de marzo, el Diario de la Costa publicó una noticia sobre el homenaje que la Asamblea Departamental de Bolívar le hizo a Sonderéguer el 13 de marzo, con motivo de su retorno a la Argentina. También  el diario La Patria, es decir, el escritor estuvo, aproximadamente un mes en la costa colombiana. Además de Villanueva, visitó Cartagena y Barranquilla. Su permanencia a esta última ciudad fue reseñada en La Nación del día 17 de marzo de 1928, en el Diario del Comercio de 18 de marzo y en el periódico La Prensa del 19 de marzo.
4.   Otra vez en Colombia: sus incursiones políticas
La segunda venida de Sonderéguer a su tierra tuvo, entre otras cosas, motivaciones políticas. Reconocido liberal, su nombre se mencionó para ocupar altas dignidades dentro del partido no sólo en el ámbito departamental, sino también nacional.
El escritor, según el diario La Nación del 21 de enero de 1931, se encontraba en Nueva York y, de aquí, se embarcó en el vapor Santa Marta, con destino a Cartagena, el 22 de abril. No hay evidencia de la llegada a Cartagena. Sin embargo, El Tiempo del jueves 12 de febrero de 1931 y el Diario Nacional de la misma fecha, registran su llegada a Bogotá la noche anterior. Entre las prioridades del escritor, se encontraba una entrevista con el presidente Enrique Olaya Herrera, quien le había ofrecido un ministerio. Además, estaba previsto encontrarse con las directivas del liberalismo, las cuales le habían pedido que se postulara como candidato a la Asamblea de Bolívar.
Sin embargo, las postulaciones políticas de Sonderéguer habían comenzado muchos años antes, en el año 1923, cuando el diario El Tiempo lanzó la idea de que en la plancha liberal de los candidatos al Senado por Cundinamarca fueran incluidos los nombres de algunos destacados colombianos que vivían en el exterior, entre ellos los de Baldomero Sanín Cano y Pedro Sonderéguer. Esta propuesta de El Tiempo fue reseñada por el diario colega El Espectador del 2 de abril de 1923.
Así mismo, aprovechando su permanencia en Bogotá, Sonderéguer fue invitado como conferencista a la Casa del Estudiante el día 16 de febrero de 1931. Al día siguiente, a las tres de la tarde, el presidente Olaya Herrera lo recibió en la casa de gobierno, con todos los honores. Ambos eventos se registran en el vespertino Mundo al Día, del 17 de febrero de 1931.
A los pocos días, el escritor se trasladó a Cali, en donde se organizó una charla sobre “sus impresiones optimistas de la capital del Valle”. Se trató de “un paseo por la ciudad y sus alrededores”. Fue una charla espontánea y confidencial, en la cual Sonderéguer señaló los deberes del liberalismo frente a las iniciativas de embellecimiento urbano de Cali. La evidencia de este hecho se encuentra en las páginas del vespertino Relator, de la ciudad de Cali, del viernes 27 de febrero de 1931.
De Cali, Sonderéguer viajó en buque hasta Barranquilla, con el fin de explorar la posibilidad de realizar un plan de navegación de Cali hasta Barranquilla, aprovechando el río Cauca. Así mismo, se señala que la llegada a Barranquilla era el inicio de una gira por la costa atlántica. La noticia, aparecida en El Tiempo del 23 de mayo de 1931, indica que el escritor villanuevero andaba empapándose de la realidad nacional, con el fin de fortalecer sus opciones políticas en Colombia.
Posiblemente a mediados de marzo, Pedro Sonderéguer regresó a Buenos Aires, a continuar su trabajo de redactor en La Nación.  Estando allí, se le notificó su designación como candidato a diputado nacional por el Partido Liberal. Y aunque, según La Nación del 22 de abril de 1931, su elección se consideraba segura, el escritor no parecía dispuesto a ocupar su curul.  Se cumplió lo primero: fue elegido; pero no lo segundo, sí ocupó su curul.
Una nueva noticia de La Nación, aparecida el 19 de julio de 1931, señalaba que Sonderéguer había sido objeto de una despedida por parte de sus compañeros de la sala redacción, ya que se vendría para Colombia a “hacerse cargo de una elevada función pública”.  En realidad ocuparía dos funciones: la de Jefe de la Comisión Especial de Comercio y la de tesorero del Partido Liberal.
Tal como lo registra La Nación, en este nuevo periplo, Sonderéguer partió de Buenos Aires hacia Chile el 26 de julio. Llegó a Santiago el 1 de agosto y, de aquí, se desplazaría hasta Valparaíso para embarcarse hacia Colombia. En una escala en Lima, el día 12 de agosto, el escritor concedió una entrevista al periódico “El Perú”, en donde afirmó: “Los años que me restan los dedicaré, con el mismo espíritu de sacrificio que he consagrado a todos los actos de mi vida, al servicio del pueblo colombiano”. 
Las intenciones de Sonderéguer eran, por supuesto, desarrollar una carrera política en Colombia.  Así que 1 de abril de 1932, regresó a Argentina para preparar su viaje  definitivo a Colombia.  El diario La Nación del 7 de marzo hace eco de los rumores según los cuales entraría a formar parte del gabinete de Olaya Herrera.
Sin embargo, eran tiempos difíciles. Perú había solicitado la revisión de los límites terrestres por Leticia, contemplados en el acuerdo de 1922 y ratificados por las Cámaras de ambos países. Ante la negativa de Colombia,  empezaron a sonar trompetas de guerra. Sonderéguer asumió, entonces, una actitud crítica frente al Gobierno de Lima. Y así, lo hizo saber en una entrevista al diario La Nación, a su regreso a Buenos Aires, el 20 de octubre de 1932. “Los tratados de frontera no se revisan. Se puede revisar un tratado comercial o uno ofensivo y defensivo, pero los convenios que fijan los límites de los otros son intocables”.
Por declaraciones de ese tipo, se insistía que Sonderéguer sería nombrado en un cargo en el cual se tratara el tema del conflicto fronterizo con Perú. Y así era. Sólo que jamás se supo cuál fue el cargo ofrecido, el cual Sonderéguer estuvo esperando hasta el final en Buenos Aires. Pero el gobierno no le notificó jamás la designación, ni siquiera le notificaron directamente que ya no sería tenido en cuenta para el cargo. La notificación de que no sería nombrado se hizo a través del gran ensayista Baldomero Sanín Cano, quien se encontraba en la Legación de Colombia en Argentina. 
En un cable fechado el 15 de septiembre de 1934, Sanín Cano le notifica que había recibido el telegrama en el cual se le encarga de manifestarle a Sonderéguer que “visto que la situación que motivó su cargo ha cambiado y partida defensa nacional esta agotada cancelósele su nombramiento. Exteriores”.  Enseguida, Sanín Cano manifiesta su pesar por haber sido escogido como conducto para notificar la noticia. Lamenta, así mismo, la cancelación del nombramiento de su colega y amigo, le expresa su admiración y respeto y, finalmente, Sanín Cano le informa a Sonderéguer que muy pronto regresará a Colombia y que está a la orden para cualquier recomendación.
Al parecer, esta noticia y algunas diferencias políticas que pusieron en peligro su integridad, obligaron a Sonderéguer a refugiarse definitivamente en la sala de redacción de La Nación, de la cual sólo habría de salir cuando fue jubilado.   
5.  A veces llegaban cartas
Durante su vida como escritor, periodista y político, Pedro Sonderéguer tuvo la oportunidad de conocer numerosas personalidades colombianas y del mundo. No era para menos. Además de sus numerosas obras, con altos índices de ventas en muchos países, trabajaba en La Nación, uno de los diarios más influyentes y leídos de América Latina. A eso se sumaba su participación en la política colombiana, en donde había ocupado altas dignidades públicas.
Una de las personalidades con las cuales Sonderéguer tuvo gran cercanía personal fue con Alberto Lleras Camargo, quien no sólo fue un gran periodistas, sino que además ocupó en dos ocasiones la presidencia de Colombia. Una, a mediados de los cuarenta cuando –en calidad de designado- reemplazó a Alfonso López Pumarejo, quien renunció a la presidencia de Colombia. Y otra, en 1958, cuando fue elegido como el primer presidente del Frente Nacional.
Lleras Camargo viajaba con cierta frecuencia a Buenos Aires[1] y allí visitó en varias ocasiones a Sonderéguer. Precisamente, en junio de 1927, el futuro presidente le envió al escritor, desde Córdoba (Argentina) una extensa misiva de seis páginas, escrita con una caligrafía preciosista y con un lenguaje informal, pero cuidadoso. En esa carta, Lleras Camargo manifiesta su desolación y aburrimiento en Concordia, a la que él llama tierra del tedio. “Aún no he muerto y estoy aquí todavía aunque parezca una paradoja.  Todos los días, el primer mes, un nuevo plan; después, el Nirvana. Ahora algo más que el Nirvana. El acabamiento definitivo. Salvo una carta quincenal (…) no hago nada”, se queja Lleras. Igualmente, se excusa ante el escritor por no haberle escrito antes, sin embargo se justifica: “Yo sé que usted ha de apreciar que las cartas se escriben con un objeto determinado, y para decirle a usted que en Concordia no pasaba nada, cosa que usted supone, no era capaz de salir de mi aislamiento”.
Lleras, reconocido lector, le manifiesta a Sonderéguer que había leído su obra Lo que las mujeres no saben y le promete que algún día hablarán acerca de ella. Eso sí, le anticipa que “Ese libro, que por su filosofía originalísima y su emoción, dividida en tres dramas, me ha gustado más que otros suyos (Esta es casi una frase de nueva sensibilidad)”. Uno de esos dramas, según Lleras, “es una anticipación más humana del tema Todo un hombre, (…) el último éxito teatral, según leo, de B. Aires”
Así mismo, Lleras se queja de la falta de oportunidades en Argentina y de las pocas posibilidades de los extranjeros en cualquier país de América, “Hay un apotegma, invertido del Jesuscristiano, que se cumple en América. Nadie es profeta fuera de su tierra. Usted negará. Pero no me negará usted que la labor suya para tener en Argentina su posición y su nombre, en Colombia, concentradas esas mismas energías lo habría llevado a usted a lo que hubiera querido y le hubiera dado lo que no le daría jamás la vergonzante posición en la cual somos colegas: dinero”.  Enseguida, manifiesta su vergüenza “de haber pisado casas donde haya linotipos” y el poco valor que se le daba a su condición de  “periodista colombiano”.  Reconoce que no puede aportar más talento y audacia a sus esfuerzos y que por ese camino no llegará a Jorge Mitre (propietario de La Nación), a quien denomina como un “diocesillo menor que rige los destinos de toda la inteligencia del Sur”. 
Acto seguido, Lleras relaciona una serie de ideas: de su fracaso en Buenos Aires y su deseo de no regresar más esa ciudad; de la hospitalidad que los diarios argentinos le negaron “a mis mal hilvanadas ideas”;  del retorno de Sanín Cano a Bogotá y del fracaso de éste en la política (“Ud. Y yo lo preveíamos. Lo sabíamos”, le recuerda Lleras a Sonderéguer sobre la falta de vocación política de Sanín Cano). Del mismo modo, Lleras habla de su retorno a Colombia para vincularse al diario de su hermano Felipe que, según le afirmaron en un cable, se encontraba en buen pie. Finalmente, Lleras le sugiere a Sonderéguer que no le responda pues “Ud. no tiene tiempo de contestarme”. Eso sí, le pide al escritor que confirme con un amigo la recepción de la carta ya que así   “esta botella de náufrago tendrá la compensación de no ignorar yo que fue leída”.  Pero, de soslayo se retracta: “Unas líneas suyas me vendrían bien. Aquí estoy como una bola hueca, dando vueltas. En cuanto me toquen por cualquier lado, disparo”.  Y una despedida afectiva del futuro presidente.
La admiración hacia el trabajo de Sonderéguer, sin embargo, superaba las relaciones partidistas. De allí que un ex presidente conservador, Carlos E. Restrepo, no tuvo ningún recato en alabar la obra del escritor villanuevero.  Restrepo, quien también se destacó como un buen escritor, le escribió a Sonderéguer una carta fechada el 22 de febrero de 1928, y publicada en La Nación el domingo 10 de junio. En la carta, Restrepo le manifiesta “El regocijo artístico, de estudio y de meditación” que le produjo la lectura de Quibdó, una de las novelas de Sonderéguer. El ex presidente se explaya en elogios hacia la obra y su autor. Destaca la verosimilitud de la narración y de la construcción de los personajes, los cuales, según él, sólo se comparan con los personajes diseñados por las pinceladas del pintor español Bartolomé Esteban Murillo y por los brochazos artísticos de Goya. Restrepo destaca, además, que en la obra es notoria la presencia de los rasgos que caracterizaban a su autor: su pensamiento filosófico, su reconocido patriotismo, su profunda imaginación y el conocimiento de la historia y la geografía colombianas. Finalmente, Restrepo erige a Sonderéguer como el gran embajador intelectual de Colombia en Argentina y se despide con la admiración y el respeto que le merecía el escritor.
6.    La muerte de Pedro Sonderéguer
El día miércoles 7 de octubre de 1964, el vespertino La Razón, de Buenos Aires,  informó en un recuadro, como noticia de última hora, la muerte del escritor colombiano Pedro Sonderéguer. La noticia, sin embargo, sólo vino a tener resonancia  internacional cuando los más importantes diarios de Latinoamérica la desplegaron en grandes titulares. El primero de ellos, obviamente, fue el diario La Nación, en el cual Sonderéguer trabajó desde su llegada a Argentina hasta su jubilación, en 1954. Allí, en la famosa publicación de la familia Mitre, Sonderéguer estuvo por cerca de cincuenta años; seis años antes, el 25 de abril de 1948, el diario argentino le había celebrado las Bodas de Oro como periodista de esa casa, es decir, la primera columna de Sonderéguer en La Nación se publicó el 25 de abril de 1908.
La Nación lamenta la muerte del escritor colombiano, al tiempo que alaba sus virtudes literarias, filosóficas, periodísticas y humanas. Igual ocurre con otros diarios argentinos, como El Mundo y La Prensa, que ese día, 8 de octubre de 1964, muestran su consternación por el deceso de Sonderéguer.
En Colombia, la noticia también produce mucha tristeza, aunque la registraron de manera tardía. Las primeras páginas que notificaron del hecho fueron las del diario cartagenero El Universal. En el Editorial del 10 de octubre, el editorialista, además de informar de la muerte, se explaya en merecidos elogios acerca de las virtudes que caracterizaron a Sonderéguer.
El diario capitalino El Tiempo, registró la noticia de manera más tardía, pues los lectores sólo se informaron de la muerte de Sonderéguer veinte días más tarde, el 28 de octubre de 1964.  Igual sucedió con el Aliado del Pueblo, un periódico de Cartagena y Montería, el cual hizo eco de la noticia el 30 de octubre. 
Desde que se jubiló, Sonderéguer llevó una discreta vida personal, al lado de sus primeros hijos y de sus nietos. Había abandonado ya sus sueños de vivir y morir en Francia, en particular en Boulogne-sur-Mer.  Pues al morir, sus restos fueron depositados en la bóveda de una familia amiga, en el cementerio de La Recoleta de Buenos Aires.  De allí fueron exhumados y cremados el 4 de mayo de 1981.
Al momento de su muerte, Sonderéguer estaba a veinte días de cumplir 80 años. Y el desafuero con que se vivió en los primeros años de los sesenta, hizo que su nombre pasara por alto entre las nuevas generaciones de la marihuana y el amor libre.
El mejor testimonio de la discreción con que Sonderéguer llevaba su vida lo dio el periódico argentino El Territorio. El día martes 13 de octubre, seis días después de su muerte, en sus páginas apareció la información sobre el suceso: “Falleció el escritor colombiano Pedro Sonderéguer, que consagró toda su vida a la literatura”. Y, enseguida, un comentario: “lo que asombra, no es saber que Sonderéguer ha muerto, es informarse que todavía vivía”.   
7.    Buscando las raíces: el regreso del apellido Sonderéguer
No hay evidencias de que Pedro Sonderéguer haya regresado a Colombia después de 1934.  Existe, eso sí, un arsenal de cartas que  él y sus hijos le enviaban a Cayetana Villanueva, su madre, que aún residía en su pueblo natal. Así mismo, fueron numerosas las cartas que le envió a su primo Próspero Villanueva. 
Sin embargo, la lejanía del escritor no rompió las relaciones entre sus descendientes y su tierra. Incluso, entre 1954 y 1957 Conrado Pedro Sonderéguer Vidal, hijo mayor del escritor y el único varón que éste tuvo con su primera esposa, se radicó en Cartagena con sus tres hijos: Pedro Conrado, Julio, y María del Socorro Sonderéguer Calveyra, quien tenía pocos meses de nacida cuando su padre se radicó en Colombia, pues había nacido el 2 de junio de 1953.
Conrado Pedro, quien fue un destacado arquitecto y urbanista, sentía un afecto especial por Colombia y no perdió la primera oportunidad que tuvo para venirse a Colombia y quedarse durante tres años. Sus hijos no sólo heredaron sus amores por la tierra de origen, sino también por la profesión. Los tres estudiaron arquitectura y urbanismo. Los varones, Pedro Conrado y Julio, se graduaron como tales y hoy, además de ejercer con éxito su profesión, se desempeñan como docentes universitarios.  María, por su parte, no terminó esta profesión sino que, siguiendo el ejemplo del abuelo, se inclinó por las humanidades: estudió Licenciatura en Letras y se especializó en Literatura Argentina.  Luego hizo un posgrado en la Universidad de la Sorbona de París y se especializó en Estudios Sociales Latinoamericanos con orientación en Lingüística y Literatura,  en París entre 1987 y 1990.
María tiene un espíritu peregrino como el de su abuelo. Y precisamente, haciendo gala de ello, estuvo en Cartagena a comienzos del año 2004.  Desde uno de los hoteles de la ciudad, en donde se alojó con su esposo, el abogado Jorge Peluffo, me contactó y concertamos una cita. Al día siguiente, estábamos hablando sobre lo que más nos apasiona: la vida y obra de su abuelo.  También hablamos, obviamente, acerca de ella.

Con su esposo Jorge, María ha compartido muchas cosas, entre ellas su aprecio por las letras, Y aunque no tienen hijos en común, Jorge aportó uno de su primer matrimonio. Hoy, el muchacho tiene 19 años y estudia derecho en Argentina. 
María, como su abuelo, también escribe. Ha trabajado, también en proyectos editoriales. Su tesis o proyecto de doctorado está en relación con la revista cultural argentina Crisis, que se publicó entre 1973 y 1976 y fue muy representativa del clima cultural de los años setenta en la Buenos Aires, Argentina. María también publicó textos sobre escritores populares como “Fray Mocho” o José S. Álvarez, un escritor de 1900 en Argentina y fue director de “Caras y caretas” el primer magazine argentino.
De otro lado, ella tiene una línea de trabajo, ajena a la literatura, pero que, igualmente, defiende con fervor: los Derechos Humanos. En esto acompaña al premio Nobel de Paz argentino Adolfo Pérez Esquivel. Es decir, María, además de ser profesora titular de literatura, es profesora adjunta de Pérez Esquivel en de la Universidad de Buenos Aires, en donde enseña Derechos Humanos.
María, debería firmar todos sus textos como María Sonderegger, un apellido de origen suizo – alemán, el cual trajo su bisabuelo, Conrado, y con el que su abuelo Pedro firmó su primer libro, Cóndor. Pero fue precisamente su propio abuelo quien decidió españolizar la grafía: suprimió una g, agregó una u y colocó la tilde a la e de la penúltima sílaba. Así, con esta nueva grafía el escritor firmó su segundo libro. Este cambio se originó en las posiciones ideológicas y filosóficas del abuelo, quien fue un caracterizado americanista.  María, claro, comparte el gesto fundacional del abuelo y firma con orgullo como Sonderéguer.
Y es que, en realidad ella no puede sustraerse de la enorme influencia de un hombre como su abuelo.  Los primeros once años de su existencia los pasó a su lado, y él los ponía a escribir.  María tiene un recuerdo especial: el abuelo rodeado de la parentela de las nuevas generaciones; entonces, al azar, elegían una palabra del diccionario y todos debían escribir una poesía con la palabra elegida. Ese ejercicio marcó el rumbo literario de muchos miembros del clan.
Igualmente, María recuerda a su abuelo en el trance de escribir. Y el término trance está utilizado literalmente, pues en un estado similar era en el que  entraba Sonderéguer cuando escribía. Se recluía en su cuarto - estudio y se concentraba de tal manera que era difícil que algo lo desconcentrara, incluso ni la algarabía de los nietos que entraban en pleno desorden al lugar lograba distraerlo. Así que jamás, el abuelo los regañó por las interrupciones, pues cuando escribía el mundo exterior no existía para él.
Acerca de la producción literaria de Sonderéguer, María señala que él escribió mucha narrativa popular, independiente de su obra filosófica. Y afirma que algunas de sus obras merecieron un reconocimiento especial de la crítica, especialmente, La mujer imposible. Precisamente esta novela es citada por la investigadora norteamericana Kathleen Newman en su tesis doctoral. Esta mención, en opinión de María, es muy interesante porque Newman es una figura femenina que está desafiando en realidad todas las normas, las costumbres de orden moral, que desafía la figura femenina de su tiempo.
Sin embargo, la novela Quibdó fue la que más le gustó por la forma como narra los acontecimientos de aquella ciudad colombiana. También tiene un recuerdo, aunque un poco borroso, de un texto filosófico, Límite y contenido de la metafísica, donde plantea su posición acerca del yo, de un presupuesto, de una perspectiva centrada en el ego, pero perspectiva de construcción voluntaria, como un eje motor para una percepción vitalista de la existencia. En esta obra, su abuelo acuña una palabra específicamente, egofilia, el amor a sí mismo. Pero que era distinto del egoísmo porque era un amor que permitía la construcción egocéntrica, como motor de la vida como impulso vitalista, como el centro de constitución del ser en el mundo del hombre.
Los acercamientos de María Sonderéguer con la literatura colombiana se dan a través del autor más obvio: García Márquez. Pero también ha leído a los nadaístas y al escritor y periodista Daniel Samper Pizano. No obstante, el que más le encanta es el poeta cartagenero Luis Carlos López. Precisamente, los poemas de López formaban parte obligada de la tertulia familiar que se organizaba en la casa.  Conrado Pedro, su padre, recitaba esas poesías con mucha devoción y María recuerda, de ese inmenso arsenal poético, “Tarde de verano”, el cual recita de memoria y con voz nostálgica, incluyendo el epígrafe:  

Tarde de verano
                                                             “El rico es un bandido”
San Juan Crisóstomo

La sombra, que hace un remanso
Sobre la plaza rural,
Convida para el descanso
Sedante, dominical…

Canijo, cuello de ganso,
Cruza leyendo un misal,
Dueño absoluto del manso
Pueblo intonso, pueblo asnal,

Ciñendo rica sotana
De paño, le importa un higo
La miseria del redil,

Y yo, desde mi ventana,
Limpiando un fusil, me digo:
-¿Qué hago con este fusil?

Acerca de la literatura argentina, María piensa que hay muy buena producción en los últimos años. Primero señala a los grande míticos como Borges y Juan José Saer. Ella cree que Borges sigue siendo el escritor faro en la Argentina; se escribe desde Borges y contra Borges, pero no se puede eludir, es el vértice. Así mismo opina que existe una enorme producción literaria de muy buen nivel y autores nuevos, y menciona a narradores como Matilde Sánchez y Juan Forn, y a poetas como Daniel Freindemberg, Delfina Muschietti. 
Ella omite decirlo, pero es consciente de que su abuelo jugó un papel fundamental en el desarrollo de la literatura de su país, no sólo como autor, sino también como crítico y como difusor desde las páginas literarias de La Nación. Igualmente, fueron muchos los lazos afectivos que unieron a Sonderéguer con otros escritores argentinos, especialmente con el gran escritor Leopoldo Lugones, quien, además, era su compañero en La Nación. Igualmente, María recuerda la nostalgia de su abuelo cada vez que hablaba de otros de sus grandes amigos: el poeta Manuel Ugarte. Ella no necesita decirlo. Se intuye toda la admiración que le despierta el recuerdo del escritor villanuevero.
Tampoco lo dice, pero es claro que su retorno tiene algo que ver con el retorno a las raíces. Una forma de reconocer que el apellido Sonderéguer está indisolublemente unido a esta tierra, a Cartagena, a Villanueva. Por eso, al despedirme de ella, sentí en su voz la nostalgia de quien se despide de los suyos.
F.A.L.B.

[1] De hecho, la casa de Sonderéguer fue visitada por otras personalidades colombianas, como el caudillo liberal Rafael Uribe Uribe y el escritor Eduardo Caballero Calderón

Fidel Alejandro Leottau Beleño, nació en la ciudad de Cartagena de Indias, Colombia, el 10 de agosto de 1994.  A los  tres años sus padres se lo llevaron para Villanueva,  Departamento de Bolívar, la tierra de la familia paterna.
Su infancia y parte de su juventud, transcurrió en su añorado pueblo al lado de sus abuelos Claudio y Arcadia, al punto que es más conocido como villanuevero. Allí inició los estudios hasta culminar la primaria, luego pasó al Colegio de La Esperanza, en Cartagena, de donde egresó como bachiller en 1965. Muchos años después, en 1998 graduó como Profesional en Lingüística y Literatura de la Universidad de Cartagena.
Trabajó durante treinta y siete años en la Zona Industrial de Mamonal. Sin embargo, nunca perdió contacto con los libros ni con la consagración a los estudios humanísticos. A comienzo de los noventa, realizó los ciclos de formación humanística en la facultad de Ciencias Humanas de la Universidad de Cartagena.
Se ha desempeñado como investigador cultural, en donde ha indagado y publicado acerca de la vida y obra del escritor colombiano (villanuevero como él) Pedro Sonderéguer, quien desempeñó su labor literaria y periodística en Argentina. El Secretario de Educación y Cultura del Departamento de Bolívar, Jabid Benavides Aguas, le concedió en el 2006 una placa por contribuir al rescate de la memoria cultural de la provincia.
Textos suyos han sido publicados en los magacines de los diarios El Universal y El Periódico de Cartagena. Ha participado de igual manera, como ponente en conferencias y encuentros culturales. Su primera obra, Apodología de mi pueblo, en la que exalta la picaresca de sus paisanos para renominar a las personas, se publicó en 1995.
También se ha desempeñado con algún éxito como compositor vallenato. Por ello, una de sus canciones, Mi corralito, fue antalogada en el libro Cancionero, de Carmencita Delgado de Rizo. Así mismo, por esta canción obtuvo una distinción del alcalde de Cartagena, Nicolás Curi Vergara, en 1992.
A finales de 2007 publicó, Villanueva mía, Cartagena de nosotros, una obra que recoge una serie de crónicas y reportajes acerca de los personajes y situaciones que lo han marcado en su deambular en sus dos espacios vitales: Villanueva y Cartagena. Un texto íntimo, construido con una prosa fluida, una alta sensibilidad y buen sentido del humor. Características que, más que al libro, se le pueden atribuir a su autor.

lunes, 22 de agosto de 2005

POEMA AL EMIGRANTE UNIVERSAL

Con el corazón transido
rebosante de ilusión 
sale el emigrante un día 
a tierras de promisión. 

Deja la patria a su espalda 
tal vez, su primer amor 
la madre queda llorando 
el padre con su dolor. 

Cruza mares y fronteras 
por esos mundos de dios 
hasta arribar a la meta 
que el destino le marcó. 

Lleva las manos vacías 
muchas ganas de luchar 
quiere ser protagonista 
de un mundo a mejorar. 

Sus armas son los principios 
que de su pueblo heredó 
linaje de noble estirpe 
que tanto progreso dio. 

Su norte es el mundo entero 
su campo la humanidad 
su horizonte, el trabajo, 
el amor, la fraternidad. 

Un día echará raíces 
en países de adopción 
y florecerá un hogar 
con el fruto de su amor. 

Casado con la constancia 
del brazo con el tesón 
lidia el emigrante anónimo 
en concretar su ilusión. 

Con la pluma y la palabra 
poniendo imaginación 
crea sus instituciones 
da hijos a la nación. 

Impregnado de nostalgias 
sangrando melancolías 
jamás renuncia a la tierra 
que viera la luz un día. 

Allí están sus ancestros 
con sello de distinción 
todo lo que le dio forma 
hasta llegar su extinción. 

Lleva siempre en su retina 
los cuadros de ensoñación 
con hermosas alboradas 
y bellas puestas de sol. 

El camino a la escuelita 
al maestro preceptor 
la iglesia con sus campanas 
repiqueteando: din don. 

Piensa en sus seres queridos 
en los amigos de la infancia 
aquellos que no se olvidan 
en el tiempo y la distancia. 

Alegato 
Procuremos la justicia en un mundo a mejorar 
para que el hombre de su tierra no se tenga que marchar. 

Manuel Conde González

martes, 16 de agosto de 2005

PAMPA GRINGA *

* A todos los hombres, mujeres y niños que con su diaria labor 
engrandecen el hábitat pampeano 

Raza gringa 
arrullada en capullos 
de jóvenes vientres 
venidos de Europa. 
Hombres nuevos 
que al canto del alba 
trepados en carros, coches o sulkys 
ruedan por la tosca 
inician negocios, prestan herramientas. 
Mujeres-coraje 
ordeñan las vacas, cultivan la huerta 
hacen la manteca. 
Tu OMA ** y mi NONA ** 
hilan en la rueca y tejen las prendas. 
Los hijos 
(tu padre y el mío) 
montan los caballos, roturan la tierra 
arrean la hacienda. 
Las hijas 
(tu madre y la mía) 
cuidan a los niños, asean los cuartos 
bordan, cosen telas. 
Cocinas ruidosas 
anidan historias y enlazan recuerdos 
de la Madre Patria, de la bella Italia 
o de la Germania 
EL HOGAR ES UNO. 
Una son las penas y las alegrías 
de estas familias 
que en pos de las letras, 
las artes y oficios. 
desandan caminos. 
¡Así es mi tierra! 
Con todas las almas de los hombres nuevos 
que dejaron huellas. 
Con todas las almas de los hombres jóvenes 
plenos de guapezas. 
¡Así es mi tierra! 
Gringa y pampa 
PAMPA GRINGA 
mía y tuya, tuya y nuestra. 

** OMA, abuela alemana ** NONA, abuela italiana 

Celia Amanda Sala Davies 

Primer Premio Poesía. Certamen “El Inmigrante”, otorgado por Sociedad Argentina de Escritores, Centro Literario “Bartolomé Mitre” y Municipalidad de AZUL, Pcia. de Buenos Aires. 14 de septiembre de 1996.

martes, 24 de mayo de 2005

Moira Sullivan

Buenos Aires, 18 de marzo de 1932 

Querida Allison: 

Finalmente me doy cuenta de que lo que más atenuó el impacto de Cornelius con este nuevo país es su vinculación con la colectividad irlandesa. Sé que te costará entenderlo pero a este remoto punto del cono sur empezaron a llegar, desde la segunda mitad del siglo pasado y hasta principios de éste, miles de irlandeses perseguidos por la Hambruna o seducidos por el mito según el cual aquí las calles están pavimentadas con oro. “¿Oro? ¡Orín!” se burlan en precario castellano los recientes amigos de Cornelius, aunque es muy evidente que sienten gratitud hacia un país que los ha recibido con generosidad y simpatía. Además, tal como ocurre allá, es difícil que quien tenga deseos y voluntad de progreso no encuentre aquí posibilidades de desarrollar sus talentos. 
Hablo de los irlandeses pero en realidad son muchos los pueblos que se han congregado en la Argentina. 
Debo decir que pese a que los hijos de Erín se jactan de haberse integrado con el resto de la población, la verdad no es exactamente así. Tienen sus propios colegios, sus propios templos y clubes, y quien comete la osadía de casarse con un “nap” (¿napolitano y por extensión italiano?) o con un “gushing” (derivado, probablemente, del verbo inglés to gush, que significa hablar con excesivo entusiasmo y que es un neologismo para aludir a los gallegos y también por extensión a los españoles), se aíslan o son lenta pero inexorablemente segregados. En verdad esto ocurre con casi todas las comunidades extranjeras que se han radicado acá: árabes, armenios, ucranios y, muy especialmente, judíos. Para no hablar de los británicos que a su injustificado desdén agregan cierto cinismo ancestral. Curiosamente los criollos sienten una secreta admiración por ellos, aunque públicamente manifiesten lo contrario. Por otro lado sé de colegas de Cornelius que, siendo de origen irlandés, se hacen pasar por ingleses para progresar en sus empleos. ¡Les parece más distinguido! ¿Puedes creer eso? A mí todo esto me resulta indigno. Pero casi nunca hablo en las reuniones en las que acompaño a Cornelius: me encanta escuchar y ver, porque el tiempo me muestra que es mucho más divertido que intervenir. Ahora que no escribo más para la pantalla y que pocas veces me meto en un cinematógrafo, opto por observar la tragicomedia diaria. Los de la vida son casi todos actores de primera. 
Sé que mis cartas no son frecuentes y que no tengo mucho derecho a solicitártelo pero me gustaría que me escribieras más a menudo. 
Siempre te recuerda, 

Moira 

Juan José Delaney
(novela, 1999) 

sábado, 14 de mayo de 2005

EL BREVIARIO DE LAS REFLEXIONES

Buenos Aires, el gRillo, 2005. (Ensayo). 

Carolina de Grinbaum, escritora de larga y reconocida trayectoria, es autora de libros de ensayo, narrativa y poesía, entre los que mencionamos Preceptiva y prodigios en la obra de Julio Cortázar (1996), La isla se expande (1992), Mariana de la tierra (1984) y Homenaje Leopoldo Lugones (1986). Fundó y dirige la Revista de Cultura el gRillo. Como antóloga, ha compilado treinta y dos volúmenes de cuento, poesía y ensayo. Se desempeña en crítica literaria y periodismo. Colabora en periódicos, diarios y revistas nacionales y extranjeras con cuentos, poesía, notas, críticas y ensayos. Algunos de sus trabajos han sido traducidos. Dirigió e inició el Suplemento Literario de un antiguo periódico de Buenos Aires, donde reside. Dicta seminarios, da conferencias. Actúa como jurado. Conduce cursos de creación literaria para la formación de escritores. Es Directora Editorial. Formó parte de la Comisión Directiva de Gente de Letras, de la Comisión Directiva de la Sociedad Argentina de Escritores (SADE), donde dirigió los talleres de la Casa Leopoldo Lugones. Pertenece al Instituto Literario y Cultural Hispánico con sede en California. Invitada por la Fundación El Libro, da conferencias en la Feria Internacional del Libro. Ha recibido premios a nivel nacional y latinoamericano.
El volumen que comentamos reúne quinientos treinta y cinco aforismos. Los mismos surgen como respuesta al amor de su familia y a las inquietudes de la escritora. Tales compromisos con la vida y la literatura dan como resultado un librito bello y aleccionador, editado con gran cuidado. La cubierta completa el sentido austero de la obra y nos invita a adentrarnos en estas reflexiones tan ricas.
La autora es una mujer de nuestro tiempo. Sus máximas surgen del contacto con quienes la rodean, en las más diversas situaciones. Muchas de estas situaciones pueden haber sido dolorosas, pero no han dejado en ella un regusto amargo, sino, por el contrario, la tranquila sabiduría de quien entiende a los demás, y perdona.
Entre los temas que aborda, se encuentra la existencia del ser humano, enfrentado a otros seres o a hechos. De los primeros, dice la aforista que se los puede ver de diferente manera; así, será muy distinta la visión del egoísta, del altruista, la del celoso, el insignificante y el coloso. Cada uno de ellos protagoniza diversas sentencias que, reunidas, nos dan una acertada visión de la Humanidad en su conjunto, como espejos que reflejan diferentes imágenes.
La escritora se ocupa asimismo de cuestiones como la creación, la presencia de Dios, el tiempo, la muerte, siempre referidas a la condición del ser que se relaciona con ellas y que las observa desde su solitaria perspectiva.
Un género milenario como el aforismo, recibe hoy un nuevo aporte. A tantas voces, se suma la de Carolina de Grinbaum, que expresa su personal visión de la vida, desde una postura sabia y pura, en la que alguna tristeza se desvanece para transformarse en experiencia que desea transmitir a quienes la leen. 

martes, 18 de enero de 2005

Mona Lisa

Mona Lisa y la regaderita verde. Ilustraciones: María Cristina Brusca. 
Buenos Aires, Sudamericana, 2004. 

En este cuento, Canela relata una nueva aventura de Mona Lisa, personaje de otros libros. Esta vez, la protagonista quiere regar el jardín junto a su abuelo; inesperadamente se vuelve pequeña, y ve el mundo desde otro punto de vista. Su valentía hace que vuelva a su tamaño original, y pueda seguir regando en compañía del anciano, aunque la mamá se queje porque está toda sucia después de la travesía. Los dibujos de María Cristina Brusca captan esa atmósfera de cariño a los mayores y amor por la naturaleza que Canela ha sabido transmitir. 

Mona Lisa y el palacio de la papa frita. Ilustraciones: María Cristina Brusca. Buenos Aires, Sudamericana, 2003. 

Mona Lisa logra entrar en el dibujo que estaba pintando, y llega a un castillo en el que la confunden con la princesa. Nadie podrá creer que ella realizó este viaje, valida solamente de sus pinturitas y la fantasía de la escritora.

Gaturro - Trucos y secretos de la historieta

por Nik. Buenos Aires, Editorial Sudamericana, 2004 . 30 páginas, con stickers. (Gaturro para chicos)

Nik es el creador del personaje Gaturro, que desde 1993 anima las tiras cómicas del diario y la Revista La Nación. Como se sabe, el gato de la tira, en sus inicios, hablaba exclusivamente de temas políticos, sin olvidar el sentido del humor. Paulatinamente -explica el creador-, el personaje no sólo observa la actualidad sino, también, su entorno personal: su vida, aventuras o desventuras amorosas, su familia y todas las preocupaciones que tiene un gato. 
En esta obra, el autor invita al público a "explorar junto a Gaturro el lado desconocido de las historietas para descubrir todos sus ingredientes secretos". Nik inicia su explicación a modo de una receta de cocina, indicando los ingredientes que debe poseer la historieta. 
En primer lugar, se debe crear al personaje principal, que puede ser una persona o un animal, y es necesario ponerle un nombre. Luego vienen los personajes que cumplen la función de acompañamiento del principal, y un medio ambiente donde se desarrolle la acción o -como dice el autor- "en algún lugar hay que colocar a los personajes, ¿no?". Más adelante, Nik explica y desarrolla las técnicas de animación de los personajes y los lugares donde se desarrolla la acción de los mismos. También indica qué colores deben ser utilizados en las escenas, ya sea que las mismas se desarrollen de día o de noche, con lluvia o sol., si el personaje tiene frío o si esta enojado. 
Luego de tener a los personajes, los colores, el ambiente donde se desarrolla la acción, el dibujante debe estar preparado para contar una historia o anécdota que resulte interesante y divertida. Para ello, Nik recomienda el trabajo en equipo de la memoria y la imaginación, los platos principales. Siempre para escribir una tira cómica se debe saber, a criterio del autor, cómo termina, es decir, conocer el remate. Por lo tanto se debe comenzar por el final. 
Guiado por Nik, el lector irá descubriendo todos los secretos e ingredientes para obtener una tira. Estuvo a cargo de la edición, Mariana Vera. Los autores y editores creativos son Laura Losoviz y Nik. Los textos pertenecen a María Schujer, y el diseño gráfico y arte digital son obra de Christian Argïz.

miércoles, 12 de enero de 2005

AMOR MIGRANTE

por Stella Maris Latorre. Buenos Aires, De los Cuatro Vientos Editorial, 2004. 93 páginas. 

Stella Maris Latorre nació en Gualeguaychú, Entre Ríos. Es novelista, poeta y comunicadora social. Directora fundadora del centro cultural Rosalía de Castro. Organizadora de eventos culturales, creadora del café literario ‘Poesía con aroma a café’. Forma parte del grupo literario ‘Calíope’ y participa en la revista ‘Noticias de la musa’. También en OPYC. Ha realizado cursos de capacitación del INADI. Trabajadora incansable por la unión de los pueblos. Conductora del programa de TV, autora del proyecto televisivo ‘Latinoamérica se expresa así’. Ha recibido muchos premios: Poesía Jorge Luis Borges; Poesía y cuento ‘Río de palabras’; del Centro Chileno Bernardo O’Higgins, del CONADEPA, de Solidaridad Social de la OMS 1999. Su novela Celeste Morena, una historia de Amor Diferente, fue premiada en 2001 en España, lugar donde reside actualmente. Es autora de El regreso de Eva, Río de Palabras y La Felicidad de Amar. 
En la obra que nos ocupa, Latorre cuenta la historia de una joven de dieciséis años que ve partir a su amado hacia América, adonde dirige sus pasos agobiado por la miseria y la guerra. Ella, sin decírselo, da a luz un hijo del emigrante, al que crían en Galicia como si fuera un hermano de la adolescente. Pasan muchos años. Cada uno de los integrantes de esa pareja rehace su vida, pero ninguno puede volver a sentir el amor que sintiera tiempo atrás. Luego de la muerte de su mujer y su hija, el indiano vuelve a la aldea a buscar a su prometida de la juventud. Allí, se da cuenta de que tiene un hijo, que ignora su verdadera identidad. Los sucesos que se desencadenan a partir de ese momento, hacen que el indiano vuelva a Buenos Aires, perdiendo definitivamente la posibilidad de formar una familia. Culpas, rencores, vilezas, desencuentros, amores no correspondidos y amores que el paso del tiempo no logra vencer, son los ingredientes de esta novela impactante, que tiene el sabor de aquello que se escribe desde la sangre. En un pueblo sufriente, que se queda sin hombres, un pueblo de huérfanos, brillan las mujeres gallegas, que fueron "viudas de los vivos", que debieron soportar la soledad por la partida de sus maridos, y la vergüenza por haber amado a hombres que sabían compartidos. Ellas son las heroínas de estas páginas, en las que campea un sentimiento de homenaje y comprensiva emoción.

martes, 11 de enero de 2005

LAS LIBRES DEL SUR

UNA NOVELA SOBRE VICTORIA OCAMPO, por María Rosa Lojo. Buenos Aires, Sudamericana, 2004. 264 pp. 

María Rosa Lojo nació en Buenos Aires en 1954. Se doctoró en Filosofía y Letras en la Universidad de Buenos Aires y es poeta, narradora y ensayista. Obtuvo, entre otros, el Premio del Fondo Nacional de las Artes en cuento (1985), y en novela (1986), el Primer Premio de Poesía ‘Dr. Alfredo Roggiano’ (1990) y el Primer Premio Municipal de Buenos Aires ‘Eduardo Mallea’, en narrativa (1996). En 1999 se le otorgó el Premio del Instituto Literario y Cultural Hispánico de California, por ‘su valioso aporte a la literatura hispanoamericana’. Además, ganó la Beca de Creación Artística de la Fundación Antorchas para ‘artistas sobresalientes que se hallan en los comienzos de su plenitud creativa’ (1991), y la Beca de Creación Artística del Fondo Nacional de las Artes en 1992. Es colaboradora permanente del suplemento literario de La Nación, de Buenos Aires. 
Dos tramas se enlazan en esta novela, en la figura de la inmigrante gallega Carmen Brey Moure, quien a poco de terminar sus estudios universitarios, viaja a la Argentina contratada para servir de intérprete a Rabindranath Tagore, invitado ilustre de Victoria Ocampo. A partir de este hecho, surgirá la narración que tiene como ejes la vida profesional de la joven, y su vida privada. La vida profesional le permite a la gallega ser testigo de la vida cultural de Buenos Aires, en la que se destaca la figura avasallante de Victoria Ocampo, que se vincula con Rabindranath Tagore, Ortega y Gasset, Keyserling, Drieu La Rochelle y Waldo Frank, entre otros. Es este último quien la anima a crear la revista Sur, concebida como una expresión de los americanos, "Una revista imprescindible. Que sea un puente entre las dos Américas. Que revele nuestro destino común, y también nuestras diferencias con respecto a Europa". En los años que transcurren desde la llegada de Brey hasta el final de la obra, la inmigrante se ve rodeada asimismo por escritores argentinos ilustres, a quienes Lojo vuelve personajes de ficción; María Rosa Oliver, Roberto Arlt, Borges y Marechal aparecen en estas páginas, actuando como la escritora, con su profundo conocimiento de estas personalidades, considera que deberían haberlo hecho. 
La vida privada tiene como motivo principal la búsqueda del hermano de Carmen, que huyó de Galicia varios años antes, sin dar explicaciones acerca de su repentino proceder. Acompañan a la joven en su investigación Borges y Marechal, a lo largo de un periplo en el que Carmen conoce a una niña, María Eva Duarte, que le habla de su pasión por ser actriz de cine. Ellos encuentran a Francisco Brey viviendo entre los indígenas, en una civilización muy distinta de aquella que el joven conociera allende el mar. 
El rol de la mujer en la sociedad es uno de los temas más importantes de la novela. El mismo surge, por ejemplo, cuando Carmen Brey se refiere a Victoria Ocampo y a sí misma. La rígida educación que se imponía a las mujeres porteñas de clase alta, que las lleva –ya adultas- a sacrificarse en aras de la felicidad de sus padres, es vista con compasión por la gallega, un espíritu libre que piensa que esas hijas son víctimas de los deseos de sus mayores. En comparación, el gallego Brey parece de avanzada, ya que permitió a su hija estudiar en Madrid, aunque ello supusiera una separación dolorosa. Es la misma Victoria quien se manifiesta impotente, en cierto aspecto, ya que a ella le ha sido negada la instrucción, por lo cual –considera- poco puede hacer en bien de la cultura argentina. Waldo Frank le demuestra lo errado de su convicción. Frente a las limitaciones de las mujeres de nuestro país, se yerguen las figuras de Victoria Ocampo, que superó prejuicios y fundó una revista emblemática, de María Rosa Oliver, que no se sintió aprisionada por su enfermedad, y de esta inmigrante, que supo abrirse camino, accedió una formación importante y, sin olvidar sus raíces, se integró a la nueva tierra, en la que encontró el amor y el tan ansiado sosiego. 
Las libres del Sur es una de esas novelas que se leen con placer, y con intriga, ya que María Rosa Lojo nos tiene en vilo a lo largo de las doscientas sesenta y cuatro páginas. Es también, una novela para meditar, para volver una y otra vez sobre los textos de personalidades incluidos en la misma, y sobre las propias reflexiones de la protagonista, tan lúcida y tan querible.