viernes, 31 de agosto de 2001

MEMORIAS Y AUTOBIOGRAFIAS

Indice 

Introducción
1. Alemanes
2. Austríacos
3. Daneses 
4. Escoceses 
5. Españoles 
6. Estadounidenses 
7. Franceses
8. Galeses 
9. Holandeses 
10. Ingleses 
11. Irlandeses 
12. Italianos 
13. Polacos 
14. Portugueses
15. Rusos 
16. Suizos 
17. Turcos
18. Ucranios

Introducción

“Las historias de las literaturas de las diferentes lenguas acumulan una cantidad nada despreciable de libros de memorias; como si cada intelectual más o menos ilustre hubiera querido dejar testimonio de sí mismo y de su época”, afirma María Esther Vázquez. Y agrega “gracias a esa literatura se va haciendo la historia” . 
A criterio de la periodista, “Nadie definió mejor el libro de memorias que Conrado Nalé Roxlo: ‘Todo libro de memorias es un espejo de Narciso, de un Narciso ya envejecido. Y todos los hombres, aún aquellos defendidos por el humorismo, llegan a ser con el tiempo su propio padre, y con más tiempo, su propio abuelo; y es con ojos húmedos de tierno amor que atenúan los siempre un poco duros rayos de la crítica, como ven al niño lejano que fueron, al adolescente añorado y al joven que aún creen ser” (1). 
Entrevistada por María Esther Vázquez, la historiadora María Sàenz Quesada afirmó: “Los libros de memorias me encantan porque por ellos es posible entrar en el pasado y reconstruirlo. Nada más difícil que reconstruir el clima de una época. En la Argentina existen pocos libros de memorias” (2). 
De la experiencia de la inmigración surgieron muchos libros. Algunos autores eligieron la ficción para expresarse; otros, en cambio, prefirieron las memorias y las autobiografías. 
¿Cuál es la diferencia entre memoria y autobiografía? A criterio de Ricardo Clark, “no tienen estos términos un límite preciso y se supone que la diferencia podría estar en la calidad del relato. Así ‘memorias’ serian el recuerdo de un momento en particular en la vida del personaje y autobiografía un trabajo mas profundo, donde supuestamente ‘se cuenta todo’ ” (3). 
En este trabajo me refiero a algunas de las obras que dan a conocer aspectos de la inmigración en la Argentina, entre 1810 y 1960.

Alemanes

Rosenthal

Austríacos

Lisa Seiden
Lewin, Renée: Casualidad, destino, milagro... Una niña judía bajo el nazismo. Acervo Cultural Editores. Buenos Aires, 2009.

Daneses

En 1844, llegó a la Argentina el danés Juan Fugl, pionero que se estableció en Tandil cuando los indios habitaban la región. En sus Memorias, “relató que después del sitio indígena de Tandil en el mes de noviembre de 1855, ‘Al fin de cuentas, los soldados que llegaron no habían resultado mucho mejor que los salvajes, pues en las casas abandonadas que encontraron, robaron todo lo que pudieron y les fuera útil’ “. 
Acerca del juez de paz, manifiesta en esos escritos: ”En el fondo de su alma sentía odio a los extranjeros y al creciente agro en la zona de Tandil, tanto porque él, familiares y amigos tenían tierras y grandes estancias lindantes, y se sentían molestos por las leyes que los obligaban a pagar los daños causados por animales en las tierras sembradas, y ahora protegidas. También porque repartía tierras entre criollos o nativos, en general muy simples y sin ningún ánimo de mejorar, no a extranjeros que aunque vivían pobres, con su trabajo y amistoso relacionamiento, pronto formaban un capital y vivían holgadamente” (1).
El dinamarqués Andreas Madsen es el autor de La Patagonia vieja. María Sonia Cristoff señala que “Para Andreas Madsen, como para W. H. Hudson, la combinación de aves y postración derivó en escritura sobre el territorio patagónico: mientras el segundo asegura que no hubiese escrito sus Días de ocio en la Patagonia si el tiro que recibió en una rodilla no le hubiera impedido continuar el estudio de los hábitos migratorios por el cual había ido hasta Río Negro, Madsen dice que se le ocurrió por primera vez la idea de escribir sus relatos cuando a él –que había domado una cantidad considerable de caballos salvajes y matado a otra cantidad de pumas- la persecución malograda de una gallina que se resistía a entrar al gallinero lo dejó todo un invierno inmovilizado en una cama. Hasta ahí las coincidencias. Luego, sus obras se diferencian claramente: lo que para Hudson fue parte de un proyecto literario, para Madsen fue una manera de dejar testimonio de sus años como pionero en la Patagonia, más específicamente en la región de Lago Viedma”.
“Dentro de su producción figuran tres volúmenes de poemas, un libro sobre la caza de pumas, el proyecto de otro sobre la capacidad de razonar de los animales y la que es su obra emblemática, La Patagonia vieja, editada por primera vez en 1948 por El Ateneo y reeditada en 1998 por Zagier y Urruty. Esta misma editorial, que desde el último enero agregó a su catálogo esta colección de textos inéditos en castellano sobre la Patagonia, publica ahora Relatos nuevos de la Patagonia vieja, una recopilación hecha por Martín Alejandro Adair de las cartas privadas y de los artículos que Madsen publicó en distintos medios”.
“Madsen llegó a la Argentina como marinero buscavidas y a la Patagonia como parte de la Comisión de Límites que lideraba Francisco Moreno. Fue después el primero en asentarse en la zona del Lago Viedma y uno de los pocos pequeños propietarios que resistieron a las ofertas tentadoras –seguidas de estrategias amenazantes- de las grandes compañías que empezaron a adquirir enormes extensiones estratégicas de la Patagonia a partir de la primera mitad del siglo XX. Fue también uno de los propietarios de tierras que, durante los levantamientos obreros de 1921, logró acuerdos de no agresión mutua con los huelguistas, basados fundamentalmente en el conocimiento y en el respeto previo que se tenían. Volvió a Dinamarca únicamente para buscar a la novia de la infancia y defendió su decisión de radicarse en la Patagonia a pesar de las oportunidades que le ofrecían en otros lugares, con una epifanía de tinte darwiniano: ‘los desiertos campos patagónicos me llamaban con voz irresistible. La Patagonia, con sus tormentas de arena sobre las pampa desiertas en verano, y con el frío y la nieve en invierno, donde pasé tres inviernos con el mínimo de alimentación... y seis meses sin ver persona alguna, completamente solo entre los Andes. La mayoría dirá que no es gran cosa para extrañar; pero así es la naturaleza humana. A mí esa soledad me llamaba’ “.
“Todo eso está en Relatos nuevos de la Patagonia vieja, libro que puede leerse como el relato paradigmático del pionero –allí están las remembranzas de un pasado duro, la consignación de los esfuerzos por adaptarse, del apego al territorio que los recibe y de su contribución a él- e incluso como una postulación de que el pionero es el eslabón que la Patagonia necesitaba para dejar de ser la tierra maldita que habían asentado los relatos de los primeros exploradores y convertirse en una tierra de paz. Los relatos de Madsen tienen, entonces, una hipótesis, y también gracia narrativa: dos méritos ausentes en muchas otras memorias” (2).

Notas
1. Fugl, Juan: Memorias, citado por Lynch, John: Masacre en las pampas. La matanza de inmigrantes en Tandil, 1872. Buenos Aires, Emecé, 2001. 
2. Cristoff, María Sonia: “Los surcos de un pionero”, en La Nación, Buenos Aires, 19 de octubre de 2003.

Escoceses

Cuando niña, María Rosa Oliver escuchaba a las institutrices inmigrantes. A criterio de María Rosa Lojo, muestra susceptibilidad “ante otros personajes que se consideraban superiores –étnica y culturalmente- a los argentinos, aunque se encontraran muy por debajo de ellos en la escala de la sociedad. No perdía una palabra de las charlas que mantenía Lizzie, su niñera escocesa, con sus colegas british que servían en casas de las afueras, a las que iban de visita y donde tomaban el té de las cinco con scons calientes y sándwiches de berro. Nunca faltaban, en aquellas sesiones, las críticas a los, y sobre todo las natives: mujeres descuidadas y haraganas, que malcriaban a sus hijos y no se tomaban el trabajo de aprender a preparar un buen té a la inglesa” (2).

Notas 
1. Lojo, María Rosa: “Cuando la plenitud nace de la carencia”, en La Nación, Buenos Aires, 31 de agosto de 2003.

Españoles

Andaluces

José María Torres, nacido en Málaga en 1823, falleció en Entre Ríos en 1895. En Juvenilia, Miguel Cané lo evoca con gratitud: “En cuanto a mí, creo haber contribuido no poco a hacerle la vida amarga, y le pido humildemente perdón, porque sin su energía perseverante, no habría concluido mis estudios, y sabe Dios si el ser inútil que bajo mi nombre se agita en el mundo no hubiera sido algo peor” (1).

Asturianos

Niní Marshall, hija de asturianos, escribió sus memorias. Afirma Fernando Noy: “Previsora, para disipar dudas sobre sus procesiones por los laberintos de la memoria, ella nos legó, acicateada por su amigo y representante Lino Patalano, la invalorable Autobiografía donde emerge, con astucia de autora consumada y en una sesión de magia interminable, tan verosímil y viva como siempre, quizás de un modo inconciente desdiciendo aquella frase-consigna en uno de sus libretos radiales: ‘Déjenos contarle algo, déale. Si no va a parecer una mujer demasiado misteriosa, de esas que salen al cine y después les agarra la mamesia al cerebro’. Y si era necesaria mucha ‘propicacia’ para hacerlo, sospecho que sólo quiso recompensarnos con estas páginas a modo de despedida” (2).

Cántabros

Al igual que muchos de nuestros escritores, Baldomero Fernández Moreno evocó sus años de infancia, una edad escindida, en su caso particular, entre dos tierras, Argentina y España. En el prólogo a sus memorias, que llevan por título La patria desconocida, el escritor se refiere a la relación de las mismas con sus dos patrias, y deslinda la incidencia que España y la Argentina tienen en ellas: “Son páginas, pues, españolas por el recuerdo que las informa, argentinas por la mano que las trazó. Por eso este libro cobra un sentido vernáculo, americano. Y todo aquello en medio del suspirar por mi patria, por curiosidad, por exotismo, por poesía naciente, y, lo que es lo cierto, por indefinible amor hacia ella” (3). 
En esa obra, recuerda a sus padres, llegados de la península y afincados en nuestro país, donde disfrutaron al principio de una holgada posición económica. Describe la transformación que se operó en su padre, y afirma que la misma fue completa: “de muchacho aldeano a rico y conspicuo miembro de una colectividad, fundador de clubes y protector de hospitales”. Cuenta asimismo la emigración de sus abuelos maternos 
Baldomero Fernández, próspero emigrante, regresa a España junto con los suyos, con intención de quedarse definitivamente. Poco habría de durar la estadía en la tierra natal. Siete años más tarde, los Fernández Moreno se encontraban de vuelta en Buenos Aires, confrontando la realidad con la fantasía forjada por el niño.

Gallegos

En Juvenilia, Miguel Cané se refiere a inmigrantes de ese origen: “Recuerdo una revolución que pretendimos hacer contra don José M. Torres, vicerrector entonces y de quien más adelante hablaré, porque le debo mucho. La encabezábamos un joven Adolfo Calle, de Mendoza, y yo. Al salir de la mesa lanzamos gritos sediciosos contra la mala comida y la tiranía da Torres (¡las escapadas habían concluido!) y otros motivos de queja análogos. Torres me hizo ordenar que me le presentara, y como el tribuno francés, a quien plagiaba inconscientemente, contesté que sólo cedería a la fuerza de las bayonetas. Un celador y dos robustos gallegos de la cocina se presentaron a prenderme, pero hubieron de retirarse con pérdida, porque mis compañeros, excitados, me cubrieron con sus cuerpos, haciendo descender sobre aquellos infelices una espesa nube de trompadas. El celador, que, como Jerjes, había presenciado el combate de lo alto de un banco, corrió a comunicar a Torres, plagiando el a su vez a Lafayette en su respuesta al conde de Artois, que aquello no era ni un motín vulgar, ni una sedición, sino pura y simplemente una revolución” (4).
En sus Memorias, Lucio V. Mansilla describe las condiciones en las que los gallegos realizaban el viaje hacia América: “De España, en general del Ferrol, de La Coruña, de Vigo sobre todo, sí llegaban muchos barcos de vela, rebosando de trabajadores, aprensados como sardinas (...) En cierto sentido eran como cargamento de esclavos” (5).
Luis Varela, octavo de catorce hijos, recuerda en De Galicia a Buenos Aires: “En aquella época las familias gallegas eran casi todas así de numerosas, y como nuestros padres sólo nos enseñaban a labrar las tierras y luego, de mayores, no alcanzaban las tierras para todos, era habitual mandar a algunos para el convento, otros para curas, uno se quedaba en la casa con los padres y los demás veníamos para América. Muchas veces yo le reproché a mi padre por tener tantos hijos, porque habiendo nacido en la casa de un gran labrador, nos dejó a todos en la ruina. Y él me contestaba que si tuviera tres o cuatro, yo no hubiera nacido y la mejor riqueza sería no tener que luchar con un truhán como yo” (6).
Gladys Onega escribió Cuando el tiempo era otro. Una historia de infancia en la pampa gringa (7). 
Su historia se inicia en Acebal, provincia de Santa Fe, donde nace en 1930, y continúa en Rosario, ciudad a la que se mudan en 1939. Sus primeros años transcurren en el seno de una familia integrada por un gallego esforzado y ahorrativo, una criolla y tres hijos. Junto a ellos encontramos la familia de la casa da pena –los gallegos que quedaron en su tierra-, los parientes gallegos que emigraron y los parientes criollos de la madre, y los inmigrantes –en su mayoría italianos- que viven en el pueblo.
En “Mínima autobiografía de la exiliada hija”, María Rosa Lojo se refiere a su vida como hija de un gallego y una madrileña exiliados en la Argentina. Sobre su padre, exiliado gallego, escribe: “Dejaba negocios equivocados y proyectos irrealizables. Dejaba también (aunque de eso me enteré después de su muerte: era un hombre pudoroso) una cierta reputación juvenil de ‘mala cabeza’, y de playboy coruñés, que fascinaba a las muchachitas y escandalizaba a sus madres. Dejaba una España que para sus ojos había retrocedido siglos en el tiempo, donde no cabía la dimensión de su deseo. El futuro estaba afuera. Había resuelto que en las nuevas tierras haría otra cosa, y sería, casi, otra persona” (8).
Mito Sela evoca, en Babilonia chica, a un inmigrante pintoresco: “Creo que su nombre era Fermín o Félix o Fernández. O algo parecido. No queda ya nadie que pueda proporcionarme la información. Era gallego, viudo, con una hija fea y petisa como el padre, cuya función principal era servirle mate mientras él cortaba el pelo a un cliente. Recuerdo al peluquero no sólo porque era muy feo y su cara arrugada que daba miedo, sino por el hedor del cigarro que siempre, siempre estaba en su boca y las bocanadas de humo que despedía y yo recibía en plena cara. Mis recuerdos, la verdad sea dicha, se basan más en el olfato que en la persona” (9).

Vascos

Miguel Canè relata que los estudiantes encontraban diversas distracciones en la quinta de Colegiales; una de ellas, vinculada a unos inmigrantes. “En la Chacarita estudiábamos poco, como era natural; podíamos leer novelas libremente, dormir la siesta, salir en busca de camuatìs y sobre todo, organizar con una estrategia científica, las expediciones contra los ‘vascos’ “. (...) Los ‘vascos’ eran nuestros vecinos hacia el norte, precisamente en la dirección en que los dominios colegiales eran más limitados. Separaba las jurisdicciones respectivas un ancho foso, siempre lleno de agua, y de bordes cubiertos de una espesa planta baja y bravía. Pasada la zanja, se extendía un alfalfar de una media cuadra de ancho, pintorescamente manchado por dos o tres pequeñas parvas de pasto seco. Más allá (...) en pasmosa abundancia, crecían las sandías, robustas, enormes, (...) allí doraba el sol esos melones de origen exótico (...) No tenían rivales en la comarca, y es de esperar que nuestra autoridad sea reconocida en esa materia. Las excursiones a otras chacras nos habían siempre producido desengaños, la nostalgia de la fruta de los ’vascos nos perseguía a todo momento, y jamás vibró en oído humano en sentido menos figurado, el famoso verso de Garcilaso de la Vega” (10).
Carlos Ibarguren describe, en La historia que he vivido, el Buenos Aires de su infancia, en la década de 1880. En ese entonces, “en los barrios residenciales veíanse de mañana a los lecheros, casi todos vascos, que llevaban en los costados de su cabalgadura sus clásicos tarros de latón, o a los que arriando algunas vacas con sus mamones, al son tintineante de un cencerro, ofrecían leche recién ordeñada” (11).
En El merodeador enmascarado, Carlos Gorostiza “nos habla de su infancia en el barrio de Palermo, junto a sus padres vascos y un hermano mayor. No eran ricos pero disfrutaban de una situación que les permitió en 1926 realizar un viaje por la tierra de los ancestros” (12).
En Anécdotas y vivencias de mi buena y larga vida, relata Norberto Brodsky: "En 1934, mi padre es avisado por su amigo el Jefe de Policía Don Martín Zabalzagaray, que un simpatizante del nazismo estaba preparando en el campo con vino y asado una horda de gauchos alzados para un asalto en Villaguay, donde atacarían a los judíos. Don Martín le informa que con sus ocho milicos no podría hacer nada para detener a una manga de mamaos llevados por la nariz. Le insiste que viaje de inmediato a Paraná y recomendado por él al jefe del regimiento, traiga un destacamento del ejército para frenar ese desastre. Ya habían pintado cruces svásticas en las casas judías. (...) Papá regresó a Villaguay con el regimiento y ya se había corrido la voz de esta llegada, por lo que el petit pogrom felizmente abortó ()".

Sin mención de origen

Escribe Adolfo Bioy Casares: 
"Joaquín, el portero de casa, era un español acriollado, un muchacho de Buenos Aires. Se peinaba para atrás, con gomina, tenía buenas camisas, le gustaban las mujeres. Una mañana, cuando yo miraba la vidriera de una juguetería, Joaquín me dijo:
- Ya sos un hombre. No te interesan los juguetes. Te interesan las mujeres.
Para presentármelas, me llevó a la sección vermouth, a las seis y media de la tarde, de un teatro de revistas. Probablemente influido por la vidriera anterior, recuerdo ese primer escenario, con las bataclanas alineadas, como una vidriera deslumbrante. Fuimos a teatros de revistas casi todas las tardes. Mi madre se enteró. Dejó ver su disgusto, pero nos perdonó, sin por eso dejar de reprocharnos el ocultamiento" ().
Raúl G. Fernández Otero escribió Ausencias, presencias y sueños (15), autobiografía en la que evoca su infancia en un barrio porteño, allá por el 30. El rememorar sucesos de su vida personal lo obliga a describir la época en que transcurren y el modo de vida de esos tiempos que -en la pluma de Fernández Otero- parece mucho más humano que el agitado vivir del presente. Los padres y el hermano españoles, los vecinos, los carnavales, las anécdotas que pueblan toda historia a lo largo de una dilatada existencia, son la materia de la primera parte del libro.

Notas 
1. Cane, Miguel: Juvenilia. Buenos Aires, CEAL, 1980.
2. Noy, Fernando: “A los ‘pieses’ de la Marshall”, en Clarín, Buenos Aires, 24 de mayo de 2003. 
3. Fernández Moreno, Baldomero: La patria desconocida. 
4. Cané, Miguel: Juvenilia. Buenos Aires, CEAL, 1980. 
5. Mansilla, Lucio V.: Mis memorias 
6. Varela, Luis: De Galicia a Buenos Aires –Así es el cuento-. Buenos Aires, el autor, 1996. 
7. Sela, Mito: Babilonia chica. Buenos Aires, Milá, 2006. 112 pp. (Imaginaria). 
8. Onega; Gladys: Cuando el tiempo era otro. Una historia de infancia en la pampa gringa. Buenos Aires, Grijalbo Mondadori, 1999. 
9. Lojo, María Rosa: “Mínima autobiografía de una ‘exiliada hija’ “, en Sitio Al Margen Revista Digital. Noviembre de 2002. 
10. Cané, Miguel: Juvenilia. Capítulo. Buenos Aires, CEAL, 1980. 
11. Ibarguren, Carlos: La historia que he vivido. Buenos Aires, Dictio, 1977. 
12. Requeni, Antonio: “El teatro, la escritura, lo vivido”, en La Nación, Buenos Aires, 5 de diciembre de 2004. 
13. Brodsky
14. Bioy Casares, Adolfo: Memorias. Buenos Aires, Tusquets Editores, 1994.
15. Fernández Otero, Raúl G.: Ausencias, presencias y sueños. Buenos Aires, Ediciones Tu Llave, 2000.

Estadounidenses

Guillermo Enrique Hudson escribió Allá lejos y hace tiempo, obra en la que expresa ”No tuve nunca la intención de hacer una autobiografía. Desde que empecé a escribir, en mi madurez, he relatado de tiempo en tiempo algunos incidentes de la infancia, contenidos en varios capítulos de El naturalista del Plata, de Pájaros y hombres, de Aventuras entre los pájaros y de otras obras, así como también en artículos de revistas. Tal material lo habría conservado si me hubiese propuesto hacer un libro como éste. Cuando, en los últimos años, mis amigos me preguntaban por qué no escribía la historia de mi niñez en las pampas, les respondía siempre que ya había relatado, en los libros antes mencionados, todo lo que valía la pena de contarse. Y realmente así lo creía, pues, cuando una persona trata de recordar enteramente su infancia, se encuentra con que no le es posible. Le pasa como a quien, colocado en una altura para observar el panorama que le rodea, en un día de espesas nubes y sombras, divisa a la distancia, aquí o allá, alguna figura que surge en el paisaje-colina, bosque, torre o cúspide acariciada y reconocible, merced a un transitorio rayo de sol, mientras lo demás queda en la obscuridad” (1).
Jennie E. Howard nació en Boston, Estados Unidos, en 1844 y falleció en Buenos Aires en 1933. “Llegó al país en 1883, junto con las maestras contratadas por Clara Armstrong para dirigir las Escuelas Normales de niñas a pedido de Julio A. Roca. Tras organizar la Escuela Normal de Niñas de Corrientes, realizó la misma tarea en la ciudad de Córdoba y en San Nicolás, provincia de Buenos Aires, donde permaneció hasta 1903. En 1931, publicó un libro de memorias en inglés, que en 1951 fue vertido al castellano con el título de En otros años y climas distantes” (2).

Notas
1. Hudson, Guillermo Enrique: Allá lejos y hace tiempo. Edición Libre del Parque Ecológico Cultural Guillermo E. Hudson Febrero 2001 Corregida por: Prof. Pamela Salinas Editada por: Lic. Carlos Sawicki- Cap. (1- A –21**/22) Autorizada por la Municipalidad De la Ciudad de Quilmes. Derechos de autor cedidos al Parque E.C.G.E. Hudson Prof. R. A. Ravera Director. En www.fotoescape.com.ar. 
2. Sosa de Newton, Lily: Diccionario Biográfico de Mujeres Argentinas. Buenos Aires, Plus Ultra, 1986.

Franceses

Amadeo Jacques nació en París en 1813 y falleció en Buenos Aires en 1865. “En Francia, estudió en el Liceo de Borbón y en la Escuela Normal de París; dictó clases en Amiens y Versalles y, a los 24 años, obtuvo el doctorado en Letras en La Sorbona. Poco después se graduó como Licenciado en Ciencias Naturales en la Universidad de París. Luego de ejercer la docencia en otras instituciones francesas, en 1852 se trasladó a Montevideo, Uruguay, y más tarde se estableció en Entre Ríos, donde se dedicó a la daguerrotipia y a la agrimensura. En 1858 fue nombrado director del Colegio de San Miguel de Tucumán, donde desarrolló una obra renovadora de los sistemas pedagógicos. En 1860 se dedicó al periodismo, publicando proyectos de reglamentos sobre instrucción pública en diarios de la provincia de Tucumán. Por ofrecimiento del vicepresidente de la República, Marcos Paz, fue director y, años más tarde, rector del Colegio Nacional de Buenos Aires. En esa función transformó la enseñanza, introduciendo las nuevas ideas cientificistas que provenían de Europa y planeó la educación primaria, secundaria y universitaria. Fue un renovador de la enseñanza en la Argentina” (1). 
Miguel Canè nos ha dejado en Juvenilia (2) testimonio de su admiración por Jacques. A las figuras del grotesco enfermero italiano y los temibles quinteros vascos, contrapone la grandiosidad del profesor, sìmbolo de la inmigraciòn anhelada por los hombres del 80. Destaca su loable acciòn académica: “El estado de los estudios en el Colegio era deplorable, hasta que tomó su dirección el hombre más sabio gue hasta el dia haya pisado tierra argentina. Sin documentos a la vista para rehacer su biografia de una manera exacta, me veo forzado a acudir simplemente a mis recuerdos, que, por otra parte, bastan a mi objeto. Amedèe Jacques pertenecìa a la generaciòn que al llegar a la juventud encontrò a la Francia en plena reacciòn filosòfica, cientìfica y literaria. La filosofía se había renovado bajo el espíritu liberal del siglo, que, dando acogida imparcial a todos los sistemas, al lado del cartesianismo estudiaba a Bacon, a Espinosa; a Hobbes, Gassendi y Condillac, como a Leibnitz y a Hegel, a Kant y a Fichte, como a Reid y Dugal-Stewart”.
“De ahí había nacido el eclecticismo ilustrado por Cousin, sistema cuya vaguedad misma, cuya falta de doctrina fundamental, respondía maravillosamente a las vacilaciones intelectuales de la época. Jouffroy había abierto un surco profundo con sus estudios sobre el destino humano, algunas de cuyas páginas están impregnadas de un sentimiento de desesperanza, de una desolación más profunda, alta y sincera que las paradojas de Schopenhauer o los sistemas fríamente construidos de Hartmann. Maine de Biran dejaba aquellas observaciones sobre nuestra naturaleza moral, que admirarán siempre como los grandes caracteres de Shakespeare. Villemain hacía cuadros inimitables de estilo y erudición; Guizot enseñaba la historia que Thiers escribía; la pléyade hacia versos, dramas y novelas; Delacroix, Scheffer y Gérome, pintura; Clésinger y Pradier, estatuaria; Lamartine, Berryer, Thiers, etcétera, discursos; Rossini, Méyerbeer, Halévy, música, y Arago, Ampere, Gay-Lussac, C. Bernard, Chevreuil, daban, a la ciencia vida, movimiento y alas. Amédée Jacques habíá crecido bajo esa atmósfera intelectual, y la curiosidad de su espíritu le llevaba al enciclopedismo. A los treinta y cinco años era profesor de filosofía en la Escuela Normal y había escrito, bajo el molde ecléctico, la psicología más admirable que se haya publicado en Europa. El estilo es claro, vigoroso, de una marcha viva y elegante; el pensamiento sereno, Ia lógica inflexible y el método perfecto. Hay en ese manual, que corre en todas las manos de los estudiantes, páginas de una belleza literaria de primer orden, y aún hoy, quince años después de haberlo leído, recuerdo con emoción los capítulos sobre el método y la asociación de ideas”.
“Al mismo tiempo, el joven profesor se ocupaba en las ediciones de las obras filosóficas de Fenelón, Clarke, etcétera, únicas que hoy tienen curso en el mundo científico”.
“Pero Jacques no era uno de esos espíritus frios, estériles para la acción, que viven metidos en la especulación pura, sin prestar oído a los ruidos del mundo y sin apartar su pensamiento del problema, como Kant, en su cueva de Koenigsberg, levantando un momento la cabeza para ver la caída de la Bastilla, y volviéndola a hundir en la profundidad de sus meditacioncs, como el fakir hindú que, perdido en la contemplación de Brahma y susurrando su eterno e inefable monosílabo, ignora si son los tártaros o los mongoles, Tamerlán o Clive, los que pasan como un huracán sobre las llanuras regadas por el río sagrado Jacques era un hombre y tenía una patria que amaba; quería que; como el espíritu individual se emancipa por la ciencia y el estudio, el espíritu colectivo de la Francia se emancipara por la libertad. Hasta el último momento, al frente de su revista La libertad de pensar, como al pie de la última bandera que flamea en el combate, luchó con un coraje sin igual”.
“El 2 de diciembre, como a Tocquevillc, como a Quinet, como a Hugo, lo arrojó al extranjero, pobre, con el alma herida de muerte y con la visión horrible de su porvenir abismado para siempre en aquella bacanal”.
Evoca el exilio del francés: “Tomó el camino del destierro y llegó a Montevideo, desconocido y sin ningún recurso mecánico de profesión; lo sabía todo, pero le faltaba un diploma de abogado o de médico para poder subsistir”.
“Abrió una clase libre de física experimental, dándole el atractivo del fenómeno producido en el acto; aquello llamó un momento la atención”.
“Pero se necesitaba un gabinete de física completo, y los instrumentos eran caros”.
“Jacques los reemplazaba con una exposición luminosa y por trazados gráficos; fue inútil. La gente que allí iba quería ver la bala caer al mismo tiempo que la pluma en el aparato de Hood, sentir en sus manos la corriente de una pila, hacer sonar los instrumentos acústicos y deleitarse en los cambiantes del espectro, sin importarle un ápice la causa de los fenómenos. Dejaban la razón en casa y sólo llevaban ojos y oídos a la conferencia”.
“Un momento Jacques fue retratista, uniéndose a Masoni, un pariente político mío, de cuyos labios tengo estos detalles. Florecía entonces la daguerrotipia, que, con razón, pasaba por una maravilla. Fue en ese época que llegó, en un diario europeo, una noticia muy sucinta sobre la fotografia, que Niepce acababa de inventar, siguiendo indicaciones de Talbot. Jacques se puso a la obra inmediatamente, y al cabo de un mes de tanteos, pruebas y ensayos, Masoni, que dirigía el aparato como más práctico, lleno de júbilo mostró a Jacques, que servía de objetivo, sus propios cuellos blancos, única imagen que la luz caprichosa había dejado en el papel. Pero ni la fotografía, que más tarde perfeccionaron, ni la daguerrotipia, que lc cedía el paso, como el telégrafo de señales al de electricidad, daban medios de vivir”.
“Jacques se dirigió a la República Argentina, se hundió en el interior, casóse en Santiago del Estero, emprendió veinte oficios diferentes, llegando hasta fabricar pan, y por fin tuvo el Colegio Nacional de Tucuman el honor de contarlo entre sus profesores. Fueron sus discípulos los doctores Gallo, Uriburu, Nougués y tantos otros hombres distinguidos hoy, que han conservado por él una veneración profunda, como todos los que hemos gozado de la luz de su espíritu”. 
“Llamado a Buenos Aires por el Gobierno del General Mitre, tomó la dirección de los estudios en el Colegio Nacional, al mismo tiempo que dictaba una cátedra de física en la Universidad. Su influencia se hizo sentir inmediatamente entre nosotros. Formuló un programa completo de bachillerato en ciencias y letras, defectuoso tal vez en un solo punto: su demasiada extensión. Pero M. Jacques, habituado a los estudios fuertes, sostenía que la inteligencia de los jóvenes argentinos es más viva que entre los franceses de la misma edad y que por consiguiente podíamos aprender con menor esfuerzo”.
“Era exigente, porque él mismo no se economizaba; rara vez faltó a sus clases y muchas, como diré más adelante, tomó sobre sus hombros robustos la tarea de los demás”.
“Mis recuerdos, vivos y claros, en todo lo que al maestro querido se refiere, me lo representan con su estatura elevada, su gran corpulencia, su andar lento, un tanto descuidado, su eterno traje negro y aquellos amplios y enormes cuellos abiertos, rodeando un vigoroso pescuezo de gladiador”.
“La cabeza era soberbia; grande, blanca, luminosa, de rasgos acentuados. La calvicie le tomaba casi todo el cráneo, que se unía, en una curva severa y perfecta, con la frente ancha y espaciosa, surcada de arrugas profundas y descansando como sobre dos arcadas poderosas, en las cejas tupidas que sombreaban los ojos hundidos y claros, de mirar un tanto duro y de una intensidad insostenible; la nariz casi recta, pero ligeramente abultada en la extremidad, era de aquel corte enérgico que denota inconmovible fuerza de voluntad”.
“En la boca, de labios correctos, había algo de sensualismo; no usaba más que una ligera patilla que se unia bajo la barba acentuada y fuerte, como las que se ven en algunas viejas medallas romanas”.
“M. Jacques era áspero, duro de carácter, de una irascibilidad nerviosa, que se traducía en acción con la rapidez del rayo, que no daba tiempo a la razón para ejercer su influencia moderadora. "No puedo con mi temperamento", decía él mismo, y más de una amargura de su vida provino de sus arrebatos irreflexivos. No conseguía detener su mano, y entre todos los profesores fue el unico al que admitíamos usara hacia nosotros gestos demasiado expresivos. Un profesor se había permitido un día dar un bofetón a uno de nosotros, a Julio Landivar, si mal no recuerdo, y éste lo tendió a lo largo de un puñetazo de la familia de aquel con que Maubreil obsequió a M. de Talleyrand; otra vez desmayamos de un tinterazo en la frente a otro magister que creyó agradable aplicarnos el antiguo precepto escolar; pero jamás nadie tuvo la idea sacrílega de rebelarse contra Jacques. Bajo el golpe inmediato solíamos protestar, arriesgando algunas ideas sobre nuestro carácter de hombres libres, etcétera. Pero una vez pasado el chubasco, nos decíamos unos a otros, los maltratados, para levantarnos un poco el ánimo. ‘Si no fuera Jacques!’... ¡Pero era Jacques!”.
Alfredo Cossón nació en París en 1820 y falleció en Buenos Aires en 1881. “Tras residir en Bolivia, llegó a la Argentina en 1854, con una máquina de daguerrotipo (primer proceso fotográfico de aplicación comercial). Vivió en Salta, Tucumán y Buenos Aires y dictó cursos de Historia y Geografía en el Colegio Nacional de Tucumán, que dirigía Amadeo Jacques. El 5 de octubre de 1871, el presidente Domingo F. Sarmiento lo designó miembro de la Comisión Nacional de Escuelas y participó activamente en el desarrollo de los planes de reforma educacional. Su Curso completo de Geografía fisica, politica e histórica de la República Argentina se convirtió en libro de texto obligatorio en los colegios. Precursor de la fotografía en el país, Cossón fue pionero del uso del daguerrotipo en Salta, técnica que había aprendido con Amadeo Jacques. Fue, además, rector del Colegio Nacional de Buenos Aires durante 16 años” (3).
Cané relata el recuerdo que un condiscípulo tiene de Cosson: “No hace mucho tiempo, al entrar en una oficina secundaria de la administración nacional, vi a un humilde escribiente cuyo cabello empezaba a encanecer, gravemente ocupado en trazar rayas equidistantes en un pliego de papel. Como tuve que esperar, pude observarle. Cada vez que concluía una línea dejaba la regla a un lado, sujetándola para que no rodara, con un pan de goma; levantaba la pluma, e inclinando la cabeza como el pintor que después de un golpe de pincel se aleja para ver el efecto, sonreía con satisfacción. Luego, como fascinado por el paralelismo de sus rayas, tomaba de nuevo la regla, la pasaba por la manga de una levita raída, cuyo tejido osteológico recibía con agrado ese apunte de negrura, la colocaba sobre el papel y con una presión de mano, serena e igual, trazaba una nueva paralela con idéntico éxito. Ese hombre, allá en los años de colegio, me había un día asombrado por la precisión de claridad con que expuso, tiza en mano, el binomio de Newton. Había repetido tantas veces su explicación a los compañeros más débiles en matemáticas que al fin perdió su nombre para no responder sino al apodo de ‘Binomio’. Le contemplé un momento, hasta que levantando e su vez le cabeza, naturalmente después de una paralela ‘réussie’, me reconoció. Se puso de pie, en una actitud indecisa; no sabía la acogida que recibiría de mi parte. Yo había sido nombrado ministro, no sé dónde!, !y él!... Me enterneció y lancé un: !!Binomio!! abriendo los brazos, que habría contentado a Orestes en labios de Pílades. Me abrazó de buena gana y nos pusimos a charlar”. 
“-¿Y qué tal, "Binomio", cómo va la vida?”.
“-Bien; estuve,cinco años empleado en la aduana del Rosario, tres en la policía, y como mi suegro, con quien vivo, se vino a Buenos Aires, busqué aquí un empleo y en él me encuentro desde que llegamos”.
“-¿Y las matemáticas? ¿Cómo no te hiciste ingeniero o algo así? Tú tenías disposiciones..”
“-Sí, pero no sabía historia”.
“-Pero no veo, ‘Binomio’, la necesidad de saber si Carlos X de Francia era o no hijo de Carlos IX para hacer un plano”.
“-Desengáñate, el que no sabe historia no hace camino. Tú eras también bastante fuerte en matemáticas; dime, cuantas veces, desde que saliste del colegio, has resuelto una ecuación o has pronunciado solamente la palabra "coseno"?
“-Creo que muy pocas, ‘Binomio’ “.
“-Y, en cambio (¡oh! !yo te he seguido!), en artículos de diario, en discursos, en polémicas, en libros, creo, has hecho flamear la historia. Si hasta una cátedra has tenido con sueldo, no es así?”
“-Si, ‘Binomio’ “.
“- Con que placer te oigo! ¡Ya nadie me dice ‘Binomio’ ! Y, sabes quien tuvo la culpa de que yo no supiera historia? Cosson, tu amigo Cosson, quien tenía la ocurrencia de enseñarnos la historia en francés”.
“-No seas injusto, ‘Binomio’: era para hacernos practicar”.
“-Convenido, pero no practica sino el que algo sabe, y yo no sabía una palabra de francés. Así, la primera vez que me preguntó en clase, se trataba de un rey cuyo nombre sirvió mas tarde de apodo a un correntino que para decirlo estiraba los labios una vara. Era muy difícil”.
“-Ya me acuerdo: Tulius Hostilius”.
“-Eso es. Quise pronunciarlo, la clase se rió, creo que con razón, porque, a pesar de habértelo oído, no me atrevería a repetirlo; yo me enojé, no contesté nunca y por consiguiente no estudié historia. ¡Animal! Así, mi hijo, que tiene seis años, empieza a deletrear un Duruy. No hay como la historia, y sino, mira a todos los compañeros que han hecho carrera” (4).
En esa época –afirma Carlos Ibarguren en La historia que he vivido- aparecían millonarios que pocos años antes habían llegado al país sin un centavo en el bolsillo o con muy poco capital. Era el caso de Carlos Casado del Alisal, español; de Pedro Luro, vasco francés; de Ramón Santamarina, vasco español; de Eduardo Casey, irlandés, propietarios todos ellos de enormes extensiones de campo; o de Nicolás Mihanovich, dálmata, que empezó como botero y ya era dueño de varias empresas de transporte fluvial, algunas con sede en Londres; o de Antonio De Voto, italiano, fundador de un barrio en Buenos Aires, al igual que Rafael Calzada, español, o de Francisco Soldati, italiano y muchísimos más cuyos apellidos hoy figuran en los rangos de la más alta sociedad” (5).
“El 24 de septiembre de 1940, en ocasión de cumplir los ochenta años, el Sr. Bernardo Lalanne hacía conocer sus memorias de primitivo poblador de nuestra zona: "Nací e1 24 de septiembre de 1860 en la parroquia de Préchacque Josbaig, situada en los Bajos Pirineos (Francia). Alli pemanecí hasta la edad de doce años y nueve meses, de los cuales, tres en la escuela. En 1870 entró en guerra Francia con Alemania y en esa contienda falleció mi padre, que se llamaba Francisco.
En aquella oportunidad tambien Francia perdió la guerra y debió capitular. Napoleón III se entregó con sus ejercitos de acuerdo con sus generales Macmahon y Bassena y desde entonces es República.
En el año 1873 me vine a este hermoso pais, la Argentina, con otros parientes del mismo pueblo, viajando bajo el cuidado de ellos hasta Buenos Aires. Aqui permanecieron ellos y yo me trasladé al pueblo de Azul, donde tenia un tio de nombre Bartolo Bayle. En aquel tiempo el ferrocarril del Sud llegaba hasta Las Flores y desde alli se venia en galera hasta Azul.
El Azul. El Azul, en aquel entonces, era una población muy chica, de unos dos mil habitantes cristianos y estaba rodeada de las indiadas de los caciques Catriel - Cipriano y Juan Jose - y otros capitanejos más que tenian sus tolderias a ambas margenes del arroyo Nievas y en Sierra Chica, en la laguna Burgos. Un cacique importante tambien en aquel tiempo era Manuel Grande, el que tenía mucha indiada a su mando.
Las ocupaciones de los indios. Las principales ocupaciones a que se dedicaban los indios eran las de bolear avestruces y acarrear sal desde las Salinas Grandes, la que conducían en bolsas de cuero que ellos mismos confeccionaban, sobre los lomos de las grandes tropillas de caballos que arreaban hasta llegar al Azul, donde la vendian a los comerciantes por poco mas que nada. Tambien se dedicaban a juntar maiz, a esquilar cuando era la epoca de las ovejas, que existían en poca cantidad, y a matar mulitas y perdices para vender.
También vendian matras y ponchos que las chinas tejian en telares que ellos mismos hacían. Eran tejidos muy bien hechos y los teñian con yuyos que ellas mismas preparaban con los que sabían efectuar bellos dibujos. Estos colores eran de una firmeza y duracion extraordinaria, no perdiendo jamás su brillo y su apariencia vistosa” (6).
En su autobiografía, titulada Con pasión. Recuerdos de un coleccionista (7), afirma Jorge Helft: "No tengo la pretensión de contar, siquiera mínimamente, la Segunda Guerra Mundial. De alguna manera todo parece haber sido dicho. Pero una pregunta suele venirme una y otra vez a la cabeza. ¿Qué fue la guerra, en verdad, para los niños, al menos para los niños como Bichou y yo, hijos de dos padres que habían conseguido escapar al infierno de Europa y se desvivían por ahorrarnos, tanto como pudieran, su sufrimiento y angustia? ¿De qué modo flotaba, silenciosa, por así decirlo, en las entrelíneas de nuestras vidas? ¿De qué modo, igualmente callado y misterioso, perdura en la memoria, y nos influye hoy, que somos todos viejos? ¿Y pasó esa memoria de nosotros los niños, a nuestros hijos y nietos?" (8).

Notas
1 Varios autores: Enciclopedia Visual de la Argentina. Buenos Aires, Clarín, 2002.
2 Cané, Miguel: Juvenilia. Buenos Aires, CEAL, 1980.
3 Varios autores: Enciclopedia Visual de la Argentina. Buenos Aires, Clarín, 2002.
4 Cané, Miguel: op. cit.
5 Ibarguren, Carlos: La historia que he vivido. Buenos Aires, Biblioteca Dictio, 1977.
6 Lalanne, Bernardo: fragmento del texto publicado en “MEMORIAS Sección dedicada a los antiguos pobladores que dejaron escritos sus recuerdos”, en Archivo Histórico Alberto y Fernando Valverde, Municipalidad de Olavarría, Secretaría de Gobierno, Año 1997, Revista N°3.
7 Helft, Jorge: Con pasión. Recuerdos de un coleccionista. Buenos Aires, Ediciones de la Flor, 2007.
8 Helft, Jorge: fragmento incluido en La Nación Revista, 22 de julio de 2007.

Galeses

Eluned Morgan nació en alta mar en 1869. “Hija de un colono galés, organizador del primer grupo que llegó a la Patagonia en 1865, se crió en el valle y fue enviada a Europa para completar sus estudios y dedicarse a la enseñanza en Chubut. Creó escuelas para niñas en Trelew y Gaiman. Posteriormente tuvo a su cargo el periódico Y Drafod, fundado por su padre y aún existente. Comenzó a mostrar sus aptitudes literarias en la composición de Eistedffod, piezas literarias de la tradición galesa, a partir de 1891. Publicó cuatro libros: Algas marinas, En tierra y mar, Los hijos del sol y Hacia los Andes, los tres primeros escritos en galés y el último en castellano, escrito originalmente en galés. Falleció en 1938” (1). 
Escribe Ema Wolf, a partir de una investigación de Cristina Patriarca: “Una figura relevante de la comunidad fue Eluned Morgan. La hija menor de Lewis Jones llegó a cursar estudios en Londres y tuvo un lugar destacado en la vida cultural de los galeses en la Patagonia. Fue maestra y redactora del periódico I Dravod, ‘El Mentor’. Las fotos viejas muestran a una muchacha rolliza, de facciones apacibles, tocando el arpa en pose clásica. Muy anciana ya, de vuelta en su tierra natal, escribió sus memorias. Con una prosa entusiasta pintó su vida de adolescente en el Chubut y en particular un viaje que hizo desde la costa al Valle Encantado de la cordillera para llevar telas, azúcar, té, carne salada y herramientas a los setenta colonos que apenas un año antes se habían instalado allí” (2).

Notas
1. Sosa de Newton, Lily: Diccionario Biográfico de Mujeres Argentinas. Buenos Aires, Plus Ultra, 1986. 
2. Wolf, Ema y Patriarca, Cristina: La gran inmigración. Buenos Aires, Sudamericana, 1991.

Holandeses

“En mayo de 1889, el vapor Leerdam trajo a los primeros inmigrantes holandeses a la Argentina. En este barco llegó, a los 10 años, Diego Zijlstra, quien en su libro, Cual ovejas sin pastor, recuerda su llegada: ‘Desde el vapor hasta la costa tuvimos que navegar en lancha y carro unos diez kilómetros soplando un viento de invierno que nos penetraba hasta la médula de los huesos. Ya estábamos en la tercera semana de junio... Verano en el hemisferio Norte. Pero invierno aquí... Engarrotados de frío y medio hambrientos pisamos por fin tierra argentina. Desde Buenos Aires, y previo paso por el Hotel de Inmigrantes, un grupo llegó en tren hasta Tres Arroyos, mientras que otros se instalaron en Cascallares, en la llamada Colonia del Castillo” (1).

Notas
1. S/F: “Historia de pioneros”, en Clarín, Buenos Aires, 2 de febrero de 2002.

Ingleses

En su Autobiografía, Jorge Luis Borges recuerda a su abuela inglesa: “Frances Haslam era una gran lectora. Cuando ya había pasado los ochenta, la gente le decía, para ser amable con ella, que ya no había escritores como Dickens y Thackeray. Mi abuela contestaba: ‘ Sin embargo, yo prefiero a Arnold Bennett, Galsworth y Wells’ ” (1).

Notas
1. Borges, Jorge Luis: Autobiografía, citado en Hadis, Martín: Literatos y Excéntricos Los ancestros ingleses de Jorge Luis Borges. Buenos Aires, Sudamericana, 2006.

Irlandeses

Maggie Pool es la autora de Where the devil lost his poncho (1) obra en la que evoca el medio siglo que transcurre a partir de su llegada a la Argentina, “no bien terminada la guerra, como modesta secretaria de un organismo británico, casi con lo puesto y con sólo doce libras esterlinas, que era la máxima cantidad de dinero que se permitía sacar de Inglaterra en aquel momento de crisis”. 
En la nueva tierra, Pool “queda deslumbrada por la riqueza que ve en Buenos Aires, por el tamaño de los bifes y los postres de un simple restaurant, donde se come lo que ninguna familia inglesa veía desde hacía años”. 
“Nada disminuye su amor por la segunda patria. Con los años se traslada a vivir a Bariloche y, por fin, al valle de El Bolsón. La Patagonia la atrapó y parece ser su punto de residencia definitiva en su larga vida iniciada –allá lejos y hace tiempo pero al revés que Hudson- en Irlanda y Escocia. ‘Aquí está el paraíso’, resume sobre el final. Lo transmite con la certidumbre de quien ha sabido ver mucho más allá de las vicisitudes de la vida cotidiana” (2).

Notas
1. Pool, Maggie: Where the devil lost his poncho. Edimburgo, The Pentland Press, 1997. 
2. Sopeña, Germán: “Tierra lejana”, en La Nación, Buenos Aires, 13 de julio de 1997.

Italianos

Friulanos

Juan Faccioli, pionero friulano, fue uno de los “integrantes de aquella primera migración que dejaron testimonios escritos”: “Según Faccioli, al llegar al Hotel de Inmigrantes se enteraron de que estaban destinados al Territorio Nacional del Chaco, donde les darían tierras que estaban habitadas por aborígenes. Algunos huyeron del Hotel de Inmigrantes, pero luego de vagar sin conseguir trabajo ni comida volvieron y aceptaron llegar a Reconquista y, desde allí, a una colonia que se formaría al otro lado del arroyo El Rey” (1).

Ligurinos

María Esther Podestá es la autora de Desde ya y sin interrupciones, obra en la que destaca que, de los Podestá actores, el único que debe ser considerado argentino por derecho de suelo es su abuelo, Jerónimo Bartolomé. Los demás nacieron en Montevideo, adonde había marchado la pareja de inmigrantes ligurinos, atemorizada por el rumor de un degüello de gringos durante la época rosista: “La familia permaneció en Montevideo desde 1851 –dice la actriz-, allí nacieron mi tío-abuelo Pedro, Juan José (Pepe), Juan Vicente, Graciana, Antonio Domingo, y Cecilio Pablo, quien artísticamente suprimiría su primer nombre” (2).

Lombardos

Martina Gusberti es la autora de El laúd y la guerra (3), obra en la que evoca un viaje a Italia que realiza junto a su padre y su marido, en 1982. No era esa la primera vez que el inmigrante regresaba a su tierra; él dice: “¡Qué bello volver a Italia, visitar los lugares en los que luché durante la primera guerra mundial, recorrerlos paso a paso, ver cómo estará hoy...!”. 
La hija, nacida como él en esa tierra, se pregunta acerca de la motivación que impulsa con tanta fuerza al padre; se cuestiona “ese afán por volver al pasado, no sé si para fijarlo en el hoy o sólo para retroceder a él. Quizás, ganas de detener el tiempo que se le escurría entre las canas; o de no morir, sin mimetizarse definitivamente con el paisaje”.

Piamonteses

"Eugenia Sacerdote trabajó hasta que sus ojos se lo permitieron. Produjo muchos artículos, recibió premios y nunca le gustó hablar demasiado de los honores. Hace un año decidió grabar sus recuerdos: quería dejar un testimonio de su vida para sus nietos, que supieran cómo fue la Italia del fascismo. Pero lo que iba a ser un texto familiar fue pasando de manos y se convirtió en un pequeño libro: De los Alpes al Río de la Plata, editado por Leviatán" (4).

Trentino

En Mendoza, Alcides Bianchi y sus amigos jugaban a la pelota: “En el barrio teníamos dos ‘canchas’ para jugar a la pelota –recuerda-. Una estaba ubicada al fondo de la quinta de papá, sobre la calle Civit y la otra al lado de la carnicería de Don Molinuevo, a media cuadra de casa, sobre la Cmte. Torres. Teníamos fijada una hora para hacer los partidos en las tardes, cuando ya habíamos hecho los deberes de la escuela. Allí nos juntábamos los chicos del barrio, de distintas edades, formando los dos equipos y generalmente a los más pequeños nos tocaba ser arqueros” (5).

Sin mención de origen

En Juvenilia, Miguel Cané –cuyo nombre se recuerda vinculado con la Ley de Residencia- evoca al enfermero que trabajaba en el Colegio Nacional de Buenos Aires: “Era italiano y su aspecto hacìa imposible un càlculo aproximativo de su edad. Podìa tener treinta años, pero nada impedìa elevar la cifra a veinte unidades màs. Fue siempre para nosotros una grave cuestiòn decir si era gordo o flaco. (...) Empezaba su individuo por una mata de pelo formidable que nos traìa a la idea la confusa y entremezclada vegetaciòn de los bosques primitivos del Paraguay, de que habla Azara; veìamos su frente, estrecha y deprimida, en raras ocasiones y a largos intervalos, como suele entreverse el vago fondo del mar, cuando una ola violenta absorbe en un instante un enorme caudal de agua para levantarlo en espacio. Las cejas formaban un cuerpo unido y compacto con las pestañas ralas y gruesas como si hubieran sido afeitadas desde la infancia. La palabra mejilla era un ser de razòn para el infeliz, que estoy seguro jamàs conociò aquella secciòn de su cara, oculta bajo una barba, cuyo tupido, florescencia y frutos nos traìa a la memoria un ombù frondoso”.
“El cuerpo, como he dicho, era enjuto; pero un vientre enorme despertaba compasiòn hacia las dèbiles piernas por las que se hacìa conducir sin piedad. El equilibrio se conservaba gracias a la previsiòn materna que lo habìa dotado de dos andenes de ferrocarril, a guisa de pies, cuyo envoltorio, a no dudarlo, consumìa un cuero de baqueta entero. Un dìa, nos confiò en un momento de abandono, que nunca encontraba alpargatas hechas y que las que obtenìa, fabricadas a medida, excedìan siempre los precios corrientes”.
Recuerda el personal castellano del enfermero: “Debìa haber servido en la legiòn italiana durante el sitio de Montevideo o haber vivido en comunidad con algùn soldado de Garibaldi en aquellos tiempos, porque en la època en que fue portero, cuando le tocaba despertar a domicilio, por algùn corte inesperado de la cuerda de la campana, entraba siempre en nuestros cuartos cantando a voz en cuello, con el aire de una diana militar, este verso (!) que tengo grabado en la memoria de una manera inseparable a su pronunciaciòn especial: Levàntasi, muchachi,/ que la cuatro sun/ e lo federali/ sun venì a Cordun. Perdiò el gorjeo matinal a consecuencia de un reto del señor Torres que, hacièndole parar el pelo, le puso a una pulgada de la puerta de calle”. 
Sobre sus aptitudes para el trabajo, afirma: “Como prototipo de torpeza, nunca he encontrado un spècimen màs completo que nuestro enfermero. Su escasa cantidad de sesos se petrificaba con la presencia del doctor, a quien habìa tomado un miedo feroz y de cuya conciencia mèdica hablaba pestes en sus ratos de confidencia” (6).
En sus Memorias, escribe Lucio V. Mansilla: "Este San Pío era italiano, casado, muy bonachón y cariñoso. Sus quesos de Goya, y particularmente sus chorizos, allí a la vista, tenían fama(...) No sabía leer ni escribir, ni hablaba italiano, ni español, ni genovés, ni dialecto itálico alguno, sino una media lengua suya propia; y a fuerza de oírse llamar San Pío por sobrenombre, llegó a olvidarse de su verdadero patronímico. (...) Una vez, teniendo que prestar declaración con motivo de un bochinche, le preguntó a la mujer: - Che, ¿cómo me llamo yo? - San Pío - No, le nombre de Italia - ¡Ah!, está en el baúl (quería decir en el pasaporte)" (7).
Carlos Ibarguren, en La historia que he vivido, recuerda un festejo de inmigrantes: “el casamiento fue celebrado con una fiesta en la modesta casa del barrio en que vivía la novia. Concurrió allí invitado el elemento gringo de la vecindad con sus respectivas familias –algunas con hijos argentinos- y varios amigos de Darío, entre los que yo me contaba. Se bailó animadamente hasta la madrugada en el patio, al compás del acordeón, ocarina y flauta; de la cocina, donde se jugaba a la morra, partían vociferaciones en italiano, mientras el moscato y el nebiolo espumante enardecían los ánimos sin distinción de edad, sexo ni nacionalidad; y aún recuerdo cómo nos atrajo a los muchachos la bella Carlota, hermana del desposado, que resultó esa noche, reina indiscutida de aquel regocijo meridional” (8).

En conjunto

En sus Memorias, Lucio V. Mansilla escribe: “El italiano no había comenzado aún su éxodo de inmigrante” (9).

Notas
1 S/F: “Friulanos sobre el Paraná”, en La Nación Revista, Buenos Aires, 29 de julio de 2001.
2 Podestá, María Esther: Desde ya y sin interrupciones. Buenos Aires, Corregidor, 1985.
3 Gusberti, Martina: El laúd y la guerra. Buenos Aires, Vinciguerra, 1996.
4 Ferrari, Andrea: "La luces de Eugenia", en Página/12, 30 de abril de 2006.
http://www.pagina12.com.ar/diario/sociedad/3-66272-2006-04-30.html
5 Bianchi, Alcides J.: Aquellos tiempos... Buenos Aires, Marymar, 1989.
6 Cané, Miguel: Juvenilia. Buenos Aires, CEAL, 1980.
7 Mansilla, Lucio V.: Mis memorias, citado en www.oniescuelas.edu.ar.
8 Ibarguren, Carlos: La historia que he vivido. Buenos Aires, Biblioteca Dictio, 1977.
9 Mansilla, Lucio V.: Mis memorias

Polacos

El 21 de agosto de 1939, el escritor Witold Gombrowicz desembarcó en Buenos Aires; había sido invitado a la travesía inaugural del transatlántico Chorbry. El estallido de la segunda guerra mundial y la invasión de Polonia por las tropas alemanas lo obligaron a desterrarse; fue así como un corto viaje se transformó en un exilio de más de veinte años. 
Durante esos años, Gombrowicz vivió la difícil experiencia de integrarse a un país nuevo, que suscitaba en él juicios personalísimos referidos a diversos aspectos de su cultura. El extranjero nos observaba y surgía la inevitable comparación con la tierra que había abandonado; de esa comparación, algunas veces salíamos beneficiados, otras no. Alrededor de 1960, Radio Europa Libre le encargó que ofreciera una serie de charlas destinadas a sus compatriotas; Peregrinaciones argentinas (1) recoge aquellas referidas a nuestro país y a su realidad política y económica, así como también a sus bellezas naturales. 
A nuestro criterio, son tres los temas que pueden considerarse fundamentales en estas charlas. En primer lugar, la confrontación entre polacos y argentinos; algunos rasgos nuestros desconciertan al autor, ya que no logra entenderlos. Sobre la forma de encarar las dificultades, afirma: “Todas esas noticias me habrían aterrorizado de verdad si las hubiese leído en un periódico europeo, pero desde aquí todos esos sobresaltos toman un aire exótico, como si no se refiriesen a la Argentina, sino precisamente a Europa u otro continente lejano. Los paisajes de nuestra nación despertaron también la admiración del escritor; para dar una idea más clara de cuanto describe a sus oyentes polacos, habla de los ríos y los lugares argentinos comparándolos con aquellos que los radioescuchas conocen directamente. Por último, cinco capítulos se ocupan del existencialismo, al que Gombrowicz analiza en Polonia y en América. 
Con la amenidad típica de una exposición destinada a un público amplio y distante, las charlas del autor de Ferdydurke plantean importantes cuestiones para pensar, en un mundo convulsionado por sus contrastes y sus confusas ambiciones.
En Postales Imaginarias/2. Nuevos viajes alrededor de la Tierra antes de Internet, Ricardo Feierstein no refleja sólo la historia de sus mayores, sino asimismo la suya propia y la de quienes lo rodean, a través de una diversificada gama de recursos estilísticos. 
Encontramos aquí al autobiógrafo, que se refiere con nostalgia y ternura a Villa Pueyrredón, barrio al que llama -en una dedicatoria a Humberto Costantini- la “patria común” de ambos. En una visión retrospectiva, que se inicia en 1957 y se cierra en 1945, recuerda su adolescencia y su infancia –así, de acuerdo al recurso temporal elegido-, en las que tienen incidencia el despertar sexual, la familia, las raíces que llegan en la forma de viejos discos encontrados fortuitamente... 
El autor aparece también en el episodio acaecido en Córdoba, en 1963, en el que a una provocación antisemita le sucede un insulto, luego una puñalada; en fin, la historia de siempre, aunque cambien los personajes. Cuenta en “Primera sangre”: “teníamos un poco de miedo, pro mezclado con sorpresa, esa sorpresa producida por algo inesperado, uno de esos hechos que escapan a la rutina y desconciertan; no entendíamos por qué gritaron “heil Hitler” cuando pasaron marchando con paso rígido por el camino, vociferaron una, dos, tres veces, cerca de nuestro grupo que conversaba y cantaba sentado en el césped. Y nos levantamos de un salto, porque esas voces recordaban una noche turbulenta, ancianos y niños marchando arracimados, aterrorizados; viejos rabinos con expresión de horror, fuego, sangre, una horrible pesadilla que habían contado nuestros mayores y que guiñaba sus ojos en las películas” (2).
Felipe Fistemberg Adler relata en sus memorias que, en Moisés Ville, provincia de Santa Fe, “Cuando llegaban las fiestas patrias, el pueblo se vestía de gala, las ventanas lucían banderas azules y blancas y a la plaza San Martín, en el centro del poblado, concurría toda la población luciendo la escarapela y manifestando con orgullo su agradecimiento a la nueva patria. Por ser uno de los más altos, y seguramente porque mamá me almidonaba para la ocasión el guardapolvo, ya en los grados superiores las maestras me elegían abanderado, y escoltado por otros niños caminando entre aplausos y cálidas sonrisas nos dirigíamos a la plaza. Las autoridades y los directores de todas las instituciones pronunciaban emotivos discursos. Se cerraba el acto con un esperado reparto de golosinas entre los chicos. Con premura, nos despojábamos de los guardapolvos y corríamos al bosque de eucaliptos frente a la administración de la J.C.A. para ver y participar de la fiesta popular que premiaba a los ganadores, con ponchos, frazadas, camisas, camisetas o pantalones” (3).
En Ropa vieja, Daniel Gelassen evoca afectuosa e inteligentemente a inmigrantes de varias nacionalidades, entre los que se cuenta su padre, polaco (4).

Notas
1. Gombrowicz, Witold: Peregrinaciones argentinas. Madrid, Alianza Tres, 1987.
2. Feierstein, Ricardo: Postales imaginarias/2. Nuevos viajes alrededor de la Tierra antes de Internet. Buenos Aires, Acervo Cultural, 2003. 
3. Fistemberg Adler, Felipe: Moisés Ville Recuerdos de un pibe pueblerino. Buenos Aires, Milá, 2005. 112 pp. (Testimonios). 
4. Schicht, Dora: Nunca digas que esta senda es la final. Buenos Aires, Editorial Milá, 2007, 91 págs.
5. Gelassen, Daniel: Ropa vieja. Buenos Aires, Milá, 2008. 
6. Tempelsman, Ana: A pesar de todo. Buenos Aires, Milá, 2008.

Portugueses

En sus memorias de infancia, Alcides J. Bianchi recuerda al heladero portugués que vendía en Mendoza: “el portugués ‘Lurdeos’, cuyo sobrenombre provenía de su forma de expresarse al ofrecer los helados, con la típica ruleta de la suerte, donde uno pagaba cinco centavos, y tenía el derecho a dos tiros de ella. -¡Chicos!, a probar suerte, van a sacar tantus heladus como lurdeos míos –y levantando su rústica mano derecha mostraba sus dedos en pantalla” (1).

Notas
1. Bianchi, Alcides J.: Aquellos tiempos... Buenos Aires, Maymar, 1989.

Rusos

Marcos Alpersohn fue pionero en la colonia Mauricio, en la provincia de Buenos Aires, y primer cronista de un asentamiento judío en la Argentina. “Dejó escrito su interesante testimonio sobre la llegada al país, en 1891”, en el que manifiesta: “el vapor alemán Tioko me trajo a Buenos Aires de Hamburgo, junto con otros trescientos inmigrantes, después de una travesía de treinta y dos días. Aún antes de que el barco entrara en el puerto, al divisar desde lejos la ciudad envuelta por palmeras, nos sentimos dominados por la alegría. Las madres levantaban en alto a sus pequeñuelos, diciéndoles jubilosamente: -Miren, chicos; ahí está el paraíso, la tierra bella y verde que el bondadoso Barón de Hirsch ha comprado para vosotros” (1). Días después advertirían que la realidad poco tenía que ver con sus expectativas.
En sus memorias, el pampista Mauricio Chajchir relata que en 1891 “se abrió el comité del Barón de Hirsch. Fue una salvación para los judíos y empezó el registro de las familias. Aceptaban solamente familias con hijos varones. Los que no los tenían, se daban maña. Hacían inscribir a un soltero como hijo y la cosa marchaba”. Cuando llegaron fueron alojados en el Hotel de Inmigrantes: "No sé de dónde surgió la versión que los cocineros y el personal eran judíos españoles y por consiguiente todo era kosher. Y ¡ah! Por primera vez durante todo el viaje, todo el pasaje disfrutó de una buena cena. Al día siguiente una comisión de mujeres fue a investigar a la cocina para ver si salaban la carne y se encontraron con una cabeza de cerdo sobre la mesa. Volvieron amargadas y tratando de vomitar lo que habían comido la noche anterior” (2).
Entre los inmigrantes que arribaron a nuestro país llegó Alberto Gerchunoff, de origen ruso, nacido en Tulchin, Vinnitsa, en 1883, quien se estableció con su familia en una colonia de Villaguay, Entre Ríos, después de que el padre fuera asesinado en Moisés Ville, Santa Fe. 
“En aquellos años ya distantes –recuerda en su “Autobiografía” (3), escrita en 1914-, los judíos no emigraban, y la tentativa de colonización del Barón Hirsch iluminaba a los israelitas de Tulchin, como la esperanza mesiánica del retorno al reino de Israel”. 
Se describe a sí mismo vestido a la usanza de la nueva tierra: “como todos los mozos de la colonia, tenía yo aspecto de gaucho. Vestía amplia bombacha, chambergo aludo y bota con espuela sonante. Del borrén de mi silla pendía el lazo de luciente argolla y en mi cintura, junto al cuchillo, colgaban las boleadoras”.
Benedicto Caplán escribe: “El gran cambio en las costumbres de los judíos ortodoxos se produjo cuando la segunda generación en el país, o sea la de mi padre. Así como los de la primera generación todos llevaban largas barbas, salvo algunos elegantes que se las recortaban en punta, los de la segunda generación se afeitaron casi sin excepción, cambiaron sus hábitos alimentarios, adoptando los de los gauchos. La religión se siguió practicando en las grandes fiestas. Aparecieron los primeros gauchos verdaderos: bombachas anchas en lugar de pantalones, faja con tiradores y facón, asados, mate y carreras cuadreras. En la generación tercera, o sea la mía, este tipo humano pintoresco se multiplicó en todas las colonias” (4).
En Babilonia chica, escribe Mito Sela: “Crecí y me desarrollé en un barrio fuera de la Capital, ya provincia, sólo cruzando la Av. Gral. Paz. Este barrio –otro mundo- reunía en sus calles fábricas y galpones de la industria textil, que funcionaban sin descanso 24 horas diarias durante seis días a la semana. Junto a la industria se desarrolló un proletariado textil, formado por italianos, españoles y judíos, fervientes sindicalistas, que en su mayoría se identificaban con los distintos matices de la izquierda hasta la llegada del peronismo” (5).
En Mi Colonia Rusa, escribe Iaacov Kaspin: “La Colonia Rusa de Río Negro cumplía sus veinte años, cuando nací como último nieto de los principales colaboradores en la fundación de la Colonia: Itzjak Locev y Natan Kaspin. 
Mi infancia, con compañeros de mi edad, me traen hermosos recuerdos: bañándonos en el canal de riego o paseando por caminos de tierra, cercados de altas alamedas, en noches de luna, con nuestras amigas ... dichosos de nuestro mundo, convencidos que no hay otro. La rutina del colegio, sinagoga, familia, me llenaba de dicha" (6).

Notas
1. Alpersohn, Marcos: Memorias de un colono argentino, en Judaica N° 50. Tomado de Senkman, Leonardo: La colonización judía. Buenos Aires, CEAL, 1984. 
2. Chajchir, Mauricio: “Viaje al país de la esperanza. Relato de un viajero del Pampa”, en La Opinión, Buenos Aires, 8 de agosto de 1976, reproducido en Asociación de Genealogía Judía de Argentina, Toldot #8. Noviembre de 1998. 
3. Gerchunoff, Alberto: “Autobiografía”, en Feierstein, Ricardo (selecc. y prólogo): Alberto Gerchunoff, judío y argentino. Buenos Aires, Milá 2001. 
4. Caplan shalom www.lavaca.org 
5. Sela, Mito: Babilonia chica. Buenos Aires, Milá, 2006. 112 pp. (Imaginaria). 
6. Kaspin, Iaacov: Mi colonia rusa, por Iaacov Kaspin. Buenos Aires: Mila, 2006.

Suizos

“El 26 de octubre del año 1855 –escribe Roberto Zehnder- abandonamos Basilea, adonde hemos llegado antes del mediodía en omnibus. (N. Del A. Probablemente sea algún tipo de diligencia que lo llevaba desde su pueblo de origen hasta una ciudad importante como lo es Basilea), y nos alojamos en una hostería de nombre "El Buey colorado". (...) La mitad de los pasajeros del "Lord Ranglan" fue trasladado en un barco a vapor chico a Santa Fé y alojados al norte de la ciudad; mientras la otra mitad abandonaba el puerto de Buenos Aires tres días antes de nosotros y llegaron al puerto de Santa Fé al mismo minuto para anclar. En el barco se encontraron Guillermo Hübeli, Ricardo Buffet, Buchard Griboldi, como viajeros del "Lord Reglan" (N. Del A.: Lord Raglan)” (1).

Notas
1. Zehnder, Roberto: "Anotaciones durante mi inmigración, de Suiza a la República Argentina, por Roberto Zehnder, colonizador”, en hugozingerling@educ.ar.

Turcos

Matilde Bensignor es la autora de De miel y milagros (Evocaciones Sefardíes) (1) “un libro que habla de la familia sefardí y reflexiona sobre los valores que hoy, todavía perduran en nuestra cultura judeo-cristiana". Auspician la edición la Embajada de Israel, la Secretaría de Cultura del Gobierno de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires y el Centro de Investigación y Difusión de la Cultura Sefardí. 
En el Prólogo, escribe Arnoldo Liberman: "Matilde Bensignor nos ayuda a través de este entrañable poema existencial tradicionalista y gastronómico –que en esencia este original libro lo es- a desanudar entuertos y a conocer más en profundidad la enorme riqueza del mundo sefardí. En ella la lengua poética, la narración conmovedora, el recorrido biográfico y autobiográfico son predicados de un sujeto que nos enriquece con su proclama cotidiana y que nos demuestra, de manera palpable, que la lengua de los judíos españoles, esa que habla de miel y milagros, no es hija de una expulsión sino la reconciliación de la diferencia. (... ) Alcanzar al otro es estar diariamente cerca de sí mismo, cerca de ese pequeño fragmento de sí mismo que no miente, es decir, al lado del otro, es decir, aprendiendo a amar. De Miel y Milagros nos ayuda en esta hermosa empresa de hacer de la otredad un amigo cercano, y eso es tan valioso en Madrid como en Buenos Aires. Por eso, gracias Matilde, por este libro pleno de encanto y de noble memoria".

Notas 
1. Bensignor, Matilde: De miel y milagros (Evocaciones Sefardíes). Buenos Aires, Editorial Milá, AMIA, 2004.

Ucranios

María Arcuschín escribió De Ucrania a Basavilbaso (1) obra en la que rinde homenaje a sus antepasados y a quienes llegaron a América en busca de un futuro mejor, al tiempo que narra su propia vida en el seno de la colectividad judía entrerriana. Recuerda los relatos familiares sobre la razón que los llevó a emigrar: los antepasados “”Fueron casa por casa, puerta por puerta alertando sobre el peligro del próximo pogrom y la urgencia de partir hacia América en busca de libertad y de paz”. En la obra se observa la incidencia del momento histórico y el ámbito geográfico en los personajes; la presencia de la autora en el texto; la religión y la educación, el trabajo y las diversiones, como así también las reiteradas agresiones que sufrieron los judíos de esa provincia, y las consecuencias que trajeron a la autora y su familia.
Rosalía de Flichman escribió Rojos y blancos. Ucrania (2). En esta obra en evoca su infancia, en la que la amargura era una realidad cotidiana. Las persecuciones, la revolución, la guerra civil, las violaciones y los asesinatos –a los que se suman las inundaciones y el tifus- son el cuadro con el que Rosalía debe enfrentarse a muy corta edad: “Los blancos están en la ciudad, persiguen sin cesar a los judíos. Matan a los hombres, se apoderan de las mujeres jóvenes y hasta de las niñas. Estoy cansada de tanto horror. Y los cambios continúan. Hoy los blancos, mañana los rojos. Como somos despreciables burgueses, estos invaden la casa y nos reducen a dos habitaciones. El hambre se hace sentir, duele”. Agobiada por la tristeza, la niña piensa en el padre, al que no ve desde hace años. Después de muchos trámites, emigran para reencontrarse con él. Por fin, llegan a Mendoza. Ha comenzado para Rosalía “una larga vida en la Argentina, una vida plena y feliz”.
En su libro de memorias, titulado Ultima carta de Moscú (3), Abrasha Rotemberg relata que, después de siete años, se reencontró con su padre, que trabajaba como “cuenténik”, “clásica ocupación de los inmigrantes judíos, que consistía en la venta callejera a crédito de todo tipo de prendas. ‘Yo descubrí muchos años después que esa generación de inmigrantes pobres y analfabetos resultó una de gigantes, que supo enfrentar una vida sumamente dura y difícil. No había otra alternativa que sobrevivir y ellos lo hicieron’, dijo Rotemberg” (4).

Notas
1. Arcuschín, María: De Ucrania a Basavilbaso. Buenos Aires, Marymar, 1986. 
2. Flichmann, Rosalía de : Rojos y blancos. Ucrania. Buenos Aires, Per Abbat, 1987. 
3. Rotenberg, Abrasha: Ultima carta de Moscú. Buenos Aires, Sudamericana, 2004. 
4. Gutman, Daniel: “Relato de una vida, de la Unión Soviética al diario ‘La Opinión’ “, en Clarín, Buenos Aires, 6 de abril de 2004.

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Las memorias y autobiografías son testimonios de los que nos valemos cuando queremos conocer la historia de la inmigración en nuestro país. En ellas, encontramos la evocación de vidas llenas de coraje y nostalgia. Y la conciencia del autor de pertenecer a una tierra, y haber elegido otra a la que ama con la misma intensidad.

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