miércoles, 21 de marzo de 2001

Josefina en el retrato

Vastas aspiraciones las del 90, sin duda, pero donde la mayor parte de sus impulsos quedaron en eso, y sus realizaciones se vieron tan lejanas como la conquista del poder.
Exequiel César Ortega

No puedo resistir la atracción que ejercen sobre mí los portarretratos. Tengo muchísimos, aunque todavía no llegué a la cantidad que tenía Manuel Mujica Láinez. Cada vez que paso por un negocio, vuelvo con alguno. Tengo de diferentes materiales, grandes, chicos, modernos, antiguos. Ya no sé dónde ponerlos; sin embargo, sigo comprando. Hay de colores, dorados, plateados, de todas clases, argentinos y traídos de afuera, sobrios e informales. En ellos pongo las fotos de la familia, desde los tatarabuelos hasta el último bebé que se agregó al clan.
Una tarde, iba caminando por Cabildo y me llamó la atención un portarretratos ovalado, de estilo antiguo. Había dorados y plateados, pero los primeros me parecieron mucho más lindos, así que compré uno y me lo traje muy contenta a casa. No sabía la sorpresa que me aguardaba.
Al día siguiente, ni bien me levanté, me puse a buscar una foto para mi nuevo portarretratos. Lo primero que se me ocurrió, como madre flamante, fue poner una foto del bebé. Busqué y busqué, pero la que no era grande, era oscura, o estaba movida. Entonces, me puse a buscar una foto de las vacaciones de recién casados, pero quedaba fea, porque al recortarla desaparecía el mar, que era el que le daba belleza.
Se me ocurrió que la foto tenía que ser sepia, como la que nos sacamos disfrazados de novios en Gesell, o por lo menos, en blanco y negro. De repente me acordé de que en una revista había salido una foto de un abuelo con su nieta, sacada del Archivo Nacional, y la fui a traer. Iba a quedar preciosa. Parecía realmente antigua, y esa nena me llamaba la atención, porque se parecía a mi abuela en sus fotos de principios de siglo. La recorté a la medida del portarretratos y la ubiqué cuidando que la figura de ambos quedara bien centrada. Me sentía satisfecha con mi compra y con la imagen que le había destinado.
Horas más tarde, cuando volví a ver la foto, noté que la cabeza del abuelo aparecía corrida hacia la izquierda, y que su hombro casi rozaba el marco. Yo estaba segura de haber ubicado la imagen en el centro. En fin, quizás me había equivocado. Desarmé el portarretratos y puse la foto correctamente. Me costó hacer volver al abuelo a su lugar; era como si algo lo empujara de derecha a izquierda, pero no podía ser.
Esa noche, al tomar el teléfono para hacer un llamado, vi que la foto se había corrido nuevamente hacia la izquierda. Me dije que era imposible y, una vez más, la fui a acomodar como a mí me gustaba. En eso estaba cuando escuché una vocecita aflautada y simpática que me decía: “Señora, señora! Por favor, no arregle la foto otra vez. Soy yo que la empujo sin querer al moverme dentro del portarretratos”.
Más que sorprendida le pregunté por qué me decía que se movía, cuando en la foto se la veía tan quietita. Me contestó que eso había sido un instante, pero que en realidad estaba tratando de que el abuelo la soltara para ir a jugar con sus primas en el patio cubierto de glicinas de su casona en Belgrano.
Yo no podía creer lo que estaba escuchando, pero igual me quedé allí, con el portarretratos en la mano, sin osar correr la foto. Si Josefina –así se llamaba mi nueva amiga- me lo pedía, lo iba a dejar así. Ella, agradecida, comenzó a conversar conmigo. Yo la escuchaba atónita. Lo que me decía me interesaba mucho, porque se refería a un momento de la historia argentina que siempre me había atraído.
Me contó que su abuelo era médico y que había trabajado mucho durante la epidemia de fiebre amarilla que había habido en 1871. Se reunía con personas muy influyentes y hablaban francés de corrida, porque todos habían vivido en Europa durante mucho tiempo. El estaba muy triste porque hacía poco había muerto allí uno de sus amigos, Eugenio Cambaceres, siendo joven todavía.
A veces visitaban la casa algunos escritores. Josefina se acordaba de Lucio V. López, que le contaba que Buenos Aires, años atrás, parecía una gran aldea. Me habló también de Eduardo Wilde, que estaba empeñado en recordar todos los hechos de su infancia, para escribir un libro que protagonizaría un niño llamado Bonifacio Ramón Luis. A Josefina le parecían nombres muy largos para un chico tan chico.
El que más le gustaba, sin lugar a dudas, era Miguel Cané. El la hacía poner triste cuando hablaba de la muerte de su papá, cuando tenía trece años, y la hacía reír cuando contaba algo de unas sandías que robaban. También le hablaba de un italiano que había llegado junto con muchos inmigrantes a “hacer la América”. Cuando escuchaba hablar a Cané, su abuelo decía que seguramente de esa sangre saldría un escritor capaz de cantar con talento los misterios de Buenos Aires. Pensé para mis adentros que no se equivocaba.
La conversación se acaloraba cuando llegaba uno de los conocidos del abuelo, que se llamaba Antonio Argerich. A este escritor lo censuraban por las escenas que había contado en una novela, en la que se proponía demostrar que no había que permitir la inmigración. Cané asentía y hablaba de una ley que favorecería a la nación. Uno de los concurrentes decía que no había que ser tan categóricos, que también llegaban al país elementos buenos. Era el que había presentado en la Cámara de Diputados la “Ley de Estrangeros” (él lo decía así), para estimular el ingreso a la Argentina de todos los que quisieran venir a trabajar. Entonces, empezaba la polémica y se quedaban hablando en voz alta hasta muy tarde. El abuelo de Josefina y esos ilustres señores pertenecían a una generación literaria. Eso quiere decir que todos escribían libros en ese momento, que tenían más o menos la misma edad, y que les gustaban lecturas parecidas. Era la generación del 80, pero ella todavía no lo sabía.
Me contó Josefina que esa foto se la habían sacado en 1890, y me preguntó si yo no notaba nada extraño en el rostro de su abuelo. Yo le dije que no. Como no lo conocía, me costaba mucho adivinar si le pasaba algo o si era su expresión habitual. La niña me dijo que el abuelo estaba muy preocupado porque en el país estaban pasando cosas raras. A menudo lo escuchaba hablar de eso con Ocantos y con unos señores que se llamaban Villafañe y Martel. Ella no entendía bien qué sucedía.
Por lo que escuchaba hablar a los mayores, sabía que era algo relacionado con la Bolsa de Comercio. Y si pasaba eso que comentaban muy serios en su casa, parecía que iba a ser terrible y que la gente se iba a desesperar. Decían que todo el mundo debía cantidades increíbles de dinero, que se iban a quedar en la calle y que más de uno pensaría en el suicidio. Decididamente, Josefina escuchaba demasiado para ser una nena. Y tenía buena memoria.
“Pobre Josefina!”, pensé yo. Más tarde ella escucharía la narración de esos sucesos, mientras su institutriz la peinaba. (Yo había estudiado en el colegio, primero, y en la facultad, después, lo ocurrido en esas jornadas tristemente memorables. Cien años después, leí sobre la gente abnegada que dio su vida durante la epidemia para socorrer a quienes sufrían. Y aprendí qué rasgos diferencian a los escritores del 80 de los de la generación del 37, o de los del 22). Ella, con sus cinco años, sus bucles y sus vestidos de volados, no podía explicarme muy bien lo que pasaba a su alrededor, pero lo intentaba.
Yo le pedía que me contara más y más. Le pedí que me describiera uno de sus días, desde que se levantaba hasta que se acostaba. Me habló de la capilla a la que iba con su madre, de las lujosas cenas en que los hombres hablaban por un lado y las mujeres por el otro, de la ansiedad con que esperaba el momento de salir a comprar encajes y puntillas para adornar la blusa de su muñeca.
Me contó de su tío canónigo y de su padrino militar. Yo le pregunté cómo era vivir sin los adelantos de hoy, y me respondió que no se imaginaba la vida de otra forma. Le parecía un cuento maravilloso todo lo que yo le transmitía sobre la sociedad a pocos años del siglo XXI. No era que no le gustara lo que yo decía, sino que lo sentía muy distinto de su existencia de niña finisecular.
Así, nació una amistad que siempre me acompaña. Cuando en casa duermen, le aviso a Josefina y nos ponemos a conversar. Me dejo llevar por su relato y siento que viajo en el tiempo, hasta convertirme en la dama de las fotos que guardamos en el último cajón, lejos del polvo y las polillas.

MGR

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