domingo, 28 de enero de 2001

TORRES ZAVALETA Y LOS INMIGRANTES

La inmigración aparece reiteradamente en las obras de Jorge Torres Zavaleta. Nos remitiremos en esta oportunidad a algunos de los pasajes en los que aborda esta temática. 
En “El ancestro”, cuento incluido en El hombre del sexto día, el escritor plantea la distancia que separa a la clase patricia de los inmigrantes: “Que Rafael Achával fuera amigo de Julián Mansilla no sorprendió a nadie; que Julián aceptara ser amigo de Rafael Achával sorprendió a todos”. Julián pertenecía a una familia de clase alta: “Los Mansilla eran nuestra familia más antigua y orgullosa. Los años que mejoraron su linaje desarrollaron sus pretensiones. Recluídos en su casa veían a poca gente: su propia compañía les bastaba”. Rafael, en cambio, provenía de una familia inmigrante: “Recién habían llegado al pueblo. Vivían en una calle flanqueada de plátanos. Nosotros los admirábamos porque eran generosos: en los fondos habían edificado una piecita para un abuelo que nunca salía”. 
La hostilidad de la clase alta para con los inmigrantes se evidencia en la conducta del joven Mansilla: “Durante ese verano Julián pescó en un arroyo donde anhelaba bagres y tarariras. Bajo un sauce, con una línea entre las manos, imaginaba que el lugar era suyo; esa tierra había sido de su familia y de alguna manera aún le pertenecía. Por eso no le gustó que apareciera otro pescador, un muchacho de su edad. Durante los días siguientes trató de ignorarlo. Luego quiso pelearse pero no se atrevía”. 
La lucha se da, finalmente, pero termina en amistad: “Nunca supieron quién tiró el primer golpe. Pelearon sin darse cuenta y rodaron por la calle. Luego se levantaron y se perdonaron mutuamente. Habían empatado. Podían ser amigos”. La amistad se consolida cuando ambos se dan cuenta de que tenían un antepasado en común: el primer hombre”. 
“La noche de la cruz de plata”, es uno de los cuentos que integran El palacio de verano. Es la historia de una familia inglesa que vive en nuestro país, con el que cada uno se relaciona de muy distinta manera. Acerca de la vida cotidiana de estos inmigrantes, escribe el cuentista: “Vivían, desde que llegaron a la Argentina, en una casita vagamente Tudor a pocas cuadras del club de Hurlingham. Llevaban, en resumen, una vida metódica y virtuosa que amortiguaba las inquietudes diarias y el inexpresado horror que les producían las distancias y los argentinos”. 
La conflictiva vinculación de los ingleses con los nativos se evidencia al narrar que la madre debía consolar al niño “cuando los demás alumnos se reían de su mal castellano” y también al recordar que el hijo había peleado “a trompadas con un compañero de colegio que quiso ponerlo a prueba llamándolo ‘gringo’ “. Años más tarde, será el idioma el medio elegido por el joven para mortificar a su madre: “prefería tomarla en broma, imitar su tonada inglesa (hacía una parodia, que deleitaba a sus amigos, de Miss Lucy tomando el té en la embajada), abrazarla al ver que la entristecía”. 
La madre desea que Derek vaya a estudiar a Inglaterra; el padre se opone: “-Old girl, no quiero que sea un extranjero –le dijo-. Mejor que estudie en la Argentina. Tan argentino se siente el adolescente que, cuando se declara la guerra de las Malvinas, se alista para combatir a los ingleses. Muere en el combate, luchando contra los soldados de la nación de sus padres. Miss Lucy, al enterarse de la muerte del joven, “pensó que de lejos, sin advertirlo, sus compatriotas la habían mutilado”. Su vinculación definitiva a la tierra que tanto rechazara se da en el más terrible de los momentos: “Cuando quedó sola, Miss Lucy lloró a su hijo, finalmente. Y no sólo a su hijo. También lloró por ‘El Coronel’, por los ingleses, por los jóvenes argentinos y sobre todo por sí misma, transformada para siempre por el país de las Noches Grandes. Y cuando se hubo desahogado, salió al jardín a mirar la oscuridad, que ya no le hacía recordar las ajadas tapas de la Biblia de su niñez inglesa , sino que, de pronto, era insondable, infinita, constelada por el fulgor helado de las estrellas, una misteriosa noche sudamericana que ya nunca le sería ajena”. 
En La noche que me quieras, Torres Zavaleta vuelve a tratar el tema de la inmigración, aunque sin la extensión que le dedicó en los dos cuentos que comentamos. La novela transcurre durante casi todo el siglo XX. Las primeras décadas del mismo fueron décadas de intenso ingreso de extranjeros a nuestro país, quienes venían a ‘hacer la América’. Estos hombres y mujeres están presentes en la obra. 
La inmigración española aparece en las figuras del vasco y el gallego. Este último es evocado como un trabajador, en su clásica ocupación de dueño de bar, desconfiado ante los pedidos de sus clientes sin dinero: “era como si todos nosotros fuéramos miembros de una barra y los mayores solamente aquellos a los que teníamos que engañar. Como el gallego que nos dará un whisky o un café a cuenta, mirándonos de reojo por debajo de las cejas pobladas mientras se ocupa de asuntos serios”. 
De los gringos como grupo en general habla cuando alude a un alimento argentino y a la reacción que despertaba en los extranjeros: “arrimando hacia un costado del plato los restos del dulce de leche, a los gringos y a los ingleses no les gustaba, unos animales, una verdadera falta de educación, qué rico que estaba”. Es evidente el etnocentrismo del protagonista, quien considera que aquellos que no compartían su gusto de ningún modo podían tener una opinión valedera. 
A la vez, tampoco le gustaba en principio a Arturo un plato que en otro país era considerado un manjar: “se lanzó a una descripción entusiasta de cierta tarde en un stud de Francia donde él y un grupo de argentinos dieron cuenta de un gran guiso de caracoles. (...) Después de recorrer las instalaciones se congregaron alrededor de una marmita enorme; él tuvo que reconocer que el idioma era algo colosal. Al principio había comido con cierta desconfianza, porque para un porteño, ésas eran cosas de gringos, si a uno en esa época ni le gustaban las entrañas”. 
Francesas e inglesas, probablemente inmigrantes, se mencionan al hablar de la educación del joven: “Arturo era un muchacho educado; se vestía bien, por supuesto, se las arreglaba con los idiomas. Algo le había quedado de tantas profesoras franchutas e inglesas de cuando era borrego". 
Y –haya nacido en Francia o en el Uruguay-, ¿qué ejemplo más valioso de la inmigración, que Gardel, este cantor emblemático de una ciudad y un tiempo? 
En 1928 y en 1982, en la paz y en la guerra, argentinos e inmigrantes integran ese vasto universo que Torres Zavaleta forja a través de su narrativa. Unos y otros, con sus esperanzas y sus conflictos, contribuyen a hacer una patria más grande, más noble, en la que viven hermanados a pesar de las diferencias. 

(EL TIEMPO, Azul, 28 de enero de 2001)

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