martes, 7 de noviembre de 2000

Cuentos con turcos

En la “Cantata para los hijos de Gracimiano”, escribe Daniel Moyano: “Yo conocí a Gracimiana cuando ella todavía era una niña. (...)Los obrajeros y los turcos más ricos de la zona querían casarse con ella. Su desgracia fue Gracimiano. Todavía iba a la escuela cuando lo conoció. Gracimiana envejeció a los treinta años, gastada por él y por los hijos. Después la perdimos de vista, pero quien tuvo la suerte de conocer a Anita, su hija, podía ver otra vez a Gracimiana con las mejillas paspadas por el aire” (1).
En “El mundo, una vieja caja de música que tiene que cantar”, Héctor Tizón describe al “Turco”: “Con la negra barba cortada a golpes de tijera, el pelo sucio, abundante y revuelto de tal manera que pueda encajar dentro del pasamontaña y mantenerse allí por días y noches y días y sobre todo con su andar cauteloso, asentando con seguridad la planta de los pies evoca sin lugar a dudas largas travesías de camelleros en los arenales de Yemen, o en las faldas de Sinaí, o quién sabe dónde” (2).
Escribe Marta Lynch, en “Entierro de carnaval”: “Pasó una murga en traje de raso negro y amarillo que llevaba un cartelón ‘Los pesados de San Justo’ y un conjunto de chicas de la fábrica, disfrazadas de hawaianas. Pasó el carro del lechero adornado como para las fiestas patrias con una familia entera que cantaba cumbias y estribillos de Perón y pasó también el turco de la carnicería con un traje nuevo” (3).
El protagonista de “Rubishimón Benyojai”, cuento de Luis León, recuerda los relatos de su abuela sefaradí: “- Rubí Shimón Ben Iojai, mos acompaña akí y en la kái, Alfridico. Cuando lo bushkaron para matarlo, fuyieron él y su isho a la muntanyia. Era un cuento como cualquier otro. A la abuela Masaltó le agradaba narrarnos trozos bíblicos, que de vez en cuando mechaba con un poco de cábala y fábulas de Esopo. Yo la escuchaba con admiración, y habitualmente, haciendo dibujos sobre cartón, yo levantaba cada tanto mi cabeza, para controlar que no callara, y volvía a bajarla en silencio, para zambullirme en el dibujo, sin saber en realidad si debía entender todo lo que ella me contaba, o simplemente disfrutar del misterio de escucharla” (4).
En el cuento de Luis León, “Izmir, Vísperas de Pésaj”, judíos de Esmirna preparan su viaje hacia la “Aryintina, como Ierushalám, tierra prometida de leche y miel...” (5).
En “Chacarita, Vísperas de Pésaj”, otro sefaradí proveniente de Esmirna recuerda con disgusto su paso por el hotel de inmigrantes: “Cuarenta días en el vapor no fueron menos que cuarenta años en el desierto, y al llegar, ese hotel. Parecido a la timaraná de Chesmé, igual a ese manicomio donde murió Doudou, su madre que nunca lo abandonaba, y comenzó a dejarlo un día, de a poco, en su cerebro, poco a poco hasta olvidar quién era su único hijo, y otro día se fue entre esas paredes ajenas. Esas inmensas salas llenas de camas, donde cada uno hablaba de lo suyo y sin que nadie los entienda” (6).
Dyusepo –protagonista de “El sueño de Dyusepo”, cuento de Luis León distinguido con el Primer Premio en el Concurso Internacional de Cuentos de Temática Judía, convocado por la AMIA- ”reconocía su dicha al llegar al Río de la Plata. Dios había sido hartamente piadoso con él, aquel día en que Nissim Janná esperó largas horas en el puerto hasta que el enorme cuerpo de metal llegó a la dársena y con su mujer y sus dos pequeñas hijas, subieron al carro que los llevaría a esa pieza de 25 de Mayo y Viamonte” (7).
Un inmigrante, personaje de un cuento de José Mantel, relata su historia: “-Apenas tenía quince años cuando vine de Izmir con mi padre viudo. No tuvo suerte, y al tiempo decidió probar en otro lado, dejándome con una prima suya. No lo vi nunca más, no sé nada de él, ni siquiera si está vivo o muerto. La prima estaba casada con un mal hombre, que cuando se hacía ‘preto candil’ le daba ‘jaftonás’. Un día quiso pegarme a mí, y le partí la cabeza con un banco que había en la cocina. Salí de la casa, sabiendo que no podría volver más” (8).
En dos cuentos de Carolina de Grinbaum aparece el turco comerciante. En “La inocencia de los culpables”, escribe: “Nadie faltó al convite, desde el boticario, el Juez de Paz, el turco del almacén, el cura párroco, el comisario y algunos vecinos de vieja data. La cosa daba para gran jolgorio”. En “Un amarillo hiriente”, leemos: “Estaban sólo ellos y el pudor en la rústica cortina comprada al turco, única escenografía florida, entre esa aridez” (9).
En “El elegido”, Alberto Benchouam relata: “Los bordes ajados lo dificultaban, pero tras un minucioso examen a trasluz, Víctor Pardo logró descifrarla: la fotografía había sido tomada en el mes de marzo de mil novecientos veinticinco. Desde la imagen en sepia, amarillenta y borrada en la parte inferior, una mujer joven semi acostada en un sillón, sostenía sentados, uno en cada rodilla, a dos niños vestidos de idéntica forma y aparentemente de la misma edad, de rasgos iguales, aunque uno de ellos miraba la cámara de frente, mientras que el otro giraba un poco el rostro, como si en ese momento se hubiera distraído con una imagen o palabra. Un poco más atrás, y sosteniendo el vestido de la mujer, una niña de unos cuatro años, con una muñeca cuyas piernas se iban del encuadre” (10).
En "El comisario Gorra Colorada", de Alberto E. Azcona, relata uno de los personajes: 'Nadie se movía. Mejor dicho, algunos movimientos se escuchaban, pasos, sables, espuelas, desde los árboles donde estábamos emboscados; pero nadie aparecía en el claro que rodeaba el refugio del 'Turco Azul'.
No insistí, por que es malo ordenar y que no le obedezcan; así que para no complicarme en esa cobardía del montón, enderecé callado y ligero como una luz hacia el rancho.
Y cuando todos creían que iba a forzar la puerta y ya veían salir al Turco a trabucazos y cuchilladas, me trepé por los costados y subí al techo de paja brava de aquella miserable habitación.
Separé un poco las pajas, y allí abajo lo ví dormido al gigantesco matrero. Rápido me largué hacia adentro y caí parado con el revólver en la mano, que lo puse despacito con la boca del caño en la sien del paisano. Abrió los ojos muy grandes, se hizo cargo de la situación, y mansito se entregó.
Cuando salimos, él adelante con los brazos en alto y yo cargándolo de atrás con el 45 gatillado, los vigilantes avanzaron y le apuntaron aparatosamente con los rémington. Nada me dijeron y nada les dije".

Notas 
1. Moyano, Daniel: “Cantata para los hijos de Gracimiano”, en Hernández, J.J., Tizón, H., Blaisten, I. y otros: El cuento argentino 1959-1970 antología. Buenos Aires, CEAL, 1980. 
2. Tizón, Héctor: “El mundo, una vieja caja de música que tiene que cantar”, en Hernández, J.J., Tizón, H., Blaisten, I. y otros: El cuento argentino 1959-1970 antología. Buenos Aires, CEAL, 1980. 
3. Lynch, Marta: “Entierro de Carnaval”, en Los cuentos tristes. Buenos Aires, CEAL, 1967, pp. 132-3. 
4. León, Luis: “Rubishimón Benyojai”, en SEFARaires, Nº 4, 2002. Buenos Aires. (sefaraires@fibertel.com.ar). 
5. León, Luis: “Izmir. Vísperas de Pésaj”, en SEFARAIRES. 
6. León, Luis: “Chacarita. Vísperas de Pésaj”, en SEFARAIRES. 
7. León, Luis: “El sueño de Dyusepo”, en León, Luis et al.: Rostros de una identidad. Relatos premiados del Concurso Internacional de Cuentos de Temática Judía. Buenos Aires, Editorial Milá, 2004. 96 pp. 
8. Mantel, José: “La historia de Yaquito Péres (3) La confesión de Yusef”, en SEFARaires, N° 13, Mayo de 2003.. 
9. Grinbaum, Carolina de: La inocencia de los culpables. Buenos Aires, e.g, 2003.
10. Benchouam, Alberto: “El elegido”, en SEFARAires, Nª 49, Mayo de 2006.
11. Torres Zavaleta, Jorge: Memorias del viento. Buenos Aires, Grupo Editor Latinoamericano, 2011. 304 pp.


Cuentos infantiles y juveniles

Había inmigrantes entre los personajes de “No hagan olas”, de Elsa Bornemann: “En aquel conventillo de Buenos Aires, cercano al puerto y donde vivían hace muchos años, los inquilinos argentinos tenían la costumbre de poner apodos a los extranjeros que –también- alquilaban alguna pieza allí. No eran nada originales los motes, y errados la mayoría de las veces, ya que –para inventarlos- se basaban en el supuesto país o región de procedencia de cada uno. Tan supuesto que –así, por ejemplo- don José era llamado ‘el Ruso’, aunque hubiera nacido en Ucrania... A Sabadell, Berenguer y sus esposas les decían ‘los gallegos’, si bien habían llegado de Barcelona sin siquiera pisar Galicia... Apodaban ‘los turcos’ al matrimonio de sirilibaneses; ‘los tanos’, a la pareja de jóvenes italianos de Piamonte que jamás habían conocido Nápoles e –invariablemente- ‘el Chino’, a cualquier japonés que diera en fijar allí su transitorio domicilio. Sin embargo, podríamos deducir un poco más de conocimientos geográficos, de información y hasta cierto trabajo imaginativo por parte de aquellos pensionistas argentinos, de acuerdo con los sobrenombres que les habían adjudicado a la dueña de la casona y a su hijo. Ambos eran griegos. Por lo tanto ‘la Homera’ y ‘el Homerito’, en clara alusión al autor de La Ilíada y La Odisea, el genial Homero. Por supuesto, a todas las criaturas que habitaban esa construcción tipo ‘chorizo’ (cuartos en hilera, cocina y bañitos ídem, abiertos a ambos lados de un patio), los `rebautizaban’ con los mismos motes que sus padres, sólo que en diminutivo” (1).

Notas
1 Bornemann, Elsa: No hagan olas (Segundo pavotario ilustrado. 12 cuentos). Ilustraciones: O´Kif. Buenos Aires, Alfaguara, 1998.

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