jueves, 12 de octubre de 2000

Novelas con ucranios

En Músicos y relojeros, escribe Alicia Steimberg: “Cuando la abuela migró de Kiev a Buenos Aires tenía once años. La mandaron a la escuela y aprendió muy bien el castellano. Cantaba tangos como un pájaro enfermo: Cicatriiiiiiiiiiiiiices (trino) imborrables de una heriiiiiiiiiiiida (trino). Nunca hablaba de cómo llegó a casarse con el abuelo. Una a una fue pariendo a sus hijas, con toda facilidad. Siempre se adelantaban a la partera, ansiosas por nacer y empezar a pelearse. Hubo tiempos muy malos. La desocupación. El desalojo. En un baile de beneficencia se reunieron fondos para procurarles, como a otros pobres, un nuevo techo. El Hogar publicó una nota sobre esa fiesta. Aprovechando la oportunidad, varias niñas fueron presentadas en sociedad. Se iniciaron varios noviazgos. En sucesivas notas de la revista aparecieron fotografías de las formalizaciones, las bodas y el nacimiento de los primogénitos. Las jóvenes madres eligieron nombres para sus históricos hijitos. Los mismos que llevan, hasta el día de hoy, los hijos de Otilia. Antes de casarse, Otilia y Amanda eran vendedoras en La Piedad, donde ensalzaban ante las clientas las bellezas de los batones y los pirineos. Mele, la dura de casar, nunca trabajó fuera de casa. A veces cosía algo, ayudaba en los quehaceres, y cuando terminaba se ponía a pintar. Pintaba flores, barcos a vela en crepúsculo, holandesas con tulipanes, parvas junto a casas de campo. Los copiaba de unas tarjetas postales que tenía” (1).
Un ucranio estaba confinado en la cárcel de Neuquén, en 1943. En El árbol de la gitana, escribe Alicia Dujovne Ortiz: “Carlos permaneció dos años en esa célebre prisión centenaria de la que parecía haber guardado los mejores recuerdos. Sus relatos eran tan seductores que provocaban la nostaliga de la gente libre: si era así la cárcel, para qué estar afuera. Según él, los comunistas encarcelados en 1943 se habían organizado con su proverbial disciplina, habían hecho gimnasia, habían dejado de fumar y se habían dado los unos a los otros cursos de ruso y de historia argentina. Un camarada ucraniano dirigía un coro. En ese entonces a nadie se le ocurría cantar el folclore de las provincias y, entre los presos políticos, más impensable aún hubiera sido un tango”. Años después, la escritora se entera de que la música no salvó a este inmigrante: “El ucraniano del coro se había vuelto loco y había terminado sus días en un manicomio” (2).

Notas
1. Steimberg, Alicia: Músicos y relojeros. Buenos Aires, CEAL, 1983.
2. Dujovne Ortiz, Alicia: El árbol de la gitana. Buenos Aires, Alfaguara, 1997.

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