miércoles, 11 de octubre de 2000

Novelas con turcos

Hay turcos en una obra de Julián Martel. Afirma Noé Jitrik: “Durante 1890 escribiò La Bolsa; la ùltima frase fue redactada el 30 de diciembre. Dos hechos notables pueden observarse: el primero es que siendo una obra realista y de actualidad no ha incluido como tema la revoluciòn del mismo año; el segundo es que en el mismo año se publicò en Francia L'Argent, novela mediante la cual Zola investiga y condena el sistema financiero. (...) La Bolsa aparece en folletìn en La Naciòn desde el 24 de agosto hasta el 4 de octubre de 1891, con gran èxito de pùblico y de crìtica”. 
El crìtico considera que la obra fundamental de este ciclo –la de Martel- tiene importancia desde diversos puntos de vista, a pesar de su escaso valor literario: “La Bolsa es una obra literariamente poco importante, inmadura, pero que asì y todo expresa varias cosas de interès; en primer lugar hay, conscientemente o no, una tentativa por trascender la literatura del 80 en su fisonomìa màs exterior; en segundo lugar, muestra un escritor desclasado, emergente del periodismo y que anticipa, por esas razones, un nuevo tipo de escritor, el profesional; en tercer lugar, se trata de un libro inspirado en hechos contemporàneos, ubicado en una actualidad, comprometido polèmicamente con sus interpretaciones” (1). 
“La lectura màs superficial e ingenua de La Bolsa de Juliàn Martel sorprende por la enorme carga de xenofobia y antisemitismo –afirma Gladys Onega. (...) Martel traza con los más sombríos tonos naturalistas una realidad de la ciudad que absorbió el mayor pocentaje de inmigrantes creciendo en proporción geométrica frente al resto del país: la miseria, la enfermedad y la mendicidad eran lacras concretas de la sociedad superpoblada, que no se cebaban solamente en el lumpen que el autor selecciona como muestra del parasitismo que trae la inmigración, sino entre todos los habitantes de los barrios bajos del sur que se hacinaban en los conventillos; (...) en la abstractización del oro y del cosmopolitismo, Martel aísla y diseca casos extremos, los separa del contexto histórico, carga sobre ellos una culpa de la que son víctimas y finalmente ignora la situación real del resto de la población; los turcos con sus feces rojos y las bohemias idiotas o hermosísimas se han convertido en alegorías o en personajes pintorescos”. (2). 
La ensayista se refiere a este pasaje: “El corazón de las corrientes humanas que circulaban por las calles centrales como circula la sangre en las venas, era la Bolsa de Comercio. A lo largo de la cuadra de la Bolsa y en la línea que la lluvia dejaba en seco, se veían esos parásitos de nuestra riqueza que la inmigración trae a nuestras playas desde las comarcas más remotas. Turcos mugrientos con sus feces rojos y sus babuchas astrosas, sus caras impávidas y sus cargamentos de vistosas baratijas; vendedores de oleografías groseramente coloreadas; charlatanes ambulantes que se habían visto obligados a desarmar sus escaparates portátiles pero que no por eso dejaban de endilgar sus discursos estrambóticos a los holgazanes y bobalicones que soportaban pacientemente la lluvia con tal de oír hacer la apología de la maravillosa tinta simpática o la de la pasta para pegar cristales; mendigos que estiraban sus manos mutiladas o mostraban las fístulas repugnantes de sus piernas sin movimiento, para excitar la pública conmiseración; bohemias idiotas, hermosísimas algunas, andrajosas todas, todas rotosas y desgreñadas, llevando muchas de ellas en brazos niños lívidos, helados, moribundos, aletargados por la acción de narcóticos criminalmente suministrados, y a cuya vista nacía la duda de quíén sería más repugnante y monstruosa; si la madre embrutecida que a tales medios recurría para obtener una limosna del que pasaba, o la autoridad que miraba indiferente, por inepcia o descuido, aquel cuadro de la miseria más horrible, de esa miseria que recurre al crimen para remediarse” (3).
En La costurerita que dio aquel mal paso..., Josué Quesada se refiere a un militar: "un sargento apellidado Jalil, y turco por más señas, castigaba a los reclutas con su sable" (4).
Alamos talados (5) fue distinguida en 1942 con el Primer Premio de Literatura de Mendoza, el Primer Premio Municipal de Buenos Aires y el Primer Premio de la Comisión Nacional de Cultura. Marcela Grosso y Marta Baldoni señalan la importancia de la inmigración en la novela: “El poder se ve amenazado por la presencia de lo otro, del elemento extraño: el inmigrante, figura que genera tres efectos correlativos: a) el enfrentamiento entre gringos y criollos, b) la exaltación del linaje y la hispanidad, c) el rechazo del progreso y las nuevas costumbres” (6). 
La clase alta, representada fundamentalmente por los abuelos, se mostraba bondadosa con los criollos y los inmigrantes, en general, aunque había excepciones: “El inmigrante aparece descalificado, caricaturizado (...) o mirado con simpatía, en tanto se ciña al mandato de la abuela y no compita en el circuito de producción económica. Decir ‘gringo’ es un insulto (...) El atributo ‘criollo’, en cambio, tiene connotaciones positivas (...) se convierte en una abstracción, en un símbolo de pureza racial y moral” (7). 
Cuando las penurias económicas obligan a la anciana señora a talar los álamos, allí está un inmigrante, posibilitando que el lector saque conclusiones sobre la personal postura del autor: “Con el pie en el estribo de su auto rojo, el turco hacía anotaciones en una libreta. Uno, tras otro, caían los álamos de mi adolescencia” (8). Grosso y Baldoni sostienen que “La presencia invasora del inmigrante aparece metaforizada por el coche rojo del turco, que recorre el texto en varios capítulos”. Acerca del propietario del vehículo comentan: “Claras son las connotaciones demoníacas que despliega este personaje (...) Las aspiraciones comerciales del turco, que exceden a las del agricultor contratado, lo convierten en una amenaza, un peligro para el sistema. La compra de la vid y de la madera es sustituida por la idea de usurpación, de estafa: el turco no compra sino que ‘se leva’. Caída, atropello, usurpación, tala, profanación, son los efectos del ingreso del inmigrante en el sistema, que es quebrado sin posibilidades de restauración” (9).
En Hermana y Sombra (10), de Bernardo Verbitsky, se alude a un turco. El protagonista vive en un conventillo, en Flores, donde también vive un empleado del turco: “La primera habitación era la de la encargada, Doña Antonia, y en su bien arreglado ambiente vivían ella y su viejo marido Don José, su hija mayor Rosita, el segundo Nicola, que acababa de hacer la conscripción y que, como pudimos comprobarlo, cumplía cada mañana con dignidad su oficio de quinielero, al servicio de un capitalista, el turco Emilio que tenía varios de esos agentes, a comisión. Era una actividad que la policía perseguía pero se desarrollaba públicamente sin dificultades. (...) (En el barrio llamaban turco a todo inmigrante venido del Medio Oriente)”.
En La noche lombarda, Atilio Betti recrea, al acostarse en su camarote del barco que lo lleva a Italia, el duro trance que sufrió el padre del protagonista, junto con otros pasajeros: “Un chorro de agua, un manguerazo brutal, le dio en la cara. Lo vi trastabillar, mojado. Lo vi llorar de indignación y afirmarse en los zapatos claveteados, agarrándose fuertemente del tirador negro, sobre el torso sin saco, para no caer bajo el golpe del agua. (...) En tropel, árabes y turcos aparecían y desaparecían alrededor de mi padre. Corrían, gritando, aullando, perros mojados, perros azotados a manguerazos, a refugiarse bajo mi cama mientras que papá, rascándose con furia las axilas, gritaba o gemía, o gritaba y gemía al mismo tiempo: ¡Piojosos! ¡Piojosos!” (11).
En La pradera de los asfódelos, Rubén Benítez evoca una Navidad de las de antes: “En Navidad la gente parecía distinta. No como ahora. Todos estaban alegres, salían a la calle y saludaban contentos. Había que pararse en todas las puertas. Hasta los turcos que vivían en la esquina festejaban la Navidad. Don José, el que hizo el aparador, abría una sidra... ‘No es como la de Asturias, pero tampoco está mal’ decía siempre después de probarla” (12).
En 1998, la novela Virgen, de Gabriel Báñez, resultó finalista del Premio Planeta. En ella evoca la confusión reinante, en la década del 30, en lo que respecta a las nacionalidades de los inmigrantes. La protagonista: “Durante esos primeros tiempos lo único que no logró explicar fue su propia nacionalidad. No era francesa, era belga, pero resultaba inútil aclarar semejante diferencia cuando las erres se le estiraban hasta la gangosidad, y cuando los ucranianos, judíos, rumanos, lituanos y polacos eran rusos o los sirios y loslibaneses resultaban turcos. Había llegado a un país de tanos y gallegos y de rusos y turcos, y todo lo que no entrara en el dos por cuatro de esa conclusión elemental era una rareza de apellido pero nunca de nacionalidad” (13).
En Tama, novela de María Teresa Andruetto, cuenta la narradora: “Durante los años que vivió con la galesa, mi abuelo estuvo vendiendo baratijas, tal como les había visto hacer con mayor suerte a los turcos que andaban por el Norte” (15).

Notas
1. Jitrik, Noè: “El ciclo de la Bolsa”, en Historia de la Literatura Argentina. Buenos Aires, CEAL, 1980.
2. Onega, Gladys: La inmigración en la literatura argentina (1880-1910). Buenos Aires, CEAL, 1982.
3. Martel, Juliàn: La Bolsa. Buenos Aires, Kraft, 1956.
4. Quesada, Josué: "La costurerita que dio aquel mal paso...", en La Novela Semanal (1917-1926) - Vol 1. Universidad Nacional de Quilmes - Página/12, 1999. Selección y prólogo: Margarita Pierini. 
5. Arias, Abelardo: Alamos talados. Buenos Aires, Sudamericana, 1990.
6. Grosso, Marcela y Baldoni, Marta: “Guía de trabajo para el profesor”, adjunta a Arias, Abelardo: Alamos talados. Buenos Aires, Sudamericana, 1990.
7. ibídem
8. Arias, Abelardo: op. cit.
9. Grosso, Marcela y Baldoni, Marta: op. cit.
10. Verbitsky, Bernardo: Hermana y sombra.
11. Betti, Atilio: La noche lombarda. Buenos Aires, Plus Ultra, 1984.
12. Benítez, Rubén: La pradera de los asfódelos. Bahía Blanca, Siringa, 1989.
13. Báñez, Gabriel: Virgen. Buenos Aires, Sudamericana, 1998.
14. Goris
15. Andruetto
16. Leiro, Rodolfo: Cachimba. Buenos Aires, Editorial Dunken, 2009.

Novelas infantiles y juveniles

En Stéfano, novela de María Teresa Andruetto, aparece un turco tendero: “Stéfano le cuenta a Lina que en la tienda de rezagos hay un saxo, un instrumento para hacer música. Le ha pedido al dueño que no lo venda, él juntará el dinero para comprarlo”. Vittorio pregunta al muchacho “cómo se llama ese instrumento que ha visto en la tienda del turco Rasú” (1).

Notas
1. Andruetto, María Teresa: Stéfano. Buenos Aires, Sudamericana, 2001.

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