martes, 10 de octubre de 2000

Novelas con suizos

Antonio Páges Larraya considera que “ ‘La casa endiablada’ tiene para nosotros tres motivos de interés: es su primera obra de imaginación a la que traslada nuestra realidad ciudadana; es la primera novela policial escrita en el país, y finalmente, es la primera en la literatura universal en que se descubre un delito por el sistema dactiloscópico” (1).
En esa obra, Holmberg imagina un crimen perpetrado contra un suizo. El juez relata: “-A principios de 1884, y unos tres meses después de partir usted para Europa, vino de Santa Fe a Buenos Aires un colono suizo llamado Nicolás Leponti, el cual, gracias a su actividad, a su esfuerzo, a su energía y a su inteligencia, había logrado reunir una fortuna que, si bien modesta, le permitía ocupar en su colonia una posición desahogada, y prestar, a sus compatriotas, servicios que le habían valido la estimación general”.
El escritor pone en boca del loro con cuya colaboración se esclarece el asesinato, consideraciones del ave acerca del coraje del europeo: “-Y era guapo el gringo... y duro para morir... ¿se acuerda, amigo?”. Este inmigrante encontró su fin cuando intentó hacer una operación comercial relacionada con su actividad: “El suizo quería comprar gallinas de raza, y sabiendo el 17 que aquella casa estaba sola, se dirigió a ella y allí consumó el crimen”. Durante mucho tiempo se ignoró qué había sucedido al colono: “La tierra cubrió el cuerpo de Nicolás Leponti, el aguardiente y el monte devoraron en pocos días el producto del crimen, y el misterio envolvió todo durante cinco años” (2).
En La madriguera, Tununa Mercado recuerda a Myriam Stefford: "la melancolía triunfaba cuando aparecía en medio del panorama el monumento erigido por un llamado Barón Biza a su amada, la aviadora Myriam Stefford. El altísimo obelisco, ala estilizada, parecía un mástil sin esperanzas de mar entre las nubes del costado sombrío del camino y la historia de esos personajes ocupaba en nuestro interés el lugar del paisaje: los restos de un avión que se había precipitado; una mujer pionera que había volado más allá, por sobre las montañas y los ríos, amada por un hombre que tenía título de barón, o que así se llamaba como otros se llaman Conde o Rey, un amor que la muerte había desintegrado. En una cripta de mármoles negros como la obsidiana, se leía en la tumba una inscripción que maldecía por anticipado a quien la violara" (3).
En La matriz del infierno (4), Marcos Aguinis relata: "Rolf había tenido que viajar en tren a la austral Bariloche. (...) El almanaque que colgaba en la vasta cocina del conventillo donde bebió café antes de dirigirse a la estación terminal le recordó que ya era el 11 de febrero de 1930. Don Segismundo, mientras sorbía ruidosamente de su tazón, trató de infundirle ánimo y le aseguró que Bariloche era bellísimo, que encontraría allí los panoramas disfrutados en su infancia, en las vecindades de la Selva Negra. Muchos inmigrantes austríacos, suizos y alemanes la había elegido por su semejanza con la tierra natal".

Notas
(1) Pagés Larraya, Antonio: “Prólogo”, en Cuentos fantásticos. Buenos Aires, Hachette, 1957.
(2) Holmberg, Eduardo L.: “La casa endiablada”, en Cuentos fantásticos. Buenos Aires, Hachette, 1957. Prólogo de Antonio Pagés Larraya.
(3) Mercado, Tununa: La madriguera. Buenos Aires, Tusquets Editores, 1996.
(4) Aguinis, Marcos: La matriz del infierno. Buenos Aires, Sudamericana, 1997. 
Bajo, Cristina: La trama del pasado. Buenos Aires, Sudamericana, 2006.
Mangione, Marga:

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