jueves, 5 de octubre de 2000

Novelas con polacos

“Con El agua publicada póstumamente en 1968, culmina la importante producción de Enrique Wernicke(1915-1968)” (1). En este libro, el escritor evoca el menosprecio que un personaje evidencia por su descendencia: “Era una casa para vivir bien. Ahora que las chicas crecían, tal vez hubiese venido bien otro baño o, por lo menos, un toilette. Pero don Julio pensaba que las chicas algún día se iban a casar y además, no olvidaba, él también tendría que morir. Un baño es suficiente cuando se convive con gente bien educada... como él. O Julito. No se podía decir lo mismo de las nietas, hijas de una hija de un judío polaco, sin eso imperceptible, casi diríamos inexplicable, que se llama ‘tener sangre inglesa en las venas’ ” (2).
En 1988, durante la Feria del Libro, el doctor Renè Baròn entregò personalmente a Jorge Isaac el premio que lleva su nombre, distinguiendo a Una ciudad junto al rìo (3) como la mejor novela editada durante los años 1986 y 1987. El jurado que lo otorgò -designado por la Sociedad Argentina de Escritores- estuvo integrado por Luis Ricardo Furlàn, Raùl Larra y Juan Josè Manauta. 
La novela fue presentada en la Uniòn Arabe por el profesor Elio C. Leyes -”escritor y presidente de la Universidad Popular, autor de Voz telùrica de Gerchunoff, editado por el Ateneo Judeo Argentino ‘19 de abril’ de Rosario”, quien “señalò que el libro bien podìa llamarse ‘Los gauchos àrabes’, en justo parangòn –según dijo-con la celebrada obra de Gerchunoff, en la cual no debe haber escritor que haya profundizado tanto como èl” (4). 
El Gobierno de Entre Rìos la declarò, por iniciativa del Consejo General de Educaciòn, de lectura complementaria en las escuelas superiores de la provincia, a partir del sèptimo grado, recomendando su utilizaciòn en la enseñanza. 
La obra està dedicada “a los inmigrantes àrabes –sirios y libaneses- y, por natural extensiòn, a españoles, italianos, alemanes, judìos, suizos, rusos, polacos, yugoslavos, y de cuanto otro origen y procedencia màs, que se lanzaron un dìa por los riesgosos caminos del mar a la aventura de ‘hacer la Amèrica’ “.Partiendo de su propia etnia, la mirada de Isaac se vuelve abarcadora, hasta incluir a hombres de diversa procedencia, cuya gesta evoca. 
Se refiere al arribo a la nueva tierra: “Los inmigrantes, aunque vengan en el mismo barco, llegan y descienden aquí de manera diferente según sea su origen que nosotros, con sólo mirarlos y hasta a veces sin oírlos, hemos aprendido a determinar con riesgo escaso de equivocarnos”. Seguidamente, describe el desembarco de italianos, alemanes, españoles, judíos y árabes, señalando las peculiares características de cada grupo. 
Describe el desembarco de un polaco enfermo: “Llegó la segunda tanda de ‘polacos’. Uno, vino enfermo. Lo bajaron dificultosamente del barco, lo llevaron casi arrastrándolo sobre la larga planchada y luego, alzándolo en vilo, lo trasladaron hasta debajo de los árboles donde se hallaban, en varios grupos, los demás. (...) De vez en cuando retorcíase y gemía, sin abrir los ojos. (...) Media hora después, llegó la ambulancia. Un carretón tétrico, tirado por cuatro alazanes bien alimentados, muy parecido a otro que sirve de fúnebre pero del que tiran unos caballos renegridos. Casi podría decirse que la variante consiste tan sólo en el color de los animales. Lo cargaron al enfermo sin que él se diese cuenta. Mantenía los ojos cerrados y los miembros blandos, sin fuerza, exhalando de vez en cuando un gemido corto”. Un largo rato después, el narrador recibe el legado del polaco: una bolsa conteniendo una colchoneta, varios tarros ennegrecidos por el humo de las fogatas y un paquete con hierbas de varias clases (5).
El libro de los recuerdos, de Ana María Shua, “es la novela de una familia argentina, con sus abuelos inmigrantes, hijos comerciantes y nietos atorrantes. Una sucesión de afectos y de envidias, de nacimientos y de penas, de matrimonios públicos y de amores prohibidos. Sin grandes escándalos, sin secretos horrendos ni crímenes brutales: con la cuota de humor, de fracaso y ternura que corresponde al país que, vaya uno a saber por qué, eligieron nuestros abuelos o sus padres para sufrir y gozar” (6). 
Es el patriarca de esta familia el abuelo que, en la juventud, debió empezar a llamarse Gedalia Rimetka, dejando de lado su nombre verdadero. En Polonia, donde comía papas todos los días, esperó escondido que falleciera algún paisano más o menos parecido para heredar su identidad, y poder así emigrar: “Murió Gedalia Rimetka, medianamente joven, de bigotes. Con su documento fue el abuelo al consulado de América, la verdadera, la del Norte, y le dijeron que no. No lo bastante joven murió Gedalia, no lo bastante joven como para pasar por el abuelo. En Polonia siempre hacía frío, siempre había nieve. Cuando se derretía la nieve, había mucho barro. El barro también era frío. El barro de Tomachevo cruzó el abuelo, que quería cruzar el mar. Y llegó al consulado de esta pobre América. Allí, le habían dicho, no se fijan mucho, no entienden nada, les da lo mismo. Allí también es América, aunque no tanto. Lo que vale es salir de Europa, lo que vale es cruzar el mar. Desde una América ya será posible llegar a la otra. Y no se fijaron, o no les importó, o no entendían nada, y el abuelo pudo ponerse en camino para cruzar el mar” (7).
En La isla se expande, Carolina de Grinbaum presenta a una familia judeo-polaca: “No puedo dejar extraviados en el ingrato olvido al matrimonio judeo-polaco y su hija, gnomos que poblaban uno de los cuartos intermedios dentro de esa casa de sorpresas. La mujer, aun en su corpulencia y aparente acritud, era modesta hasta lo invisible, tan hacendosa y esforzada que lindaba con lo increíble. El hombre, como corresponde a su naturaleza de duende, siempre oculto. Enfermo y resignado trataba de cubrir con su propio y esmirriado cuerpo el panorama tétrico de los frecuentes accesos, escupitajos y demás síntomas evidentes del mal que lo volcaría inexorablemente al fin. Marianita sentía cariño y respeto, en especial hacia esa esposa y madre, geniecillo movido por el amor. En un afán constante por tratar de alimentar y alegrar a la familia, la señora Matilde –ése era su nombre- pasaba largas horas dentro de la cocina, manipulando ollas y sartenes de las que finalmente extraía los mejores manjares elaborados a la manera europea. Al suponer que para obtener esos excelentes resultados frotaba las cazuelas como lo hiciera el legendario Aladino con su lámpara maravillosa, no dejaba de observarla. Gracias a Matilde adquirió buen gusto y habilidad para la cocina” (8).
Un personaje de Mestizo, novela de Ricardo Feierstein, relata por qué emigraron sus padres: “Moishe Búrej realmente no quería venir a la Argentina, pero ¿qué iba a hacer? Se fueron los hijos mayores y después me fui yo, luego Carlos con mi hermana. ¿Quién quedaba? Nadie, salvo Jacobo, que vino con ellos, en 1936. Cuando viajaron ya había guerra civil en España, salieron justo, justo. En Polonia quedaron otros parientes, tíos y primos: nunca más supimos algo de ellos. La zona de Lemberg fue muy castigada durante la Segunda Guerra, los alemanes entraron allí. Me contaron después que han hecho un verdadero desastre de mi pueblo. Fue una masacre en el centro, la zona de la feria, donde vivían las famlias judías. A los ucranianos no les hicieron nada, porque estaban con ellos. Pero de los nuestros no quedó ninguno vivo. Por suerte, nosotros nos fuimos antes. Dijimos ‘no va más acá, el futuro está muerto’. Y nos fuimos” (9).
Liliana Díaz Mindurry es la autora de Pequeña música nocturna, novela distinguida con el Premio Emecé en 1998. En esa obra, ella se refiere a las ocupaciones de una inmigrante, “una rubia gorda y polaca que ha dormido en la calle, que ha sido sirvienta en el colegio de la Santísima Trinidad. Y también prostituta los fines de semana por entretenimiento, por higiene, como dice con su acento extraño” (10).
Gabriel Báñez relata que la Zwi Migdal era una organización de trata de blancas que tenía en Ensenada el centro de sus operaciones. Casi todas las pupilas “venían de Varsovia, engañadas por un correo que les prometía casamiento y fortuna en la nueva tierra y con el cual refrendaban un contrato que avalaban los padres de las jóvenes. En cuanto pisaban puerto, debían enfrentarse sin embargo con la letra chica del contrato: la prostitución o el remate” (11).
Juan Jorge Nudel presenta, en Pensión “La Rosales”, la historia de una inmigrante que “llegó de Polonia y viajó a Rosario. Contratadas como artistas, pronto descubrieron de qué arte se trataba y siguieron el camino como les fue trazado”. Ella le dice a su hija, que se avergüenza del trabajo de la madre: “-No me mires con esa cara, escucháme, vinimos con contrato de trabajo para salir de Polonia; era probable que debimos asegurarnos mejor, pero no lo hicimos. Una vez aquí, hubo que defenderse”. La hija, a su vez, evoca: “Se escucharon rumores de la guerra en Europa, de la persecución a los judíos y mi mamá pensaba en su familia. Nunca supe nada de ellos. Mi mamá sólo sabía lo que recordaba hasta el día anterior a subir al barco. Subió sola y bajó acompañada por otras contratadas. Nadie fue a despedirla y nadie fue a recibirla” (12).
La polaca
El polaco Sovotnik, personaje creado por María Rosa Lojo en Las libres del Sur, dice: “Nunca fui un gran señor ruso, pero sí el heredero de un buen comerciante polaco. ¿Por qué cree que ahora soy portero? Ya salí de Varsovia con la mitad de mi herencia gastada, y me acabaron de desplumar en París. Por eso estoy aquí, limpiando casas y vigilando puertas, ya que ni estudio ni oficio tengo. Menos mal que no me falta alguna facilidad para los idiomas” (13).
En Kadish para el hombre de la valija (14), de Mauricio Goldberg, “Samuel Glezer, un pequeño comerciante casado y con dos hijos adolescentes, es el responsable de exhumar el recuerdo de su padre, súbitamente fallecido. Su hermano es una figura ausente y su madre oscila entre la sobreprotección y la melancolía; ambos parecen desentenderse a su modo del duelo que toda pérdida conlleva. A instancias de su madre, Samuel escribe a los amigos de su padre, como él emigrantes forzados y sobrevivientes del exterminio nazi. A medida que recibe sus respuestas, Samuel se ve involuntariamente impulsado a un viaje en la memoria, que lo llevará a recordar su adolescencia en Colonia Doctor Levin y a rescatar situaciones y voces que resuenan en la identidad del pueblo judío. A través de una voz narradora pródiga en emoción contenida, Mauricio Goldberg ofrece en esta novela una reconstrucción de la figura paterna, al tiempo que reflexiona sobre los ciclos implícitos en toda vida” (15).
En El infierno prometido (16), de Elsa Drucaroff, Dina anuncia a su madre que no se casará aún, pues seguirá estudiando. Su padre la apoya en esa decisión, y costea los estudios de la joven. La madre, furiosa, la amenaza: “¡Vos vas a terminar en Buenos Aires!”. Poco después, el vaticinio materno comienza a cumplirse: Dina es violada por un compañero de estudios. Este hecho trae la vergüenza a la familia, y el desprecio de quienes los conocen. Es entonces cuando aparece un hombre que llega desde la Argentina, buscando novia para casarse. El habla con el padre de una joven judía polaca. “Señor Hamer, yo soy un hombre práctico –dijo sonriendo-. Busco una buena judía trabajadora que pueda manejar mi casa y criar a mis hijos. Buenos Aires es una gran ciudad, con costumbres diferentes. No es fácil encontrar chicas bien preparadas para el matrimonio en una ciudad grande. Y en el caso de su hija, precisamente por lo que ella vivió, sé que va a valorar lo que voy a darle, y me lo va a retribuir como merezco. Porque va a ser muy difícil que encuentre a otro que pueda y esté dispuesto a dar lo que yo estoy ofreciendo” .
En La rabina, escribe Silvia Plager: “Poca atención le había prestado Esther a la música, pero de pronto el solo de violín la arrastró a un misterioso ámbito y en él su madre le volvió a contar que cuando se declaró el Estado de Israel, papá tomó el violín y se puso a tocar, a pesar de que sólo lo había aprendido de chico y mal, como si Shmuel, su virtuoso hermano mayor asesinado por los nazis lo guiara...” (17).
Acerca de BLACKIE con todo respeto (18), afirma Myriam Escliar: "Yo quería saber quién era Blackie. Y casi al finalizar la novela, el destino, la suerte o ella misma desde algún lugar me dieron una mano, poniendo en mi camino a la inefable Leocadia, aquella 'negrita' que habiendo trabajado en su casa durante muchos años, la conocía mejor que nadie. Después, todo fue más sencillo. Táibele, Paloma Efron, Blackie me dejó entrar en su privacidad y espero que todo lo que he escrito sobre ella, con todo respeto, haya servido para que aquellos que la han conocido la reencuentren y los que no, aprendan a admirarla con todo el fervor y reconocimiento que se merece" (19).
Elías Scherbacovsky es el autor de El Padre de los Monos (20), novela en la que aparecen personajes polacos y rusos.
"El padre de los monos era un hombre tangente, con una órbita propia. Un hombre que, engañosamente, de a ratos, parecía que sí, que iba a engranar con todos nosotros... pero no. No rodaba con la patria, tampoco con el universo, en el cual caben los que no caben en las patrias. A primera vista era un bulto ovillado y dormido con medio cuerpo sobre una mesa. Nunca lo vi enfermo y nunca nadie lo vio acostado. No tenia cama. Tampoco recuerdo que estornudara. Parecía un hombre de casualidad, sin reproches contra nada ni nadie, y esto lo hacía particularmente peligroso para los que, mirando de frente, sin ver a los costados, rodábamos con la ambición de ser mas que un hombre".

Notas 
1. Denevi, Marco: Ceremonia secreta.
S/F: en Wernicke, Enrique: El agua. Buenos Aires, CEAL, 1980. (Capítulo)
2. Wernicke, Enrique: El agua. Buenos Aires, CEAL, 1980. (Capítulo).
3. Isaac, Jorge: Una ciudad junto al río. Buenos Aires, Marymar, 1986. 
4. S/F: en La Capital, Rosario 
5. Issac, Jorge E.: op. cit. 
6. Shua, Ana María: El Libro de los Recuerdos. Buenos Aires, Sudamericana, 1994. (contratapa). 
7. Shua, Ana María: El Libro de los Recuerdos. Buenos Aires, Sudamericana, 1994. 
8. Grinbaum, Carolina de: La isla se expande. Buenos Aires, ig, 1992. 
9. Feierstein, Ricardo: Mestizo. Buenos Aires, Planeta, 1994.
Plager, Silvia: Como papas para varenikes.
10. Díaz Mindurry, Liliana: Pequeña música nocturna. Buenos Aires, Emecé, 1998.
11. Báñez, Gabriel: op. cit.
12. Nudel, Juan Jorge: Pensión “La Rosales”. Buenos Aires, Editorial Milá, 2002. 
13. Lojo, María Rosa: Las libres del Sur Una novela sobre Victoria Ocampo. Buenos Aires, Sudamericana, 2004.
14. Goldberg, Mauricio: Kadish para el hombre de la valija. Buenos Aires, Galerna, 2005.
15. "Kadish para el hombre de la valija", Mauricio Goldberg, Galerna, 2005 El Día, La Plata. 23 de Abril de 2005 
16. Nicastro, Laura Diana: Jueves para siempre. Buenos Aires, De los Cuatro Vientos, 2005.
Drucaroff, Elsa: El infierno prometido Una prostituta de la Zwi Migdal. Buenos Aires, Sudamericana, 2006. 336 pp. (Narrativas históricas)
17. Plager, Silvia: La rabina. Buenos Aires, Planeta, 2006. 
18. Escliar, Myriam: BLACKIE con todo respeto. Biografía novelada. Buenos Aires, Milá, 2007. 262 pp. (novela biográfica) 
19. Escliar, Myriam: op. cit.
20. Scherbacovsky, Elías: El padre de los monos. Buenos Aires, Milá, 2007. 340 páginas. (Imaginaria)
21. Prus, León: Como arena seca entre los dedos. Buenos Aires, Editorial Milá, 2007. 126 págs.
22. Bublik, Armando: La saga. Buenos Aires, Milá, 2008.
23. Parisi, Alejandro: El ghetto de las ocho puertas. Random House Mondadori, 2009.

Novelas infantiles y juveniles

Notas
1. Birmajer, Marcelo: El alma al diablo. 1994.
2. Suez, Perla: Dimitri en la tormenta. Buenos Aires, Editorial Sudamericana, 1997. (Primera Sudamericana)

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