viernes, 29 de septiembre de 2000

Novelas con irlandeses

Carlos Marìa Ocantos es el autor de Quilito (1), una de las tres obras màs representativas del “Ciclo de la Bolsa”. En esa obra, él escribe que Quilito “miraba a Mìster Robert y se encogìa de hombros con làstima. No, no se verìa èl en ese espejo. Allì estaba desde la mañana casi hasta la noche, la espalda encorvada, los dedos agarrotados sobre el lapicero, sentado en el banco de patas largas, sin descanso, sin distracciòn, esclavo del trabajo, prisionero del deber; y asì todos los dìas, todos los dìas... hasta que la enfermedad le clavase en el lecho, la vejez le baldara o le sorprendiera la muerte. Entretanto, habrìa pasado los mejores años de su vida sin gozarlos, dejando para otros el fruto de lo que èl sembrara...”. 
No sòlo Mister Robert era probo; tambièn lo era su familia: el inglès “no concurrìa a cafès ni a teatros; su distracciòn ùnica, suprema, que saboreaba con el deleite de un goloso, era su familia: la mujer, un àngel; el hijo, otro àngel, y el padre, viejo patriarca de Irlanda, màs catòlico que el Papa y de una honradez a toda prueba; de esos caracteres que ya no se estilan y que, temerosos, se esconden en el santuario del hogar, como prenda pasada de moda, para no exponerse a la irrisiòn del pùblico”.
En De aquí hasta el alba (2), Eugenio Juan Zappietro escribe sobre un irlandès que llegò al desierto en 1866, y el socio granadino que lo traicionò. O’Flaherty “juraba que Argentina era el paìs del futuro. No se equivocò por mucho en cuanto a la tierra; se equivocò de hombres, pero una lanza araucana habìa terminado con èl para evitarle la amargura de comprobarlo”.
“Vivía con una muchacha de Glasgow, que no tenía miedo a empuñar un mosquete y lo había seguido muchas millas para tener una hacienda propia donde pensaban criar ganado Hereford. La tierra no daba todavía para esas aventuras y O’Flaherty puso un saladero en compañía de un granadino llamado Ozores, que le robó el negocio y trató de hacer lo mismo con la chica de Glasgow. Ella pudo huir y el granadino tuvo que matarla. El irlandés la enterró con todo el rito de su Eire, con azaleas que consiguió nunca se supo dónde, y se sentó a esperar la muerte”.
En Barcelona se edita Frontera Sur, de Horacio Vázquez-Rial. En esa novela, evocó la inmigración irlandesa. Una joven de esa nacionalidad se presenta para un puesto de maestra: “Era una muchacha rubia, con pecas, casi una niña. Se sentó ante el tribunal familiar en el borde de una silla, con las manos juntas y las rodillas juntas, paseó sus ojos claros por el fondo de los ojos que la observaban y sonrió”. Se llama Mildred Llewellyn y habla castellano con dificultad. Dice la joven: “Llego de Irlanda hace tres días y vengo aquí”. Su empleador le enseña: “-Llegué –corrigió Roque, mostrando el pasado con el índice, en un lugar situado detrás de su hombro derecho-. Y vine”. 
Durante la entrevista se desmaya: “La natural palidez de Mildred se acentuó de pronto. Roque vio nacer dos trazos morados sobre sus pómulos. (...) Ramón echó a correr hacia el fondo, pero, apenas pasada la puerta, le detuvo el ruido grave, como lejano, discreto de la caída del cuerpo de Mildred. Roque, que la alzó del suelo, pensó que jamás había conocido ser tan leve”. Es que –como explica en su trabajoso castellano- había comido por última vez en el barco, ya que no había parado en el Hotel de Inmigrantes (3).
En Secretos de familia (4), de Graciela Beatriz Cabal, relata la protagonista: “El Padre Mulleady era pobre, era bueno, ayudaba a las personas y también a los indios (no como el tío de Gran Mamá), y siempre estaba tan contento que cantaba ‘Los ojazos de mi negra son como soles...’ Una sola vez en la vida metió la pata el Padre Mulleady, pero fue sin querer: cuando la casó a mi mamá con mi papá, dice mi mamá. Después de eso, se murió. Cuando yo sea grande me voy a tomar un barco, me voy a bajar en Irlanda y voy a empezar a caminar buscando la casa y la olla del puchero de la abuelita de Gran Mamá y del Padre Mulleady. Y como a cada rato voy a repetir ‘Padre Mulleady, Padre Mulleady, Padre Mulleady’, seguro que encuentro todo perfecto”.
En 1999 aparece la novela Moira Sullivan (5) de Juan José Delaney. La historia de esta mujer -que se inicia con su nacimiento en los primeros años del siglo XX o al finalizar el anterior- es una historia en sí, desarrollada hábilmente, pero permite también al novelista explayarse acerca de las circunstancias en que esta historia se desenvuelve. "Lo importante era el silencio escribe Delaney-. Todas las noches lo buscaba, especialmente los domingos cuando las otras recibían visitas y ella más sentía el acoso de la soledad. En rigor, a nadie tenía pese a haber estado en la vida de muchos y a que, por esa acción secreta y persistente del arte, continuaba gravitando sobre gentes extrañas y lejanas. El silencio de ese anochecer dominical le permitiría entregarse serenamente al ensueño en el que resucitarían vivencias y pensamientos provenientes de zonas postergadas por su memoria, y también secretas conexiones que su visión de la vida, del mundo y de los hombres concertaba con cierta independencia”.
En Hay que matar (6), de Andrés Rivera, “Milton Roberts, galés, tuvo unas pocas leguas de tierra en El Sur del Sur, algunas ovejas, cuatro o cinco perros y dos o tres caballos, y un hijo llamado Byron Roberts. Hasta que La Compañía hizo su oferta y él dijo, impávido, no. Bill Farrell había escapado, hambriento, de Irlanda, y era comisario de policía en El Sur del Sur. Tenía una mujer a la que llamaban Rosario. Con Bill Farrell, Byron Roberts aprendió, entre otras cosas, el oficio de matar. En El Sur del Sur sobran el petróleo y la violencia. El poder es propiedad de unos pocos, pero la venganza -a diferencia del sexo y del whisky- es una de las cosas que no se compran ni se venden. Allí un hombre mata como Andrés Rivera escribe: en busca de conocimiento y de justicia. En El Sur del Sur hubo un imperio. El imperio no se disolvió: tiene otros nombres, más impersonales. Pero todavía dicta la ley. Todavía mata” (7). 
Al publicarse la novela, Demian Orosz entrevista al autor. Transcribimos un fragmento de ese reportaje: 
“El título de su último libro sacude el aire como un disparo en la noche. Posee, además, la precisión y la contundencia que requiere un imperativo: Hay que matar. Podría pensarse que esas tres palabras que son la inversión exacta del quinto mandamiento merecerían una aclaración, una trama que despeje los posibles malentendidos. Quien piense así se verá defraudado. El centenar de páginas que componen la reciente novela de Andrés Rivera no se detiene en explicar nada. Entre otras razones, porque no es tarea de la literatura redactar un nuevo decálogo. Quizá, también, porque el ahorro de palabras que viene marcando a fuego la prosa del autor es algo más que un rasgo de estilo. Las ausencias, los vacíos que el lenguaje apenas alcanza a cubrir requieren un lector que no retroceda ante los silencios. Lo que Rivera denomina, sin abundar demasiado, un ‘lector inteligente’ ”. 
“Tampoco el protagonista de Hay que matar (recién publicado por Editorial Alfaguara) sabe porqué cumple con lo que el título le reclama. Durante 20 años, Byron Roberts fue comisario en un pueblo perdido en la Patagonia. Durante 20 años se acostó con mujeres propias y ajenas, bebió toneladas de whisky y recorrió a caballo una tierra helada y fría mientras se decía a sí mismo cosas que apenas comprendía. No ha olvidado: sin saber las razones, sin esperar nada a cambio, una noche sale en busca de los tres hombres que 20 años antes ejecutaron a su padre”. 
“Así mata Byron Roberts, que a esta altura de la historia ha cambiado de nombre y ahora se llama Nadie: ‘Nadie tocó el gatillo dócil de su revólver, desde la distancia necesaria para no mancharse con la boca de El Sargento. Saltaron, en la luz de la casa que Nadie calificó de mugrienta, astillas del paladar, pedazos de lengua, dientes, pedazos de labios, de lo que fue la boca viva de El Sargento’ ”. (...) 
“Byron Roberts sabe bien que la justicia por mano propia o la que puede hacer un solo hombre carece de valor. Byron sabe que lo que hace no cambia nada. Hay que matar arrancó como arrancan la mayoría de sus libros. Cuando empezó a escribirlo tenía el título, algunas líneas del comienzo y otras tantas del final. Lo que había que poner en el medio es una historia que Rivera escuchó a mediados de los ‘60. ‘Yo estaba mucho en el Sindicato de Prensa de Buenos Aires —cuenta el autor—. Uno de los periodistas que frecuentaban la sede se llamaba Milton Roberts, un hombre muy british. Las patotas fascistas tenían por costumbre agredir la casona, y una noche, al término de uno de esos asaltos, Milton me contó la historia de su padre: había sido comisario en el sur. Un día le avisaron que tres personas habían asesinado a un poblador. Salió a buscarlos, mató a dos y volvió con la confesión del tercero’. Milton Roberts también le contó a Rivera que los hombres que su padre había perseguido eran asesinos a sueldo de lo que en la novela se llama La Compañía: ‘No la menciono con su verdadero nombre porque seguramente hay descendientes de quienes fueron sus dueños, y me advirtieron que podían iniciarme un juicio’ " (8). 
En Los Jardines del Carmelo (9), Ana María Guerra relata: “El garito hervía: chacareros irlandeses, comerciantes de San Benito, parroquianos del Social y de Socorros Mutuos. Se apostaba fuerte esa noche, y en consonancia el clima era tirante”. En otros pasaje, la autora se refiere a “el irlandés Mac Loren, que tenía en sus espaldas dos muertes, sin otro atenuante que el pequeño barril de cerveza bebido sin respirar”.

Notas 
1 Ocantos, Carlos Marìa: Quilito. Madrid, Hyspamèrica, 1984. 
2 Zappietro, Eugenio Juan: De aquí hasta el alba. Barcelona, Hyspamérica, 1971. 
3 Vázquez Rial, Horacio: op. cit 
4 Cabal, Graciela Beatriz: Secretos de familia. Buenos Aires, Sudamericana, 2003. 
5 Delaney, Juan José: Moira Sullivan. Buenos Aires, Corregidor, 1999. 
6 Rivera, Andrés: Hay que matar. Buenos Aires, Alfaguara, 2000. 120 páginas. (Biblioteca Andrés Rivera). 
7 S/F: en www.alfaguara.com.ar 
8 Orosz, Demian: “Rivera Andrés: Soy un hombre entre los hombres”, en La Voz del Interior, Córdoba, 22 de junio de 2001. 
9 Guerra, Ana María: Los Jardines del Carmelo. Buenos Aires, Corregidor, 2003.

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