lunes, 25 de septiembre de 2000

Novelas con griegos

En su novela Un noviazgo, Bernardo Verbitsky presenta a un griego con ocupaciones no muy claras: El Checato “Tenía mandíbula muy ancha, y aunque su cara era flaca, ahondada debajo de los pómulos, sus maxilares estaban recubiertos de fuertes músculos. ‘Un etrusco sonriente con anteojos’, pensaba. Y la verdad era que sus anteojos de cristales sin virola, quedaban incluidos en su ancha risa que le llegaba silenciosa. Los anteojos quedaban en medio de las arruguitas. Era un efecto raro y más bien siniestro. (...) Trigo limpio, no es. Es un vivo que ve bajo el agua. (...) Dicen que anda en veinte asuntos. Pero no anda, corre detrás de los pesos, claro. Vende alhajas de fantasía. Compra no sé qué. Además es amigo de don Alí y lo peor es que los dos lo disimulan. Quién sabe en qué andarán. A lo mejor son socios” (1).
En Un árbol lleno de manzanas, escribe Marta Lynch: “La casa del griego es triste como la del sexto B pero sucia. En las paredes tienen anotadas medidas y clavados alfileres y fotografías de elegancia en Epsom. Tiene además dos maniquíes también elegantísimos” (2).
Un griego es el propietario del copetín al paso Acrópolis. Relata el hijo –protagonista de Latas de cerveza en el Río de la Plata, novela de Jorge Stamadianos que fue distinguida con el Premio Emecé 1994/95-: “El Acrópolis está ubicado sobre el andén de una estación de la zona norte del Gran Buenos Aires que años atrás, en la década del 50, había conocido su época de esplendor. El lugar había crecido rápidamente en esos años dando origen a una calle principal donde se amontonaron todo tipo de comercios. (...) Mi viejo había hecho pintar el Partenón sobre los vidrios como un símbolo triunfal de su país, pero el paso del tiempo descascaró el dibujo, metamorfoseando esa imagen idílica –pintada de dorado- en la actual del monumento en ruinas” (3).
Spyros Aristóteles, el griego gigante, el competidor de Nikos Kentros, no sabia para quien me vendia los martes y los jueves los chocolates Dolca que le llevaba a Leonor al hotel de citas. El, y tambien Tito, aunque este con celos, me admiraban con envidia las visitas que como periodista radial les hacia a las estrellas que me recibían "en tetas" en los camarines del Teatro Maipo. Spyros lucia un mostacho que le venia creciendo desde hacia meses y parecia un bigote falso, pegado en su rostro casi lampiño. No hacia muchos años habia llegado desde un suburbio de Atenas con su padre, un venerable anciano alto como el, que quiza castigaba a su mujer, quien estaria esperando en Grecia el pasaje de llamada. Con gafas, enfundado en un estrecho y raido sobretodo que la impaciencia le hacia abotonar y desabotonar, dejaba en evidencia sus rollos de carne alrededor de la cintura. No hablaba una palabra de español y se enfadaba con los niños que se mofaban de él. Su hijo se hacia llamar 'Alberto Aristo', de Aristóteles, un nombre de categoria, y buscaba constantemente nuevas fórmulas para sentirse 'uno mas entre los argentinos'. Para hacerse de amigos aprendía rápidamente palabras y giros del lunfardo. Como los entendidos, hablaba del lunfardo diciendo con cierta solemnidad que 'es el lenguaje del hombre de Buenos Aires'. Aprendia los giros de memoria, los articulaba igual que Tito al vocalizar sus textos, y una vez seguro con ellos los incorporaba a la conversación. Los clientes se destemillaban de risa, y él con ellos para no desentonar, al escuchar el argot porteño saliendo por entre sus dientes enchapados en oro y plagado de fugaces eses griegas. Avido por conocer a la gente, no cesaba de preguntarles sobre sus artes y oficios al venderles cigarrillos y pastillas. Asi fue que le conté de mi profesión, lo que le hizo abrir los ojos. '¡¿Periodista?!'. Para impresionarlo y por jactancia, le contaba a veces de mis entrevistas con las bailarinas del teatro cuando semidesnudas, y con zapatos de tacón alto, se maquillaban en el camarin entre las flores de sus admiradores. 
'Tengo fisico, ¡fisico tengo!, pero me falta labia para el chamuyo", se lamento Aristoteles una tarde de verano al confiarme sus dificultades para encontrar una 'hembra'. Su mujer, una palida aldeana recien lIegada y aun con el pañuelo de color crema en la cabeza, fajaba en silencio a su primogenito sobre una caja de carton que contenia golosinas envueltas en papel celofan, elaboradas con sesamo y miel. La conoció por correspondencia y habia recibido referencias sobre su familia de unos parientes de la isla Egina, la vieja rival de Atenas, donde la habia dejado embarazada sin saber que seria su esposa, poco antes de zarpar hacia Buenos Aires. 
Cada tanto llevaba nuestra conversacion hasta el punto en que podia insistir para que volviese a narrarle mis encuentros con eburneas y casi siempre entrañables mujeres como Zulma Faiad, Egle Martin y otras figuras del teatro de revistas. '¿Se dejan, che? Si las agarro le saco los intestinos por la boca', me decia Tito Lopez. Cuando concluia mis escuetas descripciones de lo que ocurria en los camarines, donde el aroma de las hojas de eucalipto hirviendo en un caldero se mezclaba con la fragancia de las flores, Aristoteles se llevaba las manos abiertas a la bragueta, como le habian enseñado los que se juntaban delante de su quiosco, junto al local de Isaac Brandes, para piropear a las mujeres y fumar comiendo garrapiñadas. Spyros Aristoteles, habitualmente ligero en la atencion a los clientes, se demoraba antes de entregarme la barra de Dolca. Sonreia de admiracion por mi, un diestro del sexo, se llevaba al pecho el chocolate que me envolvia para regalo y gozaba como si fuese el quien se lo daria a las bataclanas con las piernas abiertas. 
Yo debia de parecerle el hombre mas listo de la ciudad pues no se cansaba de elogiar mi elegancia para vestir. Me decia "siñor". Cuando lo queria, sabia adornarme con corbatas a la moda y ternos a la medida. Los chalecos me caian como una plomada gracias a la precision y a la simpatia que me tenia un sastre enamorado de sus telas espesas. Con una mano, 'Alberto Aristo' me alcanzaba el chocolate y los billetes del vuelto, que habia contado previamente haciendolos sonar uno a uno entre los dedos y mojandose el pulgar para que no se le pegaran. Con la otra, erguido por encima del mostrador y bajo la mirada de su adusto padre, se halagaba con una sensual caricia las imberbes mejillas, me guiñaba un ojo argentino bien aprendido, cargado de complicidad, y me decia la frase que lo vendia sin misericordia: "un bon suerte siñor".

Notas 
1 Verbitsky, Bernardo: Un noviazgo. Buenos Aires, Planeta, 1994. 
2 Lynch, Marta: Un árbol lleno de manzanas. Buenos Aires, Editorial Sudamericana, 1974. 
3 Stamadianos, Jorge: Latas de cerveza en el Río de la Plata. Buenos Aires, Emecé, 1995. 
4 Scherbacovsky, Elías: El padre de los monos. Buenos Aires, Milá, 2007.
5 Dillon, Susana:

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