domingo, 10 de septiembre de 2000

Novelas con austríacos

En Herederos sin historia, escribe Jovita Epp: "Afuera se había hundido el rojo y las vidrieras ilumnadas se reflejaban en rectángulos sobre las veredas. ¡Qué maravilla todo lo que muestran!, pensó Lisa. Habría que hacer la comparación con la Rue St. Honoré; quzás allá la mercadería ofrecida sea de mejor calidad, aquí se conforman por lo general con un 'más o menos', con tal de que 'lo parezca'. Pero las palmas se las llevan las decoraciones de vidrieras de la avenida Santa Fe. Y Lisa, que en Viena se había llamado Liesl, diminutivo de Elisabeth, sonrió en el atardecer iluminado por las luces de neón, porque repentinamente se le ocurrió pensar si los jesuitas, de los que tanto gustaba hablar el marido de Valentina, hubiesen soñado con que el nombre de su 'reducción' sería una vez el nombre de una elegante avenida, con artículos de lujo y bagatelas en las vidrieras artísticamente decoradas" (1).
En La madriguera, Tununa Mercado recuerda a Myriam Stefford: "la melancolía triunfaba cuando aparecía en medio del panorama el monumento erigido por un llamado Barón Biza a su amada, la aviadora Myriam Stefford. El altísimo obelisco, ala estilizada, parecía un mástil sin esperanzas de mar entre las nubes del costado sombrío del camino y la historia de esos personajes ocupaba en nuestro interés el lugar del paisaje: los restos de un avión que se había precipitado; una mujer pionera que había volado más allá, por sobre las montañas y los ríos, amada por un hombre que tenía título de barón, o que así se llamaba como otros se llaman Conde o Rey, un amor que la muerte había desintegrado. En una cripta de mármoles negros como la obsidiana, se leía en la tumba una inscripción que maldecía por anticipado a quien la violara" (2).
En La matriz del infierno (3), Marcos Aguinis relata: "Rolf había tenido que viajar en tren a la austral Bariloche. (...) El almanaque que colgaba en la vasta cocina del conventillo donde bebió café antes de dirigirse a la estación terminal le recordó que ya era el 11 de febrero de 1930. Don Segismundo, mientras sorbía ruidosamente de su tazón, trató de infundirle ánimo y le aseguró que Bariloche era bellísimo, que encontraría allí los panoramas disfrutados en su infancia, en las vecindades de la Selva Negra. Muchos inmigrantes austríacos, suizos y alemanes la había elegido por su semejanza con la tierra natal".

Notas
1. Epp, Jovita: Herederos sin historia. Buenos Aires, Emecé, 1978. 283 pp.
2. Mercado, Tununa: La madriguera. Buenos Aires, Tusquets Editores, 1996.
3. Aguinis, Marcos: La matriz del infierno. Buenos Aires, Sudamericana, 1997.

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