lunes, 10 de agosto de 1998

BARCOS DE ESCLAVOS

En la película «Titanic», la protagonista, Rose Dawson, dice que sentia que iba en un barco de esclavos. Desde su punto de vista de joven rica venida a menos, se consideraba esclava de su pasión por el lujo y el dinero, de la ambición y el egoismo de su madre, de su relación con un hombre necio y violento que, sin embargo, tenía a su favor miles de dólares que obraban como poderoso argumento ante cualquier desavenencia.
La joven Dawson podIa sentirse esclava, pero no cabe duda de que, en la pellcula, los verdaderos esclavos son los inmigrantes y los trabajadores de las calderas. Cuando el barco choca con el témpano, se cierran las puertas herméticas y los obreros del ultimo nivel del barco escapan gracias a su veloz reacción, pues las puertas bajan y, en una oportunidad, da la impresión de que van a atrapar el pie de uno de los infortunados.
A los inmigrantes se los ve en las cubiertas que les corresponden, aislados del resto de los pasajeros, de mayor nivel social. Se contrapone la fiesta de etiqueta, con la fiesta de estos pobres diablos, en las que reinan la danza, las bebidas alcohólicas, la musica de su tierra y las pulseadas, como demostración de fuerza y valor.
Cuando sobreviene la tragedia, lo primero que se hace es cortar el acceso de los inmigrantes a los botes. Primero subirían los pasajeros adinerados y luego... Bueno, luego se acabarían los botes, que no alcanzaban ni para la rnitad de las almas. Cuando, por fin, los inmigrantes logran abrirse paso, se los repele a tiros y palazos. Uno de los personajes hace notar que los botes, que tenian capacidad para sesenta y cinco personas, y habían sido probados por setenta hombres, se bajaban al mar con muchos menos pasajeros, quizas con quince o veinte cada uno. Esto limitaba aun mas la posibilidad de sobrevivir de los inmigrantes, indignados ante una situación resumida por la madre de la protagonista que pregunta si los botes se iban a ocupar de acuerdo a la clase social.
Las penurias de Rose Dawson y las de los inmigrantes, poco parecen comparadas con las que narra Theodore Canot, autor de Memorias de un tratante de esclavos, el hijo de un soldado napoleónico que encontró en este vil comercio un medio de subsistencia. «Es curioso cómo nuestras vidas y destinos son frecuentemente decididos por nimiedades -afirma. Mi ojo de nauta y mis gustos fueron impresionados por el cuidado en que eran mantenidos los buques que efectuaban el trafico de esclavos que acostumbre a ver anclados frente a La Habana. Había algo de embrujamiento para mi mente en su belleza».
En una oportunidad, Canot ayudó al «estibaje de ciento ochenta muchachos y muchachas, el mayor de los cuales no pasaba de los quince años de edad». El traficante no imaginaba cómo podía acomodar a tanta gente en las reducidas dimensiones del navío, hasta que se le ocurrió la solución: «Encontre que era imposible colocarlos a todos en posición que les permitiera estar sentados, pero los hicimos estirarse el uno al lado de otro, como sardinas en una lata, y de esta manera, logramos espacios para todo el cargamento».
Este cuadro vergonzoso nos remite a las medidas que se tomaron en 1907 para mejorar la travesía de los inmigrantes, «disponiendo que cada pasajero tenia derecho a una superficie minima de 1,30 metros cuadrados, a una cama de 1,80 metros de largo, a utilizar cocinas y baños a bordo asi como al control médico». La asociación de ideas no es ociosa, sobre todo si se recuerdan las palabras de Lucio V. Mansilla, quien afirmó en sus memorias: "De España, en general del Ferrol, de la Coruña, de Vigo sobre todo, sí llegaban muchos barcos de vela, rebosando de trabajadores, aprensados como sardinas ( ... ) En cierto sentido eran como cargamento de esclavos. Husmeando se vería confirmado: que el esclavo se hace liberto y el liberto se hace señor, capaz de comprar al mas pintado de sus primeros dueños».
En estas situaciones de hacinamiento -dice Canot-, la disciplina es primordial, especialmente durante la noche, «pues, de lo contrario, todo negro se acomodaría como si fuera un pasajero». Y no lo eran, como tampoco, en muchos sentidos, podian considerarse asi los inmigrantes y la misma Rose Dawson, quien suscitó en mí estas reflexiones. 

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