lunes, 15 de enero de 1996

LORCA EN LUNFARDO

Los "Seis poemas galegos" en ediciòn bilingûe. Traducciòn de Luis Alposta. Estudio preliminar de Antonio Pèrez-Prado. Buenos Aires, Corregidor, 1996.

Federico Garcìa Lorca naciò en Fuente Vaqueros, Granada, probablemente en 1898. Estudiò Derecho y Filosofìa y Letras; fue aficionado a la mùsica y a la pintura. A criterio de Rodolfo M. Ragucci, “este eximio y singular poeta se caracteriza por la constante evoluciòn desde lo popular hasta los lindes de la poesìa pura. En su producciòn, es dado observar una extraña variedad de tonos que se suceden o entremezclan: popular, infantil, sencillo, alambicado, subjetivo, realista, misterioso, anadaluz, gitano, pintoresco, dramàtico, tradicional, clàsico, modernista, metafòrico, parnasiano, ultraìsta, ligero, profundo y oscuro; pero es siempre pintor y mùsico”. 
En una de sus cartas, Garcìa Lorca escribiò: “En mis conferencias he hablado a veces de la poesìa, pero de lo ùnico que no puedo hablar es de mi poesìa. Y no porque sea un inconsciente de lo que hago. Al contrario, si es verdad que soy poeta por la gracia de Dios –o del demonio- tambièn lo es que lo soy por la gracia de la tècnica y del esfuerzo y de darme cuenta en absoluto de lo que es un poema”. 
Lorca perteneciò a una generaciòn poètica que recibiò muchos nombres: la generaciòn del 25, la generaciòn de Guillèn-Lorca o la generaciòn de la dictadura, aunque el nombre màs acertado –y el màs difundido- es el de generaciòn de 1927. En 1927 se cumpliò el tercer centenario de la muerte de don Luis de Gòngora, y los jòvenes se reunieron para lograr que se restaurara y considerara al autor de las Soledades. 
Admiraban en èl la tècnica y el oficio. “Alberti fue el que logrò imitarlo mejor –comenta Joaquìn Gonzàlez Muela-, pero haciendo alarde de habilidad formal, como ejercicio literario, màs que con convicciòn o con penetraciòn ideològica”. Guillèn se siente atraido por las descripciones, a las que considera fruto de una visiòn mayor y màs profunda. 
Afirma el estudioso que los lìricos del 27 eligieron como maestro a Juan Ramòn Jimènez porque –a criterio de sus discìpulos- profundizò màs que Unamuno y Machado en el anàlisis de las sensaciones y encontrò el medio para la expresiòn de ese anàlisis. En “Palabras para Federico”, Rafael Alberti dice que Jimènez creò el romance lìrico, inaprensible, musical, inefable, mientras que Lorca inventò el dramàtico, lleno de escalofriado secreto, de sangre misteriosa. “Tù –dice a Garcìa Lorca-, sobre las piedras del antiguo romancero español, con Juan Ramòn y Machado, pusiste otra, rara y fuerte, a la vez sostèn y corona de la vieja tradiciòn castellana”. 
En 1927, el granadino escribiò: “Me va molestando un poco mi mito de gitanerìa. Confunden mi vida y mi caràcter. No quiero de ninguna manera. Los gitanos son un tema. Y nada màs. Yo podìa ser lo mismo poeta de agujas de coser o de paisajes hidràulicos. Ademàs, el gitanismo me da un tono de incultura, de falta de educaciòn y de poeta salvaje que tù sabes bien que no soy. No quiero que me encasillen. Siento que me van echando cadenas”. 

Los poemas gallegos 

Garcìa Lorca escribiò Impresiones y paisajes (prosa) y los libros de poemas Romancero gitano, Poema del cante jondo, Llanto por Ignacio Sànchez Mejìas y Seis poemas galegos, entre otros, ademàs de Bodas de sangre, Yerma y otras logradas obras de teatro. “En sus pasos inciales –observa Ragucci-, se echa de ver el influjo de Rubèn Darìo y luego de Rueda, Jimènez y los Machado, mas no tarda en marchar enteramente solo”. 
Los Poemas Galegos aparecieron en 1935 un año antes de la muerte del poeta. Antonio Pérez-Prado recuerda los orígenes de estos textos: “Federico se enamorò de Galicia en su temprana juventud, que es el tiempo de los amores incurables. Visitò esa tierra màgica en años estudiantiles y nos dejò pàginas de su mejor prosa dedicadas a dibujar el paisaje, cantar las mansas lluvias y la mirada triste de los hospicianos. Y escuchò el habla de la tierra, que no podìa entender cabalmente: eso la convertìa por momentos en mùsica limpia, de antiguo sabor”. 
Se pregunta “¿Hasta què punto llegò (Garcìa Lorca) a conocer la vieja lengua? ¿Hasta què punto recibiò ayuda?”. Destaca que “la discusión admite, también en este caso, dos posiciones extremas y lo que pueda caber entre ellas. Desde la firmeza con que un gran escritor gallego, X. L. Franco Grande, asegura que los poemas no son de Federico, pues èl no conocìa el habla de Galicia, hasta el contrapuesto juicio de Alonso Montero. Segùn Xesùs, no puede haber dudas, Lorca es el autor y algunos gallegos de naciòn, como Guerra Dacal y Eduardo Blanco-Amor, pueden haber corregido detalles lingûìsticos y poco màs”. 
Pérez-Prado cita a Guerra Dacal, quien escribió una carta a Blanco-Amor en la que deslinda las responsabilidades en la creación de los mencionados textos: “Sobre los poemas de Federico –los gallegos, se entiende- mi intenciòn fue de servirle de diccionario viviente y –si me es permitido al decirlo- poètico y discriminativo. El me decìa un verso en castellano y yo lo traducìa libremente al gallego, buscando, como es natural, las palabras que a èl màs pudieran impresionarle por color, sonido y evocaciòn màgica”. 

Luis Alposta, traductor 

En su Diccionario lunfardo y de otros tèrminos antiguos y modernos usuales en Buenos Aires, Josè Gobello define al lunfardo como “el repertorio de voces traìdas por la inmigraciòn, imitadas festivamente por el compadrito e incorporadas luego al lenguaje popular de Buenos Aires. Lo delictivo puede ser lunfardo o no serlo –agrega- y otro tanto ocurre con el lenguaje de la vida airada, que es el de los rufianes y sus pupilas”. 
En las paginas que anteceden a la traducciòn de Alposta_ Antonio Pèrez-Prado afirma que “el lunfardo es jerga burguesa, de gran ciudad cosmopolita”. Sobre el origen de esta jerga, señala: “El lunfardo porteño tiene aspectos comunes a los argots, slangs, cockneys y otras jergas; por ejemplo, en la mecànica de invenciòn de palabras. A estos recursos del tipo de las proteicas inversiones o transposiciones silàbicas y de los juegos paranomàsticos e hipocorìsticos, deben añadirse como propias del lunfardo las masivas aportaciones de tèrminos inmigratorios”. 
Entre estos tèrminos, percibe una notoria diferencia de cantidad segùn su procedencia: “Por cierto que los de origen italiano, sobre todo dialectal, forman el grueso. Las gallegas, en cambio, son pocas y contaminadas por una sospecha: la de que se trata de portuguesismos”. 
“Cuando Antonio Pèrez-Prado me hablò de los poetas alòfonos por telèfono, me llevò unos minutos reaccionar –dice Alposta, en el pròlogo a su traducciòn- y luego, ya repuesto, me tentò la idea de poder incorporar estos poemas gallegos a la literatura lunfarda” (8). El lunfardo es una inquietud de hace muchos años para Alposta, poeta y ensayista, autor dela Antologìa del soneto lunfardo y El lunfardo y el tango en la medicina, entre otras obras, y miembro de nùmero, desde 1968, de la Academia Porteña del Lunfardo, en la que ocupa el sillòn puesto bajo la advocaciòn de Felipe Fernàndez, “Yacarè”. 
En el pròlogo, Alposta se refiere al problema que enfretò al abocarse a su tarea: “Tuve que decidir –recuerda- si debìa aproximarlo a Lorca a los porteños, cambiando suficientemente sus palabras para hacerlo initeligible, aùn a costa de sacrificar el estilo, la belleza y los giros del lenguaje gallego, o si, por el contrario, debìa valerme de mi conocimiento del lunfardo para que fuèsemos nosotros quienes nos aproximàramos a èl”. La respuesta surgiò clara: “A mi juicio, esta ùltima es la ùnica forma de hacer que la traducciòn pueda ser leìda en la lengua a la que se traduce conservando la frescura, la pureza, los giros estilìsticos y la originalidad del poeta”. 
Desde que Alposta, poeta y traductor, vertiò los versos gallegos al lunfardo, Ramòn de Sismundi ya no està triste, sino “depre” y la “Quintana dos mortos” se ha transformado en la “quinta del Ñato”. No intentó –nos dice- ni la versiòn ni la paràfrasis. Optó simplemente “por la traducciòn casi literal, buscando interpretar cada uno de estos poemas y llevarlos al lunfardo sin morir en el intento”. 
Pèrez-Prado, quien vivò de cerca este proceso, da cuenta de los avatares del mismo: “El traductor poeta no hallaba palabras adecuadas. Faltan en el lunfardo –repetìa- esas voces perfumadas y cariñosas, de afecto y ternura. Lo decìa èl, autor de una obra de lujosa poesìa lunfardesca donde nada falta, y menos esos sentimientos y actitudes bàsicas”. 
Alposta presenta a los lectores el fruto de su labor con estas palabras: “En los originales, el lenguaje y el vocabulario son de una autenticidad ejemplar: los giros, palabras e imàgenes son las del pueblo gallego, y resumen un sabor caracterìstico que hace reconocer de inmediato el estilo inconfundible de Lorca. Ahora, los veràn ustedes con ropaje lunfardo”.

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