viernes, 10 de febrero de 1995

LA PATRIA DESCONOCIDA

por Baldomero Fernández Moreno. 

Al igual que muchos de nuestros escritores, Baldomero Fernàndez Moreno evocò sus años de infancia, una edad escindida entre dos tierras, Argentina y España. Recuerdos de estos años se encuentran en su poesìa (1), y tambièn en su libro en prosa titulado La patria desconocida (2), publicado por primera vez en 1943, como anticipo. Quince años màs tarde, esta obra se publica en la Biblioteca Menèndez y Pelayo, de Santander, con estudio preliminar de Gerardo Diego. En Argentina, La patria desconocida se edita en un solo tomo con otro volumen, Vida y desapariciòn de un mèdico, que habìa visto la luz en 1935. Ambos volùmenes se unifican bajo el tìtulo de Vida. Memorias de Fernàndez Moreno. 
Sobre el origen de estas pàginas autobiogràficas, escribe Alfredo Veiravè: “Poco dispuesto a las obras de pura ficciòn, despuès de su madurez y de haber trasvasado su vida a poesìas de todos los dìas, Fernàndez Moreno comienza a ordenar el pasado de su lejana infancia a travès de sus memorias. ‘En vista de que pasaban los años y no se me ocurrìa nada –siempre esperando el argumento como una inspiraciòn- me decidì a emprender esta narraciòn de mi vida’, dirà en el pròlogo que puede leerse en este libro”. 
A criterio de Veiravè, “su prosa autobiogràfica serà un modo, pues, de ampliar o explicar su vida, con anterioridad al año en que se inicia como poeta èdito”. En cuanto a la relaciòn de esta prosa con su lìrica, anota: “Las obras autobiogràficas, en cambio, como si fueran la contraparte inevitable y necesaria de su obra en verso y de sus aforismos, se desenvuelven lentamente y crecen en numerosas pàginas rescatadas del pasado, con sus personas, sus paisajes, sus experiencias y circunstancias entrañables” (3). 
Un crìtico ha señalado la aproximaciòn existente entre lo autobiogràfico y las efusiones lìricas, sin referirse especialmente a la obra de Fernàndez Moreno. En la lìrica –afirma Guillermo Ara-, se realiza una “aproximaciòn que inmoviliza el instante y niega por ello el tiempo”; nos encontramos ante un presente cristalizado ya definitivamente. La lìrica, por otra parte, no sitùa los hechos en el espacio y en el tiempo; èsta es una diferencia fundamental con las manifestaciones autobiogràficas, donde el paràmetro espacio-temporal nunca es olvidado y actùa, por lo general, como agente estructurador del relato. Lìrica y autobiografìa , exteriorizaciones de una misma intimidad se distinguen -afirma Ara-, por esta diferente atenciòn prodigada al momento y al àmbito” (4). 
En el pròlogo a sus memorias, Fernàndez Moreno se refiere a la relaciòn de las mismas con sus dos patrias, y deslinda la incidencia que España y la Argentina tienen en ellas: “Son pàginas, pues, españolas por el recuerdo que las informa, argentinas por la mano que las trazò. Por eso este libro cobra un sentido vernàculo, americano. Y todo aquello en medio del suspirar por mi patria, por curiosidad, por exotismo, por poesia naciente, y, por lo que es lo cierto, por indefinible amor hacia ella”. 
Guìa al escritor el propòsito de recordar y ordenar. “Desde luego que no escribo estas pàginas ni para estudiarme yo y mi caràcter, ni para extraer de ellas y ofrecer a los demàs lecciòn alguna de moral o grano de experiencia”, asevera. Dice que dicho propòsito se presenta en èl cuando sale de viaje, y considera que es lo que lo impulsa a escribir las memorias “sensaciòn anàloga (...) en previsiòn de viajes sin regreso” (5). Su temor a esta ùltima travesìa no era infundado, pues muriò sùbitamente en julio de 1950. 
En su autobiografìa, Fernàndez Moreno recuerda a sus padres, llegados de la penìnsula y afincados en nuestro paìs, donde disfrutaron al principio de una holgada posiciòn econòmica. Describe la transformaciòn que se operò en su padre, y afirma que la misma fue completa: “de muchacho aldeano a rico y conspicuo miembro de una colectividad, fundador de clubes y protector de hospitales”. 
En este libro cuenta asimismo la emigraciòn de sus abuelos maternos. “Es curioso saber còmo don Simeòn Moreno se decidiò a cruzar el mar –afirma-; la gesta de su antepasado es comparable, a su entender, con la de “aquellos adelantados en cuyas capitulaciones entraba tambièn el traerse labradores y artesanos para el nuevo mundo”. 
El autobiògrafo no se limita a recordar y ordenar, sino que comprende a los seres que va evocando, sabe de sus penas y sus alegrìas. Del sufrimiento de quienes dejaron su patria, y de la perspectiva con que ese acto se ve muchos años despuès, dice: “Viejas navegaciones, viejos dolores, mundo de adioses y de làgrimas que uno cuenta ahora reposadamente y que parecen tan inùtiles como dichos y exhalados por fantasmas”. Su sensibilidad ante el desarraigo que padeciò la familia lo revela como un hombre profundamente respetuoso de ese sacrificio. 
Cuando Baldomero Fernàndez, pròspero emigrante, regresa a España junto con los suyos, con intenciòn de quedarse definitivamente, el escritor tenìa seis años. “Un dìa del año 1892 era recibido a su entrada con alegre estrèpito de cohetes, mientras que un coro de ceñidos danzantes tejìa alrededor del nuevo indiano y los suyos, levantando el polvo, los tìpicos bailes del paìs”, recuerda. 
Poco habrìa de durar la estadìa en España. Atràs quedarìan los momentos que el hijo rememora con estas palabras: “Mi padre estaba de levita, muy atusado de bigote y mosca. No comprendìa yo còmo, salido dela aldea tan pobre como cualquiera de aquellos rapaces que jugaban conmigo, por el hecho de haber pasado al nuevo mundo, se habìa transformado en un gran señor”. La fortuna del progenitor lleva al niño a pensar que todos debìan emigrar y dejar el pueblo vacìo. Como èl, deben haber pensado los pequeños amigos que menciona. 
Desde España, donde viviò entre los seis y los trece años, el poeta intentaba forjarse una imagen de la Argentina, que habìa abandonado siendo tan chico. Para conformar esta visiòn desde la lejanìa, recurre a diversas fuentes. Una de ellas es la impresiòn que recibiò su madre cuando arribò a la ciudad de Buenos Aires. 
Fernàndez Moreno escribe: “La primera impresión de mi madre, que tenía dieciocho años, y la de todos, fue formidable, ante aquel Buenos Aires chato de entonces, las veredas altísimas, las calles sin cloacas, así que cuando llovía se transformaban en verdaderos ríos y los transeúntes eran pasados a babuchas por alguien que se encargaba de ello. Las revueltas de la época, las calles empinadas en barricadas, las tropas que a todos les parecían siniestras después de los atildados soldados europeos. Aquellos días de lluvia interminables en que ni el pan ni la carne ni otro proveedor llegaban a las casas. En fin, los tranvías de caballos, con su cuarta y su corneta, y cuya dulce elegía a nadie he oído exhalar con tanta nostalgia como a mi madre”. 
Entre aromas de cafè y chocolate, en una tienda de ultramarinos, le muestran un grabado: “Una tarde me dijeron: esto es Buenos Aires. Era un grabado desteñido que representaba un caserìo bajo, extendido, con torres y cùpulas. Una banderita flameaba muy contenta y un largo muelle se internaba en las aguas festivas de veleros. Esta fue la primera visiòn que tuve de la ciudad en que habìa nacido”, evoca. 
La comunicaciòn epistolar contribuye a aumentar el aura de fantasìa que nimba a la ciudad, tal como la ve el niño; sobre uno de sus primos y los ecos de la urbe que èste le transmite, señala: “Entre lo que me hablaban de Leopoldo y lo que èl escribìa relatando sus andanzas porteñas, yo lo veìa como un ser fabuloso, como envuelto en un torbellino. Era el clamor mismo de Buenos Aires que llegaba hasta mì”. 
De Buenos Aires le hablan tambièn un cuadro de San Martìn partiendo la capa con un mendigo, y un album azul, descolorido: “Era un album de la escuadra argentina y yo doblaba sus pàginas con mucha curiosidad y respeto. Me aprendìa los tonelajes, el nùmero de cañones y los nombres de los barcos, que me sonaban un poco raros”. Confuso sentimiento le despertaba el Himno, difìcil para su corta edad: “Yo debo confesar que no lo comprendìa en toda su majestad, ni el por què de aquel grito de libertad tres veces repetido, ni sabìa nada del dolor y la sangre derramados en montañas y en llanuras”. 
El espìritu del niño se veìa invadido por dos patriotismos; evoca la situaciòn en las lìneas en las que se refiere a las banderas argentina y española: “Yo vacilaba entre las dos banderas –comenta-: la azul y blanca de mi imaginaciòn, y la roja y gualda que veìa en todas partes”. 
Con estos elementos de diferente procedencia, habìa creado el niño la imagen de “la maravillosa metròpoli de màrmol, llena de helechos y gallardetes, y donde no debìa haber màs que oro y plata”. Poco tiempo despuès, se encontrarìa caminando por sus calles, confrontando la realidad con la fantasìa. 
La inmigraciòn –asunto tratado por Baldomero Fernàndez Moreno con mucha màs riqueza de matices que la que podemos reflejar en esta nota- es sòlo uno de los temas sobre los que se expresa en La patria desconocida. El lector encontrarà tambièn en esta obra referencias a la familia, a la religiòn, a la naturaleza, a la literatura, a la educaciòn, a los amigos, la muerte, la guerra de Cuba, las ciudades y los pueblos. Sobre todo ello puede escribir sin “perdonar ningùn detalle”, creando estas “memoriasde lo vulgar, de lo polvoriento, de lo menudo, a las que apenas si los años les dan un reflejo tìmido de pùrpura y de oro. Un libro casi para los hijos. Porque no se es otra cosa que un puentecillo tembloroso para que ellos pasen al futuro”.

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