domingo, 12 de febrero de 1995

La conquista de Buenos Aires

por Enrique Loncán, en ULTIMAS CHARLAS DE MI AMIGO. Buenos Aires, El Ateneo,1936. 

La intenciòn de formar por medio del arte es una constante en las obras de todos los tiempos; el escritor, consternado ante los defectos que advierte en la sociedad, siente la imperiosa necesidad de marcar un camino, de señalar la senda de lo correcto. Asì, surgen relatos como el de Enrique Loncàn, en el que se observa la irònica evocaciòn del Buenos Aires de la primera mitad del siglo XX, signado ya por la decadencia en las costumbres y la pèrdida de los valores tradicionales. 
Todo artista tiene una deuda con su tiempo y con su paìs, una deuda espiritual que se evidencia en su creaciòn. De este modo, el hecho artìstico se encontrarà ligado a una sociedad y, dentro de ella, a un estrato. La obra de Loncàn se halla relacionada con la clase alta, la elitede educaciòn anglofrancesa; su visiòn serà la de un intelectual surgido en el marco de dicho estamento. Porque –como afirman Wellek y Warren- “El escritor, inevitablemente, expresa su experiencia y concepto total de la vida; pero serìa manifiestamente contrario a la verdad decir que expresa cabal y exhaustivamente la totalidad de la vida, o incluso la vida toda de una època dada” (1). Esta es una aclaraciòn que debe tenerse en cuenta al analizar la obra de Loncàn, ya que su postura ètica va a ser la de un aristòcrata, que añora un pasado mejor. 
El cuentista naciò en Buenos Aires en 1892. Pertenece -a criterio de Jorge B. Rivera y Eduardo Romano- al grupo de costumbristas y humoristas que realiza su labor entre 1920 y 1940. Entre estos escritores se destacan Roberto Gache, E. Mèndez Calzada y Arturo Cancela (2). Al igual que otros literatos de su època, desempeñò varios cargos pùblicos: ocupò una banca como diputado nacional, fue ministro en una intervenciòn federal y consejero en la Embajada de Parìs. Ejerciò tambièn la docencia, siendo catedràtico de Derecho Polìtico de la Universidad de Buenos Aires. Colaborò, con su firma o con el seudònimo “Americus”, en el diario La Naciòn y en las revistas El Hogar, Caras y Caretas y Nosotros. 
Josè Barcia lo recuerda con estas palabras: “Fue un observador sagaz de las flaquezas humanas, la fatuidad, el afàn de ostentaciòn, el mimetismo para aparentar, y, en fin, la ancha gama de recursos màs inocentes que vituperables. Esta es la veta inagotable de que se sirve el autèntico humorista" (3). 
Loncàn puso fin a sus dìas el 30 de septiembre de 1940. Se lo considera continuador de la corriente literaria genuinamente argentina de Miguel Canè, Eduardo Wilde y Lucio V. Mansilla. Rivera y Romano advierten en èl resonancias de la obra de Lucio V. Lòpez y, entre los extranjeros, Anatole France, Eca de Queiròs y Thackeray. 
El problema ètico es una preocupaciòn constante que se hace presente en cada una de sus narraciones. Nos ocuparemos de este tema en uno de los cuentos màs interesantes, creado en los años de madurez. 
“La conquista de Buenos Aires” (4) fue publicado en 1936, incluido en el volumen homònimo. En este cuento se evocan las andanzas de Ciceròn en Buenos Aires durante la tercera dècada de nuestro siglo. El romano fue resucitado por las deidades en el siglo XX y emprendiò un largo viaje -del que se arrepentirá amargamente- que lo trajo hasta nuestras costas, en las que desembarcò expectante. 
Estas palabras lo impulsaron a realizar la travesía: “más allá del Atlante existe una ciudad nueva, maravillosa, pletórica de esperanzas. Es la tierra prometida de los inmigrantes, la meta de los destinos fantásticos y las riquezas fabulosas. Se cuentan por millares los hijos del Lacio que en Buenos Aires hicieron fortuna... ¿Por qué no la harías tú también, Marco Tulio Cicerón, que llevas en tu sangre lo más puro de la raza latina y en tu mente todo el genio de la estirpe inmortal?” 
Cicerón es el sìmbolo del hombre culto, del intelectual versado y, a la vez, probo en sus actos. Segùn parece demostrarlo el cuentista, ya no hay lugar aquì para un hombre de esos valores; la sociedad argentina de los años 30 està ocupada en otros problemas, persigue fines bastante menos desinteresados. Para mostrar el estado en que se encuentra la comunidad esplèndida de antaño, Loncàn hace que el protagonista deambule por las calles, trabe relaciòn con el hombre comùn y saque sus propias conclusiones. 
A lo largo del cuento se conjugaràn dos niveles temporales –presente y pasado-, sin alterar ninguno de ellos. Un primer momento corresponde a la cronologìa de la Antigua Roma: Ciceròn menciona su tierra, Circeii, recuerda a su familia y comenta su labor de defensor de Quinctius, Fonteyo y Cecina. El segundo plano temporal se refiere al año 1932, poco tiempo antes de escribirse el texto. 
Es evidente en el escritor la intenciòn de mostrar a Ciceròn haciendo la vida de un legìtimo romano, caminando por las zonas màs concurridas de nuestra ciudad con su paso parsimonioso y tranquilo. Todo cuanto observa le trae recuerdos, inclusive el estadio de River Plate, que el hizo pensar en el anfiteatro de Tusculum. Busca diversos empleos para procurarse el sustento; ninguno de ellos cuadra a sus condiciones, pues no logra reunir los requisitos mìnimos. Por otra parte, su concepciòn de vida es diametralmente opuesta a la del porteño; este contraste se evidencia con gran claridad en la escena protagonizada por el romano en la Sociedad Rural, donde fue contratado como rematador de cerdos. 
La comparaciòn entre Ciceròn y los porteños no es meramente anecdòtica; responde a un propòsito determinado. A travès de ella se realiza una crìtica, que no por risueña deja de ser punzante. El latino, hombre ìntegro, ya no pertenece a nuestra sociedad. Su idealismo, su riqueza espiritual, le impiden adaptarse a una forma de vida pragmàtica y materialista, dominada por el dinero. 
El hombre educado segùn los cànones clàsicos sòlo encontrarà sufrimiento en la Argentina del siglo XX; es por eso que Ciceròn, desesperanzado, dice a la Nereida que lo resucitò: “Si hubieras respetado mi sueño en la tierra del Lacio que reguè con mis làgrimas cuando mi pobre hija Tulia muriò, hubieses impedido esta tragedia de vivir a destiempo, sin haber hecho la Amèrica, sin haber podido realizar la conquista de Buenos Aires, miserablemente, lejos de la patria, de la familia, de los amigos y de la gloria”. En estas palabras se resume el sentimiento que el autor experimentaba ante una sociedad en constante avance, pero no por ello màs completa. 
Como vemos, Loncàn se està refiriendo a un personaje ideal, en el que encarna los màs altos valores del ser humano. Ciceròn no consigue lo que sì lograron muchos de los que llegaron, fatigados y pobremente vestidos, al puerto de Buenos Aires, a “hacer la Amèrica”. Por tanto, este cuento nos da indicios acerca de la opiniòn que Loncàn tenìa sobre el aluviòn inmigratorio.

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