viernes, 17 de febrero de 1995

DE AQUÍ HASTA EL ALBA

por Eugenio Juan Zappietro. Barcelona, Editorial Planeta, 1971. 

Eugenio Juan Zappietro es un conocido autor de cuentos policiales, que colaborò durante mucho tiempo en La Prensa y participò en antologìas sobre el gènero. Es, tambièn, el autor de la novela De aquì hasta el alba (1), en la que narra lo acontecido a colonos, soldados e indios durante la Conquista del Desierto, en el año 1879. 
El lìder de esta gesta fue Julio Argentino Roca, “el joven y brillante militar prestigiado por el èxito de la campaña que concluyò con el dominio del indio en el desierto”, asì lo define Adolfo Prieto (2). La Conquista del Desierto fue –a criterio de Exequiel Cèsar Ortega- uno de los “hechos y factores que dieron nueva tònica a nuestra Argentina moderna. (...) La empresa decisiva del General Julio Argentino Roca (1878-1879) y las complementarias hasta 1884, terminaron con el pleito secular. Se tuvo el control territorial en momentos de casi inminente guerra con Chile por la posesiòn de la Patagonia. Los caciques resultaron vencidos, se entregaron como Namuncurà; fueron apresados como Pincèn y otros como Baigorrita combatieron hasta el fin. Sus escasas gentes (pocos guerreros sobrevivientes y ‘chusma’ o no combatientes, mujeres, ancianos y niños) esperaron a merced de los vencedores, o huyeron, transmitièndose su alarma y su miedo mediante las señales de humo que describe Zeballos. Estos ya no eran los centauros que domesticaban sus caballos de guerra sin castigarlos, ni los àgiles y huidizos maloneros. Eran los integrantes del ocaso, descriptos por Estanislao S. Cevallos en ‘Viaje al paìs de los araucanos’ “ (3). 
Por el tema que aborda, la obra de Zappietro se inscribe en la vertiente de la “literatura de fronteras”, que ha tenido grandes cultores. Prieto considera que “la Argentina moderna parece no guardar rastros del problema que la agitara rudamente durante medio siglo, luego de convertirse en una no resuelta herencia de la Colonia. El importante ciclo de la literatura de fronteras, con Callvucurà, los ya mencionados libros de Mansilla y de Barros, los artìculos periodìsticos de Hernàndez, la prèdica de Nicasio Oroño, el simple material de informaciòn cotidiana recogida durante años en diarios como La Prensa de Buenos Aires y La Capital de Rosario, y los registros de testigos calificados, como Ignacio Josè Garmendia en Cuentos de tropa (Entre indios y milicos) (1891), el Comandante Prado en La guerra al malòn (1907) e Ignacio Fotheringham en La vida de un soldado (reminiscencias de la frontera) (1908), vienen a recordarnos la inconsistencia de esa opiniòn o prejuicio”. 
En la esplèndida novela de Zappietro, varios inmigrantes comparten con los criollos y los indios un destino aciago. Se trata de hombres que se alejaron de la civilizaciòn, por su voluntad o por causas ajenas a ella, y se ven envueltos en una historia que les permitirà mostrar su grandeza o su cobardìa. 
Dos europeos son presentados como figuras antitèticas, encarnaciones del bien y del mal. Se trata de un cirujano belga y de un comerciante flamenco, los cuales, como dos caras de una misma moneda, muestran que la vida de un ser humano responde a los principios morales que lo orientan, y no a las circunstancias en que se encuentra. En una misma situaciòn, el belga se muestra probo una vez màs, mientras que el flamenco vuelve a evidenciar su egoìsmo criminal. 
Hubert Leroy, el cirujano belga, ha debido huir de Francia, pues durante una operaciòn matò intencionalmente a un ministro asesino: “Decidiò matar a Desquerres cuando extirpò las tres cuartas partes de su hìgado. (...) Cuando Francia descubriò el crimen, Hubert Leroy estaba ya en Amèrica”. De Buenos Aires, donde se habìa establecido, debe huir tambièn, ya que se ha conocido su pasado y eso sirve para la extorsiòn. La opciòn era partir o morir, y èl escoge marchar hacia el sur: “Bajo una lluvia incoherente, Leroy divisò el carruaje, con un auriga inmòvil, al modo de una estatua. Tambièn presintiò un arma en la pretina del pantalòn de su visitante. La situaciòn no le encolerizò; lo poseyò una desagradable sensaciòn de frialdad, como si estuviese presenciando la decapitaciòn de un extraño”. 
El flamenco Roger Bary, era “mercader en aquella esquina del infierno” y entra en tratativas con los indìgenas, aùn a costa de la vida de sus hijas, sòlo para salvar el pellejo: “Bary habìa negociado con los indios, en especial con Kachipuè, cuya devociòn por su hija Paula era conocida en todo el sudoeste; ese amor animal del bàrbaro por la muchacha habìa dejado muy buenos beneficios en las arcas del comerciante; ahora, el negocio tocaba a su fin y debìa disponerse a levantar su tienda. Habìa exprimido a soldados y paganos, vendièndoles por igual armas y municiones. Ginebra y vicios. Y todos los elementos que necesitaba una tribu en constante movimiento, amenazada por la ùltima campaña nacional contra las tolderìas”. 
Bonhomìa y vileza aparecen confrontadas –al igual que en Leroy y Bary- en otra dupla de inmigrantes. Son ellos un irlandès, que llegò al desierto en 1866, y el socio granadino que lo traicionò. La posta en la que vivìan los Bary habìa sido construida por O’Flaherty, quien “juraba que Argentina era el paìs del futuro. No se equivocò por mucho en cuanto a la tierra; se equivocò de hombres, pero una lanza araucana habìa terminado con èl para evitarle la amargura de comprobarlo”. 
El granadino le robò el negocio, y quiso robarle tambièn a su compañera, a la que matò por no aceptar la relaciòn. Luego, cambiò al irlandès por un caballo. O’Flaherty resistiò el asedio de sus “compradores” durante diez dìas, “hasta que se quedò sin municiones. Entonces, fabricò una lanza con un cuchillo toledano, recuerdo de su ex socio, atàndolo fuertemente al cañòn del Sharp”. Asì, matò a los araucanos que quedaban y, cuando se enfrenta al caudillo, despuès de haber perdido un brazo, es el granadino quien lo entrega, pues “El araucano no bajò su brazo armado de cuchillo; estaba considerando que aquel pelirrojo hombre blanco era un dios; ni en toda la historia de su naciòn alguien habìa despachado a seis bravos con aquella terrible celeridad”. 
El cacique termina con el traidor: “la gratitud era un sentimiento menor en el indio; la admiraciòn podìa màs. Metiò su lanza entre las costillas del español y los enterrò a ambos junto a la muchacha de Glasgow. Desde entonces –era leyenda ya- vagaba sin poder pegar ojo en torno a la posta, como si quisiera resucitar al hombre que habìa liquidado a su brigada”. 
El desierto alberga tambièn los restos de un estadounidense: “Un hombre delgado y macilento que era ingeniero del ejèrcito, habìa llegado para estudiar la posibilidad de trasladar el asiento de las tropas un poco màs hacia el mar. Se habìa llamado Jewison y era un americano de Tejas, muy golpeado por la enfermedad que habìa contraido al atravesar la Florida. Jewison tenìa treinta y cinco años y un Colt Forntier a la cintura; vestìa levitòn Prìncipe Alberto y fumaba cigarrillos muy suaves, ambarinos, de Virginia”. 
Una noche, “quedò con los ojos abiertos, mirando el techo de paja trenzada, inmòvil como una piedra. Habìa muerto sonriendo, cara a un cielo extraño, tal vez muy semejante al de las interminables noches de su Tejas natal”. 
En esta evocaciòn de los inmigrantes, debemos mencionar al portuguès que se ofrece como voluntario para defender el fuerte 36 del Ejèrcito Nacional Argentino. Lucharìan doscientos bomberos de lanza contra veintidòs idiotas”, en una contienda que tendrìa como hèroes al capitàn Càrdenas, a Paula Bary y a un indio converso. Era Martins, el portuguès, “a quien las bajamares habìan hecho recalar allì, como ùltimo puerto”, un hombre “delgado, macilento, comido por la malaria”, que tenìa un poderoso motivo para luchar: “-Me mataron una china en Italò –dijo-. Me dije que iba a arrancarle las tripas a cien puercos de èsos. Todavìa no cumplì”. Seguramente, le llegò el fin antes de poder concretar su propòsito. 
Indios y criollos se enfrentaron en la Conquista del Desierto. No olvidemos que en el sur habìa inmigrantes. Ellos tambièn escribieron nuestra historia.

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