miércoles, 15 de febrero de 1995

ADAN BUENOSAYRES

por Leopoldo Marechal. Buenos Aires, Sudamericana. 

El crìtico Angel Nùñez distingue tres etapas en la producciòn de Leopoldo Marechal, a quien define como el “autor de una rica y variada obra literaria”. Se iniciò, y alcanzò premios y fama, como poeta, a partir de Los aguiluchos (1922), y sobre todo desde Dìas como flechas (1926) y Odas para el hombre y la mujer (1929)”. Enumera otros tìtulos y afirma que en esta primera etapa “ya se incluye el ensayo de estètica Descenso y ascenso del alma por la belleza (1933) y la simple Historia de la calle Corrientes (1937) con la que comienza una de sus màs importantes lìneas de creaciòn: la narrativa”. 
“Una segunda etapa de producciòn podemos iniciarla en 1948, cuando edita su primera novela, Adàn Buenosayres, importante apertura de un àrea que serà central en el conjunto de su obra. Esta segunda etapa llega hasta 1955 –año en que se inicia su proscripciòn del mundo cultural-; abarca la iniciaciòn en la novela y tambièn en el teatro: El canto de San Martìn es de 1950”. 
“Un tercer perìodo –de extraordinaria creatividad- puede establecerse entre 1965 y la muerte del escritor, ocurrida en 1970. De 1965 es su segunda novela, El banquete de Severo Arcàngelo, que tuvo gran èxito de venta y que provocò la revalorizaciòn de su obra. La trilogìa novelìstica se completa con Megafòn o la guerra, aparecida poco despuès de su muerte. En esta etapa enriquece su ensayìstica con Autopsia de Creso (1965), luego incorporado al importante Cuaderno de navegaciòn (1966), que recoge once estudios diversos”. 
Con motivo de cumplirse el cincuentenario de la novela, Graciela Cutuli publicò un trabajo en el que afirma que “Leopoldo Marechal llamò ‘Adàn Buenosayres’ a su alter ego literario, al personaje que le dio nombre a su novela màs monumental y lo consagrò como uno de los maestros de la prosa argentina. Hace cincuenta años, cuando languidecìan algunas vanguardias y estaban forjando su obra otros grandes autores de nuestra literatura, el libro se publicò en medio de un silencio casi generalizado: era la historia de un largo recorrido del protagonista, Adàn Buenosayres, desde su ‘despertar metafìsico’ en una casa del barrio de Villa Crespo hasta el solitario combate final de su alma frente al Cristo de la Mano Rota, en la Iglesia de San Bernardo. Era y es una novela extraordinaria, pero sufriò una ola de silencio, debida en parte a lo inèdito de su lenguaje y del fluir de su escritura, y en parte tambièn a que Marechal satirizò con agudeza en varios de sus episodios a muchos de sus colegas martinfierristas... sin que estos, que tanto se burlaran en el pasado de la ‘solemnidad literaria’, tuvieran el coraje de afrontarlo con el necesario humor”. 
En medio del silencio de la crìtica al que alude Cutuli, una voz se alzò para destacar los mèritos de la novela y la singular figura que la protagoniza. Dijo Julio Cortàzar, en 1949: “Una gran angustia signa el andar de Adàn Buenosayres, y su desconsuelo amoroso es proyecciòn del otro desconsuelo que viene de los orìgenes y mira a los destinos. Arraigado a fondo en esta Buenos Aires despuès de su Maipù de infancia y su Europa de hombre joven, Adàn es desde siempre el desarraigado de la perfecciòn, de la unidad, de eso que llaman cielo. Està en una realidad dada, pero no se ajusta a ella màs que por el lado de fuera, y aùn asì se resite a las òrdenes que inciden por la vìa del cariño y las debilidades. Su angustia, que nace del desajuste, es en suma la que caracteriza –en todos los planos mentales, morales y del sentimiento- al argentino, y sobre todo al porteño azotado de vientos inconciliables... ". 
Por la novela desfilan inmigrantes de las procedencias màs disìmiles. Entre ellos encontramos italianos, catalanes, gallegos, vascos, judìos, armenios, turcos, calabreses, sicilianos, sirios, andaluces, chinos, ingleses, alemanes y escandinavos. A algunos solamente se los menciona; otros, en cambio, son retratados minuciosamente en esta recorrida que el protagonista hace en abril de un año que no especifica. 
En el Segundo Libro, los pesonajes se trenzan en un debate acerca de las responsabilidades de criollos y de gringos. Samuel Tesler, filòsofo villacrespense, exclama: “Estoy harto de oìr pavadas criollistas (...). Primero fue la exaltación de un gaucho que, según ustedes y a mí no me consta, haraganeó donde actualmente sudan los chacareros italianos. ¡Y ahora les da por calumniar a esa pobre gente del suburbio, complicàndola en una triste literatura de compadritos y milongueros!”. 
Del Solar, uno de los líderes criollistas, contraataca: “La devoción al recuerdo de las cosas nativas –tartamudeó Del Solar, pálido como la muerte- es lo único que nos va quedando a los criollos, desde que la ola extranjera nos invadió el país. ¡Y son los mismos extranjeros los que se burlan de nuestro dolor! ¡Si es para llorar a gritos!. (...) Es verdad que la ola extranjera nos metió en la línea del progreso. En cambio, nos ha destruido la forma tradicional del país: ¡nos ha tentado y corrompido!”. 
Adán Buenosayres piensa lo contrario. Sostiene “que nuestro país es el tentador y el corruptor, que el extranjero es el tentado y el corrompido”. Afirma eso luego de haber visitado Europa y haber visto hombres “con un sentido heroico de la existencia”. Al llegar aquì, los hombres encontraron “un sistema basado en cierto materialismo alegre que se burlaba de sus costumbres y se reìa de sus creencias. (...) los extranjeros hallaron en el paìs, no un sistema de orden, sino una tentadora invitaciòn al desorden. Casi todos eran ignorantes; no tenìan defensa. Y olvidaron su tabla de valores por aquel fàcil estilo de vida que les enseñaba el paìs. Y la obra de corrupciòn iniciada en los padres fue concluida en los hijos: los hijos aprendieron a reìrse de sus padres emigrados, y a ignorar o esconder su genealogìa. Son los argentinos de ahora, sin arraigo en nada”. 
El protagonista comprende cuàl es su misiòn en esa circunstancia: “si al llegar a esta tierra mis abuelos cortaron el hilo de su tradiciòn y destruyeron su tabla de valores, a mì me toca reanudar ese hilo y reconstruirme segùn los valores de mi raza. En eso ando. Y me parece que cuando todos hagan lo mismo el paìs tendrà una forma espiritual”. 
Otro de los lìderes criollistas expresa que “El paìs no necesita buscar su alma en el extranjero”, pues se la darà el Espìritu de la Tierra. 
La polèmica se instaura, en otros tèrminos, cuando Marechal hace aparecer a Juan Sin Ropa, el que derrotò a Santos Vega. Juan Sin Ropa –explica el folklorista Del Solar- “es el gringo desnudo que vence a Santos Vega en una clase de lucha que nuestro paisano ignoraba: la lucha por la vida”. En ese momento, “el vistoso gaucho fue borràndose para dejar sitio a un hombretòn forzudo y coloradote, de camisa y bombachas a cuadros, botas amarillas, facòn ostentoso y un rebenque guarnecido de plata casi hasta la lonja. No sin una efusiòn de simpatìa, los aventureros identificaron al punto la imagen risueña de Cocoliche”. 
Luego, Juan Sin Ropa se transforma en el abuelo Sebastiàn, el antepasado europeo de Adàn Buenosayres, quien le dice a Del Solar: “Cien veces crucè la pampa en mi carreta, y cien veces el rìo en mi ballenero de contrabandista. Arè la tierra virgen y agrandè rebaños. Y no es mìa ni la tierra donde se pudren mis huesos”. A travès de sucesivas metamorfosis, el gaucho llega a tomar el aspecto del Neocriollo “que habitarìa la pampa en un futuro lejano”. 
Como personajes, o como fenòmeno social que suscita la polèmica, los inmigrantes revisten importancia en la obra de Marechal, el escritor que –al decir de Sàbato- “pasarà a la historia de la lengua castellana como insigne hito de la poètica y la narrativa. A ese monumento que le tiene reservado el tiempo no se le pueden arrojar bombas de alquitràn, y ha de ser invulnerable al insulto, la ironìa, la envidia y el silencio: esos premios que con harta frecuencia los hombres de letras de nuestro paìs confieren a los que deberìan honrar”.

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