viernes, 13 de enero de 1995

JUVENILIA

 por Miguel Cané. Buenos Aires, CEAL, 1980. 

El historiador Exequiel César Ortega sostiene que “La inmigración jugó importante papel ya a mediados de esta etapa del ’80 al ’30. En ciudad y campaña, en oficios diversos que abarcaron la agricultura y la naciente industria; e incluso se dieron lugares como ejemplos de cuánto podía una colonización bien planeada...”. Comenta qué sucedió con los inmigrantes llegados a nuestra tierra: “El medio nuestro los asimiló bien pronto y sus descendientes inmediatos se sintieron integrantes ‘de la tierra’. A menudo ascendieron de Status, integraron profesiones, comercio e industria; impulsaron los nuevos partidos políticos mayoritarios”. 
El gobierno de esa época “En lo social favorecería cada vez más la inmigración, sobre todo la europea en general, perdidas bastante las esperanzas de la anglosajona y francesa en particular. Inmigración que cubriese las necesidades crecientes de mano de obra ciudadana y sobre todo rural, mediante la colonización y la ocupación de dependencia o el arrendamiento y la mediería (1)”. 
En noviembre de 1898 –señala Susana Zanetti-, Canè “regresa a Buenos Aires pues ha sido elegido senador nacional. Desde su banca presenta al año siguiente dos proyectos: el de erigir el monumento a Sarmiento en el Parque Tres de Febrero y el de extradiciòn de extranjeros. Este proyecto de Ley de Residencia, contrario a los principios de nuestra Constituciòn, es violentamente atacado. Evidentemente, el miedo al futuro, a la màquina que empequeñece, a las masas populares que amenazan invadir y destruir la sociedad distinguida que amò en Europa, o la paternalista de la gran aldea perdida, golpeada de muerte por la inmigraciòn revoltosa y huelguista, ha endurecido y deteriorado el liberalismo progresista de antaño. Basta leer buena parte de los artìculos coleccionados en Notas e impresiones (1901) y Prosa ligera (1903) para comprobar su espìritu reaccionario. (...) La ley de expulsiòn de extranjeros, en fin, es piedra de toque para entender còmo ha variado el muchacho liberal progresista de la època de Avellaneda. Canè no acierta a comprender la importante transformaciòn del paìs que queda reducida en su espìritu a una verdadera dèbacle. (...) En el paìs los problemas sociales se agravan, las huelgas se suceden; es entonces cuando el presidente Roca echa mano del proyecto presentado por Canè. La ley de residencia es un hecho y los perturbadores extranjeros podràn ser arrojados del paìs” (2). 
Escribe Gladys Onega: “La significaciòn que tiene para nosotros la actitud de Canè hacia los inmigrantes, no proviene de la extensiòn o profundidad con que la haya expresado literariamente, sino porque conciencializò (como lo hizo màs tarde Joaquìn V. Gonzàlez) la situaciòn en que vivìa su clase y que la inmigraciòn ponìa en evidencia, aunque lo hiciera de manera bastante superficial. Canè era, como dijimos, un liberal a ultranza que arremetìa contra el clericalismo, la ignorancia y el estancamiento, pero era sobre todo un miembro de la clase de la que dice Mc Gann, en uno de los màs dinàmicos y comprensivos estudios sobre la situaciòn històrica y la visiòn del mundo del 80: “Una definiciòn adecuada para la aristocracia argentina de esa època puede surgir del comentario de que ‘ùnicamente el liberal del siglo diecinueve podìa combinar el desprecio por el hombre comùn con la fe en la democracia’ “. 
“En Prosa ligera (1903) està incluido el relato La Tucumana donde el autor revela su ìntima convicciòn aristocratizante”. Gladys Onega asevera, a partir de la lectura de un pàrrafo del mismo, que “Canè añora un pasado desaparecido en una de las formas de explotaciòn del hombre por el hombre màs degradantes, la esclavitud, transformada en resignada y voluntaria enajenaciòn de los criados por amor al generoso patriarca. El pàrrafo de Canè explicita la nostalgia con palabras que son un verdadero sumario de la reacciòn ante el nuevo estado de cosas: La expresiòn de respeto constante, la veneraciòn de los subalternos como a seres superiores colocados por una ley divina e inmutable en una escala màs elevada –la consagraciòn sacramental, carismàtica del privilegio, la negaciòn del proceso històrico, solidificado y remitido a los designios de Dios; una vida de paz y tranquilidad- el lema de ‘orden y progreso’ y ‘orden y administraciòn’ de los gobiernos oligàrquicos sudamericanos; el viejo y manso feudalismo –deformaciòn idealizada de un sistema que habìa retrasado en cincuenta años la evoluciòn del paìs y habìa engendrado a Rosas, bajo cuyo gobierno habìa emigrado el padre del que escribe esta vaga elegìa; la influencia de las ciudades- la urbanizaciòn tenìa el grave inconveniente de agrupar a los hombres y permitir que tomaran conciencia de clase-; la fluctuaciòn de las fortunas –la introducciòn de formas capitalistas, màs dinàmicas que la feudal; la desapariciòn de los viejos y sòlidos hogares- los advenedizos ingresaban a las familias aristocràticas, o, màs simplemente, las nuevas clases alta y media urbanas contraìan matrimonio en lugar de unirse en concubinato espontàneo como se habìa reprochado a las clases populares, primero a los gauchos y luego a los proletarios, los sirvientes inmigrantes son ladrones, se visten como ‘nosotros mismos’ (aunque sea bastante difìcil suponer que la ropa de los caballeros porteños confeccionada por sastres londinense se confundiera con la de los criados); y recuerdan su condiciòn de hombres libres- es decir, que de acuerdo con el artìculo 14 de la Constituciòn, pretendìan que su libertad era un derecho y no una graciosa dàdiva de los amos; las campañas del interior refugian la viejas pautas patriarcales deseables en el presente- el interior no invadido se valoriza por su resistencia al cambio” (3). 
En el 80, la autobiografìa surge como el “lugar donde se expresa lo particular, lo curioso, lo diferenciador, lo propio de un sector social” (4); este sector es el de la clase dirigente, grupo que se caracteriza por haber sido educado con una gran influencia de la cultura europea, particularmente francesa (5). Cobra gran importancia la evocaciòn de la vida “vulgar”, calificativo que abarca tanto la vida cotidiana, real, como los comportamientos censurados por la moral corriente (6). 
La autobiografìa se caracteriza, en este perìodo, por asumir el aspecto de la charla social (causserie), de la anècdota, y por la frecuente utilizaciòn de citas que remiten a lecturas extranjeras. En las obras autobiogràficas de los hombres del 80 aparece como modelo el “hombre de mundo”, que conjuga en sì mismo muy diversas facetas. Como consecuencia del impacto de la inmigraciòn, aparecen “evocaciones nostàlgicas de tiempos màs austeros” y “descripciones costumbristas con toques moralizantes”. 
Susana Zanetti destaca que “la actitud de nostalgia, de reminiscencia, de regreso al pasado, es una constante del 80”; Juvenilia presenta -a su criterio- “un melancòlico contrapunto entre la adolescencia despreocupada de ayer y el hombre maduro de hoy. Aùn asì, la evocaciòn tiende generalmente a las anècdotas festivas, alegres”. En la obra advierte ciertas semejanzas con David Copperfield, de Charles Dickens, pero la diferencia de la obra inglesa el hecho de no entrañar denuncia ni afàn testimonial. 
El tema del fracaso generacional està encarnado en la suerte corrida por los condiscìpulos; algunos han muerto, otros se encuentran empleados con sueldos de hambre, sòlo unos pocos se destacan. Esta actitud surge de lo que la ensayista denomina “doble melancolìa” frente al pasado y frente al povenir (7). 
Miguel Canè nos ha dejado en Juvenilia (8) testimonio de su visiòn de los inmigrantes. A las figuras del grotesco enfermero italiano y los temibles quinteros vascos, contrapone la grandiosidad del profesor Amadeo Jacques, sìmbolo de la inmigraciòn anhelada por los hombres del 80. 
En su autobiografìa, Canè evoca este personaje con rasgos despectivos. “La enfermerìa era, como es natural, econòmicamente regida por el enfermero. Acabo de dejar la pluma para meditar y traer su nombre a la memoria sin conseguirlo; pero tengo presente su aspecto, su modo, su fisonomìa, como si hubiera cruzado hoy ante mis ojos. Habìa sido primero sirviente de la despensa; luego, segundo portero, y, en fin, por una de esas aberraciones que jamàs alcanzarè a explicarme, enfermero. ‘Para esa plaza se necesitaba un calculador, dice Beaumarchais; la obtuvo un bailarìn’ “. 
Se refiere al aspecto fìsico del inmigrante: “Era italiano y su aspecto hacìa imposible un càlculo aproximativo de su edad. Podìa tener treinta años, pero nada impedìa elevar la cifra a veinte unidades màs. Fue siempre para nosotros una grave cuestiòn decir si era gordo o flaco. (...) Empezaba su individuo por una mata de pelo formidable que nos traìa a la idea la confusa y entremezclada vegetaciòn de los bosques primitivos del Paraguay, de que habla Azara; veìamos su frente, estrecha y deprimida, en raras ocasiones y a largos intervalos, como suele entreverse el vago fondo del mar, cuando una ola violenta absorbe en un instante un enorme caudal de agua para levantarlo en espacio. Las cejas formaban un cuerpo unido y compacto con las pestañas ralas y gruesas como si hubieran sido afeitadas desde la infancia. La palabra mejilla era un ser de razòn para el infeliz, que estoy seguro jamàs conociò aquella secciòn de su cara, oculta bajo una barba, cuyo tupido, florescencia y frutos nos traìa a la memoria un ombù frondoso”. 
“El cuerpo, como he dicho, era enjuto; pero un vientre enorme despertaba compasiòn hacia las dèbiles piernas por las que se hacìa conducir sin piedad. El equilibrio se conservaba gracias a la previsiòn materna que lo habìa dotado de dos andenes de ferrocarril, a guisa de pies, cuyo envoltorio, a no dudarlo, consumìa un cuero de baqueta entero. Un dìa, nos confiò en un momento de abandono, que nunca encontraba alpargatas hechas y que las que obtenìa, fabricadas a medida, excedìan siempre los precios corrientes”. 
Recuerda el personal castellano del enfermero: “Debìa haber servido en la legiòn italiana durante el sitio de Montevideo o haber vivido en comunidad con algùn soldado de Garibaldi en aquellos tiempos, porque en la època en que fue portero, cuando le tocaba despertar a domicilio, por algùn corte inesperado de la cuerda de la campana, entraba siempre en nuestros cuartos cantando a voz en cuello, con el aire de una diana militar, este verso (!) que tengo grabado en la memoria de una manera inseparable a su pronunciaciòn especial: Levàntasi, muchachi,/ que la cuatro sun/ e lo federali/ sun venì a Cordun. Perdiò el gorjeo matinal a consecuencia de un reto del señor Torres que, hacièndole parar el pelo, le puso a una pulgada de la puerta de calle”. 
Sobre sus aptitudes para el trabajo, afirma: “Como prototipo de torpeza, nunca he encontrado un spècimen màs completo que nuestro enfermero. Su escasa cantidad de sesos se petrificaba con la presencia del doctor, a quien habìa tomado un miedo feroz y de cuya conciencia mèdica hablaba pestes en sus ratos de confidencia”. 
Los estudiantes encontraban diversas distracciones en la quinta de Colegiales; una dellas, vinculada a otros inmigrantes. “En la Chacarita estudiàbamos poco, como era natural; podìamos leer novelas libremente, dormir la siesta, salir en busca de camuatìs y sobre todo, organizar con una estrategia cientìfica, las expediciones contra los ‘vascos’ “. 
Describe el escenario y las virtudes de la fruta de esos quinteros: “Los ‘vascos’ eran nuestros vecinos hacia el norte, precisamente en la direcciòn en que los dominios colegiales eran màs limitados. Separaba las jurisdicciones respectivas un ancho foso, siempre lleno de agua, y de bordes cubiertos de una espesa planta baja y bravìa. Pasada la zanja, se extendìa un alfalfar de una media cuadra de ancho, pintorescamente manchado por dos o tres pequeñas parvas de pasto seco. Màs allà (...) en pasmosa abundancia, crecìan las sandìas, robustas, enormes, (...) allì doraba el sol esos melones de origen exòtico (...) No tenìan rivales en la comarca, y es de esperar que nuestra autoridad sea reconocida en esa materia. Las excursiones a otras chacras nos habìan siempre producido desengaños, la nostalgia de la fruta de los ’vascos nos perseguìa a todo momento, y jamàs vibrò en oìdo humano en sentido menos figurado, el famoso verso de Garcilaso de la Vega”. 
Se refiere a la disposiciòn anìmica de esos inmigrantes: “Pero debo confesar que los ‘vascos’ no eran lo que en el lenguaje del mundo se llama personajes de trato agradable. Robustos los tres, àgiles, vigorosos y de una musculatura capaz de ablandar el coraje màs probado, eternamente armados con sus horquillas de lucientes puntas, levantando una tonelada de pasto en cada movimiento de sus brazos ciclòpeos, aquellos hombres, como todos los mortales, tenìan una debilidad suprema: ¡amaban sus sandìas, adoraban sus melones!” 
Dos veces hurtaron fruta los adolescentes sin ser vistos. La tercera, “detràs de una parva, un vasco horrible, inflamado, sale en mi direcciòn, mientras otro pone la proa sobre mi compañero, armados ambos del pastoril instrumento cuyo solo aspecto comunica la ingrata impresiòn de encontrarse en los aires, sentado incòmodamente sobre dos puntas aceradas que penetran... (...) ¡cuàn veloz me parecìa aquel vasco, cuyo respirar de fuelle de herrerìa creìa sentir rozarme los cabellos! (...) aquel hombre terrible meyado en su tridente, empezò a injuriarme de una manera que revelaba su educaciòn sumamente descuidada. (...) Me tendì en la cama y, mientras el cuerpo reposaba con delicia, reflexionè profundamente en la velocidad inicial que se adquiere cuando se tiene un vasco irritado a retaguardia, armado de una horquilla”. 
En otro pasaje se refiere a Amadeo Jacques -quien naciò en 1813 y muriò en 1865-, destacando su loable acciòn dentro del Colegio: “El estado de los estudios en el Colegio era deplorable, hasta que tomò su direcciòn el hombre màs sabio que hasta el dìa haya pisado tierra argentina. Sin documentos a la vista para rehacer su biografìa de una manera exacta me veo forzado a acudir simplemente a mis recuerdos que, por otra parte, bastan a mi objeto”. 
“Amedèe Jacques pertenecìa a la generaciòn que al llegar a la juventud encontrò a la Francia en plena reacciòn filosòfica, cientìfica y literaria”. (...) habìa crecido bajo esa atmòsfera intelectual, y la curiosidad de su espìritu lo llevaba al enciclopedismo. A los treinta y cinco años era profesor de filosofìa en la Escuela Normal, y habìa escrito, bajo el molde eclèctico, la psicologìa màs admirable que se haya publicado en Europa. El estilo es claro, vigoroso, de una marcha viva y elegante; el pensamiento sereno, la lògica inflexible y el mètodo perfecto. Hay en ese manual, que corre en todas las manos de los estudiantes, pàginas de una belleza literaria de primer orden y aùn hoy, quince años despuès de haberlo leìdo, recuerdo con emociòn los capìtulos sobre el mètodo y la asociaciòn de ideas. Al mismo tiempo, el joven profesor se ocupaba en las ediciones de las obras filosòficas de Fenelòn, Clarke, etc., ùnicas que hoy tienen curso en elmundo cientìfico”. 
Evoca el exilio del francès: “Pero Jacques no era uno de esos espìritus frìos, estèriles para la acciòn, que viven metidos en la especulaciòn pura, sin prestar oìdo a los ruidos del mundo, y sin apartar su pensamiento del problema, (...) El 2 de diciembre, como a Tocqueville, como a Quinet, como a Hugo, lo arrojò al extranjero, pobre, con el alma herida de muerte, y con la visiòn horrible de su porvenir abismado para siempre en aquella bacanal”. 
“Tomò el camino del destierro y llegò a Montevideo, desconocido y sin ningùn recurso mecànico de profesiòn; lo sabìa todo, pero le faltaba un diploma de abogado o de mèdico para poder subsistir. Abriò una clae libre de fìsica experimental, dàndole el atractivo del fenòmeno producido en el acto; aquello llamò un momento la atenciòn. Pero se necesitaba un gabinete de fìsica completo y los instrumentos son caros”. 
“Un momento Jacques fue retratista, (...) Pero ni la fotografìa, que màs tarde perfeccionaron, ni la daguerrotipia, que le cedìa el paso, como el telègrafo de señales a la electricidad, daban medios de vivir”. 
“Jacques se dirigiò a la Repùblica Argentina, se hundiò en el interior, casòse en Santiago del Estero, emprendiò veinte oficios diferentes, llegando hasta fabricar pan, y por fin, tuvo el Colegio Nacional de Tucumàn el honor de contarlo entre sus profesores. Fueron sus discìpulos los doctores Gallo, Uriburu, Nouguès y tantos otros hombres distinguidos hoy, que han conservado por èl una veneraciòn profunda, como todos los que hemos gozado de la luz de su espìritu”. 
“Llamado a Buenos Aires por el gobierno del general Mitre, tomò la direcciòn de los estudios en el Colegio Nacional, al mismo tiempo que dictaba una càtedra de fìsica en la Universidad. Su influencia se hizo sentir inmediatamente entre nosotros. Formulò un programa completo de bachillerato en ciencias y letras, defectuoso tal vez en un solo punto, su demasiada extensiòn. Pero M.Jacques, habituado a los estudios fuertes, sostenìa que la inteligencia delos jòvenes argentinos es màs viva que entre los franceses de la misma edad y que, por consiguiente, podìamos aprender con menor esfuerzo”. 
Tres nacionalidades, tres ocupaciones bien distintas, son evocadas por Miguel Canè en esta obra. Los pàrrafos transcriptos, sin embargo, no alcanzan para brindar una visiòn acabada de la postura del autor acerca de la inmigraciòn. Para lograrla, se debe recurrir a todos sus textos –algunos de ellos no literarios, como la Ley de Residencia, de 1904-, los cuales, junto a Juvenilia, nos proporcionaràn una cabal idea del sentimiento de este hombre del 80 frente al aluviòn inmigratorio.

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