sábado, 28 de enero de 1995

¿INOCENTES O CULPABLES?

por Antonio Argerich. Hyspamèrica. 

Algunas de las novelas relacionadas con la inmigraciòn de fin de siglo se destacan por la agresividad del autor y por el encono que manifiesta hacia los extranjeros. En una de ellas fundamenta el escritor su aversiòn, basàndose en supuestos provenientes de las ciencias mèdicas, refutados oportunamente por un sacerdote. La obra a la que nos referimos es ¿Inocentes o culpables?, de Antonio Argerich, un pensador que, a su manera, busca lo mejor para la Argentina. 
Adolfo Prieto señala que en autores como Canè y Mansilla, “la hostilidad frente al extranjero parece responder a motivaciones clasistas”, en cambio, “en otros autores, la xenofobia maneja el repertorio cientìfico de la època y se presenta con un vocabulario pretendidamente asèptico y neutral. Asì Antonio Argerich en su novela Inocentes o culpables (1884) y Cambaceres en la ùltima de sus obras, En la sangre, publicada en 1887” (1). 
La obra de Argerich se inserta en el panorama creativo de su tiempo, que fue muy rico y variado; asì lo recuerda el ensayista: “entre 1884 y 1889 y aparte de la obra de los cultores de una prosa evocativa o fragmentaria como Canè, Wilde o Mansilla, dotada sin embargo de caracterìsticas narrativas, aparecieron La gran aldea de Lucio V. Lòpez, ¿Inocentes o culpables? de Antonio Argerich, y todas las novelas de Cambaceres, las primeras de Ocantos y Severo J. Villafañe, La familia Quillango, novela corta de Cantilo, (...) ya por esos años entregaban a las prensas sus primeros trabajos Roberto J. Payrò y Josè Sixto Alvarez (Fray Mocho) para comprobar la irrupciòn masiva de una novelìstica argentina preocupada por reflejar el contorno inmediato y centrada en los rasgos tìpicos del gènero” 
De ¿Inocentes o culpables? se dijo que “no es màs que una torpe historia de un inmigrante italiano, con la que se propone probar cuàntos daños puede acarrear a la sociedad argentina la inmigraciòn de gentes de razas inferiores” (2). En el pròlogo a su libro, el escritor da las razones por las que considera perniciosa la llegada de ciertos extranjeros: “me opongo franca y decididamente a la inmigraciòn inferior europea, que reputo desastrosa para los destinos a que legìtimamente puede y debe aspirar la Repùblica Argentina; (...) La intromisiòn de una masa considerable de inmigrantes, cada año, trae perturbaciones y desequilibra la marcha regular de la sociedad, -y en mi opiniòn no se consigue el resultado deseado, esto es, que se fusionen estos elementos y que se aumente la poblaciòn. En efecto, si buscamos unidad, serìa imposible encontrarla: se habla de colonias aun aquì mismo en la Capital de la Repùblica y ya tenemos los oìdos taladrados de oìr hablar de la patria ausente, lo que implica un estravìo moral y hasta una ingratitud, inspirada, muchas veces, por el interès que azuza un sentimiento exòtico y apagado para que se ame a una madrastra hasta el fanatismo” (3). 
Esta no es la crìtica màs indignante que hace. A criterio de Adolfo Prieto, “fue Argerich, justamente, quien llevò màs lejos los supuestos del naturalismo zoliano al convertir a su novela ¿Inocentes o culpables? (1884) en una verdadera novela de tesis, con la exposiciòn de un diagnòstico y la elaborada descripciòn de pretendidos morbos sociales. Mèdico como Holmberg y Ramos Mejìa, Argerich acepta algunos conceptos polèmicos de la ciencia de su tiempo, sobre la presunta superioridad e inferioridad de las diversas razas, y pasa a demostrar en su novela que la inmigraciòn de procedencia europea, que por entonces empieza a romper el equilibrio demogràfico del paìs, serà desastrosa para la sociedad argentina”. 
Argerich sostiene que “para mejorar los ganados, nuestros hacendados gastan sumas fabulosas trayendo tipos escogidos, -y para aumentar la poblaciòn argentina atraemos una inmigraciòn inferior. ¿Còmo, pues –se cuestiona-, de padres mal conformados y de frente deprimida, puede surgir una generaciòn inteligente y apta para la libertad? Creo que la descendencia de esta inmigraciòn inferior no es una raza fuerte para la lucha, ni darà jamàs el hombre que necesita el paìs”. 
Ademàs –vaticina- “los ferrocarriles nacionales y provinciales y las obras de la ciudad de La Plata, terminaràn –y entonces cesarà la demanda de brazos, y esas masas volveràn a afocarse a las ciudades, trayendo graves perturbaciones: se resentirà la salubridad, subiràn màs los alquileres de las casas y aumentarà la carestìa de los artìculos de primera necesidad, causas que evitan el acrecentamiento de la poblaciòn- y la destruyen a medida que se forma, como observa Malthus”. 
Considera que “tenemos demasiada ignorancia adentro para traer todavìa màs de afuera” y que “es deber de los Gobiernos estimular la selecciòn del hombre argentino impidiendo que surjan poblaciones formadas con los rezagos fisiològicos de la vieja Europa”. Propone una soluciòn para el problema al aseverar que “el remedio a nuestra escasa poblaciòn lo tenemos en nuestros propios lìmites territoriales: existen causas no estudiadas que detienen la poblaciòn y, mientras no se allanen, no resolveremos satisfactoriamente el problema ni aùn con pasajes pagos a los inmigrantes”.
Al nacer el primer hijo de los inmigrantes, Argerich habla de la influencia que “la raza, el medio y el momento” ejercerìan en èl, tal como afirmaba Hipòlito Taine. Le resta toda capacidad de decisiòn, pues “todo estaba preestablecido. Todo lo habìan ordenado voluntades y cerebros anteriores. Su bulto informe, sumergido en las ropas de la cuna, podìa compararse con un wagon de carga, construido para repuesto en una vieja lìnea fèrrea, porque como el wagon, su camino estaba fatalmente trazado. Vagaban en el ambiente las preocupaciones que habìan de nutrir su espìritu: los libros estaba escritos y designados, hasta su misma planta tendrìa que vagar forzosamente por la ruta que formaron las hormigas de anteriores generaciones. Està a merced de las influencias esteriores y de las necesidades que fatales desbordan del organismo. Vìctima de la casualidad o de la conjunciòn de dos sustancias desconocidas en su esencia, pobre prisionero de la vida, cautivo del momento històrico, no h escogido el tiempo de su venida al mundo, su idioma ni su nacionalidad. La lògica de la herencia, casualidad para èl, le ha dado sexo, color y temperamento”. 
Partiendo de estos principios deterministas, lo que sucede al individuo es algo inexorable, en lo que èl no puede tener injerencia; lo afirma el portavoz del autor: “tiene tanta culpa de lo que le ha sucedido como el transeùnte a quien aplasta un ladrillo que cae de un andamio”. Por tanto, a criterio de Argerich, la persona que comete un acto vil, responde a “imanes fatales en la vida y cosas irresistibles”; sostiene que “hay pasiones que arrastran todos los diques” y que quien sucumbe a ellas es inocente, porque sòlo està siguiendo los mandatos de su sangre. 
El sacerdote, en cambio, considera que hablar asì “es blasfemar: Dios ha hecho libre al hombre, y por lo tanto es responsable de sus actos; de lo contrario se deberìa abrir la puerta de las càrceles” y manifiesta que quien realiza un acto vil “es culpable, aunque la misericordia del Ser Supremo es infinita”, porque, para contrarrestar los “imanes fatales”, estàn el deber y la religiòn. Esta es la disquisiciòn que da tìtulo a la novela. 
Esgrimiendo razones de ìndole cientìfica, a todas luces discutibles, Argerich se opone a la llegada de los extranjeros, reflejando la posiciòn de muchos argentinos de la època. “¿Inocentes o culpables? es una de las pocas obras que registran abiertamente aquel sentimiento, tan comùn en los habitantes de esa Argentina que se veìa invadida por otras razas y otras costumbres. Por eso su testimonio es valioso”.

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