miércoles, 14 de julio de 1993

LA CASA DE LA LLANURA

por Jorge Torres Zavaleta. Buenos Aires, Atlántida, 1993. 

Esta obra puede encuadrarse en la rica vertiente de la novela de aprendizaje. Dicho aprendizaje se da tanto en lo espiritual cuanto en lo técnico, y se encuentra profusamente ejemplificado con situaciones que parecen extraídas de la vida del autor. Obviamente, es él y no el crítico quien debe decir si los episodios que narra tienen relación con su propia existencia. Sea así o no, de todos modos, la obra literaria tiene validez por sí misma.
Martín, un joven que curiosamente lleva el mismo nombre que un niño muerto, se propone homenajear la memoria de un escritor fallecido un tiempo antes. Para ello, deberá pedir la colaboración de los allegados al creador, y deberá soportar las trabas que le pone su jefe en el diario en el que trabaja. Todo esto –la frecuentación de la obra y de los lugares en los que vivió el escritor, y la continua lucha por mantener su autonomía periodística- lo irá marcando, y le hará sentir en más de una oportunidad que sus esfuerzos son vanos. Tan vanos como la corta existencia de ese chiquito, hijo del creador, que llevaba su nombre. Las vicisitudes por las que pasa, intentando mostrar a un ambiente cultural plagado de envidia las verdaderas cualidades del escritor, dan pie a Torres Zavaleta para reflejar la experiencia de aquel que nada contra la corriente y, finalmente, es relegado a una sección menos importante del diario.
Mientras Martín trata de entender su propio lugar en el mundo, desfilan ante sus ojos los trances de una historia por todos conocida, y los momentos íntimos de una historia familiar, en la que la decadencia es tan evidente como en el diario y en la vida del escritor venerado. La conclusión a la que llega el joven –sin lugar a dudas, muy dura- es que en el tiempo en que vivimos ya no hay espacio para algunas realidades que ayer fueron de gran importancia: la casa del escritor será convertida en el centro de un country, para que no se pierda dinero, y así, se vuelve un centro de atracción turística, a gran distancia del espíritu que originalmente se había pensado para ese museo.
Sin embargo, Zavaleta no es pesimista: todas las circunstancias que marcan al protagonista le sirven para renacer con más fuerza, para enfrentar la vida con una mirada distinta, pues los tiempos han cambiado y es necesario adaptarse. Con nostalgia, con juicio crítico acertado, esta obra nos lleva por los caminos de nuestra historia, a través de personajes vívidos y plenos, que nos reflejan en toda nuestra energía y en nuestra soledad.

(el gRillo, N° 9, Buenos Aires, 1993) 

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