domingo, 17 de junio de 1990

ENRIQUE LARRETA Y SU DISCIPULO

Una personalidad descollante tuvo fundamental importancia en el acercamiento de Mujica Láinez a lo hispánico; nos referimos a Enrique Larreta, con quien se relacionó, en primera instancia, por motivos ajenos a la literatura. Los padres y el abuelo materno del autor de Bomarzo cultivaron la amistad del ilustre hombre de Letras. En el seno de la familia conoció Mujica Láinez al propietario de “Acelain”, así como también a Manuel Galvez. 
A estos lazos se suman los que, años más tarde, el novel escritor anudaría con el ya laureado creador. Enrique Larreta presintió los frutos que surgirían de la delicada inspiración de Mujica Láinez y lo instó a alimentar esa llama. Testimonios de la afición del escritor maduro por el joven autor de veintitrés años son las cálidas líneas de dedicatoria en el retrato de Zuloaga y el soneto “Los versos”, en el que se vislumbra ya la figura del unicornio. 
Poco antes de su casamiento, Mujica Láinez se mudó al petit hotel adquirido por su padre en la calle O’Higgins, a pocas cuadras de la residencia de Enrique Larreta. Juntos se los podía ver caminando por las calles de Belgrano, comentando obras de arte, recordando la historia de alguna quinta: “La gente se sienta en los bancos y en el césped. Muévense, en el calor que abochorna al follaje, los abanicos y las pantallas con caras de niñas bonitas y avisos de refrescos. Todo esto es encantador y provincial, como es provincial y encantador encontrar a Enrique Larreta en una calle silenciosa, después del almuerzo, y caminar con él algunas cuadras”. 
La amistad entre ambos fue profunda, a pesar de la diferencia de edades y de lo disímil de las experiencias que a cada uno había tocado en suerte vivir. Mujica Láinez siempre subrayó, al hablar de Enrique Larreta, la superioridad del maestro con relación al discípulo, del amigo mayor con respecto al joven, y nunca deja de afirmar que no se consideraba merecedor de tamaña deferencia. Por otra parte, el autor de La gloria de Don Ramiro fue testigo en la ceremonia civil de casamiento del joven novelista; un nuevo vínculo se agrega a los anteriormente mencionados. 
En el año 1938 aparece Don Galaz de Buenos Aires, dedicado a Enrique Larreta. Encontramos en esta obra una doble influencia: primeramente, en lo atinente al tema y estructura del libro y, en segundo lugar, una influencia de atmósfera, de culto por lo español, que prendió vivamente en el adolescente habituado a las culturas inglesa y francesa. Mujica Laínez nos dice que tanto Glosas Castellanas (recopilación de artículos publicados en La Nación), como su primera novela, Don Galaz...., fueron para él “academias”. Esta expresión alude al aprendizaje que se realiza en artes plásticas, copiando a los grandes maestros antes de lanzarse a la plasmación de las propias vivencias. 
Según el autor, estas dos obras tuvieron capital importancia en la formación de su estilo; fueron, bajo la mirada aprobadora de Larreta, “remedo de la prosa española”. En sus obras posteriores, Mujica Láinez fue volviendo más flexible este lenguaje inicial, pero nunca llegó a escribir, como muchos de los miembros de su generación, utilizando el lunfardo o el lenguaje coloquial. Sólo en algunas de sus últimas obras (Cecil, Sergio) aparece, muy de vez en cuando, alguna palabra de nuestro hablar cotidiano. Esta etapa de influencia española fue, a nuestro criterio, fundamental en la obra de Mujica Láinez; su estilo, casi cincuenta años después, sigue evocándola. 
El autor admite abiertamente la filiación de su primera novela a la obra máxima de su maestro y amigo. En una conferencia dictada en el Museo de Arte Español Enrique Larreta, él expresó: “publiqué en aquellos años un pequeño volumen, Don Galaz de Buenos Aires, tan pariente, en su modestia, del esplendor de La gloria, que yo soñé, con ilusión vana, que sería algo así como su porteña hechura”. 
La influencia de Larreta fue vastísima; abarca tanto el acercamiento a los español como la utilización de los tan mentados cuadernos de tapa dura. El autor modernista le enseñó, también, a rescatar los vocablos antiguos que, merced a la capacidad expresiva de los mismos, se vuelven irremplazables. 
El legado deLarreta se evidencia, fundamentalmente, en la primera obra de Mujica Láinez, pero muchos elementos, lejos de ser utilizados circunstancialmente, se incorporan en forma definitiva, por ser la manifestación de su propio modo de sentir la creación y por estar íntimamente relacionados con su educación y con la clase social a la que tanto Larreta como el joven escritor pertenecían. 
Tiene capital importancia en la influencia de Larreta todo aquello referido al movimiento modernista. Este movimiento, surgido en Latinoamérica a fines del siglo XIX, se caracterizó por un profundo subjetivismo, que lleva al autor a evocar, veladamente o no, experiencias personales. La acción de ambas novelas transcurre en un espacio familiar al autor, pues en él se ha desarrollado gran parte de su existencia: Avila, en lo que respecta a Larreta, y Buenos Aires, en lo que respecta a Mujica Láinez. 
Es característica del modernismo –según R. A. Borello, la tendencia esteticista. Esta se encuentra profusamente ilustrada en ambas obras. De Larreta aprendió Mujica Láinez el difícil arte de describir objetos suntuarios –mármoles, porcelanas, bronces- y también de él proviene la predilección por los ambientes aristocráticos, lujosos, que en muchos casos se hallan afeados por la pobreza y la decrepitud. Es también modernista la preferencia por lo exótico, tanto en su aspecto fantástico –elfos, ninfas y hadas pueblan las obras de Manucho a lo largo de toda su trayectoria, como en lo relacionado con lo oriental; la mora Aixa en la obra de Larreta y el cuarto japonés en La casa así lo demuestran. 
En Don Galaz de Buenos Aires se perfila ya el autor de los años posteriores; nos llaman la atención, principalmente, la ironía y el sarcasmo que caracterizarán su obra de madurez. Si bien en Larreta se evidencia la censura de los vicios y defectos de la sociedad, la crítica se hace en un tono acerbo, solemne, especialmente en los pasajes referidos a la morbosidad con que el pueblo se deleita durante las ejecuciones, en Toledo. Mujica Láinez, en cambio, satiriza; su crítica está revestida de una cierta comicidad. Son ilustrativos al respecto los juicios del autor sobre el poder y sobre el clero en la ciudad virreinal. Su ironía se evidencia en la caracterización del héroe –o antihéroe-, tan diferente de la realizada por Larreta. 
El tema de lo sobrenatural, tan caro a nuestro autor, aparece en la obra de Larreta; así como también la afición a la heráldica y la constante alusión al arte en sus múltiples manifestaciones. Un rasgo aproxima particularmente a maestro y discípulo: el orgullo de la clara sangre patricia, declarado reiteradamente en ambas obras. En Don Ramiro aparece vinculado al problema del origen impuro; en Don Galaz... es el punto de partida para las burlas del autor sobre el linaje de los Bracamonte y sus desesperados intentos de figurar. 
Quizás por una extraña coincidencia, el castillo en que transcurre la acción de la obra de Larreta perteneció a la familia de los Mujica, a la rama abulense: los Mujica Dávila y Bracamonte. Este último es el apellido de uno de os conjurados en La gloria de Don Ramiro y es, también, el de Galaz. Un nuevo punto de contacto, esta vez extraliterario, une a los dos autores. 
A partir de lo expuesto podrá observarse que muchos rasgos aproximan a los dos escritores, aunque Mujica Láinez confirió importantes variantes Mujica Láinez a una misma materia narrativa. En sus toques originales, en su peculiar forma de narrar, advertimos que el discípulo admiró la obra del maestro, y se inspiró en ella, pero sin dejar que tal inspiración anulara sus propias intuiciones de novel escritor. 

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